Chapter 5 #5
Al final, se decidieron por una frase simple: «A veces la verdad sobrevive en el silencio. Que este pueblo no vuelva a permitir que así sea».
El día de la inauguración llovía, una llovizna fina de mayo que no llegaba a molestar pero que obligó a todos a quedarse bajo sus paraguas, apretados unos contra otros de una manera que, en otro contexto, habría resultado incómoda pero que, ese día, parecía apropiada.
Norberto Elizalde dijo unas palabras —breves—, con la voz quebrada en más de una ocasión.
Habló de su tía Marta, de las cartas que le había enviado a su madre en los meses previos a su desaparición, en las que hablaba de sus planes de estudiar enfermería, de un novio que en realidad nunca existió, de toda una vida que nunca llegó a vivir.
Yo no dije nada ese día. Me quedé al fondo, con Reguera a un lado y Cecilia —que había venido desde Lavalle solo para esto— al otro, mirando la placa recién inaugurada, con sus letras todavía relucientes por el bronce recién pulido, y pensando que había algo profundamente injusto en que Marta hubiera necesitado cuarenta y cinco años y un gato con buena memoria para conseguir una placa de bronce en una plaza que, sin duda, va a estar allí mucho más tiempo del que ella vivió.
Hay una foto de esa misma tarde de la inauguración que Cecilia sacó sin que yo me diera cuenta y que luego me envió en un mensaje, con un pie de foto que simplemente decía: «Mira esto».
En la foto, estoy de perfil, mirando la placa, con el pelo mojado pegado a la cara. Y a mis pies, sentado sobre la hierba húmeda —sin que yo hubiera notado en ningún momento que había venido conmigo a la plaza—, está Fantasma, quieto, con los ojos fijos en la misma dirección que los míos.
No sé cómo llegó hasta allí. Vive en mi casa, casi no sale ya, y el parque está a seis manzanas. Debió de seguirme, sin que yo lo notara, todo el camino —bajo la lluvia y entre la gente— hasta encontrar el único lugar donde yo estaba parada esa tarde.
O tal vez no me estaba siguiendo a mí. Tal vez seguía —de alguna manera que ningún libro de etología podría explicarme del todo— el mismo rastro que venía siguiendo desde el día en que lo encontré sentado sobre el pecho de Elena: el de una verdad que todavía tenía, en ese momento, un poquito más por salir a la luz.
Guardo esa foto en el mismo marco donde tengo la de Marta, todavía sin doblar.
Las miro juntas, de vez en cuando, cuando la biblioteca está vacía y el ventilador de techo hace ese ruido constante que, con los años, he dejado de oír por completo, y pienso que hay historias que terminan de manera ordenada, con un culpable condenado y una placa de bronce, y que hay historias que, por más placas que les pongas, nunca se cierran del todo.
Esta, sospecho, es de las segundas.
Valeria Duarte vino a Punta Quieta por primera vez ese invierno para firmar los papeles finales de la venta de la casa de Elena, y me mandó un mensaje para preguntarme si podíamos vernos antes de que volviera a Bahía Blanca.
Nos encontramos en el bar de la estación de autobuses —el mismo donde Reguera me había mostrado por primera vez la foto de Marta doblada por la mitad— y Valeria resultó ser distinta de lo que me había imaginado por sus fotos de perfil: más callada, con una forma de mirarme que me recordaba, sin que ella lo supiera, un poco a su tía abuela.
—Vendí la casa —me dijo, después de los primeros minutos incómodos de charla intrascendente—. No podía quedármela. No sé nada de este pueblo, y después de todo lo que pasó, tampoco estoy segura de querer saberlo.
—Es comprensible.
—¿La vas a echar de menos? —me preguntó—. La casa, digo. Tenerla ahí, justo al lado.
Lo pensé un momento antes de responder, porque era una pregunta que todavía no me había planteado de manera tan directa.
—Sí. Y no. A ella la voy a echar de menos. La casa, en realidad, dejó de sentirse como un hogar hace meses. Se convirtió en otra cosa: un lugar donde encontré una caja de zapatos que prácticamente me cambió la vida.
Valeria sonrió apenas, la primera sonrisa genuina que le había visto en toda la conversación.
—Te traje algo —dijo, sacando un pequeño sobre de su bolso—. Lo encontré mientras revisaba los últimos cajones antes de entregar la casa. No sé si tiene algo que ver con todo lo que pasó, o si es solo una carta vieja sin importancia, pero me pareció que te pertenecía a ti más que a mí.
Dentro había una sola hoja de papel, escrita a mano, sin fecha, con la letra todavía firme de Elena, de una época anterior al cuaderno que ya me sabía de memoria.
Si alguien encuentra esto alguna vez: Ana Sardá es la persona más honesta que he conocido en los últimos veinte años de mi vida.
Si algo me pasa, confío en que ella hará lo correcto con lo que le estoy dejando.
No se lo pedí en vida porque no quería cargarla con algo tan pesado mientras yo todavía podía llevarlo sola.
Perdóname, Anita, si al final resultó ser al revés.
No pude terminar de leer la última línea sin que se me nublara la vista.