Chapter 4
Durante el camino de regreso nadie habló.
Lukas caminaba unos pasos por delante. Golpeaba las piedras con la punta de las botas y evitaba mirarme. Klara llevaba la mano agarrada a la falda de Anna.
Yo sentía las miradas de los vecinos en la espalda.
No necesitaba volverme para saber que hablaban de mí. Algunos lo harían con miedo. Otros con desprecio. Otros fingirían que no había ocurrido nada.
Josef nos alcanzó antes de abandonar el pueblo.
—Matthias.
Seguí andando.
—Matthias, espera.
Me agarró del hombro.
Me volví.
Llevaba el brazalete rojo alrededor del brazo izquierdo. Parecía demasiado nuevo sobre su chaqueta vieja. La tela estaba limpia. El símbolo negro destacaba como una herida.
—¿Qué has hecho? —preguntó.
—Irme a casa.
—Sabes a qué me refiero.
Anna se detuvo, pero no dijo nada.
—Me han ofrecido un pedazo de tela —respondí—. No lo he querido.
—No era un pedazo de tela.
—En eso estamos de acuerdo.
Josef miró hacia el pueblo. El oficial de la lista seguía en la plaza. Hablaba con el alcalde y señalaba en nuestra dirección.
—Te han señalado.
—Ya lo sé.
—No, no lo sabes.
—He oído el lápiz.
Mi hermano apretó los dientes.
—Siempre tienes que hacerte el listo.
—No me estaba haciendo el listo.
—Podrías haberlo cogido.
—Podría.
—Podrías haberlo guardado en el bolsillo.
—Sí.
—Podrías haber pensado en tu familia.
Anna bajó la cabeza.
Sentí que algo se endurecía dentro de mí.
—He pensado en ellos.
—Pues no lo parece.
Josef se acercó más.
Hablaba en voz baja, pero tenía el rostro encendido.
—Esos hombres no son como el alcalde. No puedes discutir con ellos y esperar que mañana lo hayan olvidado. Guardan los nombres. Escriben informes. Hacen preguntas.
—Que pregunten.
—¿Y qué vas a contestar?
—La verdad.
Mi hermano soltó aire por la nariz.
—La verdad. Siempre la verdad. Hablas de ella como si fuera una herramienta. Como si pudieras cortar leña con ella o proteger el tejado cuando nieve.
—Al menos sé lo que es.
Josef miró a Anna.
—Convéncelo.
Ella no respondió.
—Anna, por el amor de Dios.
—No metas a Dios en esto —dije.
—Tú no crees en Dios.
—Por eso.
Mi hermano levantó una mano, pero la dejó caer.
—No entiendes nada.
—Eso me dijiste cuando vino la radio.
—Y tenía razón.
—Puede ser.
—Te van a destruir.
Lukas se volvió al escuchar aquellas palabras.
Su rostro había perdido el orgullo de la plaza.
Ahora parecía un niño.
—¿Qué significa destruir? —preguntó.
Ninguno contestó.
Josef miró a su sobrino y después a mí.
—Ve a hablar con el alcalde esta tarde. Dile que estabas nervioso. Que no comprendiste la orden. Acepta el brazalete.
—No.
—Todavía puedes arreglarlo.
—No hay nada que arreglar.
—Han escrito tu nombre.
—Mi nombre ya estaba escrito desde que nací.
—No de esa manera.
Nos quedamos en silencio.
La montaña se alzaba detrás de nosotros. Las cumbres todavía conservaban nieve. Un halcón giraba sobre los árboles. Todo parecía igual que el día anterior.
Sin embargo, ya nada era igual.
Josef me dio la espalda.
—Cuando vengan, no digas que nadie te avisó.
Empezó a caminar hacia el pueblo.
—Josef.
Se detuvo.
—Quítate eso cuando vengas a mi casa.
No se volvió.
—Tal vez no vuelva.
Lo observé alejarse.
El brazalete rojo fue lo último que vi de él antes de que el sendero se curvara.
Anna reanudó la marcha.
No caminó a mi lado.
Aquello me dolió más de lo que quise admitir.
Cuando llegamos a la granja, los animales necesitaban comida. La vaca más vieja tenía una herida en una pata y el tejado del cobertizo seguía perdiendo algunas tejas. Había demasiadas cosas que hacer para pensar en oficiales, listas o símbolos.
El trabajo siempre había conseguido calmarme.
Aquel día no lo hizo.
Cada vez que clavaba el hacha en un tronco, escuchaba el lápiz.
Cada vez que el metal golpeaba la madera, veía al oficial levantar la cabeza.
Nombre.
Matthias Gruber.
Campesino.
Treinta y seis años.
Casado.
Dos hijos.
No era un hombre para ellos.
Era una línea en una hoja.
Una línea que podía ser tachada.
Después de comer, Lukas salió al patio. Se sentó junto al pozo y comenzó a hacer girar una rama entre las manos.
Me acerqué.
—¿Te duele la mejilla?
—No.
—No debía haberte pegado.
No respondió.
Me senté junto a él.
Desde allí se veía el valle. Algunas columnas de humo salían de las casas. La bandera de la escuela era apenas un punto rojo en la distancia.
—Estaba enfadado —dije.
—Conmigo.
—No.
—Me pegaste a mí.
—Sí.
—Entonces estabas enfadado conmigo.
Los niños entienden las cosas de una manera que los adultos intentamos evitar.
—Estaba asustado.
Lukas dejó de mover la rama.
—Tú no tienes miedo.
—Claro que lo tengo.
—Nunca lo dices.
—Eso no significa que no lo sienta.
—¿Tenías miedo de mí?
Miré sus manos pequeñas.
Todavía conservaban tierra bajo las uñas.
—Tenía miedo de perderte.
—Yo estaba aquí.
—A veces una persona puede estar delante de ti y, aun así, perderse.
Lukas frunció el ceño.
—No lo entiendo.
—Yo tampoco lo entendía a tu edad.
—El maestro dice que Hitler nos hará fuertes.
—¿Tú te sientes débil?
El niño pensó la respuesta.
—A veces.
—Yo también.
—Pero él dice que seremos los mejores.
—¿Los mejores en qué?
—En todo.
—Eso no existe.
—Él dice que sí.
—Los hombres que quieren mandar dicen muchas cosas.
Lukas arrojó la rama al suelo.
—El maestro sabe más que tú.
—Seguramente.
—Sabe historia.
—Sí.
—Y geografía.
—Sí.
—Y tiene libros.
—También.
—Entonces puede tener razón.
Lo miré.
No había desafío en sus palabras. Solo buscaba un lugar seguro donde colocar la verdad. Para él, el mundo debía ser sencillo. El maestro sabía. El padre protegía. Las autoridades mandaban. Los niños obedecían.
Yo estaba rompiendo ese orden.
—Puede tener razón en muchas cosas —dije—. Pero también puede equivocarse.
—¿Y cómo sé cuándo se equivoca?
No encontré una respuesta fácil.
—Cuando te diga que una persona vale menos por su sangre, por su nombre o por el lugar donde nació, se equivoca.
—No ha dicho eso.
—Quizá lo diga.
—¿Y si todos dicen lo mismo?
—Seguirá estando mal.
—¿Aunque tú seas el único?
—Aunque sea el único.
Lukas recogió otra rama.
—No quiero ser el único.
Su voz fue apenas un susurro.
Aquella frase me acompañó durante años.
No quiero ser el único.
Yo tampoco quería.
Nadie quiere quedarse solo cuando todos levantan el brazo.
Le pasé una mano por el cabello.
Al principio se quedó rígido. Después apoyó la cabeza contra mi costado.
—No vuelvas a pegarme —dijo.
—No lo haré.
Mentí.
Todavía no sabía que el miedo convierte a los padres en hombres capaces de romper sus propias promesas.
Esa noche alguien pintó una palabra en la puerta del establo.
TRAIDOR.
Las letras eran grandes y negras.
Las descubrió Klara al amanecer. Entró corriendo en la casa mientras yo me afeitaba.
—Papá, han escrito algo.
Salí con la navaja todavía en la mano.
Anna vino detrás de mí.
La palabra ocupaba casi toda la puerta.
La pintura había goteado sobre la madera. Algunas gotas llegaban hasta el suelo.
Klara la leyó despacio.
—Trai... dor.
—Entra en casa —dijo Anna.
—¿Qué significa?
—Entra.
—Pero ¿qué significa?
—Que alguien no tiene valor para decir las cosas a la cara —respondí.
Anna me miró.
—No.
—¿Qué?
—No vas a convertir esto en una lección.
—La niña ha preguntado.
—La niña no debería tener que preguntar.
Cogió a Klara de la mano y se la llevó.
Yo me quedé frente a la puerta.
Pasé el pulgar sobre una de las letras. La pintura todavía estaba pegajosa.
Lo habían hecho durante la noche.
Alguien había subido hasta nuestra casa mientras dormíamos.
Tal vez había mirado por la ventana.
Tal vez había visto a mis hijos en sus camas.
Entré en el cobertizo, llené un cubo de agua y busqué un cepillo.
Froté durante más de una hora.
La pintura se extendió.
La palabra perdió su forma, pero no desapareció.
Cuando terminé, quedó una mancha gris sobre la madera.
Traidor.
Ya no podía leerse.
Yo seguía viéndola.
Al mediodía subió el alcalde.
Venía solo.
No llevaba uniforme, pero se había puesto el brazalete.
Lo recibí junto al establo.
Miró la mancha de la puerta y fingió no verla.
—Tenemos que hablar.
—Habla.
—A solas.
—Anna forma parte de esta casa.
—No me refería a ella.
Miró hacia los niños. Estaban cerca del gallinero.
—Entrad —les ordenó Anna.
Lukas obedeció enseguida. Klara tardó un poco más.
Cuando se cerró la puerta de la casa, el alcalde se acercó.
Se llamaba Ernst Vogel. Lo conocía desde niño. Su padre había trabajado con el mío. Ernst me había ayudado a construir parte del granero. Yo había sostenido a su mujer cuando perdió el conocimiento durante el entierro de su hija.
Ahora evitaba mirarme a los ojos.
—El oficial ha presentado un informe.
—Ha trabajado rápido.
—No bromees.
—No estoy bromeando.
—Dice que rechazaste un símbolo oficial, que cuestionaste la autoridad del Reich y que pronunciaste palabras contrarias al Estado.
—Dije que mi familia no pertenece a ningún hombre.
—Eso basta.
—¿Para qué?
Ernst miró hacia el bosque.
—No lo sé.
—Tú eres el alcalde.
—Las decisiones ya no se toman aquí.
—Entonces ¿para qué sirves?
Su rostro se tensó.
—He venido a ayudarte.
—¿Cómo?
Sacó un brazalete del bolsillo.
Lo sostuvo entre nosotros.
—Póntelo el domingo. Ve a la plaza. Saluda como los demás. Yo hablaré con el oficial. Diré que fue una confusión.
Miré la tela.
—¿Y después?
—Después vuelves a tu vida.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo.
—¿Y si no quiero?
—No se trata de lo que quieres.
—Entonces no digas que vienes a ayudarme.
Ernst guardó el brazalete.
—Siempre has sido testarudo.
—Y tú siempre has sido cobarde.
Lo dije sin pensar.
Su rostro cambió.
—Ten cuidado.
—¿Es una amenaza?
—Es un consejo.
—Los consejos no llevan brazalete.
Dio un paso hacia mí.
—Crees que esto es un juego entre tú y yo. No lo es. Hay hombres que pueden llevarte de esta casa sin dar explicaciones. Hay leyes nuevas. Tribunales nuevos. Delitos que ayer no existían.
—¿Y hoy sí?
—Sí.
—Qué rápido crecen los delitos cuando los hombres necesitan culpables.
Ernst me agarró de la chaqueta.
—Escúchame.
Podía oler su aliento. Había bebido.