El último tren del invierno Chapter 7 #2
33%

Chapter 7 #2

—¿Quieres las patatas o un informe?

—No quiero que te detengan.

—Ya me detendrán por otra cosa.

Se sentó junto al fuego.

Los niños dormían.

—He preguntado por Matthias.

Anna se volvió.

—¿Dónde?

—En la oficina del distrito.

—¿Qué te han dicho?

—Nada.

—Entonces ¿por qué has ido?

—Porque alguien tenía que hacerlo.

—¿Y qué ha pasado?

Josef se tocó el costado.

Anna vio que respiraba con dificultad.

—¿Te han golpeado?

—Me he caído.

—No me mientas.

—No es grave.

—Enséñamelo.

—Anna.

—Enséñamelo.

Josef se levantó la camisa.

Tenía un hematoma oscuro sobre las costillas.

—¿Quién ha sido?

—Un hombre que no quería que siguiera haciendo preguntas.

—No vuelvas.

—Es mi hermano.

—Y yo no quiero cuidar también de sus hijos cuando te maten.

Las palabras salieron con más dureza de la que pretendía.

Josef bajó la camisa.

—Crees que no lo sé.

—No he dicho eso.

—Lo ves cada vez que me miras.

Anna se sentó.

—¿Qué cosa?

—Que todo esto comenzó conmigo.

—No comenzó contigo.

—Yo hablé.

—Sí.

—Les conté lo que decía Matthias.

—Sí.

—Llevé el brazalete.

—Sí.

—Estuve allí cuando registraron la casa.

Anna no respondió.

—Dilo.

—¿Qué quieres que diga?

—Que me odias.

—No te odio.

—Deberías.

—No tengo fuerza para odiar a más personas.

Josef miró el fuego.

—Yo sí me odio.

—Eso tampoco ayuda.

—¿Qué quieres que haga?

—Traerlo de vuelta.

—No puedo.

—Entonces ayuda a que sus hijos coman.

Josef asintió.

A partir de aquella noche comenzó a reparar la granja.

Arregló la valla.

Cubrió las goteras.

Cortó leña.

No trabajaba como Matthias.

Nadie trabajaba como él.

Josef se cansaba antes.

Se detenía para recuperar el aliento.

Aun así, regresaba cada noche.

Los vecinos lo veían subir por el sendero.

Pronto comenzaron los rumores.

Decían que la familia Gruber preparaba algo.

Que Josef llevaba mensajes.

Que Anna escondía armas.

Que Matthias formaba parte de un grupo de traidores.

No hacía falta que una mentira fuera creíble.

Solo tenía que ser útil.

El alcalde llegó una mañana acompañado de dos agentes.

Anna estaba alimentando a las gallinas.

—Tenemos que registrar la casa.

—Ya la registraron.

—Hay nueva información.

—¿Qué información?

—Déjenos pasar.

Los niños aparecieron en la puerta.

Uno de los agentes miró a Lukas.

—Tú, dentro.

El niño no se movió.

—He dicho que entres.

Anna se colocó delante.

—No le dé órdenes a mi hijo.

—Señora Gruber.

El alcalde hablaba con voz cansada.

—No haga esto más difícil.

—Esa frase la decís siempre antes de hacer algo malo.

El agente la apartó.

Entraron.

Abrieron armarios.

Levantaron colchones.

Vaciaron cajones.

La casa apenas había recuperado el orden desde el primer registro.

Volvieron a destruirlo.

Klara lloraba.

Lukas permanecía inmóvil.

Uno de los agentes encontró la carta de Matthias.

—¿Qué es esto?

—Una carta de mi marido.

—Las comunicaciones de prisioneros deben conservarse para inspección.

—Ya fue inspeccionada antes de llegar.

El hombre leyó.

—“Diles que no han hecho nada malo”.

Miró a Lukas.

—Tu padre te ha escrito.

El niño extendió la mano.

—Devuélvamela.

El agente sonrió.

—¿Qué has dicho?

—Que me la devuelva.

—Pídelo correctamente.

—Es nuestra.

—Aquí nada es vuestro.

Anna sintió que las palabras se repetían en todas partes.

Como si los hombres que vestían uniforme compartieran una sola boca.

El agente sostuvo la carta sobre la llama de una vela.

—No.

Lukas corrió hacia él.

El otro agente lo agarró.

La esquina del papel comenzó a arder.

—¡Suéltelo! —gritó Anna.

La llama avanzó por la carta.

Klara lloró.

El agente la dejó caer al suelo.

Anna la pisó.

Apagó el fuego.

Parte del papel se había convertido en ceniza.

La frase de Matthias seguía visible.

No han hecho nada malo.

Lukas se soltó del agente y recogió los restos.

Sus manos temblaban.

El alcalde miró hacia otro lado.

—¿Esto era necesario? —preguntó Anna.

Nadie respondió.

Después registraron el establo.

No encontraron nada.

Antes de marcharse, el alcalde se acercó a Anna.

—Hay una reunión el domingo.

—No iré.

—Debe ir.

—No.

El hombre cerró los ojos.

—Van a decidir sobre los niños.

Anna sintió que el aire desaparecía.

—¿Qué significa?

—Se ha informado de que no reciben una educación adecuada.

—Van a la escuela.

—Lukas se niega a participar en las actividades.

—Porque lo golpean.

—Klara ha repetido comentarios de su padre.

—Tiene ocho años.

—Precisamente.

—¿Qué quieren hacer?

El alcalde bajó la voz.

—Podrían enviarlos a una institución.

Anna dio un paso hacia él.

—No se atreverán.

—No depende de mí.

—Nada depende de ti. ¿Para qué sigues siendo alcalde?

El hombre no respondió.

—El domingo —dijo—. Lleve a los niños. Pida disculpas. Prometa que cooperará.

—¿Y si no?

El alcalde miró a Lukas y a Klara.

—No falte.

Se marcharon.

Anna permaneció frente a la casa.

Los restos de la carta seguían en las manos de Lukas.

—No nos llevarán —dijo ella.

Ninguno de los niños respondió.

Aquella noche durmieron juntos.

Anna colocó una silla bajo el picaporte.

Dejó el cuchillo de cocina junto a la cama.

Sabía que no podría enfrentarse a soldados.

Aun así, necesitaba tener algo.

Comprendió entonces por qué Matthias había dejado el hacha cerca de la cama la última noche.

No era para usarla.

Era para fingir que todavía podía protegerlos.

El domingo, la plaza estaba llena.

Anna caminó con los niños.

No llevaba brazalete.

Algunas personas la observaron.

Otras se apartaron para no quedar cerca.

Era como si la desgracia pudiera contagiarse por contacto.

El alcalde se encontraba sobre una plataforma.

A su lado estaba el maestro Baumann y un funcionario que Anna no conocía.

El funcionario llevaba unas gafas pequeñas y una carpeta.

—Anna Gruber —dijo.

—Sí.

—Viuda.

—Mi marido está vivo.

El hombre consultó la carpeta.

—Ausente.

—Detenido.

—Ausente.

Anna apretó la mano de Klara.

—Sus hijos han mostrado conductas contrarias a los valores del Reich.

—Mis hijos tienen miedo.

—El miedo puede corregirse.

—No deberían corregirlo. Deberían dejar de causarlo.

Un murmullo recorrió la plaza.

El funcionario la miró.

—¿Reconoce que la conducta de su esposo fue perjudicial para su familia?

Anna vio a Lukas.

El niño sostenía los restos de la carta dentro del bolsillo.

—No.

—Piénselo bien.

—Lo he pensado.

—¿Reconoce la autoridad del Estado sobre la educación de sus hijos?

—Soy su madre.

—No ha respondido.

—Sí he respondido.

El funcionario cerró la carpeta.

—Los niños podrían ser retirados de su custodia.

Klara comenzó a llorar.

Anna la abrazó.

—No puede hacer eso.

—Podemos.

—¿Por qué?

—Para protegerlos.

Anna soltó una risa.

No había alegría en ella.

—¿Protegerlos de quién?

—De ideas dañinas.

—¿De su padre?

—Entre otras influencias.

Lukas dio un paso adelante.

—Mi padre no ha hecho nada malo.

La plaza quedó en silencio.

El maestro Baumann frunció el ceño.

—Lukas, vuelve junto a tu madre.

—Usted dejó que Franz me pegara.

Baumann miró a los vecinos.

—Eso no ocurrió.

—Sí ocurrió.

—El niño miente —dijo el padre de Franz.

Lukas se volvió.

—Tu hijo también lo sabe.

Franz estaba junto a su padre.

Bajó la cabeza.

—Diles que no te pegué —ordenó el panadero.

El niño no respondió.

—Dilo.

Franz empezó a llorar.

—Yo le pegué.

El padre le agarró del hombro.

—Cállate.

—El maestro estaba allí.

Todas las miradas se dirigieron a Baumann.

El maestro palideció.

—Fue una pelea entre niños.

—Usted no hizo nada —dijo Lukas.

Anna colocó una mano sobre el hombro de su hijo.

Sintió miedo.

También orgullo.

El mismo orgullo que había sentido Matthias.

Y comprendió el peligro de aquel sentimiento.

El orgullo podía alimentar.

También podía llevar a un hijo hacia la misma celda que su padre.

—Basta —dijo el funcionario.

Abrió la carpeta.

—La familia Gruber deberá permanecer bajo observación. Los niños asistirán a sesiones especiales de formación. La madre presentará informes semanales ante el alcalde.

—No —dijo Anna.

El hombre levantó la cabeza.

—¿Qué ha dicho?

—Que no.

Una palabra.

Pequeña.

Sencilla.

Anna sintió que Matthias estaba junto a ella.

No como un fantasma.

Como una carga.

Como una fuerza.

Como un error que también podía ser verdad.

—No entregaré a mis hijos —continuó—. No pediré perdón por su padre. No diré que mentía para que ustedes se sientan fuertes.

El alcalde bajó de la plataforma.

—Anna.

—No me toques.

—Piensa en los niños.

—Eso hago.

—Pueden llevárselos hoy mismo.

—Entonces tendrán que hacerlo delante de todo el pueblo.

Miró a los vecinos.

Conocía aquellos rostros.

Había compartido pan con ellos.

Había cuidado de sus hijos.

Había ayudado en partos.

Había lavado muertos.

—Miradme —dijo.

Pocos lo hicieron.

—Conocéis a Matthias. Sabéis que no es un traidor.

Silencio.

—Sabéis que nunca hizo daño a nadie.

Una mujer bajó la cabeza.

—Sabéis que estos niños no han cometido ningún delito.

El panadero cerró los ojos.

—Decid algo.

Nadie habló.

El funcionario sonrió.

No necesitaba que estuvieran de acuerdo.

Solo necesitaba que callaran.

Entonces una voz salió desde el fondo.

—Matthias me salvó la cosecha hace cinco años.

Era el viejo Huber.

Todos se volvieron.

El hombre se apoyaba en un bastón.

—Cuando enfermé, trabajó mis tierras durante dos semanas.

El funcionario lo observó.

—Nadie ha preguntado eso.

—Yo lo digo.

Otra voz habló.

—Me prestó dinero cuando murió mi marido.

Era la viuda Keller.

No tenía relación con el oficial de la prisión.

Después habló el panadero.

—Reparó mi horno sin cobrar.

Su mujer lo miró con horror.

—Cállate.

—Es verdad.

El alcalde levantó una mano.

—Basta.

Pero las voces ya habían comenzado.

No eran muchas.

No eran valientes.

Algunas apenas podían escucharse.

Sin embargo, estaban allí.

—Matthias ayudó a construir mi granero.

—Llevó a mi hijo hasta el médico.

—Nos dio comida durante el invierno.

—Nunca habló contra nosotros.

El funcionario miró la plaza.

—Están defendiendo a un enemigo del Estado.

El silencio regresó.

La palabra enemigo seguía teniendo poder.

La gente retrocedió.

Las voces se apagaron.

Pero algo había cambiado.

Durante unos segundos, el miedo no había sido suficiente.

El funcionario guardó la carpeta.

—La decisión será comunicada.

Bajó de la plataforma.

Los agentes no se llevaron a los niños.