El último tren del invierno Chapter 3
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Chapter 3

ACTO I

La montaña

Antes de que la guerra llegara a nuestra casa, llegó la radio.

El alcalde la instaló en la taberna del pueblo. Dijo que era necesario que todos escucháramos las noticias de la nueva Alemania. La colocó sobre una repisa, entre una cabeza de ciervo y una fotografía del emperador que nadie se había molestado en retirar.

La primera tarde acudió casi todo el pueblo.

Yo no fui.

Tenía que reparar una valla que el viento había derribado durante la noche. Además, las voces que salían de aquellos aparatos me molestaban. Sonaban como si los hombres que hablaban estuvieran enfadados con el mundo entero.

Mi hermano Josef vino a buscarme.

Lo vi subir por el sendero mientras yo clavaba una tabla. Caminaba deprisa y levantaba pequeñas nubes de polvo con las botas.

—Tienes que venir —me dijo.

—¿Por qué?

—Va a hablar Hitler.

Seguí golpeando el clavo.

—Que hable.

—Todo el pueblo estará allí.

—Entonces tendrá bastante gente para escucharlo.

Josef agarró la tabla.

—Matthias.

—Suéltala.

—No puedes seguir comportándote así.

—¿Así cómo?

—Como si nada tuviera que ver contigo.

Le quité la tabla de las manos.

—Una valla caída tiene que ver conmigo. Una vaca enferma tiene que ver conmigo. Lo que diga un hombre en Berlín no arreglará ninguna de las dos cosas.

Mi hermano me miró con impaciencia.

Éramos muy distintos. Él siempre había querido salir de la montaña. Yo nunca había entendido por qué. Tenía buena voz, sabía leer mejor que yo y era capaz de hablar durante horas sobre cosas que no podía tocar.

—Está cambiando el país —dijo.

—El país siempre cambia.

—Esta vez es diferente.

Me agaché para recoger otro clavo.

—Eso dicen siempre los que quieren mandar.

Josef se quedó en silencio.

Pensé que se marcharía. En cambio, se sentó sobre una piedra.

—Dicen que habrá trabajo para todos.

—Aquí hay trabajo.

—Trabajo de verdad.

—Prueba a levantar esa valla y dime si no es de verdad.

—También habrá orden.

—Las vacas entran en el establo cada noche sin necesidad de discursos.

—Te ríes porque no entiendes.

Clavé la última tabla.

—Puede ser.

No quería discutir con él. Josef era mi hermano menor. De niños habíamos dormido en la misma cama durante los inviernos más fríos. Cuando nuestra madre murió, él pasó tres noches sin hablar. Yo le daba parte de mi sopa y fingía no tener hambre.

A veces el amor no evita que dos hombres se alejen.

Solo hace que duela más.

—Ven esta noche —dijo.

—Anna ha preparado sopa.

—Puedes cenar después.

—La sopa no espera a ningún Führer.

Josef se levantó.

—Un día vas a tener problemas por esa boca.

—Mi boca no ha hecho daño a nadie.

—Eso ya no importa.

Lo vi bajar hacia el pueblo.

No comprendí entonces lo que había querido decir.

Aquella noche cenamos temprano.

Anna había cocinado patatas, col y un pequeño trozo de carne que guardábamos para el domingo. Los niños discutieron porque ambos querían la parte con más grasa.

—La dividiremos —dijo Anna.

—Él siempre recibe más —protestó Klara.

—Porque soy mayor —respondió Lukas.

—Solo por dos años.

—Dos años son dos años.

—También un burro puede ser viejo.

Lukas intentó darle una patada por debajo de la mesa.

Anna golpeó la madera con la cuchara.

—Basta.

Los dos bajaron la cabeza.

Yo escondí una sonrisa.

Klara la vio.

—Papá se está riendo.

—Papá puede dormir en el establo —dijo Anna.

—Las vacas roncan menos que tú.

Los niños se rieron.

Anna intentó mantener el rostro serio, pero no pudo.

Era hermosa cuando se reía. No como las mujeres de las fotografías, con vestidos limpios y manos blancas. Anna tenía la piel tostada por el sol, una pequeña cicatriz junto a la boca y los dedos agrietados por el trabajo.

Yo conocía cada una de aquellas grietas.

Habíamos construido nuestra felicidad con cosas pequeñas.

Una mesa que perteneció a mi padre.

Cuatro platos diferentes.

Una cama que crujía.

Dos hijos que nunca dejaban de hacer preguntas.

No necesitábamos más.

Eso creíamos.

Después de cenar, llegó el sonido de la radio desde el pueblo.

La taberna se encontraba lejos, pero la noche estaba quieta y alguien había abierto las ventanas. Primero oímos una multitud. Miles de voces gritando al mismo tiempo. Después comenzó a hablar un hombre.

No entendíamos las palabras con claridad.

Tampoco era necesario.

Había algo en aquella voz que atravesaba la distancia. Subía por la ladera, entraba entre los árboles y llegaba a nuestra casa como una tormenta.

Lukas se acercó a la ventana.

—¿Quién es?

—Un hombre que grita —dije.

—Es Hitler —respondió Anna.

—El tío Josef dice que salvará Alemania.

Miré a mi hijo.

—Tu tío dice muchas cosas.

—¿Es verdad?

—¿Qué cosa?

—¿Que va a salvarnos?

No supe qué responder.

¿Salvarnos de qué?

Éramos pobres, pero comíamos. Trabajábamos desde antes del amanecer, pero la tierra era nuestra. El invierno podía matarnos. Una enfermedad podía dejarnos sin ganado. Una mala cosecha podía obligarnos a pedir dinero.

Pero nunca habíamos necesitado que un desconocido nos salvara.

—Nadie salva a un hombre sin pedirle algo a cambio —dije.

Anna me observó.

—No hables así delante de los niños.

—Solo he dicho la verdad.

—La verdad también puede meternos en problemas.

Aquella fue la primera vez que escuché miedo en su voz.

Me levanté y cerré la ventana.

El discurso continuó detrás de los cristales. La voz se hizo más débil, pero no desapareció.

Durante mucho tiempo oímos los gritos del pueblo.

Heil Hitler.

Heil Hitler.

Heil Hitler.

Los niños los repitieron en voz baja, como si fueran palabras de una canción.

—No digáis eso —ordené.

Klara dejó de sonreír.

—¿Por qué?

—Porque no.

—Todos lo dicen.

—Vosotros no.

Lukas frunció el ceño.

—El maestro dice que debemos hacerlo.

—En esta casa no.

Anna dejó la cuchara sobre la mesa.

—Matthias.

—¿Qué?

—Son niños.

—Precisamente.

Se hizo un silencio.

Fuera, el pueblo seguía gritando.

Aquella noche no dormí bien.

El viento empezó a soplar desde el norte. Las contraventanas golpearon varias veces. Me levanté para asegurarlas y me quedé un rato junto a la ventana.

Desde allí podía ver algunas luces en el valle.

Pensé en las personas reunidas en la taberna. Conocía a todas. Había trabajado con ellas. Había asistido a sus bodas y enterrado a sus padres. No eran monstruos. Eran vecinos cansados, hombres con deudas, mujeres que temían otro invierno, jóvenes que deseaban sentirse importantes.

Tal vez por eso no tuve miedo.

Los monstruos son fáciles de reconocer en los cuentos.

En la vida real, el mal llega vestido con la cara de alguien conocido.

Volví a la cama.

Anna estaba despierta.

—Vas a buscarte una desgracia —dijo.

—No he hecho nada.

—No ir también es hacer algo.

—¿Ahora es obligatorio escuchar la radio?

—Pronto será obligatorio todo.

Me tumbé junto a ella.

Durante unos instantes permanecimos mirando el techo.

—¿Tienes miedo? —pregunté.

—Sí.

—No ha ocurrido nada.

—Eso es lo que me da miedo.

Me volví hacia ella.

—Mientras estemos aquí, no podrán hacernos daño.

Anna cerró los ojos.

—La montaña no es tan alta.

Quise decirle que se equivocaba.

Quise prometerle que nuestra casa era segura, que ningún uniforme subiría por aquel camino, que la guerra pertenecía a otros hombres y a otros lugares.

No lo hice.

La abracé.

Su espalda temblaba.

No sé si lloraba.

A la mañana siguiente apareció una bandera en la escuela.

Era roja, con un círculo blanco y una cruz negra torcida en el centro. El viento la movía sobre el tejado.

Klara se detuvo al verla.

Yo llevaba a los niños porque nuestro caballo se había lastimado una pata y el camino estaba cubierto de barro.

—Es bonita —dijo Lukas.

—No —respondí.

—Solo es una bandera.

—Ninguna bandera es solo una bandera cuando obliga a los hombres a arrodillarse.

El maestro estaba en la puerta. Había oído mis palabras.

Se llamaba señor Baumann. Me había enseñado a leer cuando yo era niño. Entonces era un hombre delgado, paciente, que olía a tiza. Ahora llevaba en el brazo una cinta con el mismo símbolo de la bandera.

—Buenos días, Gruber —dijo.

—Buenos días.

—Los niños deben entrar.

Klara me agarró la mano.

—Esta tarde habrá una reunión con los padres.

—Tengo trabajo.

—Es importante.

—Para usted.

El maestro miró alrededor. Había otros padres cerca.

Bajó la voz.

—No convierta cada cosa en una pelea.

—Yo no he puesto esa bandera.

—Los tiempos han cambiado.

—La escuela sigue en el mismo lugar.

—No sea necio.

Los niños observaban.

Me incliné para despedirme de ellos.

—Volveré al mediodía.

—Hoy terminan más tarde —dijo el maestro.

—¿Por qué?

—Aprenderán un nuevo himno.

—Mis hijos vienen aquí a leer y a contar.

—Sus hijos aprenderán lo que corresponda.

Me puse en pie.

Durante unos segundos quedamos frente a frente.

El señor Baumann apartó la mirada primero.

—Vaya a su granja, Gruber.

—Eso pensaba hacer.

Mientras bajaba por el camino, oí a los niños formando filas en el patio.

Una voz dio una orden.

Después todas las voces repitieron el saludo.

Entre ellas reconocí la de Lukas.

No pude distinguir la de Klara.

Seguí caminando.

Me dije que solo eran palabras.

Los niños repiten lo que oyen. Más tarde lo olvidan.

Pero aquella tarde, cuando regresaron, Lukas levantó el brazo delante de la mesa.

—Heil Hitler.

Lo dijo con orgullo.

Le agarré la muñeca y se la bajé.

—Nunca vuelvas a hacer eso en esta casa.

El niño palideció.

—El maestro dice que debemos saludar así.

—Yo digo que no.

—Pero él es el maestro.

—Y yo soy tu padre.

—Hitler es el padre de todos los alemanes.

Le di una bofetada.

No fue fuerte.

Aun así, el sonido llenó la cocina.

Lukas me miró con los ojos abiertos. Después se llevó una mano a la mejilla.

Nunca le había pegado.

Anna se acercó.

—Matthias.

Quise pedirle perdón.

Quise abrazarlo.

Pero en aquel momento no vi a mi hijo. Vi a miles de niños levantando el brazo. Vi sus rostros convertidos en uno solo. Vi algo que todavía no sabía nombrar.

—Vete arriba —dije.

Lukas salió corriendo.

Klara lo siguió.

Anna esperó hasta que escuchamos cerrarse la puerta.

—¿Qué te pasa?

—No quiero que diga esas palabras.

—Es un niño.

—Por eso.

—Le has pegado por repetir lo que le enseñan.

—No deben enseñarle eso.

—Entonces ve a hablar con el maestro. Habla con el alcalde. Habla con Hitler si puedes. Pero no castigues al niño por tener miedo.

—No tenía miedo. Estaba orgulloso.

—Porque quiere ser como los demás.

—No quiero que sea como ellos.

Anna me miró durante mucho tiempo.

—No sabes quiénes son ellos.

—Sí lo sé.

—No. No lo sabes. Un día puede ser el maestro. Otro día puede ser tu hermano. Después puede ser nuestro hijo.

—Lukas no será uno de ellos.

—No puedes decidirlo todo.

—En mi casa sí.

—Esta ya no es solo tu casa.

Las palabras quedaron entre nosotros.

No entendí lo que significaban hasta unos días después.

Fue un domingo.

El alcalde mandó tocar la campana de la plaza. No la de la iglesia, sino una pequeña campana que utilizaban para anunciar incendios o accidentes.

Los vecinos bajaron de sus casas.

En la plaza había tres hombres uniformados.

Uno de ellos sostenía una caja de madera. Otro llevaba una lista. El tercero permanecía junto al alcalde.

Nos hicieron formar.

Anna estaba a mi lado. Sujetaba a Klara por los hombros. Lukas se colocó delante de nosotros. Todavía me hablaba poco desde la bofetada.

El oficial leyó un decreto.

Austria ya formaba parte del Reich alemán. Todos debíamos jurar lealtad. Debíamos respetar sus leyes, obedecer a sus autoridades y defenderlo de sus enemigos.

Después abrió la caja.

Dentro había brazaletes.

El alcalde comenzó a repartirlos.

Los vecinos los recibían en silencio. Algunos se los colocaban enseguida. Otros los guardaban en el bolsillo.

Cuando llegó mi turno, el alcalde me ofreció uno.

—No —dije.

No lo dije alto.

Aun así, todos lo oyeron.

El alcalde mantuvo la mano extendida.

—Tómalo, Matthias.

—No lo necesito.

—No te he preguntado si lo necesitas.

Detrás de mí, Anna respiró con fuerza.

El oficial de la lista levantó la cabeza.

—Nombre.

—Matthias Gruber —respondió el alcalde antes que yo.

El hombre buscó en el papel.

—Campesino. Treinta y seis años. Casado. Dos hijos.

Parecía que estuviera leyendo la descripción de un animal.

—Tome el brazalete —dijo.

—No.

—Es un símbolo de unidad.

—Yo ya sé quiénes son mis vecinos.

Algunas personas bajaron la mirada.

Josef se encontraba al otro lado de la plaza. Llevaba el brazalete puesto.

—No se trata de sus vecinos —dijo el oficial—. Se trata de su nación.

—Mi nación no necesita mi brazo para existir.

El hombre cerró la lista.

—Todos necesitamos demostrar de qué lado estamos.

—Yo estoy del lado de mi familia.

—Su familia forma parte del Reich.

—Mi familia no pertenece a ningún hombre.

El alcalde me agarró del codo.

—Basta.

Me habló al oído.

—Cógelo y vete a casa.

Miré el trozo de tela roja.

Era pequeño.

Podía tomarlo. Guardarlo. Quemarlo después.

Nadie tenía por qué saberlo.

Entonces vi a Lukas.

Mi hijo observaba el brazalete.

Esperaba mi decisión.

—No —repetí.

El oficial hizo una marca junto a mi nombre.

Aquel sonido fue muy leve.

La punta del lápiz rozando el papel.

Nada más.

Sin embargo, muchos años después, en la celda, todavía podía oírlo.

Fue entonces cuando comenzó todo.

No con una detención.

No con una paliza.

No con una sentencia.

Comenzó con una pequeña marca junto a mi nombre.