El último tren del invierno Chapter 7 #4
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Chapter 7 #4

—No ha muerto.

—¿Lo sabes? —preguntó Lukas.

La pregunta regresó.

Siempre la misma.

¿Lo sabes?

Anna abrazó la camisa.

Todavía conservaba un olor débil.

Jabón.

Humedad.

Y algo que podía ser Matthias.

—No —dijo.

Fue la primera vez que respondió con toda la verdad.

Los niños se quedaron inmóviles.

—No lo sé.

Klara comenzó a llorar.

Lukas no.

Cogió la camisa.

La sostuvo contra el pecho.

Después miró hacia el camino.

—Voy a encontrarlo.

—No.

—Cuando sea mayor.

—Lukas.

—Voy a ir a la prisión.

—No sabes dónde está.

—Lo averiguaré.

Anna lo agarró de los hombros.

—Escúchame. No vas a ir a ninguna parte.

—Tú no puedes impedirlo.

La frase era de Matthias.

No exactamente.

Pero llevaba su voz.

Anna sintió ganas de abofetearlo.

De abrazarlo.

De encerrarlo para siempre en la casa.

—No te convertirás en otra persona a la que tenga que esperar —dijo.

Lukas la miró.

—Entonces tráelo tú.

Anna soltó sus hombros.

El niño entró en la casa con la camisa.

Klara lo siguió.

Anna permaneció fuera.

La nieve caía lentamente.

El mundo parecía limpio.

Ella sabía que no lo estaba.

Aquel día tomó una decisión.

No podía seguir esperando cartas.

No podía confiar en el alcalde.

No podía permitir que los niños vivieran entre rumores.

Iría a buscar a Matthias.

No sabía dónde.

No sabía cómo.

No sabía quién podría ayudarla.

Pero por primera vez desde que se lo llevaron, la espera le pareció más peligrosa que el camino.

Esa noche habló con Josef.

—Me marcho.

Él levantó la cabeza.

—¿Adónde?

—A la ciudad.

—No sabes dónde lo tienen.

—Lo averiguaré.

—No te dejarán verlo.

—Entonces haré que alguien me escuche.

—Pueden detenerte.

—Pueden llevarse a los niños si me quedo.

Josef miró hacia la escalera.

—¿Qué harás con ellos?

—Vendrán conmigo.

—Es una locura.

—Matthias diría lo mismo.

—Matthias estaría equivocado.

—Eso no sería nuevo.

Josef sonrió por primera vez en meses.

La sonrisa duró poco.

—Yo cuidaré de ellos.

—No.

—Aquí estarán más seguros.

—¿Seguros con quién?

La pregunta lo hirió.

Anna se arrepintió.

—No quería decir eso.

—Sí querías.

—Josef.

—Tienes razón.

Se levantó.

—No pude proteger a Matthias.

—Nadie podía.

—Yo podía haber cerrado la boca.

—Y ellos habrían encontrado otra.

—Eso dice él.

—Porque es verdad.

Josef caminó hasta la ventana.

La nieve cubría el sendero.

—Déjame ir a mí.

—No eres su esposa.

—Soy su hermano.

—Y estás vigilado.

—Tú también.

—Una mujer con dos niños puede parecer menos peligrosa.

—No sabes lo que esos hombres consideran peligroso.

Anna pensó en la carta.

No quieren que Lukas se convierta en mí.

Tampoco que se convierta en ellos.

—Me marcharé dentro de dos días.

—Entonces iré contigo.

—Alguien debe cuidar la granja.

—La granja no importa.

—Para Matthias sí.

—Matthias puede perderla.

—Entonces tendrá algo a lo que regresar.

Josef la miró.

—¿De verdad crees que regresará?

Anna tardó en responder.

—Tengo que comportarme como si fuera posible.

Prepararon el viaje.

Vendieron una vaca.

El comprador pagó menos de la mitad de su valor.

Sabía que Anna necesitaba el dinero.

El miedo convierte a algunos hombres en cobardes.

A otros los convierte en comerciantes.

La noche antes de partir, varios vecinos subieron a la granja.

No entraron juntos.

Llegaron de uno en uno.

El viejo Huber trajo monedas.

El panadero, pan.

La viuda Keller, una manta.

Incluso Marta Weiss apareció.

La mujer del brazalete.

Dejó un pequeño paquete sobre la mesa.

—¿Qué es?

—Ropa para la niña.

—¿Por qué?

Marta no miró a Anna.

—Mi marido trabaja con el alcalde.

—Lo sé.

—Han preparado documentos.

—¿Qué documentos?

—Para llevarse a los niños.

Anna sintió frío.

—¿Cuándo?

—La próxima semana.

—¿Por qué me lo dices?

Marta apretó los labios.

—Porque tengo hijos.

—También los tenías cuando me llamaste mala madre.

—Lo sé.

—También los tenías cuando todos nos dejaron solos.

—Lo sé.

Anna quiso echarla.

No lo hizo.

—Gracias.

Marta asintió.

Antes de salir, se quitó el brazalete.

Lo guardó en el bolso.

No dijo nada.

Fue un gesto pequeño.

Podía volver a colocárselo al llegar al pueblo.

Aun así, Anna lo vio.

A la mañana siguiente, partió con los niños.

Josef se quedó frente a la granja.

Lukas llevaba la camisa de su padre dentro de una mochila.

Klara sostenía la muñeca que Anna le había cosido años atrás.

La nieve cubría el camino.

Al llegar al primer giro, Anna se volvió.

La casa parecía pequeña.

La chimenea expulsaba humo.

Josef levantó una mano.

Anna pensó en Matthias huyendo por aquel mismo sendero.

También él había mirado atrás.

También había creído que regresaría pronto.

—Mamá —dijo Klara—. ¿Vamos a traer a papá?

Anna miró el valle.

Más allá estaban la ciudad, la prisión y los hombres que habían convertido a su marido en un expediente.

—Vamos a encontrarlo.

—¿Y después?

Anna cogió las manos de sus hijos.

—Después veremos qué queda de nosotros.

Comenzaron a descender.

Detrás dejaron la granja.

El pueblo.

La montaña.

Delante no había ninguna certeza.

Solo un camino cubierto de nieve.

Y por primera vez desde que se llevaron a Matthias, la familia dejó de esperar.

Empezó a avanzar.