Chapter 6 #3
—Los guardias dicen tu nombre.
Me senté junto a la pared.
—¿Por qué estás aquí?
—Por nacer.
No entendí.
—Soy judío.
La palabra quedó entre nosotros.
Había oído hablar de los judíos.
En el pueblo casi no había ninguno. El padre de Anna había comprado herramientas a un comerciante judío en Salzburgo. Decía que era un hombre honrado.
Para mí eso era todo.
Un hombre.
Un comerciante.
Un nombre.
—¿Qué hiciste? —pregunté.
Samuel soltó una risa débil.
—Ya te lo he dicho.
—No pueden encarcelarte solo por ser judío.
—Pueden hacer muchas cosas.
—¿Tienes familia?
—Tuve.
No pregunté qué significaba.
En prisión, algunas palabras deben dejarse quietas.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Dos meses. Tal vez tres.
—¿Te han juzgado?
—No necesitan juzgarme.
—A todos tienen que juzgarnos.
—Tú todavía crees en las palabras escritas.
Pensé en las listas.
En los informes.
En las declaraciones.
—Ellos también creen.
—No. Ellos creen en el sello que ponen debajo.
Durante las noches siguientes hablamos.
Siempre en voz baja.
Samuel había sido médico.
Atendía a niños.
Tocaba el violín.
Tenía una esposa llamada Rebekka y una hija llamada Miriam.
No sabía dónde estaban.
—¿Por qué no te marchaste? —le pregunté.
—Porque mi padre estaba enfermo.
—Podías haberlo llevado contigo.
—Eso creía.
—¿Y después?
—Después fue demasiado tarde.
Todos decíamos lo mismo.
Demasiado tarde.
Demasiado tarde para coger el brazalete.
Demasiado tarde para rechazarlo.
Demasiado tarde para huir.
Demasiado tarde para quedarse.
La dictadura convertía cada decisión en una puerta que se cerraba detrás.
Una noche Samuel me preguntó:
—¿Por qué estás aquí?
—Me negué.
—¿A qué?
—A obedecer.
—Eso es demasiado grande.
—A ponerme un brazalete.
—Eso es demasiado pequeño.
—Comenzó siendo pequeño.
—Siempre comienza así.
Apoyé la cabeza contra la pared.
—Mi familia está pagando por mí.
—Tu familia paga por ellos.
—Si yo hubiera obedecido…
—Habrían encontrado otra cosa.
—No lo sabes.
—Sí lo sé.
Su voz se volvió más dura.
—Mi hermano obedeció. Entregó su negocio. Firmó. Se presentó cuando lo llamaron. Pensó que así protegería a su mujer.
—¿Lo hizo?
—Se los llevaron juntos.
No respondí.
—No te digo que tu decisión sea correcta —continuó—. Tal vez no existe una decisión correcta. Solo digo que no les entregues también la culpa.
Aquellas palabras me acompañaron.
No les entregues la culpa.
Podían quitarme la libertad.
Los dientes.
La sangre.
Tal vez la vida.
Pero también querían que creyera que todo era responsabilidad mía.
Que si Anna sufría era porque yo no había firmado.
Que si Lukas era castigado era por haberme imitado.
Que si la viuda estaba detenida era porque me había escondido.
Ellos golpeaban.
Ellos arrestaban.
Ellos amenazaban.
Y después colocaban la culpa en nuestras manos.
Una mañana dejaron de escucharse los golpes de Samuel.
Golpeé la pared.
Dos veces.
Esperé.
Nada.
Volví a golpear.
—Samuel.
Silencio.
Me acerqué a la puerta.
—¡Guardia!
Nadie apareció.
—¡El hombre de la celda de al lado está enfermo!
Escuché pasos.
La ranura se abrió.
—Cállese.
—No responde.
—Duerme.
—Nunca duerme a esta hora.
—Cállese.
—Necesita un médico.
El guardia sonrió.
—Era médico.
La ranura se cerró.
Golpeé la puerta.
Grité.
Dos guardias entraron.
Me tiraron al suelo.
Me golpearon hasta que dejé de llamar a Samuel.
A la mañana siguiente escuché cómo abrían su celda.
Hubo voces.
Después arrastraron algo por el pasillo.
Me subí al camastro.
Desde la ventana no podía ver nada.
—Samuel —susurré.
No hubo respuesta.
Ese día no comí.
Guardé el trozo de pan.
No sabía por qué.
Quizá porque él ya no podía comerlo.
Quizá porque necesitaba conservar algo que hubiera estado vivo mientras hablábamos.
Tres días después me llevaron ante Keller.
Había otro hombre en la habitación.
Vestía uniforme militar. Tenía el rostro largo y una cicatriz junto a la oreja.
Keller permanecía de pie.
Eso me hizo comprender que el otro tenía más poder.
—Matthias Gruber —dijo el desconocido.
No era una pregunta.
—Sí.
—Soy el comandante Weiss.
Me senté.
Nadie me lo ordenó.
Estaba cansado de esperar órdenes.
Weiss observó mi rostro.
—Le han tratado con dureza.
—Usted lo llama dureza.
—¿Cómo lo llama usted?
—Cobardía.
Keller dio un paso.
El comandante levantó una mano.
—Déjelo.
Se sentó frente a mí.
—He leído su expediente.
—Entonces sabe más de mí que yo.
—No sea insolente.
—No sé ser otra cosa.
Weiss abrió una carpeta.
—No es comunista.
—No.
—No es judío.
—No.
—No pertenece a ningún grupo político.
—No.
—No es sacerdote ni pacifista religioso.
—No creo en Dios.
—No tiene educación.
—Sé leer.
—Apenas.
—Es suficiente para entender órdenes.
El comandante entrelazó los dedos.
—Entonces explíqueme por qué un campesino sin ideas políticas decide enfrentarse al Reich.
—No me he enfrentado al Reich.
—Rechazó sus símbolos.
—Sí.
—Cuestionó su autoridad.
—Sí.
—Huyó.
—Sí.
—¿Cómo llama a eso?
—Intentar que me dejen en paz.
Weiss me observó durante mucho tiempo.
—Eso ya no es posible.
—Lo he comprendido.
—El Estado necesita hombres.
—Tiene millones.
—Necesita a todos.
—Yo no necesito al Estado.
—Eso es irrelevante.
Se inclinó hacia mí.
—Se acerca una guerra.
Las palabras llenaron la habitación.
—¿Contra quién?
—Contra quienes amenazan nuestro futuro.
—¿Quiénes son?
—No necesita saberlo.
—Entonces no sabe contra quién quiere que luche.
—Usted luchará contra quien se le ordene.
—No.
Weiss miró a Keller.
Después volvió a mirarme.
—Todavía no ha recibido ninguna orden militar.
—Pero la recibiré.
—Probablemente.
—Y diré que no.
—Entonces será ejecutado.
Lo dijo con calma.
Como si hablara del clima.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Las manos comenzaron a temblar.
Las escondí bajo la mesa.
—¿Por negarme a matar?
—Por traición.
—No he traicionado a nadie.
—La traición no la define usted.
—¿La define quien gana?
—La define el Estado.
—Entonces el Estado puede llamar justicia a cualquier cosa.
Weiss sonrió ligeramente.
—Es más inteligente de lo que parece.
—Eso no es difícil.
Keller me golpeó en la nuca.
El comandante no lo detuvo esta vez.
—Tiene esposa e hijos —dijo Weiss.
—Lo sé.
—Piense en ellos.
—No he dejado de hacerlo.
—Servir también puede protegerlos.
—¿De quién?
—De las consecuencias de su conducta.
—Eso es una amenaza.
—Es una realidad.
Sacó un documento.
—Puede salir de esta prisión hoy.
Miré el papel.
—¿Qué tengo que hacer?
—Aceptar su incorporación cuando sea llamado. Reconocer al Führer como autoridad suprema. Colaborar con la investigación sobre quienes lo ayudaron.
—No.
—Ni siquiera lo ha leído.
—Ya sé lo que dice.
—Podría volver a su granja.
—¿Me lo garantiza?
—Tiene mi palabra.
—La palabra de un hombre que amenaza a niños.
El comandante se levantó.
—Su familia pasará hambre.
—Porque ustedes quieren.
—Su hijo será apartado de su madre.
—Porque ustedes quieren.
—Su esposa perderá la granja.
—Porque ustedes quieren.
—Su hermano será encarcelado.
—Porque ustedes quieren.
Cada frase salía de mi boca con más fuerza.
Weiss golpeó la mesa.
—¡Porque usted se niega!
La habitación quedó en silencio.
Allí estaba.
La mentira que necesitaban.
Ellos hacían daño.
Yo debía sentirme responsable.
Miré al comandante.
—No.
—¿No qué?
—No voy a cargar con lo que hagan ustedes.
Su rostro se endureció.
—Llévenselo.
Los guardias me levantaron.
Antes de salir, Weiss habló.
—Prepare la acusación formal.
Keller asintió.
—¿Qué acusación? —pregunté.
El comandante cerró la carpeta.
—Preparación para la traición, resistencia a la autoridad, propaganda derrotista y evasión de obligaciones militares.
—Todavía no soy soldado.
—Lo será.
—Todavía no hay guerra.
—La habrá.
—Entonces me condenan por algo que aún no ha ocurrido.
Weiss me miró.
—Lo condenamos por el hombre que ha decidido ser.
Me llevaron de regreso a la celda.
Las palabras del comandante caminaron conmigo.
El hombre que ha decidido ser.
Me senté junto a la pared.
La celda de Samuel permanecía vacía.
Golpeé dos veces.
Nadie respondió.
Esa noche comprendí que mi juicio ya había comenzado.
No habría un tribunal capaz de escucharme.
No importaría lo que hubiera hecho.
Ni lo que aún no había hecho.
No me juzgarían por un delito.
Me juzgarían por una posibilidad.
Por la posibilidad de que un hombre recibiera una orden y siguiera diciendo que no.
Y eso, para ellos, era más peligroso que cualquier arma.