Chapter 5
Volví a casa esa mañana con la cabeza dándome vueltas, y en lugar de descansar —que era lo que todo mi cuerpo me pedía a gritos— me senté frente al ordenador y empecé a buscar todo lo que pudiera encontrar sobre Raúl Ferreira.
Había fotos de él en actos oficiales, cortando cintas en inauguraciones de nuevas comisarías, entregando premios a jóvenes agentes con la sonrisa amplia de quien está acostumbrado a que lo fotografíen.
Encontré también un artículo, de hacía cinco años, sobre un homenaje que le habían hecho a su padre, el viejo comisario, en el que Ferreira hijo había dado un discurso hablando de «una vida dedicada al servicio de esta comunidad», sin que nadie en la sección de comentarios hubiera cuestionado una sola palabra.
No daba nombres. Pero la fecha, la zona geográfica y el patrón coincidían de una manera que no podía ser casualidad.
Le envié un correo electrónico a la autora: me presenté, describí brevemente lo que había encontrado y le pregunté si tenía más información sobre ese caso específico. Me respondió al día siguiente, con un entusiasmo que no esperaba de alguien que llevaba años investigando temas tan oscuros.
«Mencioné ese caso basándome en un relato anónimo que recibí hace tres años de alguien que dijo haber trabajado en la casa donde ocurrió la desaparición, pero que no quiso dar más detalles ni identificarse.
Si usted tiene información nueva, me encantaría poder incluirla — con los resguardos éticos correspondientes— en mi próxima publicación».
Leí el mensaje dos veces, sintiendo una mezcla extraña de validación y tristeza: validación, porque confirmaba que Elena no había sido la única persona en toda esa cadena de silencio que en algún momento había querido hablar; tristeza, porque ese testimonio anónimo, dado hacía tres años y sin identificar la fuente, probablemente también procedía de Elena, y probablemente también había quedado en la nada, como todo lo demás.
Le respondí que sí, que en cuanto el caso avanzara un poco más, podría compartir información oficial con ella, y cerré el portátil con la sensación de que la historia de Punta Quieta tenía más capas de silencio de las que ninguno de nosotros —ni siquiera Reguera, con sus cuarenta años de experiencia— había sospechado jamás.
Le conté todo a Reguera esa misma mañana, en su piso de Lavalle —un lugar pequeño y ordenado con paredes cubiertas de recortes de periódico enmarcados de distintas décadas, como si toda su vida profesional estuviera colgada allí, esperando a que alguien viniera a hacerle preguntas.
—Ferreira hijo —repitió, acomodándose despacio en su sillón—. Tiene sentido. Siempre me pareció extraño lo rápido que se cerró el caso en el 79, con un comisario que después se jubiló con todos los honores y un artículo de despedida que escribí yo y que hoy me da vergüenza releer.
—¿Qué hacemos con esto?
—Necesitamos que alguien más —alguien fuera de la cadena de mando de Ferreira hijo— reciba la denuncia.
—Reguera hizo una pausa para pensar, con los dedos tamborileando sobre el brazo del sillón—.
Conozco a alguien en la fiscalía federal de la provincia.
Podemos llevar esto directamente allí, saltándonos toda la estructura local.
—¿Y Coria?
—Coria está expuesto de todas formas, en cuanto se sepa que la información salió de la comisaría de Punta Quieta. Es un riesgo que ya asumió al contártelo.
Esa tarde, los tres armamos un expediente completo: el cuaderno, la carta, la carta de Rosa, el registro del vehículo que Coria había conseguido y una solicitud formal de investigación sobre la posible interferencia de Raúl Ferreira en el expediente original.
Lo llevamos a la fiscalía federal al día siguiente. Y esa misma noche, al volver a Punta Quieta, encontré, una vez más, algo fuera de lugar.
Esta vez no era el ligustro. Era una nota, deslizada por debajo de mi puerta, escrita a mano y sin firma:
«Deja de meter la nariz en cosas que no te importan. La próxima vez, no va a ser el gato el que se asuste».
No dormí esa noche. Me quedé en la cocina con todas las luces encendidas, el teléfono cargado, la puerta atrancada con el mueble y —esta vez— con una silla también trabada bajo el picaporte, un truco que había visto en una película hacía años y que, hasta esa noche, me había parecido exagerado.
A las dos de la mañana, llamé a Cecilia. Contestó medio dormida, con la voz pastosa de sueño, y en cuanto le expliqué lo de la nota, se despertó del todo.
—Te vienes para acá ahora mismo.
—No puedo. Si me voy, es como darle la razón. Como decirle a Ferreira que funcionó.
—Ana, por favor. No se trata de quién tiene razón. Se trata de que alguien te está amenazando directamente, y tú vives sola.
Tenía razón, obviamente, y sin embargo algo dentro de mí —algo que no pude identificar del todo esa noche pero que, con el tiempo, llegué a entender que era una mezcla de rabia y de obligación hacia Elena— se negaba a ceder.
—Voy a llamar a Coria por la mañana. Voy a poner una denuncia formal por la nota. Y me voy a quedar aquí.
—Eres terca como una mula, Ana. Siempre lo has sido. Con Martín también eras así, ¿te acuerdas? Aguantando cosas que no tenías por qué aguantar, hasta que no quedó nada que salvar.
Eso me dolió más de lo que Cecilia probablemente esperaba, y le respondí sin pensar, con una dureza que en realidad no iba dirigida a ella.
—No es lo mismo. Con Martín, me quedé por miedo a estar sola. Con esto, me quedo porque alguien tiene que hacerlo.
—¿Y estás segura de que no es la misma persona la que está tomando las dos decisiones?
Me quedé en silencio, porque no tenía una respuesta rápida para eso, y porque en el fondo —en un lugar que no quería visitar a las dos de la mañana con una nota amenazante todavía tibia sobre la mesa— sabía que mi hermana tenía razón en algo que llevaba años evitando afrontar: que mi terquedad no siempre venía del coraje.
A veces venía, simplemente, del miedo a admitir que las cosas podían estar fuera de mi control, y de la necesidad casi física de sentir que estaba haciendo algo —lo que fuera— en lugar de quedarme quieta, esperando a que la vida decidiera por mí, como había sentido que pasó con mi matrimonio.
—Perdona —dije al final, con la voz ya más suave—. No debería haberte dicho eso.
—Está bien. Las dos estamos cansadas y asustadas —suspiró Cecilia al otro lado de la línea—. Pero piensa, al menos, que hay gente que te quiere y que no se merece pasar noches en vela por tu terquedad. Yo soy una de ellas.
—Mañana llamaré a Coria. Presentaré una denuncia formal por la nota. Y me quedaré aquí, pero con la puerta cerrada con llave, contigo al tanto de todo lo que hago, y te prometo que a la primera señal real de peligro, me iré.
—Eres terca como una mula.
—Aprendí de la mejor.
No era del todo una broma. Elena había sido terca durante cuarenta y cinco años, aunque en la dirección equivocada —hacia el silencio— y quizás yo estaba intentando, sin admitirlo del todo ni a mi hermana ni siquiera a mí misma, terminar lo que ella había empezado demasiado tarde.
Pero también era cierto —y esa noche me costó más que nunca admitirlo— que mi propia terquedad tenía un precio, uno que otras personas pagaban en mi nombre sin que yo lo pidiera, y que en algún momento, si quería salir de esta historia como una mejor versión de mí misma y no solo como una más obstinada, iba a tener que aprender a distinguir entre el coraje y el miedo disfrazado de coraje.
Coria presentó la denuncia por la nota, pero no en la comisaría de Punta Quieta —fue directamente a la fiscalía federal, junto con una solicitud de seguridad perimetral para mi casa, que fue concedida esa misma tarde, aunque con recursos limitados: una ronda de patrulla cada dos horas, no la protección permanente que probablemente habría necesitado.
Reguera se instaló en mi casa esa noche, en el sofá de la sala, con una manta que le presté y una expresión de determinación que no admitía discusión.
—No tienes que hacer esto —le dije.
—Elena confió en mí para terminar lo que ella empezó. No pienso dejar que una mujer que vivió a su lado hace once años, podando arbustos de ligustrina, lo termine sola.
Fue lo más cerca que estuvo nunca, en todo el tiempo que lo conocí, de decir algo parecido a un cumplido.
Algo que no le mencioné esa noche —porque en ese momento no le vi ningún significado particular— fue que Fantasma, que hasta entonces había tratado a Reguera con la misma indiferencia distante que reservaba para cualquier visitante, esa noche se subió al sillón sin que nadie lo llamara y se tumbó junto a sus piernas, quieto, durante horas, como si de repente hubiera decidido que aquel hombre canoso de manos frías merecía la misma vigilancia silenciosa que él mismo le había dedicado a Elena.
En las semanas que siguieron, cada vez que Reguera venía, el gato repetía el mismo ritual: se acercaba, lo olfateaba brevemente y se quedaba cerca —aunque nunca tan cerca como conmigo— como si todavía estuviera decidiendo algo que solo él sabía.
Esa noche, con Reguera en la sala y Fantasma una vez más sobre mi pecho, dormí —por primera vez en varios días— más de tres horas seguidas.
La paz no duró mucho.
Me despertó alrededor de las cuatro de la mañana un ruido que al principio pensé que era parte de un sueño: un golpe seco y metálico, seguido de un silencio demasiado completo.
Fantasma ya no estaba sobre mi pecho. Estaba plantado en la puerta del dormitorio, con el lomo arqueado, soltando ese resoplido grave que había escuchado la noche del coche gris, mirando fijamente hacia el pasillo con tal intensidad que no cabía duda de que algo al otro lado de esa puerta no debería estar ahí.
Me levanté despacio, con el corazón latiendo tan fuerte que podía sentirlo en los oídos, y llegué a la puerta justo cuando Reguera, desde la sala, gritó algo que no pude distinguir del todo, seguido de forcejeos, muebles que se movían y la voz de un hombre —no la de Reguera— murmurando algo entre dientes.