Chapter 7
ACTO IV
La casa vacía
Después de que se llevaran a Matthias, el silencio entró en la casa.
No llegó de golpe.
Se instaló poco a poco.
Primero desapareció su voz.
Después el sonido del hacha en el patio.
Luego dejaron de escucharse sus pasos al amanecer.
Durante varios días, Anna siguió despertándose antes de que saliera el sol. Abría los ojos y extendía una mano hacia el otro lado de la cama.
Siempre encontraba las sábanas frías.
Entonces recordaba.
No lloraba.
Al principio no.
Se levantaba, encendía el fuego y preparaba el desayuno para los niños. Después salía a ordeñar las vacas, recogía los huevos y cargaba la leña que Matthias había cortado antes de que todo comenzara.
La leña se acababa.
Los sacos de grano también.
El invierno todavía estaba lejos, pero ya se podía sentir en las mañanas.
La montaña siempre avisaba.
El viento cambiaba.
Las sombras se alargaban.
Los animales comían más.
Anna pensaba en el invierno mientras removía la sopa.
Pensaba en el tejado.
En las grietas del establo.
En la madera húmeda.
En los animales que tendrían que vender.
Pensaba en todas las cosas que Matthias hacía sin decirlo.
Ahora cada una de aquellas tareas tenía su rostro.
Lukas dejó de hablar durante tres días.
No era que no pudiera.
Simplemente había decidido guardar las palabras.
Cuando Anna le preguntaba algo, respondía con la cabeza.
Sí.
No.
No sé.
Klara hablaba por los dos.
Preguntaba cuándo volvería su padre.
Preguntaba dónde dormía.
Preguntaba si tenía frío.
Preguntaba si los hombres que se lo habían llevado le daban de comer.
Anna contestaba lo que podía.
—Está vivo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque sí.
—¿Te ha escrito?
—Todavía no.
—Entonces no lo sabes.
Anna la miraba.
La niña tenía razón.
Eso era lo peor de las preguntas de Klara.
Todavía no había aprendido a suavizar la verdad.
La primera carta de Matthias llegó doce días después.
La trajo el cartero.
Antes solía detenerse junto a la puerta y aceptar una taza de café. Aquella mañana dejó el sobre sobre una piedra.
—Buenos días —dijo Anna.
El hombre no se acercó.
—Hay una carta.
—Ya la veo.
—Debe firmar.
Anna tomó el papel que él sostenía.
El cartero le entregó un lápiz desde lejos, evitando que sus dedos se tocaran.
—¿Ocurre algo? —preguntó ella.
—No.
—Entonces entre.
—Tengo trabajo.
—Siempre tiene trabajo.
El hombre miró hacia el camino.
—No puedo quedarme.
—¿No puede o no quiere?
El cartero guardó silencio.
Anna firmó.
—Mi marido no es un criminal.
—Yo no he dicho nada.
—Precisamente.
El hombre se marchó.
Anna recogió el sobre.
Reconoció la letra de Matthias.
El nombre estaba escrito de forma temblorosa.
Anna Gruber.
Granja Gruber.
La montaña.
Nada más.
Entró en la casa.
Los niños estaban en la cocina.
Klara vio la carta.
—¿Es de papá?
Anna asintió.
Lukas se levantó de golpe.
Fue el primer movimiento rápido que hizo en días.
—Ábrela.
Anna sostuvo el sobre.
Quería hacerlo.
También tenía miedo.
Una carta puede traer a una persona.
También puede confirmar que ya se ha ido.
Rompió el borde.
Dentro había una sola hoja.
Querida Anna:
Estoy vivo.
Eso es lo primero que debes saber.
No puedo contaros dónde estoy ni lo que sucede aquí. Me han dicho que no debo escribir sobre ciertas cosas.
Pienso en vosotros.
Pienso en la casa.
Pienso en Lukas y en Klara.
Diles que no han hecho nada malo.
Diles que su padre los quiere.
No sé cuándo volveré.
Cuidaos.
Matthias.
Eso era todo.
Klara esperó.
—¿Qué más dice?
—Nada más.
—Es muy corta.
—No le habrán dejado escribir más.
—¿Dice que volverá?
Anna dobló la carta.
—Dice que no sabe cuándo.
—Eso no significa que vaya a volver.
Lukas se acercó.
—Déjame verla.
Anna le entregó el papel.
El niño leyó despacio.
Al llegar a la frase que hablaba de ellos, se detuvo.
Diles que no han hecho nada malo.
Leyó la frase otra vez.
Después subió a su habitación.
Anna quiso seguirlo.
No lo hizo.
A veces una madre tiene que decidir entre entrar en el dolor de un hijo o respetar que cierre la puerta.
Nunca sabía cuál era la decisión correcta.
Aquella tarde, Lukas bajó con la carta doblada dentro del bolsillo.
No volvió a hablar de ella.
La llevaba a todas partes.
La tocaba con los dedos cuando creía que nadie lo miraba.
En la escuela, las cosas empeoraron.
El maestro Baumann había dejado de fingir que sentía afecto por ellos.
Colocó a Lukas en la última fila.
Klara fue separada de las otras niñas.
Nadie les explicó por qué.
No hacía falta.
Los niños aprenden pronto a reconocer a quienes pueden ser castigados sin consecuencias.
Un día, Lukas regresó con el labio partido.
Anna lo vio entrar por la puerta.
—¿Qué ha pasado?
—Nada.
—Tienes sangre.
—Me he caído.
—Mírame.
El niño bajó la cabeza.
Anna le levantó el rostro.
—¿Quién ha sido?
—Nadie.
—No te has hecho eso solo.
—Franz.
Franz era hijo del panadero.
Había jugado con Lukas desde que ambos podían caminar.
—¿Por qué?
—Dice que papá es un traidor.
—¿Y tú qué has dicho?
—Que no.
—¿Y después?
—Me ha empujado.
—¿Y el maestro?
Lukas apretó la mandíbula.
—Miraba.
Anna sintió una rabia que no se parecía al miedo.
Cogió su abrigo.
—Vamos.
—No.
—Voy a hablar con Baumann.
—No quiero.
—No puede permitir que te golpeen.
—Lo empeorarás.
Anna se quedó quieta.
Era una frase que los adultos repetían constantemente.
No hables.
No protestes.
No mires.
No lo empeores.
Ahora salía de la boca de su hijo.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Todos.
—¿Todos quiénes?
—Todos.
Anna dejó el abrigo.
Limpió la herida.
Lukas no se quejó.
—¿Por qué no te defendiste?
El niño la miró.
—Papá se defendió.
Anna entendió.
Su hijo no hablaba del golpe.
Hablaba del vehículo.
De los soldados.
De las esposas.
—Tu padre no hizo nada malo.
—Entonces ¿por qué se lo llevaron?
—Porque ellos hacen cosas malas.
—Pero todos dicen que fue por su culpa.
—Todos tienen miedo.
—Tú también.
—Sí.
—Entonces quizá ellos tienen razón.
Anna sintió que una parte de Matthias estaba sentada frente a ella.
La misma necesidad de convertir el mundo en algo que pudiera comprenderse.
—Tener miedo no significa tener razón.
—Papá no tenía miedo.
—Tu padre estaba aterrorizado.
Lukas abrió los ojos.
—No.
—Sí.
—Nunca lo dijo.
—Los padres no decimos muchas cosas.
—Entonces nos mentís.
Anna no respondió.
Le pasó un paño húmedo por el labio.
—¿Papá va a morir?
La mano de Anna se detuvo.
—No.
—¿Lo sabes?
—No.
Lukas apartó el rostro.
—Entonces no lo digas.
Subió a su habitación.
Anna se quedó en la cocina.
Miró el paño manchado de sangre.
Pensó que el régimen había entrado en su casa antes de que los soldados cruzaran la puerta.
Había entrado a través de las palabras.
Ahora vivía en la desconfianza de su hijo.
En el miedo de su hija.
En cada silencio entre ellos.
El panadero dejó de venderles harina.
Anna fue a la tienda un jueves.
Llevaba una cesta y unas monedas envueltas en un pañuelo.
Había tres mujeres dentro.
Todas dejaron de hablar cuando entró.
El panadero permanecía detrás del mostrador.
—Necesito harina.
El hombre no se movió.
—¿Cuánta?
—Cinco kilos.
—No puedo.
—Tienes sacos detrás.
—Están reservados.
—Siempre me has vendido.
—Las cosas han cambiado.
Anna dejó las monedas sobre el mostrador.
—Mis hijos tienen que comer.
—No es asunto mío.
Una de las mujeres apartó la mirada.
Otra apretó los labios.
La tercera observaba a Anna con una expresión que parecía satisfacción.
—Tu marido debería haber pensado en eso —dijo.
Anna se volvió.
La mujer se llamaba Marta Weiss. No tenía relación con el comandante de la prisión. Era esposa de un hombre que trabajaba para el ayuntamiento.
—Mi marido pensó en sus hijos.
—No lo parece.
—¿Qué quieres decir?
—Un padre no abandona a su familia por orgullo.
Anna se acercó.
—No sabes nada de él.
—Todos sabemos lo que hizo.
—Todos sabéis lo que os han dicho.
Marta señaló el brazalete que llevaba.
—Sabemos de qué lado estamos.
—Yo también.
—Entonces demuéstralo.
Anna miró la tela roja.
Durante unos segundos imaginó que agarraba a la mujer del brazo y arrancaba el brazalete.
No lo hizo.
Pensó en Matthias.
En el pequeño gesto que había iniciado todo.
Cogió las monedas.
—Guárdate la harina.
El panadero soltó aire.
Parecía aliviado.
Anna se dirigió a la puerta.
—Espera.
El hombre sacó un pequeño paquete.
—Puedo darte esto.
Era menos de un kilo.
—¿Cuánto?
—Nada.
Anna lo miró.
—No quiero caridad.
—Entonces considéralo una deuda.
—¿Por qué?
El panadero bajó la voz.
—Porque tu marido me ayudó cuando se quemó mi horno.
Anna recordó.
Matthias había trabajado dos días sin cobrar.
—Y ahora tu hijo golpea al mío.
El hombre cerró los ojos.
—Lo siento.
—Díselo a Lukas.
—No puedo.
—Sí puedes.
—No entiendes.
—Entiendo perfectamente.
Dejó el paquete sobre el mostrador.
Salió sin harina.
Aquella noche preparó una sopa más clara.
Klara miró el plato.
—No hay patatas.
—Quedan pocas.
—Tengo hambre.
—Yo también.
Lukas empujó parte de su comida hacia su hermana.
—Toma.
—No quiero la tuya.
—Yo no tengo hambre.
Anna sabía que mentía.
Klara aceptó.
Los niños aprenden a compartir cuando descubren que los adultos ya no pueden proporcionarles suficiente.
A la mañana siguiente, encontraron una cesta junto a la puerta.
Dentro había pan, harina y dos huevos.
No había ninguna nota.
Anna miró hacia el camino.
No vio a nadie.
Llevó la cesta dentro.
Durante varios días aparecieron pequeñas cantidades de comida.
Una botella de leche.
Un pedazo de queso.
Un conejo muerto.
Nadie llamaba.
Nadie quería que lo vieran ayudando a la familia de Matthias.
La compasión también se había vuelto clandestina.
Anna sospechaba que algunas cosas las dejaba el panadero.
Otras podían venir de la viuda Huber.
No preguntó.
Quien ayudaba en secreto necesitaba conservar el secreto para continuar haciéndolo.
Josef visitaba la granja por las noches.
Había perdido peso.
Desde que lo echaron del trabajo, hacía encargos para algunos agricultores del valle. Le pagaban poco.
A veces no le pagaban.
Una noche llegó con un saco de patatas.
—¿De dónde lo has sacado? —preguntó Anna.
—No importa.
—¿Las has robado?
—He trabajado por ellas.
—¿Para quién?
—Para un hombre.
—¿Qué hombre?
Josef dejó el saco.