El último tren del invierno Chapter 7 #3
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Chapter 7 #3

Todavía.

Anna regresó a casa.

Nadie caminó junto a ellos.

Pero al llegar al sendero encontró al viejo Huber esperando.

Llevaba una bolsa.

—Es poca cosa —dijo.

Dentro había patatas.

—Gracias.

—No me des las gracias.

—Has hablado.

—Demasiado tarde.

—Has hablado.

El hombre miró a Lukas.

—Tu padre es un hombre difícil.

El niño asintió.

—Sí.

—Pero no es un cobarde.

Lukas tocó la carta quemada dentro del bolsillo.

—No.

El viejo se marchó.

Esa noche aparecieron tres cestas frente a la casa.

Al día siguiente fueron cinco.

Nadie firmaba.

Nadie llamaba.

El pueblo seguía apartándose de ellos durante el día.

Pero algunos subían a la granja cuando oscurecía.

La vergüenza y la bondad convivían en los mismos hombres.

Anna no sabía cuál vencería.

Comenzó a escribir un diario.

No porque creyera que alguien llegaría a leerlo.

Porque tenía miedo de que todo desapareciera.

Escribió los nombres de quienes ayudaban.

Los nombres de quienes insultaban.

Las palabras de los funcionarios.

El día en que quemaron la carta.

La confesión de Franz.

Las amenazas contra los niños.

Escribió sobre Matthias.

Algunas noches lo llamaba valiente.

Otras lo llamaba egoísta.

A veces escribía que lo amaba.

Otras que deseaba no haberlo conocido.

Después tachaba esas frases.

Más tarde dejó de tacharlas.

El amor no desaparecía porque existiera la rabia.

La rabia tampoco desaparecía porque existiera el amor.

Ambas cosas podían vivir dentro del mismo cuerpo.

Como el miedo y la resistencia.

Como la culpa y el orgullo.

Llegó otra carta de Matthias.

Esta vez había partes borradas con tinta negra.

Querida Anna:

He recibido tu carta.

Siento lo que está ocurriendo.

No creas que no pienso en volver.

Pienso en ello cada día.

Me ofrecen una salida.

No sé si es una salida o una puerta hacia algo peor.

Diles a los niños que…

La siguiente línea estaba cubierta.

Después continuaba:

No quiero que Lukas se convierta en mí.

Tampoco quiero que se convierta en ellos.

No sé cómo puede un padre pedir ambas cosas.

Klara aparece en mis sueños.

Siempre corre detrás de un coche.

Nunca consigo detenerlo.

Perdóname por…

Otra parte había sido borrada.

La carta terminaba:

No dejéis que os convenzan de que esto es culpa vuestra.

Ni vuestra.

Ni mía.

Ellos eligen hacer daño.

Recordadlo.

Matthias.

Anna leyó la carta a los niños.

Lukas pidió verla.

—No quiero que se convierta en mí —leyó.

Miró a su madre.

—¿Qué significa?

—Que quiere que tengas tu propia vida.

—Él no tiene una.

—Por eso.

—Yo quiero ser como papá.

Anna sintió miedo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque quiero que vivas.

—Papá también quiere vivir.

—A veces querer no basta.

Lukas dobló la carta.

—Entonces ¿qué quieres que sea?

Anna se acercó.

Le sostuvo el rostro entre las manos.

—Quiero que seas capaz de mirar lo que está mal sin dejar que te destruya.

—Papá hizo eso.

—No.

La palabra salió demasiado rápido.

Lukas se apartó.

—Sí lo hizo.

—Tu padre miró lo que estaba mal y se colocó delante.

—Eso es ser valiente.

—También puede ser una forma de morir.

—Tú dijiste que no en la plaza.

Anna guardó silencio.

El niño había visto la contradicción.

—¿Eso significa que también quieres morir?

—No.

—Entonces quizá papá tampoco.

Anna lo abrazó.

Lukas permaneció rígido.

Después apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Tengo miedo de olvidarlo —dijo.

—No lo olvidarás.

—Ya no recuerdo su voz.

Anna cerró los ojos.

Ella también empezaba a perderla.

Recordaba palabras.

Frases.

La forma en que pronunciaba su nombre cuando estaba enfadado.

Pero la voz se deshacía.

Como un sonido que llegaba desde otra habitación.

Aquella noche, Anna reunió a los niños junto al fuego.

Les habló de Matthias.

No del hombre que había rechazado el brazalete.

Del hombre que olvidaba dónde dejaba las herramientas.

Del que roncaba.

Del que no sabía cantar.

Del que había llevado a Lukas sobre los hombros durante una tormenta.

Del que fingía no tener hambre para que Klara comiera más.

Los niños rieron.

Al principio con culpa.

Después de verdad.

Anna comprendió que el régimen quería convertir a Matthias en una idea.

Traidor.

Enemigo.

Mártir.

Héroe.

Ella no permitiría que desapareciera el hombre.

Por eso siguió contando historias.

Cada noche una.

La vez que una vaca lo hizo caer al barro.

La vez que se perdió regresando de un pueblo que conocía desde niño.

La carta de amor que escribió con tres faltas en una sola frase.

Así protegían a Matthias.

No con armas.

Con recuerdos.

El invierno llegó antes de lo esperado.

La primera nevada cayó durante la noche.

Al amanecer, la granja estaba cubierta de blanco.

Klara salió corriendo.

Durante unos segundos volvió a ser una niña que solo veía nieve.

Lukas la siguió.

Se lanzaron bolas.

Anna los observó desde la puerta.

Sonrió.

Después miró el camino.

Había huellas.

Un hombre había subido durante la noche.

Junto al establo encontró un saco de harina y un paquete envuelto en tela.

Dentro había una camisa de Matthias.

La reconoció.

Era la que llevaba el día de la detención.

Estaba limpia.

Pero tenía una mancha oscura junto al cuello.

Había una nota.

Pertenencias del detenido Matthias Gruber.

Anna dejó de respirar.

No había explicación.

No decía que estuviera muerto.

Tampoco decía que estuviera vivo.

Solo habían devuelto una camisa.

—Mamá —llamó Klara—. ¿Qué es?

Anna escondió la prenda contra su cuerpo.

—Nada.

Lukas se acercó.

Vio la tela.

—Es de papá.

Anna no pudo mentir.

El niño tocó la mancha.

—¿Es sangre?

—No lo sé.

—¿Por qué la han enviado?

—No lo sé.

—¿Ha muerto?

Klara dejó caer la bola de nieve que sostenía.

—No.

La voz de Anna salió rota.