Chapter 4 #2
—Están preguntando por ti. Por lo que dices. Por las personas con las que hablas. Por qué no fuiste a escuchar el discurso. Por qué tus hijos no saludan correctamente.
—Son mis hijos.
—Ya no basta con decir eso.
—¿Qué significa?
Me soltó.
—Significa que pueden quitártelos.
La montaña pareció quedarse en silencio.
Incluso los animales dejaron de moverse.
—No pueden.
—Pueden enviarlos a instituciones. Pueden declarar que no reciben una educación adecuada. Pueden decir que estás criando enemigos del Estado.
Miré la puerta de la casa.
Detrás se encontraban Lukas y Klara.
—Estás mintiendo.
—Ojalá.
—Nadie puede llevarse a mis hijos.
—Matthias, no sabes lo que está ocurriendo en las ciudades.
—Estamos en una montaña.
—La montaña no es otro país.
Recordé las palabras de Anna.
La montaña no es tan alta.
Ernst sacó de nuevo el brazalete.
Esta vez lo dejó sobre un tronco.
—El domingo —dijo—. Diez de la mañana.
Después se marchó.
No toqué la tela.
El viento levantó uno de sus extremos. Durante un instante pareció que respiraba.
Anna salió de la casa.
—¿Qué quería?
—Que vaya el domingo.
—¿Y vas a ir?
No respondí.
Se acercó al tronco. Vio el brazalete.
—Póntelo.
Levanté la cabeza.
—¿Qué?
—Solo esta vez.
—Anna.
—Ve a la plaza. Levanta el brazo. Di las palabras.
—¿Eso quieres?
—Quiero que dejen a nuestros hijos en paz.
—Si cedo ahora, volverán a pedir otra cosa.
—Entonces ya pensaremos en ello.
—Después será demasiado tarde.
—¿Demasiado tarde para qué? —preguntó—. ¿Para sentirte limpio?
—No se trata de mí.
—Todo esto se trata de ti.
Su voz se quebró.
—De tu conciencia. De tu orgullo. De tu necesidad de mirar a los demás y saber que tú no has cedido.
—No me creo mejor que nadie.
—Pero estás dispuesto a que suframos para demostrarlo.
Las palabras me dejaron sin defensa.
Anna señaló el establo.
—Han venido de noche. Han pintado nuestra puerta. Mañana pueden romper una ventana. Después pueden quemar el granero. ¿Qué harás entonces? ¿Les dirás que tu conciencia sigue intacta mientras nuestros hijos duermen bajo la nieve?
—Yo os protegeré.
—¿Cómo?
No pude responder.
—¿Con el hacha? —continuó—. ¿Vas a luchar contra todos? ¿Contra el alcalde? ¿Contra los vecinos? ¿Contra los soldados? ¿Contra tu propio hermano?
—Josef ha elegido.
—Y tú también.
Cogió el brazalete.
Pensé que me lo entregaría.
En lugar de eso, lo arrojó contra mi pecho.
—El problema es que todos pagaremos tu elección.
Entró en la casa.
La tela cayó a mis pies.
Permanecí mucho tiempo sin moverme.
Había imaginado que la lucha sería sencilla.
Ellos a un lado.
Yo al otro.
No había pensado que Anna quedaría en medio.
Aquella noche dormimos de espaldas.
En la oscuridad, escuché su respiración.
Varias veces quise tocarla.
No lo hice.
Antes del amanecer me levanté. Encendí el fuego y preparé agua caliente. Después fui al establo.
El brazalete seguía en el suelo.
Estaba húmedo por el rocío.
Lo recogí.
La tela era áspera. El círculo blanco se había manchado de barro en un borde.
Me lo acerqué al brazo.
Solo quería saber cómo se sentiría.
Podía ponérmelo el domingo.
Podía levantar la mano.
Podía pronunciar dos palabras.
Después volvería a casa.
Cuidaría a mis animales.
Repararía el tejado.
Vería crecer a mis hijos.
La vida está hecha de pequeñas rendiciones, pensé.
Todos cedemos alguna vez.
Ante el hambre.
Ante el invierno.
Ante una mujer a la que amamos.
Ante el miedo.
Coloqué la tela alrededor de la manga.
No tenía alfiler, así que la sujeté con la mano.
Me miré en el pequeño espejo que colgaba junto a las herramientas.
Durante unos segundos no reconocí al hombre que aparecía en él.
Seguía siendo mi cara.
Mis ojos.
Mi barba.
La cicatriz sobre la ceja que me había hecho de niño.
Pero el brazo parecía pertenecer a otra persona.
Escuché un ruido detrás de mí.
Lukas estaba en la puerta.
No sé cuánto tiempo llevaba allí.
Miró el brazalete.
—¿Ahora eres uno de ellos? —preguntó.
Me lo quité.
—No.
—Te lo estabas poniendo.
—Solo estaba mirándolo.
—El maestro dice que los que lo llevan son buenos alemanes.
—El maestro dice demasiadas cosas.
Lukas entró en el establo.
—Tío Josef lo lleva.
—Sí.
—Y el alcalde.
—Sí.
—Entonces ellos son buenos.
—No he dicho que sean malos.
—Pero no quieres ser como ellos.
—No.
—No lo entiendo.
Me arrodillé frente a él.
—Hay personas que hacen algo porque creen en ello. Otras lo hacen porque tienen miedo. Y otras porque quieren obtener algo.
—¿Y cómo sabes quién es quién?
—A veces no se sabe.
—Entonces quizá el tío Josef tiene miedo.
—Quizá.
—Y tú también tienes miedo.
—Sí.
—Pero tú no te lo pones.
—No.
—Entonces eres más valiente.
—No.
—¿Por qué?
Miré el brazalete en mi mano.
—Porque quizá mi miedo es distinto.
Lukas pensó unos instantes.
—Yo tengo miedo de que te lleven.
El aire se me quedó atrapado en el pecho.
—Nadie va a llevarme.
—El alcalde dijo que podían.
—¿Estabas escuchando?
Asintió.
—Mamá lloró después.
Me puse en pie.
—Ve a vestirte. Llegarás tarde a la escuela.
—No quiero ir.
—Tienes que ir.
—Los otros niños dicen que eres un traidor.
—No importa lo que digan.
—A mí sí.
—Lukas.
—Ayer Franz me empujó.
—¿Por qué no me lo contaste?
—Porque te enfadas.
—No contigo.
—Siempre dices eso.
Salió corriendo.
Me quedé con la tela entre las manos.
Por primera vez pensé que tal vez Anna tenía razón.
Tal vez mi negativa no era valor.
Tal vez era una forma de egoísmo.
Podía soportar que me insultaran.
Podía soportar una amenaza.
Pero mi hijo recibía los golpes.
Mi mujer ocultaba las lágrimas.
Mi hija preguntaba el significado de palabras que ningún niño debería aprender.
Guardé el brazalete en el bolsillo.
Durante todo el día sentí su peso.
Era un trozo de tela.
No pesaba nada.
Sin embargo, tiraba de mí hacia el suelo.
El domingo llegó con lluvia.
A las nueve y media, Anna colocó mi chaqueta sobre el respaldo de una silla.
No dijo nada.
Los niños estaban vestidos.
—¿Adónde van? —pregunté.
—A la plaza —respondió ella.
—No tienen que ir.
—Todos deben asistir.
—Pueden quedarse conmigo.
Anna levantó la mirada.
—¿Tú vas a quedarte?
Metí una mano en el bolsillo.
El brazalete seguía allí.
—No lo sé.
—Sí lo sabes.
Los niños nos observaban.
Anna les pidió que esperaran fuera.
Cuando se cerró la puerta, se acercó a mí.
—No voy a pedírtelo otra vez.
—No quiero hacerte daño.
—Ya lo estás haciendo.
—Si cedo hoy, mañana querrán que denuncie a un vecino. Después me pedirán que señale a un judío. Después que sostenga un arma.
—Hoy solo te piden que aparezcas en una plaza.
—Así empieza.
—No sabes cómo empieza.
—Lo estoy viendo.
—Lo que ves es a tu familia suplicándote que no la destruyas.
Aparté la mirada.
Sobre la mesa había cuatro platos.
Uno tenía una grieta.
Lo habíamos usado durante años sin que llegara a romperse.
—¿Qué quieres que haga? —pregunté.
—Quiero que sobrevivas.
—¿A cualquier precio?
—No lo sé.
—Tenemos que saberlo.
—No. Tú necesitas saberlo. Tú necesitas que todo sea bueno o malo. Limpio o sucio. Pero la vida no funciona así.
—Entonces ¿cómo funciona?
—Haciendo lo necesario para que tus hijos coman mañana.
—También los animales comen.
Anna me abofeteó.
No fue fuerte.
Me quedé quieto.
Ella miró su propia mano con horror.
—Perdóname.
—No.
—Matthias...
—No me pidas perdón por tener miedo.
Comenzó a llorar.
La abracé.
Al principio intentó apartarme. Después escondió el rostro contra mi pecho.
—No quiero perderte —dijo.
—No me perderás.
—No puedes prometerlo.
—No.
—Entonces no lo digas.
Permanecimos abrazados mientras la campana sonaba en el valle.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Cada golpe subía por la montaña.
Anna se separó.
—Tenemos que irnos.
—Ve con los niños.
—¿Y tú?
Saqué el brazalete del bolsillo.
Lo miré.
Después lo dejé sobre la mesa.
—No puedo.
Anna cerró los ojos.
No gritó.
No discutió.
Aquello fue peor.
Salió de la casa y cerró la puerta.
Me quedé solo.
Desde la ventana los vi bajar por el camino.
Lukas caminaba junto a su madre.
Klara se volvió dos veces.
En la segunda levantó una mano para despedirse.
Yo no pude mover la mía.
Esperé hasta que desaparecieron entre los árboles.
Después me senté a la mesa.
El brazalete estaba frente a mí.
La casa parecía demasiado grande.
Oí el reloj.
El fuego.
La lluvia sobre el tejado.
A lo lejos, la radio comenzó a emitir música militar.
Imaginé la plaza llena.
Imaginé a mis hijos bajo la bandera.
Imaginé al alcalde buscando mi rostro.
Imaginé al oficial abriendo su lista.
Mi nombre.
Otra marca.
Me levanté.
Cogí la chaqueta.
Durante unos segundos estuve a punto de salir.
Podía alcanzarlos.
Podía llegar antes del juramento.
Podía colocarme la tela mientras bajaba.
Abrí la puerta.
El aire frío entró en la casa.
Di un paso.
Después otro.
La lluvia me golpeó la cara.
Vi el camino descendiendo hacia el pueblo.
Y entonces escuché un motor.
No venía del valle.
Venía desde el bosque, por el sendero del norte.
Un automóvil negro apareció entre los árboles.
Avanzaba despacio porque el barro era profundo.
Me quedé en la puerta.
El vehículo se detuvo frente a la casa.
Bajaron dos hombres.
Uno llevaba uniforme.
El otro vestía un abrigo oscuro y un sombrero.
No parecían campesinos.
El hombre del uniforme miró un papel.
—¿Matthias Gruber?
Podría haber mentido.
Podría haber dicho que no estaba.
Podría haber corrido hacia el bosque.
—Sí.
El hombre guardó el papel.
—Tenemos unas preguntas.
—Mi familia no está aquí.
—No hemos venido por su familia.
El hombre del abrigo levantó la vista hacia la mancha del establo.
Traidor.
Aunque yo había borrado la palabra, él pareció leerla.
—Será mejor que hablemos dentro —dijo.
Entraron sin esperar permiso.
El del uniforme se quitó los guantes. El otro no se quitó el sombrero.
Miraron la cocina, la mesa, los platos y las fotografías. Sus ojos tocaban todas nuestras cosas.
Sentí que la casa dejaba de pertenecernos.
El hombre del abrigo vio el brazalete sobre la mesa.
—¿Es suyo?
—Me lo dio el alcalde.
—Pero no lo lleva.
—Estoy en mi casa.
—También el Reich está en su casa.
Se sentó.
El uniforme permaneció de pie junto a la puerta.
—Tenemos informes sobre usted, señor Gruber.
—Soy campesino.