El último tren del invierno Chapter 4 #4
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Chapter 4 #4

—Solo era un trozo de tela —dijo ella.

Mi hermano soltó una risa amarga.

—Eso mismo dice él.

Anna bajó los últimos escalones.

—¿Adónde puede ir?

—Hay una cabaña vieja al otro lado del bosque. La de los cazadores. Puede quedarse allí unos días.

—¿Y después?

Josef no respondió.

—¿Y después? —repitió ella.

—No lo sé.

—Tiene una familia.

—Precisamente por eso tiene que irse.

—Si huye, parecerá culpable —dije.

—Ya te consideran culpable.

—No he cometido ningún delito.

—Eso ya no importa.

La frase era la misma que había pronunciado días antes.

Entonces no la entendí.

Ahora sí.

Anna se acercó a mí.

—Vete.

—No.

—Matthias, por favor.

—Si no me encuentran, os interrogarán.

—Podemos soportarlo.

—No sabes lo que pueden hacer.

—Tú tampoco.

Josef agarró mi brazo.

—Por una vez en tu vida, deja de discutir.

Me solté.

—¿Por qué me ayudas?

Mi hermano se quedó inmóvil.

—Porque eres mi hermano.

—Llevas su símbolo.

—Y tú sigues siendo mi hermano.

—Has hablado con ellos.

—Para protegerte.

—¿Qué les has contado?

—Lo que ya sabían.

—¿Qué significa eso?

—Que no crees en Hitler. Que desprecias la política. Que eres incapaz de cerrar la boca.

—¿Les hablaste de lo que dije sobre el servicio militar?

Josef bajó la mirada.

No necesitaba contestar.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—Fuiste tú.

—No sabía lo que iban a hacer.

—Fuiste tú quien les habló.

—Me hicieron preguntas.

—Y respondiste.

—Tenía miedo.

—Todos tenemos miedo.

—¡Yo no soy como tú! —gritó.

Los niños comenzaron a llorar arriba.

Josef bajó la voz.

—No puedo mirar a un hombre a los ojos y decirle que no. No puedo arriesgarme a perderlo todo.

—Pero puedes arriesgar lo mío.

Me golpeó.

Su puño alcanzó mi boca.

Caí contra la pared.

Anna se interpuso.

—¡Basta!

Josef respiraba con dificultad.

—Tú crees que no he pagado nada —dijo—. Crees que me puse el brazalete y todo fue fácil. No sabes lo que me piden. No sabes lo que tengo que escuchar. No sabes las cosas que repito para que no sospechen de mí.

Me limpié la sangre de los labios.

—Entonces quítatelo.

Josef agarró la tela roja.

Durante un instante pensé que lo haría.

No lo hizo.

—Vete a la cabaña —dijo—. Ahora.

Fuera comenzó a llover con más fuerza.

Miré a Anna.

Sus ojos suplicaban.

Subí a vestirme.

No preparé una maleta.

Cogí una manta, un cuchillo, pan y una cantimplora.

Klara estaba sentada en la cama.

—¿Adónde vas?

—Al bosque.

—¿Por qué?

—Tengo que revisar una trampa.

—Es de noche.

—Volveré pronto.

—Estás mintiendo.

Me arrodillé ante ella.

Los niños siempre saben cuándo los adultos mienten para protegerlos.

—Escúchame —dije—. Quiero que ayudes a mamá.

—No quiero ayudarla. Quiero que te quedes.

—Tengo que irme un poco de tiempo.

—¿Cuánto?

—No lo sé.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Porque eres un enemigo?

—No soy un enemigo.

—Entonces quédate.

La abracé.

Klara se agarró a mi cuello.

—No dejes que se lleven a Lukas —susurró.

Miré hacia la otra cama.

Mi hijo estaba de pie junto a la ventana.

—¿Por qué iban a llevarme? —preguntó.

No pude responder.

Los abracé a los dos.

Intenté memorizar el olor de sus cabellos.

La forma de sus cuerpos.

El calor de sus brazos.

Todavía creía que regresaría al día siguiente.

Los hombres siempre creemos que tenemos más tiempo.

Anna me acompañó hasta la puerta.

Josef esperaba fuera.

—Cuando llegues al arroyo, sigue hacia el norte —dijo—. No uses el sendero.

Asentí.

Anna me entregó la manta.

Después me abrazó.

Su boca quedó junto a mi oído.

—Vuelve antes de que los niños despierten.

—Volveré.

—Promételo.

Cerré los ojos.

—Te lo prometo.

Fue la segunda promesa que rompí aquella semana.

Me interné en el bosque.

No miré atrás hasta llegar a los primeros árboles.

Anna seguía en la puerta.

Josef estaba a su lado.

Detrás de ellos, en la ventana de arriba, vi los rostros de mis hijos.

Levanté una mano.

Ellos levantaron las suyas.

Después la oscuridad se cerró entre nosotros.

Caminé durante casi una hora.

La lluvia borraba mis huellas. Las ramas golpeaban mi rostro. Varias veces resbalé en el barro.

Cuando llegué al arroyo, escuché motores en la distancia.

Me escondí detrás de un tronco.

Dos vehículos avanzaban hacia nuestra granja.

Sus luces atravesaban los árboles.

Pensé en volver.

Pensé en correr hacia ellos y entregarme antes de que tocaran a Anna.

Pero recordé su voz.

Vete.

Permanecí agachado.

Los motores se hicieron más fuertes.

Después se detuvieron.

A lo lejos, un perro comenzó a ladrar.

Era el perro de nuestra granja.

Ladró varias veces.

Luego escuché un disparo.

Uno solo.

El ladrido terminó.

Me llevé una mano a la boca.

No lloré.

No todavía.

Seguí caminando hacia la cabaña mientras detrás de mí los hombres entraban en mi casa.

Aquella fue la primera noche que huí.

No huía por haber matado.

No huía por haber robado.

No huía por haber hecho daño a nadie.

Huía porque me había negado a colocar un pedazo de tela alrededor de mi brazo.

Y mientras avanzaba bajo la lluvia, comprendí que el nuevo mundo no necesitaba hombres culpables.

Solo necesitaba hombres obedientes.

Los demás seríamos convertidos en culpables después.