El último tren del invierno Chapter 4 #3
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Chapter 4 #3

—Los campesinos también pueden ser enemigos.

—No soy enemigo de nadie.

—Rechazó un símbolo oficial.

—No quiero llevarlo.

—Faltó a una ceremonia obligatoria.

Miré el reloj.

Todavía no eran las diez.

—Aún no ha empezado.

El hombre sonrió.

—Entonces pensaba asistir.

No respondí.

Cogió el brazalete y lo dejó caer de nuevo sobre la mesa.

—Su hermano asegura que usted es un hombre difícil, pero inofensivo.

Sentí un golpe en el estómago.

—¿Han hablado con Josef?

—Hablamos con todo el mundo.

—¿Qué más ha dicho?

—Que no cree en la política.

—Es verdad.

—No creer en la política también es una posición política.

—Yo creo en la tierra. En el trabajo. En mi familia.

—Eso no será suficiente.

El hombre se inclinó hacia mí.

Sus ojos eran claros. No había rabia en ellos.

Eso me asustó.

Los hombres enfadados pueden perder el control.

Aquel hombre no perdería nada.

—¿Reconoce la autoridad del Führer?

—Reconozco que tiene poder.

—No le he preguntado eso.

—Es mi respuesta.

—¿Jura obediencia al Estado alemán?

—Obedeceré las leyes que no me obliguen a hacer daño.

El hombre del uniforme soltó una risa.

—Él decidirá qué leyes son buenas —dijo.

El otro levantó una mano y el soldado calló.

—¿Y si el Estado le ordena servir?

—Sirvo a mi familia todos los días.

—Me refiero al servicio militar.

Miré al hombre.

Hasta entonces la guerra había sido una voz en la radio. Una bandera. Un brazalete. Una marca sobre un papel.

De pronto entró en mi cocina.

—No soy soldado.

—Podría llegar a serlo.

—No quiero.

—El Estado no necesita sus deseos.

—Entonces ¿por qué pregunta?

El hombre sonrió otra vez.

Sacó una libreta y escribió algo.

El sonido del lápiz volvió a llenar la habitación.

—Debe tener cuidado, señor Gruber.

—Eso me dicen todos.

—Tal vez debería empezar a escuchar.

Se levantó.

El hombre del uniforme abrió la puerta.

Antes de salir, el del abrigo señaló el brazalete.

—Póngaselo.

—No.

—No era una pregunta.

—Mi respuesta es la misma.

El uniforme dio un paso hacia mí.

El otro lo detuvo.

—Todavía no —dijo.

Todavía.

La palabra fue más fría que la lluvia.

Salieron.

El automóvil se alejó por el sendero.

Me quedé de pie en la cocina.

No sabía quiénes eran.

No sabía de dónde habían venido.

No sabía qué habían escrito.

Pero comprendí que la pequeña marca de la plaza había empezado a moverse.

Había pasado de una lista a un informe.

Del informe a una oficina.

De una oficina a aquellos hombres.

Pronto llegaría a lugares que yo no podía imaginar.

Cogí el brazalete.

Abrí la puerta de la estufa.

El fuego era débil.

Arrojé la tela sobre las brasas.

Durante unos segundos no ocurrió nada.

Después el borde comenzó a oscurecerse.

El círculo blanco se retorció.

La cruz negra se dobló sobre sí misma.

Un olor amargo llenó la cocina.

Observé cómo ardía.

No sentí orgullo.

No sentí alivio.

Solo miedo.

Cuando Anna regresó, encontró las cenizas.

Se quedó frente a la estufa.

—Han venido —dije.

No preguntó quiénes.

Miró la puerta abierta, las huellas de barro y la silla que el hombre había apartado.

—¿Qué querían?

—Hacer preguntas.

—¿Qué les has dicho?

—La verdad.

Anna cerró los ojos.

—Dios mío.

—Dios no ha tenido nada que ver.

—Cállate.

Fue la primera vez que me lo ordenó.

Los niños entraron detrás de ella.

Lukas llevaba un pequeño estandarte de papel.

Al verme, lo escondió a su espalda.

Klara corrió hacia mí.

—Papá, han dicho tu nombre.

Me agaché.

—¿Quién?

—El alcalde.

—¿Qué ha dicho?

—Que algunos hombres todavía no comprenden su deber.

Anna intervino.

—Klara, sube a cambiarte.

—Pero también ha dicho otra cosa.

—Arriba.

—Ha dicho que los enemigos pueden vivir entre nosotros.

La niña me miró.

—¿Tú eres un enemigo?

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—No.

—Entonces ¿por qué todos te miraban?

—Porque tienen miedo.

—¿De ti?

—No.

—¿De qué?

La abracé.

—Ojalá lo supiera.

Aquella noche cerré todas las puertas.

Aseguré las ventanas.

Dejé el hacha junto a la cama.

No quería usarla.

Pero necesitaba saber que estaba allí.

Anna no se burló.

Los niños durmieron con nosotros.

Lukas a mis pies.

Klara entre Anna y yo.

Nadie lo propuso.

Simplemente ocurrió.

Durante horas permanecí despierto, escuchando cada sonido.

Una rama.

El viento.

Un animal entre los arbustos.

El crujido de la madera.

Todo parecía un paso.

Todo parecía un motor.

En mitad de la noche, Lukas habló dormido.

Levantó el brazo.

Murmuró el saludo.

Yo se lo bajé con cuidado.

No lo desperté.

Me quedé sosteniendo su mano.

Era pequeña y estaba caliente.

Pensé en todos los hombres que algún día habían sostenido la mano de sus hijos y se habían prometido protegerlos.

Pensé en cuántos habían fracasado.

Pensé en cuántos habían obedecido para salvar a su familia.

Pensé en cuántos habían terminado destruyendo a la familia de otro hombre.

Entonces comprendí que el miedo no siempre obliga a huir.

A veces obliga a quedarse.

A veces hace que un hombre cierre la boca.

A veces hace que la abra.

A veces lo pone de rodillas.

A veces le impide arrodillarse incluso cuando sería más sencillo.

Yo todavía no sabía qué clase de hombre era.

Solo sabía que, mientras sostenía la mano de mi hijo, alguien llamó tres veces a la puerta.

No eran golpes fuertes.

No necesitaban serlo.

Toda la casa los oyó.

Anna abrió los ojos.

Lukas se despertó.

Klara dejó escapar un gemido.

Nadie se movió.

Volvieron a llamar.

Tres golpes.

Lentos.

Seguros.

Me levanté de la cama.

Cogí la lámpara.

Después miré el hacha.

Anna siguió mi mirada.

—No —susurró.

Dejé el hacha donde estaba.

Bajé las escaleras.

Cada peldaño crujió bajo mis pies.

Al llegar a la puerta, pregunté:

—¿Quién es?

Durante unos segundos no hubo respuesta.

Después escuché una voz.

—Matthias, abre.

Era Josef.

Retiré el cerrojo.

Mi hermano entró empapado. Tenía barro en la ropa y una herida en el labio.

Miró hacia las escaleras para asegurarse de que los niños no estaban cerca.

—Tienes que marcharte —dijo.

—¿Qué ha ocurrido?

—Van a volver.

—¿Quiénes?

—Los hombres de esta mañana.

—¿Cómo lo sabes?

Josef no respondió.

Miré su brazalete.

Estaba rasgado.

Había una pequeña mancha de sangre sobre el círculo blanco.

—¿Qué has hecho? —pregunté.

—No importa.

—Josef.

—Han encontrado las cenizas en la estufa.

Sentí frío.

—¿Cómo saben que lo quemé?

—El hombre del uniforme regresó cuando estabais en la plaza. Miró por la ventana. Después habló con el alcalde.

—¿Y contigo?

—Sí.

—¿Qué le has dicho?

Josef me sostuvo la mirada.

—Que eres un idiota.

—Eso ya lo saben.

—No bromees.

Se limpió la sangre del labio.

—Te detendrán antes del amanecer.

Anna apareció en la escalera con una manta sobre los hombros.

—¿Detenerlo por qué?

Josef la miró.

—Desobediencia. Propaganda contra el Reich. Destrucción de un símbolo oficial.