Chapter 5 #2
—Anna ha escondido comida detrás del establo —dijo—. Puedo traerla por las noches.
—No.
—Tendrás hambre.
—No quiero que vuelvas.
—¿Por qué?
—Te seguirán.
—Tendré cuidado.
—Ya te han golpeado una vez.
—Pueden hacerlo otra.
—No quiero que te conviertan en mí.
Josef me miró.
—Nunca podría convertirme en ti.
No supe si era un insulto o un elogio.
—Vuelve con Anna —dije.
—¿Y tú?
—Esperaré.
—¿A qué?
—A saber qué quieren hacer conmigo.
Mi hermano se quedó junto a la puerta.
—Quieren que tengas miedo.
—Ya lo tienen.
—Quieren que vuelvas arrastrándote.
—Eso será más difícil.
—No te hagas el valiente.
—No soy valiente.
—Entonces ¿por qué sigues diciendo que no?
Miré el fuego.
—Porque algunas veces el miedo no cambia la respuesta.
Josef abrió la puerta.
La luz gris del amanecer entró en la cabaña.
—Regresaré mañana.
—He dicho que no.
—Y yo he aprendido que no siempre tengo que obedecerte.
Se marchó.
Esperé hasta dejar de escuchar sus pasos.
Después salí.
El aire olía a tierra mojada.
Desde una zona despejada del bosque podía verse el campanario del pueblo. Las nubes se habían abierto sobre las cumbres. La nieve brillaba bajo una luz débil.
Pensé en bajar.
Solo necesitaba caminar durante dos horas.
Podría llegar a la granja antes del mediodía.
Abrazaría a los niños.
Ayudaría a Anna a recoger la harina del suelo.
Enterraría al perro.
Cuando los agentes regresaran, los esperaría sentado frente a la casa.
No huiría.
La idea me produjo alivio.
No porque quisiera ser detenido.
Porque estaba cansado de elegir.
La huida obliga al hombre a decidir a cada instante.
Qué camino tomar.
Dónde dormir.
A quién creer.
Cuándo regresar.
La prisión, pensé, debía de ser más sencilla.
Una puerta cerrada.
Una pared.
Una orden.
No sabes cuánto deseas perder la libertad hasta que cada decisión puede matar a alguien.
Di unos pasos hacia el valle.
Entonces escuché voces.
Me agaché.
Tres hombres avanzaban por el sendero inferior.
Dos llevaban uniformes.
El tercero era el maestro Baumann.
El hombre que me había enseñado a leer.
Caminaba con ellos y señalaba hacia la zona de la cabaña.
Retrocedí entre los árboles.
Me oculté detrás de unas rocas.
—Está cerca —escuché decir al maestro—. Los cazadores utilizaban una cabaña en esta parte del bosque.
—¿Cuánto falta? —preguntó un soldado.
—No mucho.
Baumann respiraba con dificultad.
—Nunca pensé que haría algo así.
—Está cumpliendo con su deber.
—Es padre de dos alumnos míos.
—Entonces debería darles ejemplo.
Las voces se acercaron.
Apreté el cuchillo.
Podía atacar al primero cuando pasara junto a las rocas.
Podía hundirle la hoja en el cuello.
Después tendría que luchar con el segundo.
El maestro correría.
Quizá podría escapar.
Miré mis manos.
Yo no quería matar.
Nunca había matado a un hombre.
Había sacrificado animales, pero siempre procuraba hacerlo rápido. Incluso entonces sentía algo dentro del pecho cuando la vida abandonaba sus ojos.
Los pasos estaban cada vez más cerca.
—Gruber —gritó uno de los soldados—. Sabemos que está aquí.
No me moví.
—Salga y no ocurrirá nada.
Baumann habló después.
—Matthias, sé razonable.
Reconocí la voz que de niño me había explicado cómo juntar las letras.
Casa.
Tierra.
Madre.
Libertad.
Ahora aquella misma voz me pedía que saliera.
—Solo quieren hablar —dijo.
Mentía mal.
Siempre había mentido mal.
Los soldados se detuvieron.
Uno de ellos señaló las huellas que Josef había dejado en el barro.
—Han pasado dos personas.
—Quizá su hermano —dijo Baumann.
—Entonces también lo interrogaremos.
Sentí una punzada de culpa.
Mis huellas se mezclaban con las de Josef.
Si continuaban siguiéndolas, llegarían a la cabaña.
Los hombres avanzaron.
Esperé hasta que pasaron junto a las rocas.
Pude ver sus espaldas.
Uno llevaba un fusil.
El otro sostenía una pistola.
Baumann no llevaba armas.
Solo una expresión de miedo.
Me alejé arrastrándome entre los árboles.
No podía regresar a la cabaña.
Tampoco podía bajar hacia casa.
Caminé hacia el norte.
La nieve comenzó a aparecer entre las raíces. Primero eran manchas pequeñas. Después cubrió todo el suelo.
No llevaba ropa suficiente.
El frío entró por mis mangas.
Seguí caminando.
Cuando el sol empezó a descender, encontré una cavidad bajo una pared de piedra. No era una cueva. Apenas un hueco protegido del viento.
Me senté allí.
Tenía los pies mojados.
Partí el pan que me quedaba.
Comí despacio.
Cada sonido me hacía levantar la cabeza.
Los hombres no aparecieron.
Al caer la noche vi una luz en el valle.
Después otra.
Antorchas.
Se movían entre los árboles.
Me estaban buscando.
Apoyé la espalda contra la piedra.
El frío era cada vez más intenso.
Pensé en la cama de casa.
En el cuerpo de Anna junto al mío.
En Klara entrando en nuestra habitación durante una tormenta.
En Lukas fingiendo estar dormido para que yo lo llevara en brazos.
Mis recuerdos no me calentaron.
Solo hicieron más fría la montaña.
Durante la madrugada comencé a temblar tanto que mis dientes chocaban.
Me abracé a la manta.
Cerré los ojos.
No sabía si llegaría vivo al amanecer.
Pensé que sería absurdo morir allí.
Congelado bajo una roca.
Sin haber dicho adiós.
Sin que nadie supiera dónde encontrar mi cuerpo.
Un hombre puede resistirse a una dictadura y aun así morir por una noche fría.
La naturaleza no comprende los ideales.
No le importa si un hombre es culpable o inocente.
La nieve cubre a todos de la misma manera.
Al amanecer, el temblor había desaparecido.
Eso me asustó más.
Había escuchado que, cuando un hombre deja de sentir frío, está cerca de morir.
Intenté levantarme.
Las piernas no respondieron.
Me arrastré fuera del hueco.
La luz sobre la nieve era blanca y dolorosa.
—Anna —dije.
Mi voz apenas salió.
Pensé que nadie me escucharía.
Entonces vi una figura caminando entre los árboles.
No llevaba uniforme.
Era una mujer.
Arrastraba un trineo pequeño cargado de leña.
Quise esconderme.
No pude.
Ella me vio.
Se detuvo.
Durante unos segundos permanecimos mirándonos.
Era la viuda Schneider.
Vivía en una casa apartada, al norte del pueblo. Su marido había muerto en una mina años atrás. Tenía un hijo que se había marchado a Viena y del que casi nunca hablaba.
La mujer dejó el trineo.
Se acercó.
—Señor Gruber.
Intenté ponerme en pie.
Caí de rodillas.
—No grite.
—No iba a hacerlo.
—Hay soldados.
—Lo sé.
Me observó.
Sus ojos bajaron hasta mis botas mojadas y mis manos azules.
—Va a morir aquí.
—Puede ser.
—Levántese.
—No puedo.
La mujer me rodeó con un brazo.
Era más fuerte de lo que parecía.
Me ayudó a sentarme en el trineo y me cubrió con la leña.
—¿Qué hace?
—Llevarlo a mi casa.
—La castigarán.
—Ya me han castigado bastante.
—No quiero causarle problemas.
—Los problemas llegaron antes que usted.
Tiró del trineo.
Bajo los troncos apenas podía respirar.
Cada movimiento me producía dolor.
—¿Por qué me ayuda? —pregunté.
La mujer siguió caminando.
—Porque anoche se llevaron a mi hijo.
Abrí los ojos.
—Pensaba que estaba en Viena.
—Lo estaba.
—¿Qué ha ocurrido?
—Lo arrestaron hace dos semanas.
—¿Por qué?
La viuda tardó en responder.
—Amaba a otro hombre.
No dije nada.
—Para ellos eso basta —continuó—. Dicen que es una enfermedad. Una vergüenza. Un delito.
Su voz no tembló.
—Mi hijo me escribió. Dijo que lo habían golpeado. Que querían nombres.
—Lo siento.
—No necesito que lo sienta.
Tiró del trineo con más fuerza.
—Necesito que alguien recuerde que existió.
La casa de la viuda estaba oculta entre los árboles.
Era más pequeña que la nuestra. Tenía un tejado inclinado y una puerta de madera casi negra.
Me llevó hasta el interior.
Encendió el fuego.
Me quitó las botas.
Cuando vio mis pies, negó con la cabeza.
—Tiene suerte.
—No lo parece.
—Todavía tiene pies.
Calentó agua y envolvió mis piernas con mantas.
Me dio una taza.
El líquido olía a hierbas.
—Beba.
—¿Qué es?
—No importa.
Bebí.
Estaba amargo.
—¿Sabe quién lo denunció? —pregunté.
—A mi hijo.
Asentí.
—Un compañero de trabajo.
—¿Por miedo?
—Por conseguir su puesto.
Miró el fuego.
—No todos obedecen por miedo, señor Gruber. Algunos obedecen porque disfrutan de lo que reciben.
Pensé en el maestro Baumann guiando a los soldados.
Pensé en el alcalde.
Pensé en Josef.
Todos llevaban el mismo símbolo.
No todos eran iguales.
Eso lo hacía más difícil.
Si todos hubieran sido monstruos, habría resultado sencillo odiarlos.
Pero algunos eran cobardes.
Otros estaban desesperados.
Otros querían sobrevivir.
Otros querían ascender.
Otros disfrutaban viendo sufrir.
La misma obediencia podía nacer de lugares diferentes.
El resultado era el mismo para quien recibía el golpe.
—No puede quedarse aquí mucho tiempo —dijo la viuda.
—Lo sé.
—Registrarán las casas.
—¿Por qué me ha traído?
—Porque esta mañana todavía podía elegir.
Se levantó.
—Mañana quizá tenga miedo.
Agradecí su sinceridad.
El miedo cambia a las personas con rapidez.
No podía exigirle que arriesgara su vida por mí.
Nadie tenía esa obligación.
—Me marcharé al anochecer.
—Primero debe descansar.
—Tengo que volver con mi familia.
—Su familia estará más segura si usted no está allí.
—Eso dicen todos.
—Tal vez todos tengan razón.
Me tumbé cerca del fuego.
El calor me produjo un dolor intenso en los pies.
Apreté los dientes.
La viuda se sentó frente a la ventana.
—¿Cree en Dios? —preguntó.
—No.
—Mi hijo tampoco.
—¿Y usted?
—Antes sí.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que, si existe, lleva demasiado tiempo mirando hacia otro lado.
Cerré los ojos.
Dormí.
Cuando desperté, era de noche.
Había voces fuera de la casa.
La viuda estaba de pie junto a la puerta.
Me hizo una señal para que guardara silencio.
—Abran —ordenó un hombre.
Reconocí la voz.
Era el oficial del abrigo.
El mismo que había entrado en mi cocina.
La viuda me señaló una trampilla bajo la mesa.
La levanté.
Debajo había un espacio estrecho donde guardaba patatas.
Entré.
Ella colocó la tapa.
Todo quedó oscuro.
Escuché cómo retiraba el cerrojo.
La puerta se abrió.
—Buenas noches, señora Schneider.
—Es tarde.
—Buscamos a un fugitivo.
—Aquí no hay fugitivos.
—¿Podemos entrar?
—Ya han entrado.
Oí botas sobre el suelo.
Dos hombres.
Quizá tres.