El último testigo Chapter 4 #8
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Chapter 4 #8

El lote donde había estado la casa grande era ahora un rectángulo de tierra removida, con los cimientos de la demolición todavía visibles en algunas zonas, y una franja de jardín —la única parte que había sobrevivido intacta a la demolición del año anterior— marcada con estacas naranjas por los peritos.

Gonzalo Zabaleta llegó a media mañana en el mismo coche gris, esta vez sin bajar la ventanilla para nadie.

Se quedó junto a su abogado, al otro lado de la cinta, con una expresión que no pude descifrar del todo: no parecía nervioso, exactamente.

Parecía cansado, como alguien que ha estado cargando un peso durante mucho tiempo y está empezando, a su pesar, a soltarlo.

La excavadora trabajó despacio, en capas de apenas unos centímetros de grosor, bajo la supervisión constante de los peritos, durante toda la mañana y buena parte de la tarde.

A las cuatro y veinte, uno de los peritos levantó la mano.

Todos a ambos lados de la cinta guardaron silencio.

No nos dejaron acercarnos más. Los peritos establecieron un perímetro más pequeño dentro del más grande, y durante casi dos horas trabajaron con brochas y espátulas, con una lentitud que, desde esa distancia —sin poder ver nada concreto— era insoportable.

A las seis y media, uno de los peritos forenses habló con la jueza de instrucción en voz baja, y la jueza, después de escucharlo, se acercó a la cinta donde estábamos.

—Se han confirmado restos óseos humanos —dijo, sin dramatismo, usando la fórmula exacta que probablemente había repetido muchas veces en muchos otros sitios a lo largo de su carrera—.

La identificación forense completa llevará tiempo, pero la edad estimada y la ubicación coinciden con la información que motivó esta excavación.

No sé cuánto tiempo me quedé allí, sin decir nada, mientras Reguera, a mi lado, se llevaba una mano a la boca y cerraba los ojos.

Marta Elizalde había estado enterrada bajo ese jardín durante cuarenta y cinco años. Y en menos de una semana, un gato negro sin nombre oficial había hecho lo que cuarenta y cinco años de silencio institucional no habían logrado: sacarla a la luz —aunque de momento solo fuera en sentido figurado—.

Gonzalo Zabaleta no dijo una palabra esa tarde. Se subió a su coche y se marchó, con su abogado corriendo tras él para alcanzar el asiento del copiloto antes de que arrancara.

Regresé a casa esa noche agotada de una manera que no tenía nada que ver con el cansancio físico.

Fantasma me esperaba en la ventana, como siempre, y por primera vez en semanas vino a saludarme a la puerta, con la cola en alto, como si él también supiera que algo había llegado a su fin esa tarde, aunque todavía quedaba mucho por descubrir.

Al día siguiente, Coria me llamó temprano, con una voz que no le conocía: apresurada, casi un susurro, como si no quisiera que nadie lo oyera hablar.

—Necesito verte. No aquí, no en la comisaría.

Nos encontramos en el muelle de pesca a las siete de la mañana, con el viento frío de otoño todavía cargado de la humedad de la noche. Coria llevaba una sudadera, no su uniforme, y eso, más que cualquier otra cosa, me hizo comprender que lo que iba a contarme no era asunto oficial.

—Ayer, después de la excavación, me llamó mi jefe —dijo, sin preámbulos—. El comisario de la zona, Raúl Ferreira.

El apellido me golpeó como una piedra en el estómago.

—¿Ferreira? ¿El hijo del comisario de los años setenta?

—El mismo. Lleva doce años al mando del distrito —Coria se pasó las manos por la cara, con cara de no haber pegado ojo—.

Me dijo, palabra por palabra, que «ese caso de la vecina» ya había sido dictaminado como accidente, y que cualquier cosa que saliera a la luz tenía que pasar por su despacho antes de dar un solo paso. No quería sorpresas en los medios.

—Eso es exactamente lo que haría alguien con algo que ocultar.

—Eso pensé yo también —Coria bajó aún más la voz, aunque no había nadie en el muelle a esa hora salvo las gaviotas—. Y hay algo más. El coche gris que estuvo aparcado frente a tu casa. Pasé la matrícula por mis propios canales, de manera extraoficial. No está registrado a nombre de Costa Grupo S.A.

—¿De quién es?

—Pertenece a una empresa fantasma registrada a nombre de la esposa de Raúl Ferreira.

Me quedé mirando el mar, intentando asimilar lo que acababa de oír.

No había sido Zabaleta quien envió a alguien a mi jardín, aunque Zabaleta también tenía sus propias razones para querer que me callara.

Había sido la otra mitad de la historia que Elena nunca llegó a terminar: el hijo del jefe de policía que, en 1979, había cobrado por cerrar un caso, y que, hacía doce años, había heredado —junto con el apellido— la necesidad de que ese caso siguiera cerrado.

—Así que tenemos a dos personas que no quieren que esto salga a la luz —dije, más para mí misma que para Coria—. Y una de ellas tiene poder sobre ti.

—Tiene poder sobre toda la policía de la zona, Ana. Puedo darte esta información porque confío en ti, pero no puedo presentar una denuncia formal contra mi propio jefe sin pruebas sólidas. Me echarán antes de que la denuncia llegue a ninguna parte.