El último tren del invierno Chapter 8 #4
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Chapter 8 #4

En algunas tiendas se podían ver palabras pintadas sobre los cristales.

JUDÍO.

TRAIDOR.

CERRADO.

Anna encontró el edificio de los archivos.

Clara Hoffmann ya no trabajaba allí.

—¿Por qué? —preguntó.

El funcionario encogió los hombros.

—La despidieron.

—¿Sabe dónde vive?

—No proporcionamos direcciones.

—Soy familiar.

—Ha dicho que no tiene familia.

Anna comprendió su error.

El hombre levantó la vista.

—Sus documentos.

Anna salió antes de que pudiera detenerla.

Preguntó en cafés y tiendas.

Nadie conocía a Clara.

O nadie quería conocerla.

Durmió en una estación.

Al amanecer, un policía la despertó golpeándole las botas.

—No puede dormir aquí.

—Esperaba un tren.

—¿Qué tren?

Anna dijo el primer nombre que recordó.

El hombre consultó el panel.

Aquel tren no existía.

—Acompáñeme.

Anna corrió de nuevo.

Esta vez no llegó lejos.

El agente la agarró del abrigo.

Cayeron al suelo.

Anna le arañó la cara.

El hombre la golpeó.

Dos personas se detuvieron.

Nadie intervino.

Entonces un vehículo se detuvo junto a ellos.

Un oficial bajó.

—¿Qué ocurre?

—Documentación falsa.

Anna sintió que todo terminaba.

El oficial miró sus papeles.

Después su rostro.

—Esta mujer trabaja para mí.

El agente dudó.

—Mi comandante…

—¿Quiere que lo llame?

El policía la soltó.

El oficial abrió la puerta del vehículo.

—Suba.

Anna obedeció.

Dentro había una mujer uniformada al volante.

El hombre se sentó a su lado.

—No hable.

Circularon durante varias calles.

Después entraron en un garaje.

El oficial se quitó la gorra.

Era Marek.

El impresor.

—¿Qué haces aquí?

—Busco a Clara Hoffmann.

—Podrían haberte detenido.

—Eso ya lo sé.

—Elise va a matarme.

—No tiene por qué saberlo.

—Lo sabrá.

La mujer del volante se volvió.

—Clara está escondida.

—¿La conocéis?

—Trabaja con nosotros.

Anna cerró los ojos.

Por primera vez, una puerta se abría.

La llevaron a un apartamento pequeño.

Clara Hoffmann era una mujer delgada, de cabello blanco y manos manchadas de tinta.

Parecía tener setenta años.

Después Anna supo que apenas pasaba de los cincuenta.

—Matthias Gruber —dijo Clara.

—Sí.

La mujer abrió varios cuadernos.

—Campesino austríaco. Detenido por resistencia a la autoridad, propaganda derrotista y evasión militar.

—Todavía no había guerra cuando lo detuvieron.

—Eso no importa.

—¿Dónde está?

Clara buscó.

Anna observó sus dedos pasar por los nombres.

Cientos.

Miles.

Personas convertidas en líneas.

—Fue trasladado tres veces.

—¿Adónde?

—Primero a la prisión del distrito. Después a Salzburgo. Más tarde…

La mujer se detuvo.

—¿Qué?

—El registro termina aquí.

—¿Eso significa que murió?

—No.

—¿Qué significa?

—Que fue entregado a la jurisdicción militar.

—¿Dónde?

—Puede estar en varias prisiones.

Anna apoyó las manos sobre la mesa.

—Necesito un lugar.

—No puedo dárselo.

—He viajado desde la montaña. He vendido todo. Mis hijos pasan hambre. Llevo más de un año buscándolo.

Clara cerró el cuaderno.

—Y hay miles como usted.

—Él no es uno de miles para mí.

—Para ellos sí.

Las palabras eran crueles.

También verdaderas.

Clara se levantó.

Sacó una hoja escondida detrás de un armario.

—Hay transportes de prisioneros políticos hacia Berlín, Múnich y varias cárceles militares. Algunos son juzgados en Austria. Otros desaparecen en campos.

—¿Campos?

Clara no explicó.

—Necesito tiempo.

—¿Cuánto?

—No lo sé.

—No puedo quedarme.

—Entonces regrese con sus hijos.

—¿Y Matthias?

La mujer la miró.

—Seguirá donde esté, aunque usted no lo encuentre mañana.

Anna sintió rabia.

—Puede que mañana esté muerto.

—Sí.

La palabra entró sin protección.

Clara no intentó suavizarla.

—Por eso no debe dejar que sus hijos pierdan también a su madre.

Anna regresó con una dirección.

No era una prisión.

Era el nombre de un funcionario retirado que había firmado uno de los traslados.

Se llamaba Wilhelm Hartmann.

Vivía en un pueblo cercano a Linz.

Pasaron meses antes de que pudiera buscarlo.

La guerra se extendió.

Polonia cayó.

Después llegaron noticias de Dinamarca, Noruega, Bélgica, Holanda y Francia.

En la radio, las victorias parecían limpias.

En la casa de Elise llegaban de otra manera.

Un hombre sin pierna.

Una niña que no hablaba.

Una mujer que había visto cómo se llevaban a sus padres.

Fotografías de ciudades destruidas.

Cartas que nunca serían entregadas.

Anna aprendió a falsificar cartillas de racionamiento.

Ruth le enseñó a copiar sellos.

—No aprietes tanto —decía—. Los funcionarios escriben sin miedo.

Anna practicaba nombres inventados.

Maria Bauer.

Elisabeth Kern.

Hanna Vogel.

Cada nombre podía salvar una vida.

También podía condenar a quien lo llevara.

Una noche detuvieron a Greta.

No regresó de una entrega.

Esperaron dos días.

Después tres.

Al cuarto, un hombre apareció en la casa.

Dijo que Greta había dado la dirección bajo tortura.

—Tenemos que marcharnos —dijo Elise.

—Greta no hablaría —respondió Marek.

—Todos hablan.

—Tú no lo sabes.

—Todos tenemos un punto.

Anna pensó en Matthias.

¿También él?

¿Había pronunciado nombres?

¿Había entregado a la viuda Schneider?

¿A Josef?

No quería imaginarlo.

Después se avergonzó.

El amor no debía exigir resistencia sobrehumana.

Un cuerpo roto dice cualquier cosa para que el dolor termine.

Evacuaron de nuevo.

Esa noche, los agentes entraron en la casa.

Marek se quedó para destruir la imprenta.

No salió.

A la mañana siguiente, una columna de humo se levantaba sobre el barrio.

Elise no lloró.

Continuó caminando.

—¿Ha muerto? —preguntó Klara.

—Sí.

—¿Por nosotros?

Elise se detuvo.

—Por lo que eligió hacer.

Anna vio algo parecido a Matthias en aquella respuesta.

No sabía si odiarlo o abrazarlo.

La resistencia se dividió.

Algunos escaparon.

Otros continuaron.

Anna permaneció.

Ya no solo por Matthias.

Había aprendido los nombres.

Ruth.

Marek.

Greta.

David.

Friedrich Schneider.

Las muchachas de la iglesia cuyos nombres nunca llegó a conocer.

Cuando conoces un nombre, es más difícil mirar hacia otro lado.

Finalmente viajó hasta la casa de Hartmann.

Llevaba una cesta con medicinas escondidas. Así el viaje servía para dos cosas.

Encontró al antiguo funcionario cuidando un jardín.

Era un hombre de más de sesenta años.

Caminaba con bastón.

—No conozco a ningún Matthias Gruber.

—Firmó su traslado.

—He firmado miles de papeles.

—Este hombre tiene dos hijos.

—También otros.

—Su esposa lo busca.

—También otras.

Anna colocó la copia del documento sobre la mesa.

Hartmann la miró.

—¿De dónde lo ha sacado?

—No importa.

—Podrían fusilarla.

—Dígame algo que no sepa.

El hombre observó el nombre.

—No recuerdo.

—Miente.

—No me hable así en mi casa.

—Usted firmó para sacarlo de la suya.

Hartmann se levantó.

—Márchese.

Anna no se movió.

—¿Cuántos?

—¿Qué?

—¿Cuántos nombres escribió?

—Yo no decidía las condenas.

—Solo los trasladaba.

—Era mi trabajo.

—Solo obedecía.

El hombre apretó el bastón.

—Tiene hijos, ¿verdad?

Anna sintió la amenaza.

—No los mencione.

—Entonces entenderá que algunos hombres no pueden permitirse decir que no.

—Mi marido tenía hijos.

—Y mire dónde está.

—Eso intento.

Hartmann se volvió hacia la ventana.

—Hay una prisión militar en las afueras de Berlín. Plötzensee.

Anna escuchó el nombre.

—¿Está allí?

—No lo sé.

—¿Por qué me lo dice?

—Los casos de insubordinación grave llegan a menudo allí. También a Brandenburg-Görden. O a otras prisiones.

—Necesito saber cuál.

—No puedo.

—Sí puede.

Hartmann cerró los ojos.

—Recuerdo una nota. Gruber se negó a firmar una declaración. Fue clasificado como incorregible.

—¿Qué significa?

—Que no buscan rehabilitarlo.

—¿Qué buscan?

El hombre miró el jardín.

—Un ejemplo.

Anna sintió que las piernas perdían fuerza.

—¿Está vivo?

—Lo estaba cuando firmé el traslado.

—¿Cuándo?

—Hace más de un año.

—Eso no me sirve.

—Es todo lo que tengo.

Anna guardó el papel.

—No.

—¿Qué más quiere?

—Quiero que recuerde su nombre.

—Ya lo recuerdo.

—No. Quiero que lo recuerde cuando duerma.

Hartmann bajó la cabeza.

Antes de marcharse, el hombre habló.

—Busque a un capellán llamado Paul Reinhardt. Atiende a prisioneros militares. Si sigue vivo, puede saber algo.

—¿Dónde?

—Berlín.

El viaje hasta Berlín era casi imposible.

Necesitaba permisos.

Dinero.

Documentos.

Elise se negó.

—No.

—Tenemos un nombre.

—Tenemos otro rumor.

—Hartmann firmó el traslado.

—Y quiere limpiar su conciencia enviándote hacia otra puerta.

—Puede ser verdad.

—También puede ser una trampa.

—Tengo que ir.

—La red no puede ayudarte.

—No te lo pido como parte de la red.

—Entonces te respondo como amiga.

Era la primera vez que Elise utilizaba aquella palabra.

—No vayas.

Anna miró a sus hijos.

Lukas había crecido.

Ya casi alcanzaba su hombro.

Klara conservaba una tos desde la neumonía.

—Vendrán conmigo.

—Eso es una locura.

—No volveré a dejarlos.

—Berlín está lleno de controles.

—Conseguiremos documentos.

—¿Y si encuentras a Matthias?

—Lo traeré.

Elise no respondió.

—¿Qué?

—No puedes entrar en una prisión y sacarlo.

—Al menos sabrá que lo buscamos.

—Puede que no te permitan verlo.

—Estaré cerca.

—¿Y eso bastará?

—No.

Anna recogió la carta quemada.

—Pero es lo único que todavía puedo darle.

Prepararon el viaje durante semanas.

Lukas recibió documentos como hijo de una viuda llamada Maria Bauer.

Klara era ahora su hermana Elisabeth.

Anna practicó los nombres con ellos.

—¿Cómo se llamaba vuestro padre?

—Karl Bauer —respondió Klara.

—¿De qué murió?

—En un accidente.

—¿Dónde vivimos?

—En Graz.

—¿Qué hacemos en Berlín?

—Visitamos a una tía enferma.

Lukas permanecía callado.

—Contesta.

—No quiero otro nombre.

—Es para protegerte.

—Mi nombre es Lukas Gruber.

—En casa.

—No tenemos casa.

Anna sintió el golpe.

—Hasta que encontremos a tu padre, harás lo que te diga.

—Eso dicen ellos.

—No me compares.

—También quieres que obedezca.

—Quiero que vivas.

—Ellos dicen que obedecer nos mantiene vivos.

Anna lo agarró del brazo.

—Escúchame. Hay una diferencia entre obedecer para que otro hombre haga daño y obedecer para escapar de quien quiere hacerlo.

Lukas sostuvo su mirada.

—Papá diría que siempre hay una diferencia.

—Tu padre también se equivocaba.

—Pero sigues buscándolo.

—No busco sus ideas. Busco al hombre.