Chapter 8 #3
Hablaba de detenciones, palizas y personas desaparecidas.
—No.
—Entonces ¿por qué no podemos decirlo?
No encontró respuesta.
Aquella noche habló con Elise.
—Nos quedaremos.
—No tienes que decidir ahora.
—Ya he decidido.
—¿Por Matthias?
—No.
—¿Por las muchachas de la iglesia?
—No.
—¿Entonces?
Anna miró hacia la habitación donde dormían sus hijos.
—Porque quiero que un día puedan preguntarme qué hice y no tener que mentirles.
Al principio solo cocinó.
Elise cumplió su palabra.
No le pidió nada más.
Anna preparaba sopa para veinte personas con alimentos suficientes para diez. Aprendió a sustituir carne por raíces, azúcar por remolacha y harina por cualquier cosa que pudiera convertirse en masa.
Después comenzó a lavar ropa.
No solo la de los refugiados.
También uniformes.
Otto conseguía prendas de soldados muertos o desertores. Ruth cambiaba las insignias. Otros hombres las utilizaban para cruzar controles.
Anna intentaba no pensar en quién había llevado aquellas camisas.
Un día encontró sangre seca en un cuello.
La frotó durante una hora.
La mancha no desapareció.
Comprendió que algunas cosas podían limpiarse sin dejar de estar allí.
En septiembre, la radio anunció la invasión de Polonia.
Las personas se reunieron en la cocina.
La voz hablaba de disparos en la frontera, provocaciones y defensa.
Marek apagó el aparato.
—Ha empezado.
Nadie preguntó qué.
Todos lo sabían.
Dos días después, Gran Bretaña y Francia declararon la guerra a Alemania.
Elise extendió un mapa sobre la mesa.
—Todo va a empeorar.
—¿Cuánto? —preguntó Ruth.
—Mucho.
Anna observó Polonia.
Pensó en las personas que vivían allí.
Campesinos.
Madres.
Niños.
Casas.
Animales.
Personas que aquella mañana habrían encendido el fuego y preparado el desayuno sin saber que los mapas ya habían decidido su futuro.
La guerra llegó a la ciudad en forma de cartillas.
Racionamiento.
Apagones.
Sirenas.
Trenes llenos de soldados.
Cartas con bordes negros.
Las mujeres hacían cola durante horas para conseguir pan.
Los hombres desaparecían.
Las noticias hablaban de victorias.
Cada victoria producía más viudas.
Anna continuó buscando a Matthias.
Visitaba oficinas cuando podía.
Elise le proporcionó nombres de funcionarios, sacerdotes y abogados.
Nadie sabía dónde estaba.
Algunos aceptaban dinero.
Después no regresaban.
Un hombre llamado Herr Brandt aseguró que tenía contactos en el Ministerio de Justicia.
—Puedo encontrar cualquier expediente.
—¿Cuánto?
Pidió una cantidad que Anna no poseía.
Elise le prestó parte.
Anna vendió el anillo de matrimonio.
Lo sostuvo por última vez en la palma.
Matthias se lo había colocado más de una década atrás. Le quedaba pequeño porque sus dedos se habían hinchado con el trabajo.
—No tienes que hacerlo —dijo Elise.
—Es un objeto.
—No lo dices como si lo fuera.
Anna entregó el anillo.
Herr Brandt desapareció con el dinero.
Lo esperó durante dos semanas.
Después descubrió que había engañado a otras familias.
Lo encontró frente a una cafetería.
—Devuélvame el dinero.
El hombre fingió no conocerla.
—Se equivoca de persona.
Anna lo agarró de la chaqueta.
—Vendí mi alianza.
—Suélteme.
—Dijo que encontraría a mi marido.
—No sé de qué habla.
—Míreme.
Brandt la empujó.
Anna cayó.
Dos agentes se acercaron.
—¿Qué ocurre?
—Esta mujer me ha atacado —dijo él.
Anna vio el brazalete bajo su abrigo.
Comprendió.
No era solo un estafador.
Trabajaba con ellos.
Los agentes le pidieron los documentos.
Uno leyó su nombre.
—Gruber.
Miró al otro.
—¿Pariente de Matthias Gruber?
El miedo regresó.
—Es mi marido.
—Acompáñenos.
Anna corrió.
No lo decidió.
Su cuerpo lo hizo.
Cruzó la calle.
Escuchó gritos.
Un silbato.
Se metió entre dos tranvías y después en un mercado.
Derribó una cesta.
Las manzanas rodaron.
La gente protestó.
Siguió corriendo.
Se escondió debajo de un carro cargado de carbón.
Los agentes pasaron cerca.
Escuchó sus botas.
Permaneció allí hasta que oscureció.
Cuando regresó a la casa, Elise la golpeó.
Una bofetada.
Anna se quedó inmóvil.
—¿Por qué?
—Porque has traído a dos agentes hasta nuestra calle.
—No me siguieron.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Segura?
—No.
Elise ordenó evacuar la casa.
En menos de una hora, desaparecieron documentos, medicinas y personas.
Retiraron la imprenta.
Levantaron tablas.
Quemaron listas.
Los niños ayudaron a llenar bolsas.
—¿Adónde vamos? —preguntó Klara.
—A otra casa —dijo Anna.
—Siempre vamos a otra casa.
—Lo sé.
Antes del amanecer abandonaron el edificio.
Dos días después, la policía lo registró.
No encontraron nada.
Aun así, detuvieron al propietario.
Anna no lo conocía.
Nunca lo había visto.
—Es culpa mía —dijo.
Elise caminaba junto a ella.
—No.
—Si no hubiera buscado a Brandt…
—Es culpa de quienes lo detuvieron.
—Pero yo los llevé.
—No les entregues también la culpa.
Anna se detuvo.
Eran las palabras de Matthias.
Las de su última carta.
Las de Samuel, aunque ella no conocía su nombre.
El régimen repetía las mismas amenazas.
La resistencia acababa repitiendo las mismas verdades.
La nueva casa estaba situada detrás de una lavandería.
Allí Anna comenzó a realizar trabajos más peligrosos.
Primero transportó una cartilla de racionamiento dentro de una cesta de patatas.
Después llevó una carta cosida en el dobladillo de su falda.
Más tarde acompañó a un hombre judío hasta una estación.
Se llamaba David.
Tenía una cicatriz en la frente y hablaba poco.
—¿Adónde va? —preguntó Klara.
—A visitar a un familiar —respondió Anna.
David miró a la niña.
—Muy lejos.
En el control, un agente examinó sus documentos.
Eran falsos.
Anna sintió que sus piernas temblaban.
El agente miró a David.
—¿Es su hermano?
—Sí.
—No se parecen.
—Él salió a mi padre.
—¿Adónde viajan?
—Al entierro de una tía.
—¿Cómo se llamaba?
Anna no conocía el nombre que habían preparado.
Lo había olvidado.
David respondió.
—Gertrud Maier.
El agente siguió observándolos.
Klara comenzó a llorar.
No estaba fingiendo.
—¿Qué le ocurre?
—Tiene fiebre —dijo Anna.
El hombre retrocedió.
Nadie quería acercarse a una enfermedad.
Les devolvió los documentos.
Subieron al tren.
Cuando arrancó, David cerró los ojos.
—Su hija nos ha salvado.
Anna tocó la frente de Klara.
Estaba caliente.
No era miedo.
La niña tenía fiebre de verdad.
Empeoró durante el viaje.
Al llegar, apenas podía caminar.
La mujer que debía recibirlos se llevó a David.
Anna pidió ayuda.
—No podemos quedarnos con vosotras.
—Mi hija está enferma.
—Hay un médico a tres calles.
—No tengo dinero.
La mujer cerró la puerta.
Anna cargó a Klara.
Lukas caminaba detrás.
Llegaron al médico.
La sala estaba llena.
Esperaron durante horas.
Klara respiraba con dificultad.
Cuando por fin entraron, el médico la examinó.
—Neumonía.
—¿Se pondrá bien?
—Necesita reposo, calor y medicinas.
—No tenemos casa.
El hombre escribió una receta.
—Entonces búsquela.
—¿Puede quedarse aquí?
—No es un hospital.
—Puede morir.
—Hay muchos enfermos.
Anna lo agarró del brazo.
—Mírela.
El médico miró a Klara.
Después a la puerta.
—Una noche.
Permanecieron en un almacén.
Anna sostuvo a su hija hasta el amanecer.
Klara deliraba.
Llamaba a Matthias.
—Papá, no cierres la puerta.
—Soy mamá.
—Papá está en el coche.
—No.
—No puede salir.
Anna lloró en silencio.
Lukas permanecía sentado en una esquina.
—¿Va a morir?
—No.
—No lo sabes.
—Esta vez sí.
No lo sabía.
Pero necesitaba que existiera una vez en la que su palabra fuera suficiente.
Klara sobrevivió.
Tardó tres semanas en recuperarse.
Durante ese tiempo, Anna no pudo regresar con Elise.
Trabajó limpiando en el consultorio a cambio de las medicinas.
El médico se llamaba Emil Rosen.
Una noche la encontró leyendo una lista de pacientes.
—¿Qué busca?
—Un nombre.
—No encontrará a su marido entre los enfermos.
—Podría haber pasado por aquí.
—¿Cómo se llama?
Anna se lo dijo.
El médico la miró.
—He oído ese nombre.
El corazón de Anna se detuvo.
—¿Dónde?
—No lo recuerdo.
—Tiene que recordarlo.
—Puede ser otro hombre.
—¿Cuándo lo oyó?
—Hace meses. Un sacerdote hablaba de prisioneros trasladados.
—¿Qué sacerdote?
—El padre Benedikt.
—¿Dónde está?
—Lo detuvieron.
La esperanza duró apenas unos segundos.
—¿Por qué?
—Ayudaba a familias judías.
—¿Está vivo?
—No lo sé.
Siempre la misma respuesta.
No lo sé.
El médico abrió un armario.
Sacó un cuaderno.
—Benedikt anotaba nombres.
—¿Lo tiene usted?
—No.
—¿Quién?
—Una mujer llamada Clara Hoffmann. Trabajaba en los archivos judiciales.
—¿Dónde está?
—En Viena, si sigue viva.
Anna regresó con Elise cuando Klara pudo caminar.
Contó lo ocurrido.
—Viena está demasiado lejos —dijo Elise.
—Tengo que ir.
—Los controles han aumentado.
—Puede conocer el nombre de la prisión.
—Puede que ni siquiera recuerde a Matthias.
—El médico lo recordó.
—Dijo que quizá.
—Es más de lo que tengo.
Elise negó con la cabeza.
—No puedes llevar a los niños.
Anna miró a Lukas.
—Se quedarán contigo.
El niño se levantó.
—No.
—Solo unos días.
—Dijiste que no volverías a dejarnos.
—No dije eso.
—Lo pensaste.
—Lukas.
—Siempre eliges a papá.
Anna sintió la acusación.
—No puedo abandonarlo.
—Pero puedes abandonarnos a nosotros.
Elise salió de la habitación.
Los dejó solos.
—Tu padre está encerrado —dijo Anna—. Quizá lo golpean. Quizá cree que hemos dejado de buscarlo.
—Él dijo que no fueras.
—Lo dijo para protegernos.
—Entonces hazle caso.
—No puedo.
—Porque eres como él.
—Puede ser.
—Eso no es algo bueno.
Anna lo abrazó.
Lukas no respondió.
—Volveré.
—Papá también lo prometió.
Las promesas de aquella familia siempre regresaban convertidas en reproches.
Anna viajó sola a Viena.
Llevaba documentos falsos.
Ahora se llamaba Maria Bauer.
Viuda.
Costurera.
Sin hijos.
Repitió la historia durante todo el trayecto.
En la estación, un agente le preguntó por qué viajaba.
—Busco trabajo.
—¿Dónde se hospedará?
Dio la dirección preparada.
—¿Tiene familia?
—No.
La respuesta le dolió.
Por primera vez tuvo que negar la existencia de sus hijos para protegerlos.
Viena estaba llena de uniformes.
Las fachadas parecían cubiertas de símbolos.
Había colas, carteles y escaparates vacíos.