Chapter 5 #2
Abrí la puerta del dormitorio con el corazón en la garganta.
En la sala, bajo la luz que Reguera había dejado encendida al acostarse, un hombre alto, con el rostro cubierto por un pasamontañas, forcejeaba con él junto a la mesa de centro, mientras Reguera —a sus setenta años— se aferraba a su brazo con una fuerza que nadie habría esperado a primera vista.
Fantasma, que había venido corriendo por el pasillo, saltó sin previo aviso a las piernas del intruso y le clavó las garras con toda la fuerza de sus siete kilos, como un gato que llevaba semanas asustado y que esa noche, por fin, había decidido dejar de tener miedo.
El hombre gritó —más por sorpresa que por dolor— y en ese segundo de confusión, Reguera logró empujarlo contra la puerta de entrada, que se abrió de golpe y lo lanzó a tropezones hacia la oscuridad del jardín.
Solo unos segundos después, oí el motor de un coche que arrancaba en la calle, ya lejos, imposible de alcanzar.
El patrullero llegó doce minutos después, según comprobó Coria en su reloj mientras entraba corriendo, con la pistola todavía en la funda pero la mano cerca, como si no hubiera decidido del todo si la necesitaría.
Reguera tenía un corte superficial en la ceja y un moretón en el antebrazo que ya empezaba a ponerse morado. Nada grave, insistió varias veces, con el tipo de insistencia que usan las personas que están, en realidad, mucho más asustadas de lo que admiten.
—No pude verle la cara —dijo, mientras Coria tomaba notas—. Pasamontañas, guantes. Sabía lo que hacía; entró por la ventana del baño —la de atrás.
—¿Dijo algo?
—Nada. Solo forcejeó.
Coria salió al jardín con la linterna y regresó cinco minutos después con una bolsa de nailon que sostenía entre dos dedos, como quien sostiene algo que ya sabe que resultará importante.
—Se le cayó esto —dijo—. En el forcejeo.
Era una cartera. Dentro, entre un par de billetes y una tarjeta de débito a nombre de alguien que ninguno de los tres conocíamos, había una credencial de la policía provincial plastificada, vencida hacía dos años, a nombre de un tal Ricardo Molina.
—Es de la vieja guardia de Ferreira —dijo Coria, después de mirarla durante un buen rato—. Se retiró antes de que yo entrara en el cuerpo, pero lo conozco de nombre. Trabajó directamente con él.
Nadie necesitó decir nada más. La conexión estaba ahí, tan clara como el corte en la ceja de Reguera, tan clara como el temblor que todavía no se iba de mis manos: Raúl Ferreira, el comisario de la zona, había enviado a alguien de su confianza a mi casa a las cuatro de la mañana para silenciar de una vez por todas algo que ya había demostrado que no se iría por sí solo.
El arresto de Ricardo Molina tuvo lugar esa misma mañana en su casa de la calle Lavalle, antes de que tuviera tiempo de deshacerse de la ropa que probablemente todavía llevaba puesta cuando llegó la policía federal —alertada por la fiscalía en cuanto Coria entregó la cartera.
Molina no aguantó ni cuarenta y ocho horas de interrogatorio.
Confesó que Raúl Ferreira lo había contactado personalmente, le había pagado en efectivo y le había dado instrucciones específicas: entrar, intimidar y, si era necesario, «resolver el problema de una vez por todas», una frase que quedó registrada textualmente en la transcripción de su declaración, sin dejar lugar a ambigüedades sobre su significado.
Raúl Ferreira fue arrestado tres días después, en su despacho de la jefatura de policía, con la prensa nacional ya esperando afuera, porque para entonces la historia había dejado de ser un asunto limitado a Punta Quieta y se había convertido —gracias al artículo que Reguera publicó esa misma semana en la revista digital— en un caso que varios medios de Buenos Aires comenzaron a seguir de cerca.
«El último testigo de Punta Quieta», tituló Reguera su artículo, acompañado de una fotografía del cuaderno de Elena abierto en la página del 14 de marzo.
No habló de Elena como cómplice. Habló de ella como lo que al final había sido: la única persona que, tras cuarenta y cinco años de silencio impuesto por el miedo y comprado con un terreno, había encontrado la manera de que la verdad sobreviviera, aunque fuera en una caja de zapatos escondida detrás de un zócalo.
Gonzalo Zabaleta no fue arrestado. Como determinó la fiscalía en las semanas siguientes, no había pruebas de que él hubiera sabido, en 1979, lo que su padre había hecho, porque en ese momento tenía solo ocho años y vivía con su madre en Buenos Aires, que llevaba ya tiempo separada de Aurelio.
Lo que sí se demostró, con el paso de los meses, fue que Gonzalo había sospechado —o al menos intuido— algo sobre la historia mucho antes de que yo empezara a hacer preguntas.
Un mensaje de texto que la fiscalía obtuvo de su teléfono, enviado a su abogado apenas dos días después de la muerte de Elena, decía: «Averigua qué tenía esa mujer en su casa antes de que alguien más lo encuentre».
No era una prueba de asesinato. Era, sin embargo, la prueba de que Gonzalo Zabaleta sabía —o sospechaba lo suficiente como para actuar con el mismo instinto de encubrimiento que su padre—, aunque nunca llegó a mancharse las manos de forma tan directa.
El proyecto Zabaleta quedó definitivamente paralizado. Costa Grupo S.A. se vio envuelta en un largo proceso judicial del que, meses después, aún no había salido, y el terreno donde había estado la casa grande quedó, por orden judicial, reservado como zona de investigación forense hasta nuevo aviso.
Nunca supe, con absoluta certeza, si Gonzalo Zabaleta había ordenado el asesinato de Elena.
La fiscalía tampoco pudo demostrarlo. La caída por la barandilla quedó, en el registro oficial, como un incidente sin resolver: podía haber sido un accidente real —el último en toda una vida de extrema precaución en las escaleras— o podía haber sido algo menos fortuito, ejecutado por alguien que sabía exactamente cómo hacer que un accidente pareciera un accidente.
Hay preguntas que la justicia, incluso cuando funciona bien, no siempre logra responder del todo. Esa fue, para mí, la más difícil de aceptar.
La identificación forense completa de los restos tardó cuatro meses.
Cuatro meses durante los cuales Punta Quieta —ese pueblo de cuatro mil habitantes en invierno— aprendió a vivir con la idea de que bajo uno de sus jardines más antiguos había yacido, todo ese tiempo, una respuesta que nadie se había atrevido a buscar.
El ADN confirmó lo que todos sabíamos, en el fondo, desde el día de la excavación: eran los restos de Marta Elizalde.
La comparación se hizo con una muestra de su primo, Norberto Elizalde, que aún vivía en Lavalle y que —como él mismo me contó tiempo después— se quedó tan callado cuando lo llamaron para pedirle la muestra que quien estaba al otro lado de la línea le preguntó si seguía ahí.
—Cuarenta y cinco años esperando esa llamada —me dijo cuando por fin nos conocimos un par de meses después en el cementerio de Punta Quieta, el día de su entierro definitivo—. Mi tía murió sin saberlo. Mi madre murió sin saberlo. Pensé que yo también iba a morir sin saberlo.
El funeral fue pequeño, igual que el velorio de Elena, pero por razones opuestas: no porque a Marta le faltaran personas que la quisieran, sino porque a esas alturas, cuarenta y cinco años después, la mayoría de esas personas ya no estaban vivas para acompañarla.
Yo fui. Reguera fue, con la ceja aún marcada por una cicatriz fina que le quedaría para el resto de su vida. Coria fue, de civil, en su día libre. Y, para sorpresa de todos, al fondo del cementerio, apoyado en un bastón que nunca le había visto usar, apareció el viejo Cufré.
No se acercó al principio. Se quedó atrás, lejos del resto, con el sombrero en la mano, en una quietud que no era la quietud tranquila de un espectador, sino la de alguien que hacía un enorme esfuerzo físico para no derrumbarse allí mismo.
Me acerqué a él despacio, sin saber muy bien qué decir.
—Usted la conocía —dije, más como afirmación que como pregunta, recordando de pronto al joven pescador del cuaderno de Elena, el que amaba las rocas del sur, el hermano menor del obrero que murió en el incendio de la conservera.
Cufré tardó en responder, con los ojos fijos en el pequeño ataúd que estaban a punto de bajar a tierra.
—La esperé todos los domingos, en las rocas, durante casi un año entero —dijo al fin, con una voz que ya no tenía nada de la firmeza que usaba cuando jugaba al truco—.
Después me cansé de esperar, o me convencí de que tenía que cansarme, porque era bastante ridículo que un pescador estuviera esperando a una chica que se había ido a Buenos Aires con otro.
Me casé, tuve hijos y enterré a mi mujer hace quince años.
Y en todo ese tiempo, no pasó un solo domingo sin que pensara, aunque fuera un segundo, en esas rocas.
—Elena lo sabía. Está en su cuaderno: una mención a usted, aunque no con su nombre completo.
—Elena nunca me dijo una palabra. Ni una sola palabra, en cincuenta años —Cufré cerró los ojos un momento, y cuando los abrió de nuevo, tenía la cara mojada, aunque no había hecho ningún gesto para secársela—. Ahora entiendo por qué. No sé si puedo perdonarla todavía. Pero lo entiendo.
Se quedó hasta el final del funeral, solo, con el sombrero apretado contra el pecho, y cuando todos nos fuimos —según me contaron después— se quedó un rato más, hablando en voz baja a una tumba recién cerrada, cincuenta y un años después de la última vez que había tenido, sin saberlo, la oportunidad de despedirse de verdad.
Y Norberto Elizalde, al final, justo cuando nos íbamos, se me acercó con algo en la mano.
—Esto es para usted —dijo, y me entregó una foto, una copia de la misma que Reguera me había mostrado en el bar de la terminal el primer día, aunque esta no estaba doblada, sin el pliegue que partía la cara de Marta en dos—.
La encontré entre las cosas de mi madre.
Pensé que le gustaría tener una que no estuviera rota.