Chapter 8
ACTO V
La mujer que siguió caminando
Anna no volvió la cabeza cuando la montaña desapareció.
Lo había hecho demasiadas veces durante el descenso.
Cada curva le ofrecía una última visión de la granja: el tejado cubierto de nieve, la chimenea, el establo y la figura de Josef junto a la cerca. Después los árboles cerraban el camino y todo desaparecía.
Unos pasos más abajo, la casa regresaba entre las ramas.
Más pequeña.
Más lejana.
Menos suya.
Anna había comprendido que despedirse muchas veces no hacía que la despedida doliera menos.
Por eso, cuando alcanzaron el valle y las montañas quedaron ocultas detrás de las nubes, siguió caminando.
Lukas iba unos metros por delante.
Cargaba una mochila demasiado grande para él. Dentro llevaba la camisa de Matthias, dos mudas, un pedazo de pan y la carta quemada.
No había querido dejar ninguna de las dos cosas.
Klara caminaba agarrada a la mano de su madre. Llevaba la muñeca bajo el abrigo para protegerla de la nieve.
—¿Cuánto falta? —preguntó.
—Mucho.
—¿Hasta la ciudad?
—Sí.
—¿Y hasta papá?
Anna apretó su mano.
—Más.
La niña no volvió a preguntar durante un rato.
El camino se encontraba cubierto por una capa de nieve endurecida. A ambos lados había campos blancos, árboles sin hojas y casas con las ventanas cerradas.
En algunas puertas colgaban banderas.
Anna evitaba mirarlas.
A media mañana llegaron a una estación pequeña.
Había soldados en el andén.
Muchachos casi tan jóvenes como Lukas, aunque vestían uniformes y llevaban fusiles. Fumaban, reían y empujaban a las personas que intentaban subir al tren.
Anna compró tres billetes con parte del dinero de la vaca.
El empleado examinó sus documentos.
—¿Motivo del viaje?
—Visitar a un familiar.
—¿Dónde?
Anna dijo el nombre de la ciudad donde creía que podían tener a Matthias.
No sabía si era cierto.
Josef había escuchado aquel nombre en la oficina del distrito. Un hombre comentó que algunos detenidos eran enviados allí antes de ser trasladados.
Era todo lo que tenían.
Un nombre pronunciado en un pasillo.
—¿Qué familiar? —preguntó el empleado.
—Mi marido.
—¿Profesión?
—Campesino.
—¿Está movilizado?
—No.
—¿Por qué no?
Anna miró a los soldados.
—Está detenido.
El empleado levantó la vista.
Lukas se acercó a su madre.
—¿Por qué delito?
—No lo sé.
—Todo detenido tiene un delito.
—Entonces pregúnteselo a quienes lo detuvieron.
El hombre dejó los billetes sobre el mostrador.
—No debería hablar así.
Anna recogió los documentos.
—Todo el mundo me dice cómo debo hablar.
—Quizá debería escuchar.
—También me lo dicen.
Guardó los billetes.
El tren llegó al mediodía.
Era un convoy de madera, viejo y oscuro. Los vagones iban llenos. Anna tuvo que empujar para subir con los niños.
Nadie les cedió asiento.
Permanecieron de pie junto a una puerta.
Había obreros, soldados, ancianos y mujeres con bebés. El aire olía a lana mojada, carbón y cuerpos que llevaban varios días sin lavarse.
Klara se apoyó contra su madre.
Lukas miraba por la ventana.
—¿Has viajado alguna vez en tren? —preguntó la niña.
—Una vez.
—¿Con papá?
—Sí.
—¿Adónde fuisteis?
—A Salzburgo.
—¿Por qué?
Anna recordó.
Habían ido poco después de casarse. Matthias necesitaba comprar herramientas. Anna jamás había visto una ciudad tan grande. Él había fingido conocer las calles para no preguntar.
Se perdieron.
Caminaron durante horas bajo la lluvia.
Al final se refugiaron bajo el toldo de una panadería y compartieron un pastel que no podían permitirse.
—Fuimos a comprar cosas para la granja —dijo.
—¿Erais felices?
La pregunta le causó más dolor que cualquier recuerdo.
—Sí.
—¿Mucho?
Anna miró el paisaje.
—Lo suficiente para no saberlo.
El tren avanzó entre valles y pueblos.
En cada estación subían más soldados.
Cantaban.
Algunos llevaban flores prendidas en los uniformes. Las mujeres los besaban desde el andén. Los niños corrían junto a los vagones.
Todo parecía una fiesta.
Anna escuchó a dos hombres hablar.
Decían que pronto habría guerra.
Que Alemania recuperaría lo que le pertenecía.
Que nadie se atrevería a detener al Führer.
Uno de ellos aseguró que la guerra duraría pocas semanas.
El otro respondió que quizá no hubiera guerra.
—Los demás tienen miedo —dijo—. Se rendirán.
Anna pensó en Matthias.
También habían esperado que se rindiera.
Los hombres que confían demasiado en el miedo ajeno olvidan que algunas personas llegan a un punto en el que ya no tienen nada que entregar.
Al anochecer, Klara comenzó a llorar de hambre.
Anna sacó el pan.
Lo dividió en tres partes.
La suya era la más pequeña.
Lukas lo vio.
—No quiero.
—Come.
—No tengo hambre.
—No me mientas.
—Tú tampoco has comido.
—Soy adulta.
—Los adultos también comen.
—Lukas.
El niño partió su trozo y le entregó la mitad.
—Papá hacía eso.
Anna aceptó.
No porque tuviera hambre.
Porque rechazarlo habría convertido aquel gesto en algo inútil.
Llegaron a la ciudad de madrugada.
La estación estaba llena de humo.
Había anuncios, banderas y altavoces que repetían órdenes. Los soldados caminaban en todas direcciones.
Anna bajó con los niños.
Durante unos instantes no supo adónde ir.
La ciudad se extendía más allá de la estación como un animal enorme.
Edificios altos.
Calles oscuras.
Tranvías.
Coches.
Personas que no conocían su nombre.
En la montaña, todo el mundo sabía quién era.
Allí no era nadie.
Aquello le produjo miedo.
También alivio.
Encontraron una pensión cerca de la estación.
La dueña era una mujer alta, con el pelo teñido de negro y una cadena con una cruz sobre el pecho.
—Tres personas —dijo Anna.
—Los niños pagan.
—Lo sé.
—Por adelantado.
Anna contó las monedas.
La mujer observó sus manos.
—¿Del campo?
—Sí.
—Se nota.
Anna le entregó el dinero.
La habitación estaba en el último piso.
Tenía una cama estrecha y una palangana. Los niños dormirían en el suelo.
—¿Cuánto tiempo estaremos aquí? —preguntó Lukas.
—Hasta encontrar a vuestro padre.
—¿Y si no está en esta ciudad?
—Buscaremos en otra.
—¿Y si tampoco está?
Anna dejó la mochila.
—Dormiremos.
—No has respondido.
—Porque no conozco la respuesta.
Se tumbó entre los niños.
No consiguió dormir.
Los sonidos de la ciudad atravesaban las paredes.
Motores.
Pasos.
Un hombre gritando.
Una sirena.
Risas en una habitación cercana.
Anna cerró los ojos.
Intentó recordar el silencio de la montaña.
Por primera vez, lo echó de menos.
A la mañana siguiente fueron a la prisión central.
El edificio ocupaba una manzana entera. Tenía muros oscuros y ventanas estrechas.
Una fila de personas esperaba frente a una puerta.
Casi todas eran mujeres.
Algunas sostenían paquetes.
Otras llevaban fotografías.
Una anciana apretaba una camisa contra el pecho.
Anna se colocó al final.
Esperaron tres horas.
Cuando llegó su turno, un funcionario se sentó detrás de un cristal.
—Nombre del detenido.
—Matthias Gruber.
—Fecha de nacimiento.
Anna la dijo.
—Lugar de detención.
—Nuestra granja.
—Eso no es una localidad.
Dio el nombre del pueblo.
El hombre consultó un libro.
Pasó varias páginas.
—No figura.
—Vuelva a mirar.
—No figura.
—Fue detenido hace meses.
—Entonces no está aquí.
—Me dijeron que podía haber sido trasladado.
—¿Quién?
—Un funcionario.
—¿Qué funcionario?
—No sé su nombre.
El hombre cerró el libro.
—Siguiente.
—Espere.
—No figura.
—¿Puede consultar otra lista?
—Esta es la lista.
—Puede haber un error.
—No hay errores.
Anna miró a las personas que esperaban.
Muchas habían oído la misma frase.
—¿Adónde envían a los detenidos que no figuran?
—A otros lugares.
—¿Qué lugares?
—No lo sé.
—¿Quién lo sabe?
El funcionario levantó la cabeza.
—Escúcheme, señora. Si su marido estuviera aquí, aparecería en el registro. No aparece. Por tanto, no está aquí.
—Eso ya lo entiendo.
—Entonces márchese.
—Quiero saber dónde está.
—Yo no busco maridos.
La mujer que esperaba detrás tocó el hombro de Anna.
—Déjelo.
Anna no se movió.
—¿Está vivo?
El funcionario suspiró.
—No figura.
—¿Eso significa que está muerto?
—Significa que no figura.
Un guardia se acercó.
Anna cogió a los niños y salió.
La mujer que había hablado con ella los alcanzó en la calle.
Era joven.
Llevaba un bebé atado al pecho.
—No vuelva a discutir con ellos —dijo.
—¿Por qué?
—Porque guardan también los nombres de quienes preguntan.
—Ya tienen el mío.
—Siempre pueden escribirlo en otra lista.
—¿A quién busca usted?
La mujer miró al bebé.
—A mi hermano.
—¿Cuánto tiempo?
—Siete meses.
—¿Ha descubierto algo?
—He descubierto todas las cárceles donde no está.
Se marchó antes de que Anna pudiera preguntarle más.
Durante las semanas siguientes visitaron oficinas, cuarteles y juzgados.
En todas partes encontraba mesas.
Carpetas.
Uniformes.
Hombres que miraban los documentos y negaban con la cabeza.
No figura.
No consta.
No tenemos información.
Pruebe en otro lugar.
Olvide ese nombre.
A veces, el funcionario ni siquiera abría el registro.
Anna aprendió a observar las manos.
Sabía cuándo un hombre buscaba de verdad y cuándo fingía.
Aprendió a no elevar la voz.
A no decir que Matthias había rechazado al Führer.
A no contar que había huido.
Decía que se trataba de una confusión.
Que su marido era campesino.
Que tenía hijos.
Que jamás había pertenecido a un partido.
Algunos funcionarios sentían lástima.
La lástima no abría puertas.
El dinero comenzó a acabarse.
La dueña de la pensión llamó una mañana.
—Debe dos noches.
—Le pagaré.
—¿Cuándo?
—Estoy buscando trabajo.
—Todo el mundo busca trabajo.
—Solo necesito unos días.
—Tiene hasta mañana.
Anna recorrió tiendas y cocinas.
Preguntó en una fábrica.
En una lavandería.
En un hospital.
Cuando decía que tenía dos hijos, dejaban de escuchar.
Finalmente consiguió trabajo limpiando una taberna después del cierre.
Empezaba a medianoche y terminaba al amanecer.
Los niños dormían en un almacén, sobre sacos vacíos.
La primera noche, el dueño señaló el suelo.
—Los soldados vomitan mucho.
—Lo limpiaré.
—No robes.
—No soy una ladrona.
—Todos dicen eso antes de robar.
Anna fregó durante seis horas.
Recogió cristales.
Limpió sangre de una pelea.
Vació cubos.
Al terminar, el hombre le pagó menos de lo acordado.
—Falta dinero.