El último tren del invierno Chapter 5
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Chapter 5

ACTO II

Los hombres obedientes

La cabaña estaba vacía.

Empujé la puerta con el hombro y entré sin encender la lámpara. Durante unos segundos no vi nada. Solo escuché mi respiración, la lluvia sobre el tejado y el agua que caía de mi ropa.

Olía a madera húmeda, ceniza vieja y animales muertos.

Cerré la puerta.

No había cerrojo.

Arrastré una mesa pequeña y la coloqué delante. Sabía que no detendría a nadie, pero necesitaba hacer algo con las manos.

Me quedé de pie en la oscuridad.

El disparo seguía dentro de mi cabeza.

Una vez.

El perro dejó de ladrar.

Había sido un animal viejo. Se llamaba Bruno. Lukas lo encontró junto al río cuando todavía era un cachorro. Tenía una pata herida y tantos huesos bajo la piel que Anna dijo que no sobreviviría a la semana.

Vivió nueve años.

Ahora estaba tirado en el barro porque unos hombres necesitaban entrar en mi casa sin escuchar ladridos.

Me senté en el suelo.

No lloré por el perro.

Lloré porque no sabía si el siguiente disparo había sido para Anna.

O para mis hijos.

Apoyé la frente contra las rodillas.

Me dije que Josef habría permanecido con ellos.

Me dije que los agentes solo querían registrarlo todo.

Me dije que no harían daño a una mujer ni a dos niños.

Me dije muchas cosas.

En la oscuridad, todas parecían mentiras.

No sé cuánto tiempo estuve allí.

La lluvia se hizo más débil. Después desapareció.

El silencio que quedó fue peor.

En el bosque, uno puede escuchar animales, ramas, agua y viento. Aquella noche no escuchaba nada. Era como si toda la montaña supiera que había hombres buscándome.

Me acerqué a la ventana.

La cabaña estaba construida en una zona alta, entre pinos. Desde allí no podía ver nuestra granja. Solo una parte del valle y algunas luces del pueblo.

Una de aquellas luces podía ser la escuela.

Otra, la taberna.

Otra, la casa del alcalde.

Todas seguían encendidas.

El mundo no se había detenido.

Ese fue uno de los primeros descubrimientos de mi huida.

Cuando la desgracia entra en la vida de un hombre, espera que la tierra tiemble. Espera que las campanas suenen y que los demás salgan de sus casas.

Pero el mundo continúa.

Las vacas siguen necesitando comida.

Los niños continúan aprendiendo canciones.

Los hombres beben cerveza.

Las mujeres remiendan ropa.

Y en algún lugar, una familia es destrozada sin que el cielo cambie de color.

Abrí la bolsa.

Anna había metido más cosas de las que yo había visto.

Dos trozos de pan.

Un pedazo de queso.

Una camisa seca.

Una caja de cerillas.

Una fotografía.

La sostuve cerca de la ventana.

La habíamos tomado dos veranos antes durante una feria en el pueblo. Aparecíamos los cuatro frente a una tela pintada con montañas. Resultaba extraño porque vivíamos rodeados de montañas reales, pero el fotógrafo insistió en que el fondo era bonito.

Anna no sonreía.

Nunca le gustaron las fotografías.

Klara tenía un lazo en el pelo.

Lukas sostenía un avión de madera.

Yo miraba hacia un lado porque alguien me había llamado en el instante en que se abrió el obturador.

Parecíamos una familia que todavía no sabía lo que iba a ocurrirle.

Pasé el dedo sobre el rostro de Anna.

—Perdóname —susurré.

No sabía exactamente por qué pedía perdón.

Por haberme marchado.

Por haberme quedado tanto tiempo.

Por rechazar el brazalete.

Por haber pensado en aceptarlo.

Por haberla obligado a tener miedo.

Tal vez un hombre pide perdón cuando no puede deshacer ninguna de sus decisiones.

Guardé la fotografía en el bolsillo interior de la chaqueta.

Después me tumbé sobre el suelo.

No dormí.

Cada vez que cerraba los ojos veía los faros avanzando hacia la granja.

A veces imaginaba que los agentes se llevaban a Anna.

Otras veces entraban en la habitación de los niños.

En una de aquellas imágenes, Lukas levantaba el brazo y saludaba para demostrar que era un buen alemán.

Ellos se lo llevaban de todas formas.

Al amanecer oí pasos.

Me incorporé.

Los pasos se acercaban desde el lado norte.

Lentos.

Una rama se rompió.

Busqué el cuchillo.

Lo sostuve con ambas manos.

La puerta se movió.

La mesa tembló.

—Matthias.

Era la voz de Josef.

No retiré la mesa.

—¿Estás solo?

—Sí.

—Abre.

—¿Cómo sé que no te han seguido?

Hubo un silencio.

—No lo sabes.

Me acerqué a la ventana.

Vi a mi hermano junto a la puerta. Tenía la ropa manchada de barro. Ya no llevaba el brazalete.

—Da una vuelta alrededor de la cabaña —le dije.

—¿Qué?

—Hazlo.

—No seas estúpido.

—Hazlo.

Josef obedeció.

Lo vi pasar frente a la ventana y desaparecer por detrás. Esperé hasta que regresó.

Aparté la mesa.

Entró sin mirarme.

Tenía un lado del rostro hinchado. El labio que yo había visto herido estaba abierto de nuevo. Había sangre seca en el cuello de la camisa.

—¿Qué te han hecho?

—Nada.

—No parece nada.

—He dicho que no importa.

Cerré la puerta.

—¿Anna?

—Está bien.

—¿Los niños?

—También.

Sentí que mis piernas perdían fuerza.

Me apoyé en la pared.

—¿Estás seguro?

—Los vi antes de venir.

—¿Dónde están?

—En la granja.

—¿Se han marchado los agentes?

—Por ahora.

—¿Qué hicieron?

Josef miró el suelo.

—Registraron la casa.

—¿Los tocaron?

—No.

—¿Golpearon a Anna?

—No.

—¿A los niños?

—No.

—Mírame.

Mi hermano levantó la cabeza.

—No los golpearon.

Quise creerle.

—¿Quién te hizo eso?

Se tocó el labio.

—El del abrigo.

—¿Por qué?

—Porque les dije que no sabía dónde estabas.

—Pero sí lo sabías.

—Por eso me golpeó.

Se sentó sobre una silla rota.

Parecía haber envejecido desde la noche anterior.

—Han destrozado la cocina —dijo—. Rompieron un armario. Vaciaran los sacos de harina. Sacaron los colchones. Abrieron las paredes del establo.

—¿Qué buscaban?

—A ti.

—Yo no cabía dentro de un saco de harina.

—No buscaban solo tu cuerpo. Buscaban pruebas.

—¿Pruebas de qué?

—De que eres un enemigo.

—No hay pruebas.

Josef soltó una risa cansada.

—Siempre hay pruebas cuando ellos quieren encontrarlas.

—¿Qué encontraron?

—Un libro.

—¿Qué libro?

—El que te dio el padre de Anna.

Pensé en el pequeño libro de poemas que guardábamos en un cajón. Apenas lo había abierto en años.

—¿Qué tiene de malo?

—Uno de los autores era judío.

—¿Y yo cómo iba a saberlo?

—No importa.

Otra vez aquella frase.

No importa.

No importaba que no hubiera cometido un delito.

No importaba que no conociera al autor.

No importaba que la tela quemada fuera mía.

No importaba que el perro fuera un animal viejo.

Lo único importante era que ellos habían decidido mirar.

Cuando aquellos hombres miraban a una persona, acababan encontrando culpa.

—Han preguntado por tus amigos —continuó Josef.

—No tengo amigos.

—Eso les pareció sospechoso.

—¿También es delito estar solo?

—Todo puede convertirse en delito.

Se frotó las manos.

Temblaban.

—Tienes que irte más lejos.

—No.

—Esta cabaña es el primer lugar donde buscarán.

—Tengo que volver a casa.

Josef se levantó.

—¿Para qué?

—Para estar con ellos.

—Te detendrán.

—Entonces que me detengan.

—Anoche huiste.

—Porque Anna me lo pidió.

—Y ahora te pide que permanezcas aquí.

—¿Te lo ha dicho?

Mi hermano no respondió enseguida.

—Sí.

Lo miré.

—Estás mintiendo.

—No.

—Anna nunca me pediría que me escondiera mientras ella está sola.

—No está sola. Estoy yo.

—Tú llevabas su brazalete.

—Ya no.

Miré su brazo.

La manga estaba mojada, pero no había tela roja.

—¿Dónde está?

—Lo tiré.

—¿Por qué?

Josef se volvió hacia la ventana.

—Porque me obligaron a entrar en vuestra casa.

Esperé.

—No entiendo.

—Querían que estuviera presente durante el registro. Dijeron que yo podía ayudarlos a encontrar cosas.

—¿Y lo hiciste?

—No.

—¿Qué hiciste?

—Me quedé de pie.

—Eso también es hacer algo.

Josef cerró los ojos.

—Lo sé.

—¿Dónde estabas cuando mataron al perro?

—Junto al vehículo.

—¿Y no dijiste nada?

—No.

—¿Dónde estabas cuando asustaron a mis hijos?

—Allí.

—¿Y no hiciste nada?

—No.

Me acerqué.

—¿Dónde estabas cuando rompieron la casa que ayudaste a construir?

Mi hermano me empujó.

—¡Allí!

Su voz llenó la cabaña.

—Estaba allí. ¿Eso quieres oír? Estaba allí con ese pedazo de tela en el brazo mientras ellos destruían tu casa. Vi llorar a Klara. Vi a Lukas intentar parecer valiente. Vi a Anna mirarme como si yo fuera uno de aquellos hombres.

Bajó la voz.

—Y no hice nada.

Por primera vez desde que llegó, lo miré de verdad.

Josef no había ido a la cabaña para salvarme.

Había ido porque no podía soportarse a sí mismo.

—¿Por qué te golpearon?

—Cuando terminaron, el hombre del abrigo me preguntó dónde estabas. Le dije que no lo sabía. Me preguntó otra vez. Volví a decir que no.

—¿Y entonces?

—Me pidió que jurara lealtad.

—Ya la habías jurado.

—Quería que señalara hacia el bosque.

Miró sus manos.

—No lo hice.

Me senté frente a él.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

—Tal vez existe una línea dentro de mí también.

Sus palabras me dolieron.

No porque fueran falsas.

Porque eran mías.

Yo había pensado aquello muchas veces sin contárselo a nadie.

Tal vez todos los hombres tienen una línea.

Tal vez la diferencia está en el momento en que consiguen verla.

Para algunos aparece antes del primer golpe.

Para otros, después del último.

—Anna te envía esto.

Josef sacó una hoja doblada del interior de la camisa.

La tomé.

Estaba húmeda.

Reconocí la letra de mi mujer.

Matthias:

Los niños están conmigo. No vuelvas todavía. Están vigilando la casa. Preguntan por ti en el pueblo.

No sé qué debemos hacer.

Lukas dice que es culpa suya por haber repetido el saludo. Klara pregunta si vas a regresar antes de que llegue la nieve.

No puedo responderles.

No sé si estoy enfadada contigo o si tengo miedo de perderte. Creo que son las dos cosas.

Quiero pedirte que regreses.

Quiero pedirte que huyas.

No sé cuál de las dos cosas significa que te amo más.

No hagas nada por orgullo.

Pero tampoco hagas algo que convierta al hombre que amo en otra persona.

Anna.

Leí la carta tres veces.

Después la doblé.

—¿Qué significa? —preguntó Josef.

—Que no sabe qué pedirme.

—Nadie sabe qué hacer.

—Ellos sí.

—¿Quiénes?

—Los hombres que obedecen.

Me acerqué a la pequeña chimenea.

Había leña seca en un rincón. Encendí un fuego.

Josef sacó un trozo de pan de su bolsillo.