Chapter 6
Un año después
El aniversario de la muerte de Elena cayó, una vez más, en martes, y esta vez no me esperaban sorpresas: ni puerta entreabierta, ni gato sentado sobre un cuerpo, ni zócalo suelto que ocultara secretos de décadas.
Fui a su tumba, sola, con un ramo de las flores que le gustaban: esas margaritas planas que crecen silvestres en cualquier descampado de la costa y que Elena insistía en llamar, contra toda evidencia botánica, «las flores de los que no se rinden».
—Encontramos a Marta —dije en voz alta, un poco ridícula por hablarle a una lápida, aunque para entonces ya me había acostumbrado a hablarle a un gato sin esperar respuesta, así que hablarle a una piedra no era, en el fondo, un salto tan grande—.
Ferreira está en la cárcel. El pueblo puso una placa.
—Y yo sigo aquí, con tu gato, que ha engordado dos kilos desde que vive conmigo y que no deja pasar un solo domingo sin sentarse junto a la ventana, a la espera de algo que ya no volverá.
El viento movió apenas las margaritas del florero, y en algún lugar detrás de mí, en la calle, escuché el motor de un coche que pasaba sin prisa, sin motivo para asustarme: solo otro coche en otro martes cualquiera de un pueblo que había aprendido, a fuerza de una sola historia terrible, a no dar por sentado que «no pasa nada» siempre significa que no pasa nada en realidad.
Volví a casa caminando por el paseo marítimo, con el sol bajo y frío de mayo dándome de costado. Fantasma me esperaba en la ventana, como todas las tardes, en esa misma postura vigilante que había tenido aquella primera noche, frente a la puerta de entrada, con la mirada fija en la casa de Elena.
Solo que ahora, cuando entré, saltó y vino directo hacia mí, sin fantasma que vigilar, sin puerta cerrada ante la que aguardar.
Se sentó sobre mis pies, igual que aquella primera tarde en el cuarto de costura, y empezó a ronronear.
Algunas verdades, pensé, mientras lo levantaba y sentía el peso tibio de sus siete kilos contra mi pecho, tardan cuarenta y cinco años en salir a la luz.
Y otras —las más pequeñas, las que no cambian la historia de ningún pueblo pero que aun así merecen la pena— se pueden encontrar todos los días, en algo tan simple como un gato que finalmente, después de mucho tiempo, dejó de vigilar la puerta y empezó, otra vez, a vivir.