Chapter 8 #2
—Has roto un vaso.
—Ya estaba roto.
—Lo has recogido tú.
Anna entendió que podía discutir o cobrar.
Cogió las monedas.
Regresaron a la pensión.
La dueña aceptó el pago.
—Mañana necesitaré el resto.
Anna vendió su anillo.
No el de matrimonio.
Uno pequeño que había pertenecido a su madre.
El joyero lo examinó.
—No vale mucho.
—Es plata.
—Plata mala.
—¿Cuánto?
El hombre dijo una cantidad.
Anna sabía que mentía.
Aceptó.
Las personas que descubren la necesidad ajena siempre encuentran una forma de convertirla en beneficio.
Pasaron dos meses.
Después tres.
La nieve desapareció de los tejados.
Llegó la primavera.
No encontraron a Matthias.
Recibieron una carta enviada a la granja y reenviada por Josef.
Había tardado semanas.
Solo contenía unas líneas.
Anna:
Me trasladan.
No sé adónde.
No traigas a los niños.
No vengas.
Estoy vivo.
M.
Anna leyó la carta en la habitación de la pensión.
Lukas la observaba.
—¿Por qué dice que no vayamos?
—Tiene miedo de que nos ocurra algo.
—O no quiere vernos.
—No digas eso.
—Se marchó.
—Se lo llevaron.
—Primero huyó.
Anna se levantó.
—Tu padre volvió.
—Y se lo llevaron porque volvió.
—Volvió por nosotros.
—Si hubiera obedecido, estaría aquí.
La bofetada salió antes de que Anna pudiera detenerla.
Lukas se llevó una mano a la mejilla.
Ella miró su propia mano.
Pensó en Matthias.
En la primera bofetada.
En las promesas que los padres rompen cuando tienen miedo.
—Perdóname.
Lukas no respondió.
—No debía…
—Todos pegáis cuando no sabéis qué decir.
Cogió su abrigo.
—¿Adónde vas?
—Fuera.
—No puedes salir solo.
—Papá podía.
—Tu padre era adulto.
—Entonces dejaré de ser niño.
Abrió la puerta.
Anna lo agarró.
El niño forcejeó.
—¡Suéltame!
—No.
—¡Quiero volver con el tío Josef!
—No podemos.
—¡Tú quieres encontrar a papá, no cuidarnos!
Las palabras la dejaron quieta.
Lukas se soltó.
No huyó.
Se sentó en el pasillo.
Anna se arrodilló frente a él.
—Estoy intentando hacer las dos cosas.
—No puedes.
—Lo sé.
—Entonces elige.
No había elección posible.
Esa era la crueldad.
Si regresaba a la montaña, abandonaba a Matthias.
Si continuaba buscándolo, arrastraba a los niños por una ciudad donde pasaban hambre.
—No sé cómo —dijo.
Lukas levantó la cabeza.
Era la primera vez que Anna reconocía su derrota delante de él.
—Yo tampoco —respondió.
Se abrazaron en el pasillo.
La dueña de la pensión abrió una puerta.
—Algunos intentamos dormir.
Llegó el verano.
Los soldados llenaron las calles.
Había desfiles casi cada semana.
Los altavoces hablaban de enemigos, fronteras y territorios.
Las banderas cubrían los edificios.
Los periódicos mostraban mapas.
Anna no comprendía todos los nombres.
Polonia.
Checoslovaquia.
Danzig.
Corredor.
Alianzas.
Amenazas.
Para ella, el mundo se había dividido en dos lugares.
Donde estaba Matthias.
Y donde no estaba.
Una tarde, mientras limpiaba la taberna, escuchó a dos oficiales hablar.
Uno decía que los preparativos estaban casi terminados.
El otro aseguraba que la guerra comenzaría antes del otoño.
—No será una guerra —dijo—. Será una lección.
Rieron.
Anna siguió fregando.
Pensó en los hombres que siempre llamaban lección al sufrimiento de otros.
Pocos días después, la despidieron.
El dueño la llamó junto a la puerta.
—No vuelvas mañana.
—¿Por qué?
—Un cliente se ha quejado.
—¿De qué?
—De ti.
—No hablo con los clientes.
—Sabe quién es tu marido.
Anna sintió frío.
—¿Quién se lo ha dicho?
—No importa.
—¿Me has investigado?
—No quiero problemas.
—Llevo meses trabajando aquí.
—Y te he pagado.
—Menos de lo acordado.
El hombre miró hacia otro lado.
—Vete.
Anna recogió a los niños.
La dueña de la pensión los expulsó dos días después.
—No soy una institución benéfica.
—Le pagaré cuando encuentre trabajo.
—No.
—Los niños no tienen dónde dormir.
La mujer hizo la señal de la cruz.
—Eso debería haberlo pensado su marido.
La puerta se cerró.
Anna se quedó en la calle con las dos mochilas.
Llovía.
Klara se protegió bajo el abrigo de su madre.
—¿Adónde vamos?
Anna miró la ciudad.
—A buscar un lugar.
Caminaron hasta el anochecer.
Preguntaron en una iglesia.
El sacerdote escuchó la historia.
—Podéis pasar una noche en el sótano.
—Gracias.
—Solo una.
Había otras familias allí.
Una pareja anciana.
Una madre con tres hijos.
Dos muchachas que hablaban un idioma que Anna no reconocía.
Todos dormían sobre mantas.
Una de las muchachas tenía una estrella amarilla cosida al abrigo.
Anna la miró.
Todavía no era obligatorio llevarla en todos los lugares. Algunas comunidades ya eran marcadas de otras maneras: documentos, registros, puertas, nombres.
La joven vio que Anna observaba.
Se cubrió la estrella con la mano.
—No voy a hacerte daño —dijo Anna.
La muchacha no pareció creerla.
Por la noche, varios hombres entraron en el sótano.
No llevaban uniforme.
Ordenaron a las dos jóvenes que se levantaran.
—¿Qué ocurre? —preguntó el sacerdote.
—Documentación.
Una de ellas comenzó a llorar.
La otra permaneció inmóvil.
Los hombres las sacaron.
Nadie intervino.
Anna tampoco.
Klara se despertó.
—¿Adónde las llevan?
—No lo sé.
—¿Por qué no las ayudamos?
Anna cerró los ojos.
—Porque no podemos.
—La señora Schneider ayudó a papá.
Anna miró a su hija.
No sabía cuánto había comprendido Klara de la historia.
—Y se la llevaron —añadió la niña.
—Sí.
—Entonces hizo mal.
—No.
—Pero se la llevaron.
—Hacer lo correcto no evita el castigo.
—Entonces ¿para qué sirve?
La pregunta quedó suspendida en la oscuridad.
Anna pensó en Matthias.
Tal vez él llevaba años intentando responderla.
A la mañana siguiente, el sacerdote les entregó una dirección.
—Pregunte por una mujer llamada Elise.
—¿Quién es?
—Alguien que puede encontrarle trabajo.
—¿Por qué me ayuda?
El sacerdote miró hacia la escalera por donde se habían llevado a las muchachas.
—Porque anoche no hice suficiente.
La dirección correspondía a una casa de tres plantas situada junto a una fábrica cerrada.
Anna llamó.
Una mujer de unos cincuenta años abrió.
Tenía el cabello gris, recogido con fuerza, y ojos oscuros.
—¿Elise?
—¿Quién pregunta?
Anna mencionó al sacerdote.
La mujer observó a los niños.
—¿Qué sabe hacer?
—Trabajar.
—Eso no es una respuesta.
—Cocino. Limpio. Cuido animales. Sé coser. Puedo cargar peso.
—¿Sabe leer?
—Sí.
—¿Escribir?
—Sí.
—¿Guardar silencio?
Anna miró a la mujer.
—Depende de lo que tenga que guardar.
Elise abrió la puerta.
La casa parecía abandonada desde fuera.
Por dentro estaba llena de personas.
Mujeres cocinando.
Hombres reparando zapatos.
Niños durmiendo sobre colchones.
Había cajas, mantas, documentos y ropa apilada.
—Es un refugio —dijo Anna.
—Es una casa.
—¿Para quién?
—Para quien la necesita.
Elise señaló una mesa.
—Los niños pueden comer.
Klara corrió hacia el pan.
Lukas permaneció junto a su madre.
—¿Qué quiere a cambio? —preguntó Anna.
—Trabajo.
—¿Qué clase de trabajo?
—Hoy, limpiar la cocina.
Anna aceptó.
Durante una semana vivieron en aquella casa.
Después dos.
Nadie le explicó quiénes eran.
Anna aprendió los nombres de algunas personas.
Marek, un impresor polaco.
Ruth, una costurera judía.
Otto, un ferroviario que había perdido dos dedos.
Greta, una muchacha que transportaba medicamentos.
Había personas que llegaban por la noche y desaparecían antes del amanecer.
Algunas llevaban heridas.
Otras documentos falsos.
Elise nunca hacía preguntas delante de los niños.
Anna cocinaba para todos.
Lavaba ropa.
Remendaba prendas.
Ayudaba a ocultar alimentos debajo del suelo.
Creía que se trataba de una red de ayuda.
No comprendió que formaba parte de la resistencia hasta que encontró una máquina de imprimir detrás de una pared falsa.
Marek estaba colocando letras de metal.
Sobre la mesa había cientos de hojas.
NO TODOS OBEDECEMOS.
Anna leyó la frase.
Marek se quedó inmóvil.
—No deberías estar aquí.
—La puerta estaba abierta.
—Olvida lo que has visto.
—Eso no funciona.
El hombre ocultó las hojas.
—Elise decidirá qué hacer contigo.
Anna sintió miedo.
No porque fueran criminales.
Porque comprendió que la casa podía ser registrada.
Que los niños volverían a encontrarse en peligro.
Buscó a Elise.
La mujer estaba en el sótano, clasificando medicamentos.
—Nos marchamos.
—¿Por qué?
—Sé lo que hacéis.
—¿Qué hacemos?
—Imprimís cosas contra el régimen.
Elise continuó trabajando.
—¿Y?
—Tengo hijos.
—Todos tenemos algo.
—No voy a ponerlos en peligro.
—Ya estaban en peligro cuando llegaron.
—No por esto.
Elise dejó una caja.
—Tu marido está en prisión por negarse a obedecer.
—No lo utilices.
—No lo utilizo. Te recuerdo dónde estás.
—Él tomó su decisión.
—Y tú has pasado meses buscando las consecuencias.
Anna apretó los puños.
—No soy como él.
—No.
—¿Qué significa?
—Que tú todavía crees que puedes caminar entre las ruinas sin mancharte los zapatos.
Anna miró las medicinas.
—Solo quiero encontrar a mi marido.
—¿Y estas personas?
—No las conozco.
—Conocías a las dos muchachas que se llevaron de la iglesia tanto como ellas te conocían a ti.
—No podía hacer nada.
—Siempre puede hacerse algo.
—Eso es mentira.
La voz de Anna se elevó.
—A veces no se puede. A veces estás sola. A veces tienes dos niños. A veces una palabra hace que te golpeen. A veces ayudar a alguien significa condenar a tus hijos.
Elise la observó.
—Sí.
Anna esperaba una discusión.
No llegó.
—Entonces lo sabes.
—Sé que no siempre se puede ganar —dijo Elise—. Pero no es lo mismo que no poder hacer nada.
El silencio ocupó el sótano.
—Podéis marcharos —continuó—. Nadie os detendrá.
—¿Adónde?
—Esa es otra pregunta.
Anna regresó a la habitación.
Lukas estaba leyendo uno de los panfletos.
—¿De dónde lo has sacado?
—Estaba en una caja.
Se lo quitó.
—No vuelvas a tocar estas cosas.
—¿Por qué?
—Son peligrosas.
—Papá decía lo mismo.
—¿Sobre qué?
—Sobre las palabras.
Las palabras también matan.
Anna recordaba la frase.
—Tu padre hablaba demasiado.
—Por eso lo buscas.
Anna se sentó.
—Lo busco porque lo amo.
—¿Aunque estuviera equivocado?
—Sí.
—Entonces puedes querer a alguien y pensar que está equivocado.
—Sí.
—Quizá él pensaba eso de ti.
—Seguramente.
Lukas señaló el panfleto.
—¿Es mentira?
Anna leyó.