Chapter 4 #6
Revisó el jardín con una linterna, fotografió las ramas rotas del ligustro y una huella parcial de zapatilla en la tierra blanda cerca del cobertizo —un cuarenta y tres o cuarenta y cuatro, calculó—, aunque aclaró que no servía de mucho sin un molde comparativo.
—¿Falta algo? —preguntó.
—Nada que yo pueda ver. La doctora Solanas tiene la caja con los originales en el juzgado desde ayer. Aquí no queda nada que valga la pena robar.
—Entonces esto no fue un robo.
—No.
Los dos sabíamos exactamente qué había sido, aunque ninguno lo dijera en voz alta esa noche: una advertencia, con la misma lógica silenciosa y sin pruebas del coche gris aparcado en mi puerta, solo que esta vez más cerca, más adentro, más directamente apuntada a lo único de mi vida cotidiana que yo no podía proteger.
—Te recomiendo que no te quedes sola aquí esta semana —dijo Coria, guardando la cámara del teléfono—. Al menos hasta después de la excavación.
Le dije que lo iba a pensar. No lo pensé.
Me quedé, con el mueble contra la puerta, con Fantasma durmiendo esa noche —por primera vez desde la muerte de Elena— sobre mi propio pecho, como si hubiéramos invertido los papeles de aquel primer martes y ahora fuera yo la que necesitaba que alguien hiciera guardia.
El comentario de Cufré sobre el incendio en la conservera me había estado dando vueltas en la cabeza durante semanas, siempre relegado al fondo por la urgencia de todo lo demás, hasta esa tarde en que, todavía alterada por lo que había pasado en el jardín, necesité pensar en cualquier cosa que no fuera Ferreira, o Zabaleta, o la huella de zapatilla cerca del cobertizo.
Fui a ver a doña Ester, la vecina dos casas más allá de la de Elena, la misma que me había contado sobre los Zabaleta en el velorio sin que yo le preguntara nada.
—El incendio de la conservera —repitió, acomodándose despacio en la mecedora del porche, con la misma expresión de alguien que se prepara para contar una historia que no cuenta a menudo—.
Eso fue en el 74, cinco años antes del asunto de la chica Elizalde.
La conservera era de los Zabaleta también, ¿sabías?
La compraron los abuelos, y el viejo Aurelio la llevaba cuando era joven, antes de meterse de lleno en las tierras y el turismo.
—¿Qué pasó?
—Un incendio de madrugada, en la nave de empaquetado.
Murieron tres trabajadores, atrapados dentro, porque las salidas de emergencia estaban cerradas con candado, para que nadie robara la mercancía, decían.
—Doña Ester se persignó, el mismo gesto reflejo que le había visto en el velorio—.
La investigación oficial concluyó que había sido un cortocircuito.
Nunca se llegó a determinar del todo por qué las salidas estaban cerradas esa noche en particular, ni por qué el capataz, que debería haber estado allí esa madrugada, faltó por primera vez en años.
—¿Y las familias de los trabajadores?
—Recibieron indemnizaciones, dicen. En su momento, la gente decía que fueron bastante generosas para los estándares de la época.
—Doña Ester bajó la voz, aunque no había nadie más a varios metros—.
Uno de esos tres trabajadores era el hermano del viejo Cufré.
Por eso a él no le gusta hablar del tema.
Perdió a su hermano, cobró un dinero que en su momento le vino bien porque la familia estaba en la ruina, y después tuvo que vivir el resto de su vida en el mismo pueblo que los Zabaleta, viéndolos prosperar año tras año, sin que nadie les pidiera cuentas de nada.
Me quedé en silencio un buen rato, tratando de ordenar lo que acababa de escuchar.
Empezaba a dibujarse un patrón —todavía borroso, pero cada vez más difícil de ignorar—: un incendio con salidas bloqueadas y un capataz ausente en el momento clave.
Una desaparición que implicaba a una familia poderosa protegida por una policía cómplice.
Dos tragedias, con cinco años de diferencia, con el mismo apellido flotando sobre ambas, y un pueblo entero que había aprendido, generación tras generación, a aceptar indemnizaciones, callarse la boca y seguir viviendo al lado de los que probablemente eran responsables.
—¿Usted cree que fue un accidente? —le pregunté, finalmente.
Doña Ester tardó en responder, meciéndose despacio, con la mirada perdida en el mar que se adivinaba, gris, al final de la calle.
—Yo no creo nada, mi querida. A estas alturas de mi vida, creer cualquier cosa sobre los Zabaleta es un lujo que ya no me puedo permitir.
Lo único que sé es que en este pueblo, cada vez que le pasa algo malo a alguien de condición humilde cerca de una propiedad de esa familia, la explicación oficial siempre llega antes que las preguntas.
Volví a casa con esa frase resonándome en la cabeza durante días, y con una certeza nueva e incómoda de que la historia de Marta Elizalde —por terrible que fuera— tal vez ni siquiera era la primera vez que Punta Quieta decidía, como pueblo entero, mirar para otro lado.
Punta Quieta, marzo de 1979
Elena tenía veintitrés años, y sus manos aún no conocían las deformidades que llegarían con el tiempo: manos jóvenes que cosían dobladillos en el cuarto de costura de la casa grande mientras, dos pisos más abajo, la fiesta de los Zabaleta llenaba la galería de risas que, a esa hora de la noche, sonaban más a alcohol que a alegría.
Marta tenía diecinueve. Elena la conocía de toda la vida, como todo el mundo en Punta Quieta conocía a todo el mundo, con esa familiaridad que no siempre implica cercanía real.
Marta soñaba con irse a Buenos Aires a estudiar enfermería, y se lo había contado a Elena dos semanas antes, con los ojos brillándole, mientras las dos tomaban mate sentadas en el fondo de la casa grande, durante uno de esos descansos breves que el trabajo doméstico a veces permitía.
Esa tarde de mate, dos semanas antes de que todo ocurriera, Marta también le había contado, entre risas, que tenía novio: un joven pescador llamado Cufré, el hermano menor de un trabajador de la conservera, con quien se veía a escondidas los domingos por la tarde en las rocas del extremo sur de la playa, porque la familia de Marta no aprobaba que saliera con un pescador cuando ella tenía, según decían, «posibilidades de algo mejor».
—Cuando ahorre algo de dinero en Buenos Aires, lo voy a traer a él también —le había dicho Marta, con esa confianza absoluta que solo se tiene a los diecinueve años, cuando el futuro todavía parece un territorio completamente maleable—. Y entonces, que digan lo que quieran.
Elena se había reído con ella esa tarde, le había prometido guardar su secreto, y las dos habían seguido cosiendo y tomando mate hasta que el sol se puso del todo, sin que ninguna de las dos supiera que aquella sería una de las últimas tardes tranquilas que compartirían.
Elena oyó los gritos y no dudó ni un segundo en salir al pasillo, porque entonces todavía era el tipo de persona que salía al pasillo cuando oía gritos, antes de que el miedo le enseñara lo contrario.
Vio lo que vio. Sin pensar, se guardó el botón en el bolsillo del delantal, con el mismo gesto automático con el que habría guardado un alfiler suelto.
No durmió esa noche. Al día siguiente, cuando la señora de la casa le preguntó, con una calma que ya entonces le pareció demasiado ensayada, si sabía algo del paradero de Marta, Elena dijo que no.
Fue la primera vez en su vida que mentía de una forma que le importaba. No fue la última.
Lo más difícil para ella en los años que siguieron no fue solo guardar el secreto del ataque que había presenciado, sino también el del pescador que esperó en las rocas del sur cada domingo durante meses, sin entender por qué Marta no volvía a aparecer, sin que nadie, ni siquiera Elena, se atreviera a contarle la verdad sobre lo que probablemente le había ocurrido.
A partir de esa primavera, Elena empezó a caminar hacia el sur cada vez que tenía una tarde libre, no para encontrarse con nadie, sino porque necesitaba, de una forma que nunca pudo explicar del todo, seguir vigilando aquel lugar, como si el simple hecho de mirarlo pudiera devolverle algo a la memoria de su amiga.
Volvió a su casa aquella tarde, a la casa que todavía no era suya sino de sus padres, y se sentó en el fondo, donde meses antes había tomado mate con Marta, y lloró durante una hora entera sin que nadie la oyera, porque ya había aprendido, en menos de veinticuatro horas, que había cosas por las que ahora tenía que llorar a solas.
Dos semanas después, don Aurelio mandó cavar el jardín de la casa grande. Nadie preguntó por qué. Ni siquiera Elena.
Un mes más tarde, Hugo, su novio por entonces, consiguió un trabajo en la obra de los Zabaleta. Elena entendió, sin que nadie se lo dijera con esas palabras exactas, que aquel trabajo era, también, un recordatorio.
Se casó con Hugo al año siguiente. Vivieron juntos durante cuarenta y cinco años, en una casa construida sobre un terreno que la familia Zabaleta les había «vendido» a un precio tan bajo que apenas era una venta.
Hugo nunca supo toda la verdad. Elena también se la ocultó a él, no porque no confiara en su marido, sino porque temía que un hombre tan orgulloso como Hugo, al enterarse de que su trabajo y su casa eran, en el fondo, el precio del silencio, no pudiera seguir viviendo tranquilo bajo aquel mismo techo.
Prefirió cargar sola con todo el peso antes que compartirlo con alguien que tal vez no sabría qué hacer con él.