El último tren del invierno Chapter 6
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Chapter 6

ACTO III

Las paredes

El pueblo desapareció detrás de una curva.

Seguí mirando por la pequeña ventana trasera aunque ya no podía ver a mi familia.

El cristal estaba sucio.

Había gotas de lluvia, barro y una mancha que parecía sangre. Tal vez era mía. Mi reflejo aparecía entre aquellas marcas. Un rostro golpeado, hinchado, convertido en la cara de otro hombre.

Los oficiales permanecían a ambos lados.

Ninguno hablaba.

El vehículo descendía por la carretera de la montaña. Cada bache hacía que las esposas se clavaran en mis muñecas. Tenía la boca llena de sangre y un dolor profundo en el estómago.

No pensaba en el dolor.

Pensaba en Lukas.

Lo había visto al final de la fila.

Con los brazos pegados al cuerpo.

El maestro le había gritado.

Mi hijo no había obedecido.

Aquella imagen me produjo orgullo durante unos segundos.

Después llegó el miedo.

Yo sabía lo que ocurría cuando un hombre decía que no.

No sabía qué ocurría cuando lo hacía un niño.

—¿Qué le harán a mi hijo? —pregunté.

El oficial que estaba a mi derecha miró al frente.

—¿Qué le harán?

No respondió.

Me volví hacia el otro.

—Lo han visto.

—Cállese.

—Solo es un niño.

—Entonces debería aprender a comportarse.

—Tiene diez años.

—Edad suficiente para obedecer.

Me incliné hacia él.

Las esposas chocaron contra mis piernas.

—Si le hacen daño…

El oficial me golpeó en la boca con el dorso de la mano.

Mi cabeza chocó contra el cristal.

—Le he dicho que se calle.

Vi una luz blanca.

Durante unos segundos no escuché nada.

Después regresó el sonido del motor.

Apoyé la frente en la ventana.

El frío del cristal alivió el dolor.

No volví a hablar.

Atravesamos varios pueblos.

En algunos había banderas colgadas de las ventanas. En otros, carteles con rostros de soldados sonrientes. Las personas se detenían cuando pasaba el vehículo.

No sabían quién iba dentro.

Podía ser un ladrón.

Un asesino.

Un enemigo.

Tal vez para ellos no había diferencia.

Al mediodía llegamos a una ciudad.

Nunca había visto tantos edificios juntos.

Las calles estaban llenas de bicicletas, uniformes y camiones. Las personas caminaban deprisa. Nadie levantaba la mirada.

El vehículo cruzó una puerta de hierro.

Entramos en un patio rodeado de muros.

La puerta se cerró detrás de nosotros.

El ruido del metal resonó durante mucho tiempo.

El oficial del abrigo descendió primero.

Los otros me sacaron.

Mis piernas estaban entumecidas. Caí de rodillas sobre los adoquines.

—En pie —ordenó uno.

Intenté levantarme.

No pude.

Me agarraron de los brazos.

Atravesamos el patio.

Había varias ventanas pequeñas en las paredes. Algunas tenían barrotes. Creí ver un rostro detrás de una de ellas.

Desapareció enseguida.

Nos recibió un hombre grueso con uniforme gris. Llevaba una libreta bajo el brazo y una cadena de llaves colgada del cinturón.

—Nombre.

—Matthias Gruber.

—Más alto.

—Matthias Gruber.

—Profesión.

—Campesino.

El hombre me miró.

—Eso ya no es una profesión.

—Para mí sí.

Anotó algo.

—Fecha de nacimiento.

Se la dije.

—Lugar.

Respondí.

—Religión.

—Ninguna.

Levantó la cabeza.

—¿Ninguna?

—No.

—¿Protestante?

—No.

—¿Católico?

—No.

—Todo el mundo es algo.

—Yo no.

El hombre miró al oficial del abrigo.

—También rechaza a Dios —dijo.

—No rechazo algo en lo que no creo.

El golpe llegó desde atrás.

Caí contra una mesa.

—Aquí responderá únicamente lo que se le pregunte —dijo el oficial.

El hombre grueso siguió escribiendo.

—Estado civil.

—Casado.

—Nombre de la esposa.

No respondí.

—Nombre de la esposa —repitió.

—Ya lo saben.

El oficial del abrigo me agarró del cuello.

—No vuelva a decir eso.

—Han estado en mi casa.

Apretó más fuerte.

—Nombre.

—Anna Gruber.

—Hijos.

—Dos.

—Nombres.

Cerré los ojos.

No quería que los nombres de mis hijos quedaran escritos allí.

Era absurdo.

Ya los conocían.

Los habían visto.

Pero pronunciar sus nombres dentro de aquel edificio me pareció una forma de entregarlos.

—Nombres —repitió el hombre.

—Lukas y Klara.

El funcionario escribió.

El lápiz volvió a sonar.

Por un instante regresé a la plaza.

La pequeña marca junto a mi nombre.

Todo comenzaba siempre con un lápiz.

Después me quitaron la ropa.

Lo hicieron en una habitación fría.

Había otros dos hombres esperando junto a la pared. Uno era muy joven. El otro tenía el cabello blanco.

Ninguno me miró.

—Todo —ordenó un guardia.

Me quité la chaqueta.

Después la camisa.

Los pantalones.

Los zapatos.

Cuando quedé desnudo, el guardia registró la ropa. Sacó la fotografía de mi familia.

—Eso es mío.

La sostuvo entre dos dedos.

—Aquí nada es suyo.

—Devuélvamela.

—¿Quiénes son?

—Mi familia.

El guardia miró la fotografía.

—Su mujer es bonita.

Me lancé hacia él.

No pensé.

Solo vi su sonrisa.

No llegué a tocarlo.

Otro guardia me golpeó con una porra en las costillas.

Caí.

El primero dejó la fotografía sobre la mesa.

—Levántese.

Permanecí en el suelo.

—He dicho que se levante.

Me incorporé despacio.

El hombre joven seguía mirando la pared.

El viejo tenía los ojos cerrados.

—Abra la boca.

Obedecí.

El guardia observó mis dientes.

—Ya le faltan algunos.

—Los perdí trabajando.

—Perderá más.

Me hicieron agacharme.

Me registraron.

No había humillación en sus rostros.

Eso era lo peor.

Para ellos no era un hombre desnudo.

Era una tarea.

Un cuerpo que debía ser revisado.

Una caja que podía esconder algo.

Cuando terminaron, me entregaron una camisa áspera, un pantalón demasiado grande y unos zapatos sin cordones.

La fotografía quedó sobre la mesa.

—Démela.

El guardia cogió la imagen.

Durante un instante pensé que la rompería.

La guardó en un sobre.

—Se añadirá a sus pertenencias.

—¿Cuándo me las devolverán?

—Cuando salga.

—¿Y si no salgo?

El hombre sonrió.

—Entonces ya no las necesitará.

Nos hicieron caminar por un pasillo.

Las paredes estaban húmedas.

Olía a desinfectante, sudor y miedo.

No había otra palabra para aquel olor.

El miedo también huele.

Se pega a la ropa.

A la madera.

A la piel.

Pasamos frente a varias puertas.

Detrás de una, alguien gemía.

Detrás de otra se escuchaban golpes.

Ninguno de los guardias reaccionó.

El hombre joven que caminaba delante de mí comenzó a temblar.

—No —susurró.

Un guardia lo empujó.

—Continúe.

—Yo no he hecho nada.

—Todos dicen lo mismo.

—Solo repartí papeles.

—Entonces sí hizo algo.

—No sabía lo que decían.

—También dicen eso.

Llegamos a una puerta.

El guardia la abrió.

Empujaron dentro al muchacho.

Antes de cerrarla, él se volvió.

Nuestras miradas se encontraron.

Tenía los ojos de Lukas.

No porque se parecieran.

Porque todavía conservaban la esperanza de que un adulto explicara lo que estaba ocurriendo.

La puerta se cerró.

Seguimos caminando.

Al viejo lo dejaron en otra celda.

A mí me llevaron hasta el final del pasillo.

—Aquí.

La puerta se abrió.

La celda era pequeña.

Había un camastro, un cubo y una manta.

Nada más.

Entré.

El guardia cerró.

Me quedé de pie.

Escuché cómo las llaves se alejaban.

Después llegó el silencio.

Me acerqué a la puerta.

—¿Cuándo podré hablar con mi familia?

Nadie respondió.

—¿Cuándo será el interrogatorio?

Silencio.

—¿Cuánto tiempo estaré aquí?

Las palabras regresaron hacia mí desde las paredes.

Aquella fue la primera cosa que aprendí en la prisión.

Las preguntas no desaparecen.

Se quedan contigo.

Me senté en el camastro.

La paja estaba húmeda.

La ventana se encontraba demasiado alta. Solo podía ver un rectángulo de cielo si me subía al borde de la cama.

Lo hice.

El cielo era gris.

Pensé en la montaña.

Allí el cielo nunca cabía en una ventana.

Se extendía sobre los árboles, las cumbres y los campos.

En la prisión cabía entero dentro de cuatro palmos.

Bajé.

Me dolían las costillas.

Me tumbé de lado.

Cerré los ojos.

Vi a Klara corriendo detrás del vehículo.

Vi a Anna sujetándola.

Vi a Lukas sin levantar el brazo.

Me aferré a aquellas imágenes.

Tenía miedo de que las paredes empezaran a borrarlas.

Pasaron horas.

Tal vez días.

En una celda no se mide el tiempo como fuera.

Se mide por los pasos del guardia.

Por la comida.

Por la luz que entra en la ventana.

Por los gritos.

Por las veces que uno necesita utilizar el cubo.

La primera comida fue un cuenco de agua con algo flotando.

El guardia abrió una pequeña ranura en la puerta.

—Comida.

—Quiero escribir a mi mujer.

—Comida.

—Solo una carta.

La ranura se cerró.

Me bebí el agua.

Aquella noche escuché a alguien llorar.

Era un hombre.

Intentaba hacerlo en silencio.

A veces contenía la respiración. Después se le escapaba un gemido.

Golpeé la pared.

El llanto se detuvo.

Volví a golpear.

Dos veces.

Al cabo de unos segundos, alguien respondió.

Una vez.

No sabía quién era.

No importaba.

Durante los días siguientes repetimos aquella conversación.

Dos golpes.

Uno.

¿Sigues vivo?

Sí.

Eso era todo.

A veces era suficiente.

El primer interrogatorio ocurrió al tercer día.

Creo que era el tercero.

Dos guardias me sacaron de la celda.

Me llevaron a una habitación con una mesa, tres sillas y una lámpara.

El oficial del abrigo estaba allí.

Ya sabía su nombre.

Keller.

Lo había oído cuando otro hombre se dirigió a él en el patio.

Estaba sentado.

Había una carpeta delante.

Mi carpeta.

—Siéntese, señor Gruber.

Permanecí de pie.

—Siéntese.

Obedecí.

Los guardias se colocaron detrás de mí.

Keller abrió la carpeta.

—¿Ha dormido bien?

—No.

—Es una pena.

Pasó varias hojas.

—Su esposa está preocupada.

Levanté la mirada.

—¿Ha hablado con ella?

—Sí.

—¿Dónde está?

—En su casa.

—¿Y mis hijos?

—También.

—¿Están bien?

—Eso depende de lo que entienda usted por estar bien.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Les han hecho algo?

—Responda a mis preguntas y quizá podamos hablar de su familia.

—Quiero saber si están vivos.

Keller sonrió.

—Están vivos.

El aire regresó a mis pulmones.

—Por ahora —añadió.

Me incliné hacia delante.

Los guardias me agarraron de los hombros.

—No amenace a mis hijos.

—Yo no he amenazado a nadie.

—Ha dicho…

—He dicho que están vivos por ahora. Todos lo estamos.

Cerró la carpeta.

—Vamos a comenzar de nuevo.

Sacó una hoja.

—Usted rechazó un brazalete oficial.

—Sí.

—Quemó un símbolo del Reich.

—Sí.

—Faltó a una ceremonia obligatoria.

—Sí.

—Huyó para evitar ser detenido.

—Sí.