El último testigo Chapter 5 #4
89%

Chapter 5 #4

Esa frase, «cuarenta y cinco años tarde», me quedó dando vueltas varias noches. Porque tenía razón, y porque al mismo tiempo, cuarenta y cinco años tarde había sido, para Marta Elizalde, mejor que nunca.

También hubo una reacción que no esperaba, y que me conmovió más que ninguna otra: el viejo Cufré, que llevaba meses evitándome cada vez que pasaba por su mesa en el Náutico, vino a buscarme una tarde —pocos días después de la sentencia a Ferreira— con algo en la mano que reconocí de inmediato: una foto vieja en blanco y negro de un joven parado frente al galpón de la conservera, sonriendo, con el uniforme de trabajo puesto.

—Mi hermano —me dijo, sin más, sentándose frente a mí sin que lo invitara—. Cincuenta y un años esperando que alguien —aunque fuera una sola vez— le pidiera cuentas a esa familia por algo. No pensé que iba a llegar a verlo.

—El incendio de la conservera sigue sin resolverse, Cufré. No hay ningún caso nuevo abierto sobre eso.

—Lo sé. Pero ahora hay una jueza que conoce el apellido, hay un fiscal que ya escuchó el nombre Zabaleta vinculado a un patrón, y hay un periodista que me prometió la semana pasada que iba a incluir la historia de mi hermano en el libro que está escribiendo —guardó la foto con cuidado en el bolsillo de la camisa, justo sobre el corazón—.

No sé si alguna vez voy a ver justicia para él.

Pero al menos, por primera vez en cincuenta y un años, alguien más sabe su nombre.

No le prometí nada que no pudiera cumplir.

Le tomé la mano, igual que había hecho con doña Nélida, y me quedé con él un buen rato, en silencio, mientras la radio del bar seguía transmitiendo un partido que, a esa altura, ya no le importaba a nadie, pensando en cuántos Cufrés más debía tener Punta Quieta, cuántos hermanos, cuántos padres, cuántas historias silenciadas por la propia familia durante generaciones enteras, cada una esperando, a su manera, una tarde como esa.

Reguera se jubiló definitivamente ese mismo año, aunque «jubilarse», en su caso, significó dejar de cobrar un sueldo por escribir y empezar a escribir gratis, todos los días, un libro sobre todo el caso que, hasta la última vez que hablamos, todavía no había terminado.

—No es un libro sobre Marta —me explicó una tarde, mientras tomaba su café, que esta vez sí se tomó entero—.

Ni siquiera es un libro sobre Ferreira o los Zabaleta.

Es un libro sobre el silencio. Sobre cómo un pueblo entero puede sostener un silencio durante cuarenta y cinco años sin que nadie, en ningún momento particular, tome la decisión consciente de hacerlo.

Simplemente pasa, de generación en generación, hasta que alguien —por accidente o por terquedad— decide no seguir la costumbre.

—¿Creés que eso es lo que somos, como pueblo?

—Creo que somos así como especie, Ana. Punta Quieta no inventó nada nuevo. Lo único distinto acá fue que, al final, hubo un zócalo flojo y un gato con memoria.

Se rio al decir eso —la primera vez que lo escuchaba reírse desde que lo conocía— y por un momento, breve pero real, toda la historia me pareció, si no liviana, al menos soportable.

Esa misma tarde, me contó algo más que no le había preguntado.

Que después del juicio, cuando el artículo sobre el caso apareció en varios medios nacionales, su hijo lo había llamado por primera vez en casi dos años, no para hablar del caso en sí, sino para decirle, con una voz que Reguera describió como «más insegura de lo que debería sonar un hombre de cuarenta años», que había visto el artículo y que, por primera vez en mucho tiempo, se había sentido orgulloso de llevar ese apellido.

—No resolvimos nada en esa llamada —me dijo, mirando el mantel del bar como si hubiera algo escrito ahí—.

Pero fue la primera llamada en dos años que no terminó a los gritos.

Ahora hablamos cada dos o tres semanas. De a poco.

Como quien repara algo que estuvo roto mucho tiempo y no quiere apurar la soldadura por miedo a que no aguante.

—¿Vas a ir a verlo?

—En diciembre. Todavía no le dije que ya compré el pasaje, por las dudas de que cambie de opinión —sonrió, con una mezcla de vergüenza y esperanza que le quedaba bien, que lo hacía parecer años más joven—.

Voy a conocer a mis nietas en persona. Tienen seis y nueve.

La de nueve me manda dibujos por WhatsApp, casi todos de dinosaurios.

No tengo muy claro por qué, pero los guardo todos.

No dijo nada más sobre el tema, y yo no le pregunté nada más, porque comprendí —sin que hiciera falta explicación alguna— que esta era la clase de historia que un hombre como Reguera solo podía contar poco a poco, en pequeños fragmentos, sin la estructura ordenada con la que relataba todo lo demás.

Coria dejó la comisaría de Punta Quieta seis meses después del juicio, no porque lo hubieran despedido —al contrario, recibió un reconocimiento oficial por su papel en destapar la corrupción de Ferreira—, sino porque, como me dijo la última vez que tomamos un café juntos, ya no podía mirar el uniforme de la misma manera.

—Entré en el cuerpo pensando que iba a ayudar a la gente —me dijo—.

Y durante años trabajé turnos de martes en los que nunca pasaba nada, convencido de que esa «nada» era lo normal.

Ahora sé que la «nada» de Punta Quieta escondía, todo este tiempo, un cadáver enterrado bajo un jardín y un jefe de policía al que le pagaban para que siguiera así.

Se fue a estudiar Derecho a Lavalle, con la idea —todavía vaga cuando hablamos por última vez— de dedicarse a causas de derechos humanos, un campo que, me confesó, nunca le había interesado especialmente hasta ese año.

—Me enseñaste algo que no aprendí en la escuela —me dijo antes de despedirse esa tarde—. Que a veces la ley no basta si no hay alguien del otro lado dispuesto a armar el suficiente revuelo como para obligar a la ley a prestar atención.

No estaba segura de si tomarlo como un cumplido o como una crítica velada a todo el sistema del que él mismo había formado parte. Elegí tomarlo como ambas cosas a la vez, que es, sospecho, la forma más honesta de interpretarlo.

Nos despedimos en la entrada del bar con un abrazo incómodo, de esos que se dan dos personas que han compartido algo intenso pero que, en el fondo, no se conocen tan bien como esa intensidad haría pensar.

—Si alguna vez necesitas algo, llámame —me dijo, con la mochila ya colgada al hombro, un tipo de poco más de treinta a punto de empezar de cero en una carrera completamente distinta—. Aunque ya no lleve uniforme.

—Vas a ser mejor abogado de lo que fuiste policía, Fabián.

—Eso espero. Al menos como abogado, si algo se me escapa, no será porque le tenía miedo a mi propio jefe.

Lo vi alejarse por la costanera, con paso rápido, y pensé que con su marcha, Punta Quieta perdía a uno de los pocos que se habían atrevido a mirar de frente cuando todo el pueblo llevaba cuarenta y cinco años entrenado para mirar hacia otro lado.

Casi un año después del descubrimiento, el concejo deliberante de Punta Quieta decidió colocar una placa en la plaza principal, frente a la iglesia, con el nombre de Marta Elizalde y una frase que costó bastante acordar, según me contaron después las concejalas que participaron en la discusión.