El último testigo Chapter 5 #3
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Chapter 5 #3

Aún la conservo en un marco sobre mi escritorio en la biblioteca, junto a los libros que nadie pide y las revistas de crucigramas que, a partir de ese año, empecé a comprarme yo misma, aunque ya no tuviera a nadie con quien compartirlas.

Hubo una tarde, unas semanas después del funeral, en la que no sucedió absolutamente nada, y sin embargo esa tarde permanece grabada en mi memoria con más claridad que muchas otras en las que sí pasaron cosas.

Estaba en el jardín; el ligustro todavía tenía las ramas rotas de la noche del intruso, y no me había dado el ánimo de podarlas ni de dejarlas crecer del todo.

Fantasma estaba tumbado al sol, panza arriba, en esa postura de abandono total que solo se permiten los animales que por fin han dejado de tener miedo.

Me senté en el césped —algo que no hacía desde niña— y me quedé mirando la casa de Elena, que llevaba meses vacía, con el cartel de «Se vende» que Valeria Duarte había mandado poner en cuanto terminó el proceso sucesorio.

Pensé en Elena de un modo distinto a como lo había hecho todos esos meses, en medio de la urgencia de la investigación.

No como la mujer que había guardado silencio durante cuarenta y cinco años, ni como la víctima de una barandilla que quizás no había cedido sola.

Pensé en ella como la mujer que cosía dobladillos los domingos por la tarde, que me ofrecía mate sin preguntarme si lo quería, que se reía con una risa corta y sobresaltada, como si la risa siempre la pillara un poco desprevenida.

Ambas cosas eran ciertas a la vez. Elena había sido cómplice de un silencio que le costó la vida a otra mujer, y Elena también había sido mi amiga durante once años —alguien capaz de un afecto genuino y cotidiano que no quedaba anulado retroactivamente por lo que yo había descubierto tras su muerte.

No sé si eso la convierte en mejor o peor persona. Sé que simplemente la convierte en una persona, con toda la contradicción que esa palabra implica cuando la miras de cerca el tiempo suficiente.

Fantasma se acercó despacio y se tumbó contra mi pierna, aún boca arriba, confiando en algo que yo, sentada allí, todavía no acababa de entender.

—Tú la veías todos los días —dije en voz alta, sintiéndome un poco ridícula por hablarle a un gato como si fuera a contestarme—. ¿Lo sabías?

No contestó, por supuesto. Pero se quedó allí, pegado a mi pierna, el tiempo suficiente para que yo sintiera —por primera vez desde aquel martes en que la encontré al pie de la escalera— que no necesitaba que nadie me contestara nada.

El juicio contra Raúl Ferreira y Ricardo Molina no empezó hasta el año siguiente, con la lentitud característica del sistema judicial argentino cuando el acusado aún tiene contactos suficientes para alargar cada trámite procesal.

Tuve que declarar dos veces. La primera, durante la instrucción preliminar ante la jueza Solanas, fue relativamente sencilla: conté los hechos en orden, mostré las fotos que había sacado del zócalo antes de retirarlo y respondí a preguntas técnicas sobre fechas y horarios.

La segunda vez, en el juicio, con Raúl Ferreira sentado a quince metros de mí, vestido de traje, con la misma expresión de calma estudiada que había visto en el rostro de su hijo...

no, déjame corregirme, que había visto en Gonzalo Zabaleta —que no es hijo de Ferreira sino de Aurelio— y sin embargo los dos, durante esos meses, acabaron pareciéndome extrañamente similares, como si el poder y el miedo a perderlo moldearan los rostros del mismo modo en distintas familias —esa segunda declaración fue mucho más difícil.

—¿Puede describir el estado emocional del gato la noche del allanamiento? —me preguntó el abogado defensor, en un intento evidente de quitarle seriedad a mi testimonio, de convertirlo en la anécdota de una mujer que le da demasiada importancia a su mascota.

—El gato estaba aterrorizado —respondí—. Igual que cualquier otra persona que hubiera estado en esa casa esa noche. La diferencia es que el gato no podía llamar a la policía. Yo sí pude, y lo hice.

Hubo una risa breve y ahogada entre el público.

La jueza pidió silencio. Y yo, sentada en aquella silla, con las manos apretadas sobre la falda para que nadie notara mi temblor, pensé en Elena, en Marta, en todos los años que ninguna de las dos había tenido la oportunidad de sentarse en una silla como aquella y decir, en voz alta, delante de una jueza, lo que de verdad había pasado.

Reguera declaró después de mí, con la ceja todavía marcada por la cicatriz de aquella noche —ya curada del todo pero aún visible bajo los fluorescentes de la sala—.

Habló con la precisión de alguien acostumbrado a declarar, primero como periodista y ahora, por primera vez en su vida, como víctima directa de los mismos hechos sobre los que llevaba cuarenta años escribiendo.

—Cubrí la jubilación del comisario Ferreira padre en 1995 —dijo, mirando directamente al jurado, sin que nadie tuviera que pedírselo—.

Escribí un artículo amable, con una foto mía sonriendo junto al intendente de entonces.

No hay una sola pregunta incómoda en ese artículo.

Hoy, treinta años después, ese mismo silencio periodístico volvió a mi propia casa, de madrugada, con un hombre encapuchado que forcejeó conmigo en el salón de una vecina que tuvo el coraje que a mí me faltó entonces.

El abogado defensor objetó, la jueza concedió parcialmente la objeción, pero las palabras ya estaban dichas, flotando en el aire, y nadie —ni siquiera el propio Ferreira— pareció capaz de sostenerle la mirada a Reguera en ese momento.

Raúl Ferreira fue condenado a doce años de prisión por encubrimiento agravado y por instigar el allanamiento y las amenazas contra Reguera y contra mí.

Ricardo Molina recibió ocho años. El caso contra Gonzalo Zabaleta por encubrimiento sigue, a día de hoy en que escribo esto, sin resolución definitiva.

Nunca expliqué, en ninguna de mis dos declaraciones, por qué me había empeñado tanto en seguir este caso.

No era una pregunta que la justicia necesitara responder, pero es una pregunta que me hicieron muchas veces durante esos meses, tanto amigos como desconocidos: ¿Por qué tú?

¿Por qué te involucraste tanto, con tanta persistencia, en algo que pudo haberte costado la vida?

La respuesta corta es que Elena me pidió que cuidara del gato y que no dejara entrar a nadie antes que yo, y ese tipo de petición —viniendo de alguien que aparece muerta once días después— deja de ser una simple anécdota y se convierte en una obligación.

La respuesta larga tiene que ver con Martín.

Estuve casada nueve años con un hombre llamado Martín Ferro, un arquitecto de Buenos Aires, con quien me mudé a Punta Quieta pensando que íbamos a criar hijos junto al mar, en una casa que él mismo diseñó y que sigue en pie, aunque yo ya no viva allí.

Los hijos nunca llegaron. Al cabo de un tiempo, Martín tampoco se quedó.

Se fue en silencio, casi con elegancia, sin gritos ni recriminaciones, dejando una carta sobre la mesa de la cocina un día en que yo estaba trabajando en la biblioteca —una carta que decía, entre otras cosas, que «esperar algo que nunca llega, el tiempo suficiente, acaba consumiendo todo lo demás».

Durante mucho tiempo, no supe si esa frase se refería a los hijos que nunca tuvimos o a algo más profundo que nunca llegamos a poner en palabras entre los dos.

Me quedé en Punta Quieta. Cambié la casa grande que Martín había diseñado por una más pequeña, junto a la de Elena, y allí fue donde —sin haberlo planeado— empezó la única relación cercana que tuve en los años siguientes con alguien que no fuera mi hermana.

Elena nunca me preguntó por qué no tenía hijos.

Nunca me preguntó por Martín, más allá de lo estrictamente necesario para entender por qué de repente vivía sola en una casa pensada para una familia.

Tomaba mate conmigo los domingos, cosía la ropa que le llevaba para arreglar, y de vez en cuando, sin avisar, decía algo que sonaba a consejo, aunque nunca lo era del todo: «El silencio también es una forma de compañía, Anita, siempre que sepas usarlo».

En su momento, pensé que hablaba de mí. Ahora sé que probablemente también hablaba de ella misma.

Al pueblo le costó asimilar lo que había pasado, y lo procesó de formas distintas, casi todas incómodas para alguien como yo, que había terminado en el centro de la historia sin buscarlo.

Hubo quienes me agradecieron —en la panadería, por la costanera— con esa gratitud tímida que la gente de pueblo reserva para las cosas que no sabe bien cómo nombrar.

Hubo quienes me evitaron, porque romper cuarenta y cinco años de silencio también significaba plantear la pregunta incómoda de cuántos otros en ese mismo pueblo habían sabido algo —aunque fuera poco— y habían preferido no preguntar.

Doña Nélida, que tiene el almacén de la esquina desde antes de que yo naciera, me detuvo un día en la vereda con una expresión que no supe descifrar hasta que empezó a hablar.

—Mi marido trabajaba en el taller de los Zabaleta en el 79 —me dijo, sin preámbulos—.

¿Te acordás de esa noche, los gritos, cómo al día siguiente todos murmuraban sobre la chica que se había ido a Buenos Aires, y cómo nadie —ni una sola persona— se creyó del todo esa historia? Y sin embargo nadie dijo nada.

Yo tampoco dije nada, porque en ese momento tenía veinte años y estaba embarazada de mi primer hijo, y el miedo, cuando tenés un hijo en camino, se vuelve algo mucho más grande que el coraje.

No supe qué decirle. Solo le tomé la mano, y ella la apretó con fuerza, con esa fuerza que tienen las manos viejas cuando todavía recuerdan lo fuertes que fueron.

—Gracias por hacer lo que ninguno de nosotros hizo —me dijo, finalmente, antes de entrar a su negocio—. Aunque haya sido cuarenta y cinco años tarde.