Chapter 4 #7
Los años pasaron con el ritmo lento y medido propio de los pueblos pequeños.
Elena fue perfeccionando su oficio hasta convertirse en la modista de referencia de toda la costa.
En algún momento de mediados de los ochenta, tuvo la oportunidad de mudarse a Lavalle, donde un taller más grande le habría proporcionado mejores ingresos, pero rechazó la oferta sin dar demasiadas explicaciones.
Solo ella sabía que irse de Punta Quieta habría significado también dejar atrás el único lugar donde todavía podía, aunque fuera en silencio, honrar la memoria de Marta.
Elena nunca volvió a hablar del asunto con nadie.
Ni siquiera consigo misma, excepto en esas pocas páginas de un cuaderno que guardó, durante décadas, en una grieta del zócalo de su cuarto de costura, como quien esconde una herida que no puede mostrar a nadie pero que tampoco puede dejar cicatrizar del todo.
Dos días antes de la excavación, con la medida cautelar ya en vigor y la maquinaria contratada por la fiscalía esperando su turno, Gonzalo Zabaleta me llamó y me preguntó, con una cortesía que ya se me había vuelto familiar, si podíamos vernos.
Acepté, aunque Reguera me lo desaconsejó con vehemencia, y aunque Cecilia, cuando se enteró, me hizo prometer que sería en un lugar público, a plena luz del día, con el teléfono grabando toda la conversación en el bolsillo.
Nos encontramos en el único café de Punta Quieta con mesas al aire libre en esa época del año, el de enfrente de la plaza, y Zabaleta llegó puntual, vestido con la misma sencillez que la última vez, con un cuaderno de tapa dura bajo el brazo que dejó, sin abrir, sobre la mesa durante casi toda la conversación.
—Gracias por venir —dijo, pidiendo dos cafés sin preguntarme qué quería, un gesto que, viniendo de otra persona, me habría parecido intrusivo, pero que, por alguna razón, viniendo de él no—.
Sé que en dos días empiezan a remover la tierra.
Quería hablar contigo antes de que eso ocurra, porque después seguramente ya no tendremos oportunidad de hablar como personas, solo como partes de un caso judicial.
—¿De qué quieres hablar?
Se quedó en silencio un momento, mirando el cuaderno sobre la mesa, sin tocarlo todavía.
—De mi padre. Y de mí —levantó la vista, y por primera vez desde que lo conocía, me pareció ver, sin fingimiento alguno, algo parecido a una vulnerabilidad genuina—.
Crecí oyendo que era un hombre hecho a sí mismo, un pionero, alguien que dio trabajo a media costa cuando nadie más se atrevía a invertir aquí.
Esa fue la historia que me contaron toda mi vida: primero mi abuela, después mi propia madre, aunque estuviera separada de él.
Nadie me contó nunca la otra cara de la historia.
—¿Y nunca sospechaste nada?
—Sí —lo dijo sin dudar, sin evasiva alguna, lo que me sorprendió más que cualquier negación—.
Cuando tenía veinte años, un viejo empleado del taller, ya jubilado, me contó, un poco borracho en una fiesta de cumpleaños, algo sobre «la chica que desapareció en la casa grande» y que «algunos sabían más de lo que decían».
Le pregunté a mi padre esa misma semana.
Me dijo que eran chismes de gente envidiosa, que toda familia adinerada en un pueblo pequeño tiene que aguantar rumores, y yo, con veinte años y con las ganas naturales que tiene cualquier hijo de creer a su propio padre, lo dejé estar.
—¿Y entonces?
—Después de eso, no hice más preguntas durante cuarenta años. No porque no me importara. Sino porque no sabía qué hacer con la respuesta en caso de obtenerla.
Finalmente abrió el cuaderno y me lo pasó por la mesa. Estaba lleno de notas, fechas, nombres y recortes pegados.
—Empecé a investigar por mi cuenta hace dos años, cuando mi padre murió y heredé toda la empresa. No encontré mucho. Relatos vagos, rumores, nada que pudiera probarse. Hasta que usted encontró el cuaderno de su vecina.
Miré el cuaderno sin tocarlo, sintiendo una extraña mezcla de desconfianza y algo parecido —contra toda lógica— a la compasión.
—Si usted sabía —o sospechaba— todo esto —dije al fin—, ¿por qué no lo hizo público usted mismo?
—Por la misma razón por la que Elena no lo hizo durante cuarenta y cinco años, supongo.
Miedo. No el mismo tipo de miedo que ella tenía —obviamente, yo no tenía un marido trabajando en el taller de mi propio padre—.
Miedo a lo que significaba, para mí, aceptar que el apellido que llevo —el que les di a mis propios hijos— ha estado manchado desde el mismísimo principio.
Cerró el cuaderno, despacio.
—No le pido que me perdone nada, señora Sardá. Simplemente le pido que cuando todo esto salga a la luz —y saldrá— recuerde que hubo, al menos, un Zabaleta que eligió mirar hacia adelante en lugar de seguir mirando hacia otro lado.
Permanecimos en silencio un buen rato, bebiendo nuestro café —que esta vez sí se enfrió delante de nosotros— y observando la plaza donde el perro de El Rengo y Beba dormía, como siempre, acurrucado junto al mismo banco de siempre, completamente ajeno a que, a pocos metros, dos personas intentaban decidir si podían confiar la una en la otra.
No le di una respuesta concreta esa tarde.
Me fui con más preguntas de las que había traído, y con la sospecha —que todavía no he podido confirmar del todo— de que Gonzalo Zabaleta era, quizás, la prueba más incómoda de todo este caso: que incluso los hijos de los hombres más terribles pueden convertirse, por derecho propio, en algo completamente diferente, sin que eso sea nunca suficiente para lavar del todo lo que heredaron.
Esa confianza recién hallada duró exactamente dieciocho horas.
A la mañana siguiente, Reguera me llamó temprano, con la voz ya desprovista de la calma de los últimos días.
—Costa Grupo presentó anoche un recurso de urgencia ante la Cámara, solicitando autorización para seguir adelante con los movimientos de tierra debido al «riesgo de deslizamiento en la línea de costa» —dijo, sin saludo previo—.
Lo presentaron a las nueve de la noche. Ana, estuviste tomando café con Zabaleta hasta las siete y media.
Se me revolvió el estómago.
—Podría ser una coincidencia. Su abogado podría haber preparado eso sin que él supiera nada.
—Quizás. O quizás ese café, esas confesiones sentidas, esa vulnerabilidad tan bien actuada, fueron exactamente eso: una actuación, para mantenerte tranquila y distraída mientras sus abogados trabajaban para estrechar la ventana de tiempo que nos había dado la medida cautelar.
No dormí bien esa noche, dándole vueltas a cada palabra que Zabaleta había dicho en aquel café, buscando —con una sospecha que ya no podía acallar— la grieta por la que pudiera colarse la actuación.
No la encontré, y eso fue, quizás, lo que más me inquietó: no poder decidir, con certeza alguna, si había estado sentada frente a un hombre desgarrado de verdad entre la lealtad y la verdad, o frente al mejor actor que había conocido en mi vida.
Para alivio de todos, el recurso ante la Cámara fue rechazado dos días después, con la excavación ya en marcha según lo previsto.
Pero la duda que ese intento plantó en mí sobre Gonzalo Zabaleta nunca se disipó del todo, ni siquiera meses después, cuando todo el caso ya se había resuelto y yo todavía, contra toda lógica, no sabía de qué lado colocarlo.
La excavación comenzó un lunes, con dos peritos forenses de La Plata, una jueza de instrucción que vino en persona a supervisar, y una excavadora que la fiscalía había contratado por su cuenta —no a través de Costa Grupo— para evitar cualquier sospecha de manipulación.
Fui, aunque nadie me había invitado formalmente.
Reguera también fue, con su cuaderno de periodista jubilado, que todavía sabía usar con la misma velocidad de siempre.
Nos quedamos detrás de la cinta policial, junto a media docena de vecinos que se habían enterado —como todo en Punta Quieta— por el boca a boca que empieza en la panadería y termina, dos horas después, en cada casa del pueblo.