Chapter 5 #3
—¿Ha visto a Matthias Gruber?
—No.
—Su casa está cerca del bosque.
—Muchas casas están cerca del bosque.
—No juegue conmigo.
Hubo un silencio.
—No estoy jugando.
Escuché cómo abrían un armario.
Después movieron una silla.
Uno de los hombres caminó sobre la trampilla.
El polvo cayó sobre mi rostro.
Contuve la respiración.
—Su hijo se llama Friedrich, ¿verdad? —preguntó el oficial.
La viuda no respondió.
—Tenemos información sobre él.
—Ya se lo llevaron.
—Podemos ayudarlo.
—Ustedes no ayudan a nadie.
Escuché un golpe.
La mujer cayó al suelo.
Mis manos buscaron la tapa.
Podía salir.
Podía abalanzarme sobre ellos.
No tenía armas.
Me matarían.
Pero quizá impediría que siguieran golpeándola.
Entonces escuché la voz de la viuda.
—No sé dónde está Gruber.
Sonaba débil.
—Piense bien la respuesta.
—No lo sé.
Otro golpe.
Apreté los dientes.
Toda mi vida había pensado que no hacer daño era suficiente para ser un hombre decente.
Allí, oculto entre patatas, comprendí que también se puede hacer daño permaneciendo quieto.
El oficial caminó por la habitación.
—Si descubrimos que miente, su hijo no saldrá vivo de la prisión.
La viuda soltó una risa.
—Mi hijo nunca saldrá.
—Eso depende de nosotros.
—No. Depende de lo que quede de él cuando terminen.
Se hizo un silencio largo.
—Registren la casa —ordenó el hombre.
Las botas se movieron.
Abrieron cajones.
Golpearon las paredes.
Uno de los soldados apartó la mesa.
La trampilla quedó al descubierto.
Vi una línea de luz entre las tablas.
Unas manos tocaron la madera.
Cerré los ojos.
Pensé en Anna.
Pensé en los niños.
Pensé que todo había terminado.
Entonces sonó un disparo fuera.
Los hombres se detuvieron.
—¿Qué ha sido eso?
—Junto al establo.
Las botas corrieron hacia la puerta.
El oficial salió detrás de ellos.
La viuda esperó.
Después levantó la trampilla.
—Fuera.
Salí.
—¿Qué ha ocurrido?
—He dejado una escopeta atada a una cuerda. El peso de la nieve la habrá accionado.
—Podría haber matado a alguien.
—Era la intención.
Me entregó mis botas.
—Tiene que marcharse ahora.
—La han golpeado.
Tenía sangre junto a la oreja.
—No es la primera vez que un hombre me golpea.
—Puedo quedarme.
—Si se queda, todo esto habrá sido inútil.
Me puse las botas.
El dolor me hizo doblarme.
La viuda abrió la puerta trasera.
—Siga hacia el este. Hay una garganta. Al otro lado encontrará un camino que lleva a la frontera.
—No quiero abandonar Austria.
—Austria ya lo ha abandonado a usted.
—Mi familia sigue aquí.
—Entonces tendrá que elegir entre estar lejos de ellos o morir cerca.
La miré.
—No puedo huir para siempre.
—Nadie puede.
—¿Qué hará usted?
—Esperar a que vuelvan.
—Vendrán.
—Lo sé.
Quise darle las gracias.
La palabra me pareció pequeña.
—Su hijo —dije—. Lo recordaré.
La mujer asintió.
—Se llama Friedrich Schneider.
—Friedrich Schneider.
—No era un enfermo. No era un criminal. Era mi hijo.
—Lo recordaré.
Salí por la puerta trasera.
Los soldados gritaban al otro lado de la casa.
Me interné en el bosque.
La noche estaba despejada.
La luna iluminaba la nieve.
Ya no podía regresar a la cabaña.
No podía volver a mi granja.
No podía permanecer con la viuda.
Cada lugar que tocaba se convertía en peligroso para los demás.
Comprendí entonces lo que significaba ser perseguido.
No era solo correr.
Era contaminar con tu presencia la vida de quienes te ayudaban.
Convertir una casa en un escondite.
Una amistad en un delito.
Un trozo de pan en una prueba.
Un gesto de compasión en una condena.
Caminé hacia el este.
No hacia la frontera.
Hacia el pueblo.
La viuda tenía razón.
Debía elegir.
Podía alejarme y quizá seguir vivo.
O podía regresar y asumir las consecuencias.
Pensé en Friedrich Schneider.
En su madre golpeada por no entregar a un desconocido.
Pensé en Josef quitándose el brazalete.
Pensé en Anna escribiendo que no sabía cuál de sus deseos significaba que me amaba más.
Seguí descendiendo.
Al amanecer vi el tejado de nuestra casa.
Parte de la puerta del establo estaba rota.
El cuerpo de Bruno ya no se encontraba en el barro.
Habían retirado los vehículos.
Había un hombre apostado junto al camino.
Llevaba un fusil.
Me escondí entre los árboles.
Desde allí podía ver la ventana de la cocina.
Anna apareció.
Llevaba el cabello recogido y una venda en una mano.
Se quedó mirando hacia el bosque.
No podía verme.
Aun así, tuve la impresión de que sabía que estaba allí.
Después apareció Klara.
Anna la abrazó.
Lukas salió al patio con un cubo.
Parecía más pequeño.
Más delgado.
Más solo.
Di un paso hacia ellos.
El guardia levantó la cabeza.
Me detuve.
Podía avanzar.
Podía gritar mi nombre.
Podía dejar que me detuvieran.
Todo terminaría.
La huida.
El miedo.
Los registros.
Tal vez, cuando me tuvieran, dejarían a mi familia en paz.
Eso quise creer.
Entonces vi al hombre que salía de nuestra casa.
Era el oficial del abrigo.
Se colocó junto a Anna.
Le dijo algo.
Ella negó con la cabeza.
Él la agarró del brazo.
No con violencia.
Todavía no.
Anna intentó soltarse.
El guardia sonrió.
Sentí que mi cuerpo avanzaba antes de que mi mente pudiera detenerlo.
Salí de entre los árboles.
—¡Suéltela!
Mi voz cruzó el campo.
Todos se volvieron.
Anna me vio.
Su rostro se llenó primero de alivio.
Después de terror.
—¡Matthias, no!
El guardia levantó el fusil.
El oficial del abrigo sonrió.
No parecía sorprendido.
Parecía satisfecho.
Como si hubiera sabido que aparecería.
Como si Anna, los niños, la casa y el perro muerto solo hubieran sido cebos.
Levanté las manos.
—Aquí estoy.
El oficial soltó el brazo de mi mujer.
—Sabía que regresaría.
—Deje a mi familia.
—Eso dependerá de usted.
—No han hecho nada.
—Usted tampoco, según afirma.
Dos soldados salieron del establo.
Se acercaron.
Uno de ellos me golpeó en el estómago.
Caí de rodillas.
Klara gritó.
Lukas corrió hacia mí, pero Anna lo sujetó.
El soldado me agarró del cabello y levantó mi cabeza.
El hombre del abrigo se colocó frente a mí.
—¿Dónde ha estado?
—En la montaña.
—¿Quién lo ha ayudado?
—Nadie.
Me golpearon en la espalda.
Caí con las manos sobre el barro.
—¿Quién lo ha ayudado? —repitió.
Pensé en Josef.
En la viuda Schneider.
En todas las personas que podían ser destruidas por una palabra.
—Nadie.
Otro golpe.
Escuché llorar a mis hijos.
—Mírelos —ordenó el oficial.
Levanté la cabeza.
Anna sujetaba a los dos.
—Esta es su última oportunidad de ser razonable.
Sacó un brazalete del bolsillo.
Limpio.
Rojo.
Lo sostuvo frente a mí.
—Póngaselo.
Miré la tela.
Todo había comenzado con un brazalete.
Ahora podía terminar de la misma forma.
Solo tenía que aceptarlo.
Podía levantarme.
Podía colocarlo alrededor del brazo.
Podía decir que me arrepentía.
Mis hijos dejarían de llorar.
Anna podría abrazarme.
Los soldados se marcharían.
Tal vez.
El oficial acercó la tela.
—Demuestre que reconoce la autoridad del Reich.
Miré a Lukas.
El niño tenía el brazo pegado al cuerpo.
No levantaba la mano.
Miré a Klara.
Sus labios se movían.
Papá.
No escuché la palabra.
La vi.
Después miré a Anna.
Ella no negó con la cabeza.
Tampoco asintió.
Me dejó solo ante mi decisión.
Alargué la mano.
Cogí el brazalete.
El oficial sonrió.
Los soldados relajaron los hombros.
Sostuve la tela durante unos segundos.
Después la arrojé al barro.
El hombre dejó de sonreír.
—No.
El soldado me golpeó en el rostro.
Caí.
Esta vez no intenté levantarme.
Me colocaron las manos detrás de la espalda.
Sentí el metal de las esposas.
Klara gritó mi nombre.
Lukas forcejeó con su madre.
—¡Papá!
Giré la cabeza.
—Cuida de tu hermana —dije.
—¡No te vayas!
—Cuídala.
—¡No!
Los soldados me levantaron.
Anna se acercó.
El oficial la detuvo con un brazo.
—Matthias —dijo ella.
Su voz estaba rota.
—Lo siento.
—No.
—Perdóname.
—No tienes derecho a pedirme eso.
Las palabras me hirieron.
Pero sus ojos decían otra cosa.
Decían que me amaba.
Decían que me odiaba.
Decían que tenía miedo.
Decían que comprendía.
Tal vez el amor verdadero consiste en poder sentir todo eso al mismo tiempo.
Me arrastraron hacia el vehículo.
Antes de entrar, miré la montaña.
La luz de la mañana caía sobre las cumbres.
Los árboles parecían tranquilos.
Nadie habría pensado que allí se escondían hombres, secretos y traiciones.
Nadie habría pensado que una montaña podía observar cómo destruían a una familia y permanecer en silencio.
Me empujaron dentro.
La puerta se cerró.
A través de una pequeña ventana vi a mis hijos.
Klara se había soltado de Anna.
Corría detrás del vehículo.
Sus pies se hundían en el barro.
—¡Papá!
Golpeé la puerta.
—¡Deténganse!
Los soldados se rieron.
El automóvil comenzó a avanzar.
Klara siguió corriendo.
—¡Papá!
Después tropezó.
Cayó de rodillas.
Anna llegó hasta ella.
La levantó.
Lukas permanecía frente a la casa.
No lloraba.
Solo miraba.
El vehículo tomó una curva.
Dejé de verlos.
Apoyé la frente contra el metal.
El oficial del abrigo se sentó frente a mí.
—Podría haber evitado todo esto —dijo.
—Todavía puedo evitar algo.
—¿Qué cosa?
Levanté la mirada.
—Convertirme en usted.
El hombre me golpeó.
La sangre llenó mi boca.
Mientras descendíamos hacia el pueblo, las campanas de la escuela comenzaron a sonar.
Los niños salían al patio.
Los hicieron formar en filas.
Cuando nuestro vehículo pasó frente a ellos, el maestro Baumann levantó el brazo.
Todos los niños lo imitaron.
Todos menos uno.
Lukas había llegado corriendo desde la granja.
Estaba al final de la fila.
Sus manos permanecían junto al cuerpo.
El maestro le gritó una orden.
Mi hijo no obedeció.
El vehículo siguió avanzando.
No pude ver qué le hicieron.
Pero durante el resto del camino mantuve los ojos cerrados.
Y por primera vez desde que todo había comenzado, sentí algo más fuerte que el miedo.
Sentí que mi negativa ya no me pertenecía solo a mí.