Chapter 6 #2
—Pronunció palabras contrarias al Führer.
—No recuerdo todas las palabras que he dicho.
—Yo sí.
Leyó.
—“Mi familia no pertenece a ningún hombre”. “Las palabras también matan”. “Los hombres que quieren mandar dicen muchas cosas”. “Obedeceré las leyes que no me obliguen a hacer daño”.
Levantó los ojos.
—Tiene buena memoria —dije.
—Tenemos buenos testigos.
Pensé en el maestro.
En el alcalde.
En Josef.
—¿Cuál de ellos les ha contado eso?
—Todos.
—¿También mi hermano?
Keller no respondió.
—¿También Josef?
—Su hermano está preocupado por usted.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tendrá.
Reconocí mis propias palabras.
Él también.
Sonrió.
—¿Quién le ayudó durante la huida?
—Nadie.
—Su hermano visitó la cabaña.
—No.
Keller sacó una hoja.
—Tenemos huellas. Tenemos declaraciones. Tenemos el testimonio del maestro Baumann.
—El maestro no vio a Josef.
—¿Cómo sabe lo que vio el maestro?
Me quedé en silencio.
Había cometido un error.
Keller se inclinó.
—¿Quién más?
—Nadie.
—Una persona le dio refugio.
—No.
—Encontramos rastros de sangre en una casa al norte del bosque.
La viuda Schneider.
Intenté que mi rostro no cambiara.
—Había sangre en muchas casas.
—Esa mujer tiene un hijo detenido.
No respondí.
—Friedrich Schneider —dijo Keller—. ¿Lo conoce?
Sentí el nombre como un golpe.
Lo recordaré.
Se lo había prometido.
—No.
Keller observó mis ojos.
—Miente mal.
—No lo conozco.
—La viuda sí lo ayudó.
—No.
—Entonces no le importará saber que ha sido detenida.
El mundo se inclinó.
—¿Por qué?
—Ocultó a un fugitivo.
—No ocultó a nadie.
—Entonces no tiene de qué preocuparse.
—Déjela en paz.
Keller se recostó.
—Solo tiene que decirme la verdad.
—Ya se la he dicho.
—Dígame que durmió en su casa.
—No.
—Dígame que le dio comida.
—No.
—Dígame que su hermano lo condujo hasta la cabaña.
—No.
El oficial cerró la carpeta.
—Muy bien.
Hizo una señal.
Uno de los guardias me golpeó detrás de la cabeza.
Caí sobre la mesa.
El otro me agarró del cabello.
Keller permaneció sentado.
—No me gusta la violencia, señor Gruber.
La sangre cayó sobre las hojas.
—Entonces deténgala.
—Depende de usted.
Me levantaron.
—¿Quién lo ayudó?
—Nadie.
El golpe llegó a las costillas.
No pude respirar.
—¿Quién?
—Nadie.
Otro golpe.
Caí de rodillas.
—¿Quién?
Pensé en la viuda.
En Josef.
En Anna.
En mis hijos.
—Nadie.
Los golpes continuaron.
Después todo quedó oscuro.
Desperté en la celda.
Estaba tumbado en el suelo.
No recordaba cómo había regresado.
Tenía la camisa mojada.
Al principio pensé que era sangre.
Después comprendí que alguien me había arrojado agua.
Intenté moverme.
El dolor atravesó mi costado.
Respiré despacio.
Dos golpes sonaron en la pared.
Mi vecino.
¿Sigues vivo?
Levanté la mano.
Golpeé una vez.
Sí.
Mentí.
Una parte de mí había quedado sobre la mesa del interrogatorio.
Los días siguientes se repitieron.
Me preguntaban nombres.
Me mostraban fotografías.
Personas que apenas conocía.
El carnicero.
Un hombre que trabajaba en el ferrocarril.
Una mujer que vendía huevos en el mercado.
El padre de Anna.
El maestro Baumann.
Josef.
—¿Cuál de ellos está en contra del Reich?
—No lo sé.
—¿Quién escucha emisiones extranjeras?
—No lo sé.
—¿Quién critica al Führer?
—No lo sé.
—¿Quién es judío?
—No lo sé.
—¿Quién ayuda a los judíos?
—No lo sé.
Cada respuesta recibía un golpe.
Al principio intentaba protegerme.
Después aprendí que eso los enfadaba.
Dejaba los brazos quietos.
Esperaba.
El cuerpo también aprende.
Aprende a caer.
Aprende a respirar cuando las costillas duelen.
Aprende a esconder la lengua para no morderla.
Aprende a no gritar demasiado pronto.
La mente aprende otras cosas.
Aprende a marcharse.
Durante los golpes yo regresaba a la granja.
Cortaba leña.
Reparaba la valla.
Escuchaba a Klara discutir con su hermano.
Sentía las manos de Anna sobre mi espalda.
A veces conseguía permanecer allí durante varios minutos.
Después un golpe más fuerte me devolvía.
La realidad siempre encontraba la forma de entrar.
Una mañana Keller colocó una carta sobre la mesa.
Reconocí la letra de Anna.
Me lancé hacia ella.
Los guardias me sujetaron.
—Tranquilo.
—Démela.
—Primero hablaremos.
—Es mía.
—Aquí nada es suyo.
Las mismas palabras del guardia.
Todo en aquel lugar estaba preparado para recordarnos que habíamos dejado de poseer incluso nuestra propia vida.
Keller abrió la carta.
—Su mujer escribe bien.
—No la lea.
—Ya la he leído.
—No tiene derecho.
—Los derechos son concedidos por el Estado.
Comenzó a leer.
—“Los niños preguntan por ti. Klara sigue despertándose por las noches. Lukas ha dejado de hablar en la escuela…”
—Basta.
Keller continuó.
—“El maestro vino a casa. Dice que el comportamiento de Lukas puede traer consecuencias. Le obligaron a permanecer de pie durante horas con el brazo levantado…”
Me puse en pie.
Los guardias me golpearon detrás de las rodillas.
Caí.
—¿Qué le han hecho?
Keller dejó la carta.
—Su hijo necesita disciplina.
—Tiene diez años.
—Su hijo desafió una orden.
—Porque me vio.
—Porque usted le enseñó a desobedecer.
—Déjenlo en paz.
—¿Por qué deberíamos?
—Yo estoy aquí.
—Pero sus ideas siguen allí.
Las palabras me atravesaron.
Eso era lo que temían.
No a mí.
No a un campesino.
Temían que una negativa pudiera pasar de un hombre a otro.
De un padre a un hijo.
—Firme una declaración —dijo Keller.
Sacó un documento.
—¿Qué declaración?
—Reconozca que su conducta fue un error. Jure obediencia. Afirme que las autoridades actuaron correctamente. Ordene a su hijo que cumpla con sus deberes.
Miré la carta.
—¿Y después?
—Su familia podrá recuperar la tranquilidad.
—¿Me liberarán?
—Su caso será revisado.
—No me liberarán.
—Eso dependerá de su cooperación.
—No.
Keller suspiró.
—No ha leído aún el resto.
Cogió la carta.
—“Han despedido a Josef de su trabajo. Algunos vecinos ya no nos venden comida. Anoche rompieron una ventana. Klara encontró una piedra en su cama.”
Cerré los ojos.
—No.
—Eso escribe su mujer.
—Está mintiendo.
—¿Por qué iba a hacerlo?
—Usted está mintiendo.
—Puede leerlo.
Deslizó la carta sobre la mesa.
La tomé.
Las manos me temblaban.
Era la letra de Anna.
Había manchas donde las lágrimas habían corrido la tinta.
Matthias:
No sé si esta carta llegará hasta ti.
Los niños preguntan por ti. Klara sigue despertándose por las noches. Lukas ha dejado de hablar en la escuela.
El maestro vino a casa. Dice que el comportamiento de Lukas puede traer consecuencias. Le obligaron a permanecer de pie durante horas con el brazo levantado. Cuando volvió, no podía moverlo.
He intentado hablar con el alcalde. No me recibió.
Han despedido a Josef de su trabajo. Algunos vecinos ya no nos venden comida. Anoche rompieron una ventana. Klara encontró una piedra en su cama.
No sé cuánto tiempo podremos permanecer aquí.
A veces estoy enfadada contigo.
Después recuerdo tu rostro cuando te llevaron y me odio por estarlo.
No sé si hiciste lo correcto.
No sé si existe algo correcto en todo esto.
Solo sé que los niños te necesitan.
Yo también.
Vuelve.
Aunque tengas que decir lo que ellos quieran.
Vuelve siendo tú.
O vuelve convertido en otro hombre.
Pero vuelve.
Anna.
Leí la última palabra muchas veces.
Vuelve.
El papel se movía entre mis dedos.
—Solo tiene que firmar —dijo Keller.
Colocó una pluma delante de mí.
Miré la línea vacía.
Pensé en Lukas sosteniendo el brazo hasta no poder moverlo.
En Klara encontrando una piedra en su cama.
En Anna pidiendo comida a vecinos que apartaban la mirada.
En Josef sin trabajo.
En la viuda Schneider detenida.
Todo aquello ocurría porque yo había dicho que no.
El orgullo puede disfrazarse de conciencia.
Esa idea entró en mí.
Tal vez Keller la había colocado allí.
Tal vez siempre había estado.
—¿Qué ocurrirá si firmo?
—Su declaración será enviada al tribunal.
—¿Podré ver a mi familia?
—Es posible.
—¿Cuándo?
—No puedo prometer una fecha.
—¿Dejarán en paz a mi hijo?
—Su hijo recibirá la educación adecuada.
—Eso no es lo que he preguntado.
Keller acercó la pluma.
—Tiene que aprender que sus decisiones tienen consecuencias.
Tomé la pluma.
El oficial me observó.
Los guardias también.
La punta temblaba sobre el papel.
Solo debía escribir mi nombre.
La misma idea regresó.
Unos movimientos de la mano.
Una salida.
Un regreso.
Una mentira.
Pensé en Anna.
Vuelve siendo tú.
O vuelve convertido en otro hombre.
Pero vuelve.
No sabía cuál de las dos cosas era peor.
Morir siendo yo.
O regresar como alguien a quien mis hijos no reconocieran.
Apoyé la punta en la línea.
La tinta dejó una pequeña marca.
Keller contuvo el aliento.
—Eso es.
Comencé a escribir la primera letra.
M.
Me detuve.
El trazo parecía una herida.
—Continúe.
Miré el documento.
En él reconocía que había actuado contra el Estado.
Que mis palabras eran falsas.
Que el régimen protegía a mi familia.
Que debía obedecer cualquier orden.
No era solo una firma.
Era aceptar que ellos podían cambiar el significado de lo ocurrido.
El perro no habría sido asesinado.
La viuda no habría sido golpeada.
Mi hijo no habría sido castigado.
Anna no habría sido amenazada.
Todo habría sido culpa mía.
De mi obstinación.
De mis ideas.
De mi negativa.
—Continúe —repitió Keller.
Solté la pluma.
—Quiero otra cosa.
El oficial frunció el ceño.
—No está en posición de pedir.
—Quiero escribir a mi hijo.
—Firme primero.
—Déjeme escribirle.
—Después.
—No.
Keller retiró el documento.
—Entonces no hay nada más que hablar.
—Dígale que no fue culpa suya.
—¿Qué cosa?
—El saludo. Dígale que no fue culpa suya.
—Puede decírselo usted mismo cuando firme.
Los guardias me levantaron.
—Dígale que no fue culpa suya.
Keller no respondió.
—¡Dígaselo!
Me sacaron de la habitación.
Grité el nombre de Lukas hasta que el golpe me dejó sin aire.
Esa noche no respondí a los golpes de la pared.
Mi vecino insistió.
Dos golpes.
Silencio.
Dos golpes.
Silencio.
Después habló.
La voz atravesó la piedra.
—No te mueras.
Era la primera vez que lo escuchaba.
Sonaba viejo.
—No me estoy muriendo —respondí.
—Todos lo estamos.
Me acerqué a la pared.
—¿Cómo te llamas?
Hubo un silencio.
—Samuel.
—Yo soy Matthias.
—Lo sé.
—¿Cómo?