El último tren del invierno Chapter 2
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El último tren del invierno

El último tren del invierno

Por Estefania Cremades

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Chapter 2

PRÓLOGO

El hombre que iba a morir

La mañana de mi muerte me dieron un trozo de pan.

Estaba duro. Lo sostuve entre las manos durante un rato, sin comerlo. En uno de sus lados había una mancha verde. Pensé en quitársela con la uña, pero no lo hice. La miré como se mira una cosa pequeña cuando ya no quedan cosas grandes que esperar.

El guardia permanecía al otro lado de los barrotes.

Era un hombre bajo, de cara redonda. Nunca me había golpeado. Tampoco me había dirigido una palabra que no fuera una orden. Aquella mañana evitaba mirarme.

—Come —dijo.

—No tengo hambre.

—Deberías comer.

Me sorprendió oírlo. Parecía un consejo. Tal vez incluso una forma de compasión. Pero en aquel lugar la compasión tenía que esconderse, igual que los ratones.

Partí el pan en dos.

Guardé una mitad en el bolsillo y acerqué la otra a la boca. Apenas pude morderla. Tenía varios dientes flojos desde el último interrogatorio. La encía volvió a sangrarme. Sentí el sabor del hierro.

—¿Qué hora es? —pregunté.

El guardia miró su reloj.

—Las cinco y veinte.

Todavía faltaban unas horas.

No sabía cuántas.

Nadie me había dicho a qué hora me matarían. Los funcionarios hablaban de la ejecución como si fuera un cambio de turno o la reparación de una puerta. Todo estaba escrito. Todo tenía una firma. Mi muerte debía de ocupar una línea en algún papel.

Me llamo Matthias Gruber.

Nací en una casa de piedra y madera, en una montaña de Austria. Durante casi toda mi vida no fui nadie. Cultivé patatas. Corté leña. Cuidé vacas. Me casé con una mujer llamada Anna y tuve con ella dos hijos.

No fui un hombre valiente.

Esto debe quedar claro desde el principio.

Tuve miedo cada día.

Tuve miedo cuando recibí la orden de alistamiento. Tuve miedo cuando me negué a jurar fidelidad. Tuve miedo al entrar en la prisión. Tuve miedo durante los golpes. Tuve miedo al oír los gritos de los otros hombres. Tuve miedo cuando me anunciaron la condena.

Y ahora también tenía miedo.

Mis manos temblaban.

Las escondí entre las piernas para que el guardia no pudiera verlo.

En la celda de al lado, alguien tosía. Era una tos profunda, húmeda. Llevaba varias noches escuchándola. Después de cada ataque se producía un silencio, y yo esperaba. Siempre pensaba que aquel hombre había muerto. Entonces volvía a toser y yo sentía alivio.

Aquella mañana no volvió a hacerlo.

Miré la pared.

Entre él y yo había tres palmos de piedra. Nunca había visto su rostro. No sabía su nombre. Solo conocía su tos. Durante semanas había sido suficiente para saber que otro ser humano seguía respirando cerca de mí.

Golpeé la pared con los nudillos.

Una vez.

Dos veces.

Esperé.

No hubo respuesta.

El guardia levantó la cabeza.

—Déjalo.

Volví a golpear.

—He dicho que lo dejes.

—Puede estar enfermo.

—Ya no importa.

No pregunté qué quería decir.

En la cárcel se aprende que algunas preguntas son puertas. Cuando se abren, ya no pueden cerrarse.

Me senté en el borde del camastro. La manta estaba llena de manchas oscuras. Olía a humedad, sudor y orina. En una esquina había una costura rota por la que salía la paja. Arranqué una brizna y la sostuve entre los dedos.

Me recordó el establo.

Durante un instante regresé a casa.

Vi el vapor saliendo del hocico de las vacas en las mañanas de invierno. Vi los montones de heno. Vi a mi hijo pequeño intentando levantar un cubo demasiado pesado para él. Vi a Anna en la puerta, con un pañuelo sobre el pelo, diciéndome que la sopa se enfriaba.

El recuerdo fue tan claro que tuve que cerrar los ojos.

No quería perderlo.

En la prisión, los recuerdos se deformaban. Al principio llegaban enteros. Después empezaban a borrarse por los bordes. Un día descubrí que ya no recordaba con exactitud la voz de mi hija.

Aquello me causó más dolor que los golpes.

Intenté reconstruirla muchas veces.

Papá.

Así me llamaba.

Papá.

Pero cada vez que repetía la palabra dentro de mi cabeza, era mi propia voz la que escuchaba.

Me puse en pie y caminé hasta la puerta.

—Quiero papel —dije.

El guardia no contestó.

—Quiero escribir a mi mujer.

—Ya escribiste ayer.

—Quiero hacerlo otra vez.

—No se puede.

—Voy a morir.

Al decirlo, mis piernas perdieron fuerza.

No era la primera vez que pronunciaba esas palabras. Sin embargo, hasta aquella mañana siempre habían pertenecido al futuro. Ahora se encontraban dentro de la celda.

Voy a morir.

La frase parecía ocupar todo el aire.

El guardia se acercó a los barrotes.

Por fin me miró.

Tenía los ojos cansados.

—¿Por qué no firmas? —preguntó.

—Ya lo sabes.

—No lo sé.

—Quieren que jure obediencia.

—Son palabras.

—No.

—Solo palabras.

—Las palabras también matan.

El guardia apretó la mandíbula.

—Tienes mujer.

—Sí.

—Tienes hijos.

—Sí.

—Entonces firma.

No respondí.

Él metió dos dedos entre el cuello del uniforme y la piel, como si le faltara aire.

—Firma el documento. Di que reconoces tu error. Acepta servir. Quizá no te envíen al frente. Quizá te den otro trabajo.

—¿Y qué trabajo sería ese?

—No lo sé.

—Vigilar una puerta. Custodiar prisioneros. Cargar munición. Conducir un camión lleno de hombres hacia un lugar del que no volverán.

—Tú no decides esas cosas.

—Eso es lo que todos dicen.

El guardia retrocedió.

—Yo no he matado a nadie.

—No he dicho que lo hayas hecho.

—Cumplo con mi deber.

—Eso dicen también los que matan.

Vi cómo su rostro se endurecía. Pensé que abriría la celda y me golpearía. Me preparé para recibirlo.

No lo hizo.

Se quedó quieto.

Después habló en voz baja.

—Crees que eres mejor que nosotros.

—No.

—Eso es lo que crees.

—No soy mejor que nadie.

—Entonces ¿por qué tú puedes negarte y nosotros no?

No supe qué contestar.

Había pensado muchas veces en ello, pero nunca había encontrado una respuesta que no sonara cruel.

Yo tampoco sabía por qué había dicho que no.

Tal vez porque había visto demasiado.

Tal vez porque no había visto bastante para acostumbrarme.

Tal vez porque era un hombre terco.

Tal vez porque existía una línea dentro de mí y tuve la desgracia de verla.

La mayoría de los hombres cruzan esa línea sin darse cuenta. Algunos la cruzan mirando hacia otro lado. Otros reciben una orden y levantan el pie. Cuando quieren volver, ya tienen las botas manchadas.

Yo no quería ser mejor.

Solo quería conservar algo que todavía pudiera llamar mío.

—También tú puedes negarte —le dije.

El guardia soltó una risa breve.

No había alegría en ella.

—No sabes nada.

—Es posible.

—Matarían a mi familia.

—Es posible.

—Me matarían a mí.

—Sí.

El guardia dio un paso hacia los barrotes.

—Hablas con facilidad porque ya estás condenado.

Tenía razón.

Aquella mañana todo parecía fácil porque ya no tenía que elegir. Otros hombres habían elegido por mí. Habían fijado la fecha, preparado el lugar y afilado el mecanismo de la muerte.

—Tuve que elegir antes —dije.

—Y elegiste abandonarlos.

Supe que se refería a Anna y a los niños.

Las palabras entraron en mí con más fuerza que un puñetazo.

Volví al camastro.

Me senté.

Durante meses me habían llamado traidor, cobarde, loco, egoísta y enemigo del pueblo. Ninguna palabra me había herido tanto como aquella.

Abandonarlos.

La puerta del pasillo se abrió.

Dos soldados aparecieron acompañados por un oficial. Lo reconocí. Se llamaba Keller. Había asistido a uno de mis interrogatorios. Era alto, delgado y olía siempre a jabón.

El guardia se cuadró.

Keller llevaba una carpeta bajo el brazo.

—Gruber —dijo—. En pie.

Me levanté.

Uno de los soldados abrió la celda. Me colocaron unas esposas. El metal estaba frío.

—Todavía dispone de una última oportunidad —dijo Keller.

Abrió la carpeta y sacó un papel.

Lo había visto antes.

Era una declaración de arrepentimiento. En ella aceptaba haber actuado contra el Estado, reconocía la autoridad del Führer y me comprometía a cumplir cualquier servicio que se me ordenara.

Debajo había una línea vacía.

Sobre la mesa del interrogatorio me habían mostrado aquella misma línea muchas veces.

Una firma.

Eso era todo.

Unos pocos movimientos de la mano.

Pensé en Anna.

Pensé en nuestros hijos despertando sin mí.

Pensé en la leña que no habría cortado para el invierno. En el tejado que necesitaba ser reparado. En las deudas. En los vecinos que dejarían de hablarles. En los funcionarios que quizá les quitarían la granja.

Pensé en mi hija preguntando por qué su padre había preferido morir.

No tenía una respuesta para ella.

Keller sacó una pluma.

—Firme.

Mis dedos temblaban tanto que las esposas chocaron entre sí.

El oficial acercó el documento.

—No tiene que demostrar nada a nadie.

Miré la línea.

—Firme y podrá volver a verlos.

—¿Me lo garantiza?

Keller no respondió.

—¿Podré volver a mi casa?

—Su situación será revisada.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tendrá.

Uno de los soldados me empujó hacia la mesa.

Vi mis manos.

Estaban hinchadas y cubiertas de heridas. Debajo de las uñas aún quedaban restos oscuros de sangre. Recordé otras manos.

Las del viejo al que golpearon en el barro.

Las del muchacho atado a la mesa.

Las de una mujer que se aferraba a su hijo mientras dos soldados intentaban separarlos.

Las de un prisionero que me pidió agua.

Las de un hombre colgado de una viga, moviéndose todavía cuando todos creían que estaba muerto.

Yo había visto aquellas manos.

No podía decir que no sabía.

—Firme —repitió Keller.

Tomé la pluma.

Durante un instante creí que lo haría.

Imaginé a Anna recibiendo una carta. Imaginé la puerta de casa abriéndose. Imaginé los brazos de mis hijos alrededor de mi cuerpo.

Apoyé la punta sobre el papel.

Apareció una pequeña mancha de tinta.

El oficial contuvo la respiración.

Yo también.

Solo tenía que escribir mi nombre.

Matthias Gruber.

Lo había escrito cientos de veces. En recibos. En contratos. En el registro de nacimiento de mis hijos. En una carta de amor que entregué a Anna antes de pedirle matrimonio.

Pero aquel nombre ya no parecía mío.

Si lo escribía allí, pertenecería a ellos.

Dejé la pluma sobre la mesa.

—No puedo.

Keller cerró los ojos durante un segundo.

—Sí puede.

—No.

—Va a morir.

—Lo sé.

—¿Por una firma?

—No.

—¿Por qué, entonces?

Miré al oficial.

Era una pregunta sencilla.

Sin embargo, toda mi vida se encontraba dentro de ella.

—Porque no quiero que mis hijos sepan que su padre vivió de rodillas.

Keller guardó el papel.

Uno de los soldados me golpeó en la nuca.

Caí sobre la mesa.

No pude protegerme porque llevaba las manos esposadas. El siguiente golpe me abrió la ceja. La sangre cayó sobre el documento.

El oficial dio la orden de detenerse.

—Llévenselo.

Me levantaron.

Antes de salir, miré la mancha roja que había quedado sobre la línea de la firma.

Pensé que quizá aquello sería lo último que quedaría de mí.

Una gota de sangre sobre un papel del Estado.

Me llevaron por un pasillo largo.

A cada lado había puertas cerradas. Detrás de algunas se escuchaban voces. Detrás de otras no había nada.

Al llegar al final, vi una ventana.

Era pequeña y estaba muy alta, pero a través de ella podía verse una parte del cielo.

Había amanecido.

El cielo tenía el mismo color que las mañanas de invierno en mi montaña.

Por primera vez desde que me detuvieron, no pensé en escapar.

No pedí perdón.

No recé.

Solo miré aquella pequeña porción de luz y traté de recordar el rostro de Anna.

Después abrieron la última puerta.

Y comprendí que un hombre puede perder su casa, su nombre, su familia, sus dientes, su sangre y su vida.

Pero hay algo que solo puede entregar por voluntad propia.

Yo había decidido conservarlo.

Aunque nadie pudiera verlo.

Aunque nadie llegara a saberlo.