El último tren del invierno Chapter 14 #2
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Chapter 14 #2

Cuando el último abandonó la cabaña, la anciana apagó la estufa.

Pocos minutos después, la casa parecía tan abandonada como el día anterior.

No debía quedar rastro de que alguien había pasado por allí.

Caminaban desde hacía horas cuando el anciano se detuvo de repente.

Se agachó sobre la nieve.

Había huellas.

No eran las suyas.

Eran recientes.

—Caballos —murmuró.

Matthias también se arrodilló.

Contó cuatro animales.

Y varios hombres a pie.

—Nos siguen.

El anciano negó lentamente.

—No.

Nos están esperando.

Un silencio pesado cayó sobre el grupo.

A varios kilómetros de allí, Keller observaba un mapa extendido sobre el capó de un vehículo.

Un oficial señalaba varias rutas.

—Si continúan hacia el este, tendrán que cruzar alguno de estos pasos.

Keller apoyó un dedo sobre un pequeño puente de piedra.

—Aquí.

—¿Está seguro?

—No necesitan el camino más corto.

Necesitan el más seguro.

Y ese puente es el único que puede cruzarse con niños y ancianos.

El oficial levantó la vista.

—¿Quiere que enviemos más hombres?

Keller tardó unos segundos en responder.

—No.

Quiero que crean que pueden pasar.

Al caer la tarde, el grupo llegó a un arroyo.

El agua descendía helada entre las rocas.

El anciano sonrió por primera vez.

—Después de ese bosque está el puente.

Matthias no compartía su tranquilidad.

Había aprendido a desconfiar de los caminos demasiado evidentes.

Lukas se acercó.

—¿Qué ocurre?

—Escucha.

El muchacho guardó silencio.

Solo se oía el agua.

El viento.

Y...

Un cuervo levantó el vuelo de improviso.

Después otro.

Y otro más.

Matthias sintió un escalofrío.

Los pájaros no huían del grupo.

Huían de algo escondido entre los árboles.

—¡Al suelo!

El primer disparo rompió el silencio.

La bala golpeó el tronco de un pino.

Los refugiados se dispersaron.

Los niños comenzaron a llorar.

Klara quedó inmóvil, paralizada por el miedo.

Anna corrió hacia ella.

Matthias la cubrió mientras nuevas balas levantaban nieve a su alrededor.

—¡Nos han tendido una emboscada!

Desde ambos lados del sendero comenzaron a aparecer soldados.

No eran muchos.

Pero ocupaban las alturas.

Tenían ventaja.

Keller salió entonces de entre los árboles.

Llevaba el abrigo cubierto de nieve.

No levantó el arma.

Observó directamente a Matthias.

—Sabía que elegirías este camino.

Matthias dio un paso al frente.

—Deja marchar a las familias.

Keller sonrió con frialdad.

—Tú todavía crees que puedes negociar.

Anna miró alrededor.

La retirada era imposible.

El puente estaba bloqueado.

El bosque, rodeado.

Los refugiados se abrazaban unos a otros mientras los soldados cerraban lentamente el cerco.

Entonces, desde la ladera opuesta, sonó un silbido.

Uno solo.

Breve.

Inconfundible.

Matthias levantó la cabeza.

Reconocía aquella señal.

La había escuchado en Viena muchos años atrás.

Era el aviso de la resistencia.

Y significaba una sola cosa.

No estaban solos.

Keller avanzó unos pasos entre los árboles.

Los soldados mantenían las armas apuntando hacia los refugiados.

El viento arrastraba la nieve entre ambos grupos.

Nadie disparó.

Matthias dio un paso al frente.

—Las familias no tienen nada que ver con esto.

Keller sonrió apenas.

—Todos repetís lo mismo.

—Porque es verdad.

—La verdad dejó de importar hace mucho tiempo.

El oficial levantó la mano.

Los soldados comenzaron a cerrar el círculo.

Anna abrazó a Klara.

Lukas se colocó junto a su padre.

No retrocedió.

Matthias lo miró de reojo.

Sintió orgullo y miedo al mismo tiempo.

Entonces, desde el bosque, sonó una explosión.

Después otra.

Y una tercera.

No provenían del puente.

Venían de la dirección de Berlín.

Los soldados volvieron la cabeza instintivamente.

Un mensajero apareció a caballo.

—¡Coronel!

El caballo apenas podía detenerse.

—Los depósitos ferroviarios...

Respiraba con dificultad.

—Han perdido el control. Hay incendios por toda la estación. Han destruido los cambios de vía. Los convoyes están bloqueados y la resistencia sigue combatiendo dentro del recinto.

Keller permaneció inmóvil.

Su rostro cambió por primera vez.

Comprendió que Marta había conseguido exactamente lo que pretendía.

No destruir un tren.

No destruir una estación.

Había obligado al régimen a mirar hacia otro lado.

Apretó los dientes.

Sabía que, si permanecía allí, perdería Berlín.

Si regresaba, perdería a los fugitivos.

Durante unos segundos nadie habló.

Finalmente tomó una decisión.

—Retirada.

Uno de los oficiales lo miró sorprendido.

—¿Y ellos?

Keller volvió la vista hacia Matthias.

Durante unos instantes ambos hombres se observaron en silencio.

Después Keller respondió sin apartar los ojos de él.

—La guerra decidirá su destino.

Los motores arrancaron.

Los soldados comenzaron a retirarse.

En pocos minutos el bosque volvió a quedar en silencio.

Nadie comprendía lo que acababa de ocurrir.

Lukas fue el primero en hablar.

—¿Se han ido?

El anciano guía no perdió un segundo.

—Volverán.

En marcha.

Ahora.

El grupo reanudó la marcha antes de que la nieve cubriera las huellas.

Durante semanas caminaron únicamente de noche.

Dormían en graneros abandonados.

Atravesaban bosques siguiendo a hombres y mujeres que nunca daban su verdadero nombre.

Cada casa segura los acercaba un poco más al este.

Cada despedida significaba dejar atrás a personas que quizá nunca volverían a ver.

Una mañana alcanzaron el río Bug.

La corriente marcaba la última frontera.

Al otro lado comenzaba territorio controlado por la Unión Soviética.

Todos permanecieron en silencio.

No era una victoria.

Era el final de una huida.

El viejo barquero que los esperaba señaló la otra orilla.

—Desde allí seguiréis solos.

Las embarcaciones comenzaron a cruzar.

Matthias fue el último en subir.

Antes de hacerlo volvió la vista hacia el oeste.

El horizonte estaba cubierto por una neblina gris.

En algún lugar, muy lejos, quedaban Viena.

Berlín.

Los amigos que habían dado su vida para detener aquellos trenes.

Marta.

Se quitó la gorra.

No pronunció ninguna palabra.

No hacía falta.

Cuando la barca alcanzó la otra orilla, Anna tomó su mano.

Lukas y Klara caminaron delante de ellos.

Los cuatro permanecieron unos instantes contemplando el camino que se abría frente a ellos.

No tenían una casa.

No tenían dinero.

No sabían cuánto duraría la guerra.

Pero seguían juntos.

Matthias observó a sus hijos.

Habían crecido entre alambradas, estaciones y escondites.

Se juró que jamás volverían a vivir así.

Anna apoyó la cabeza sobre su hombro.

—¿Qué hacemos ahora?

Matthias respiró profundamente.

Miró el sendero que desaparecía entre los abedules.

Después sonrió por primera vez desde que todo había comenzado.

—Ahora...

—...volvemos a empezar.

Y los cuatro echaron a andar.

Sin mirar atrás.