El último testigo Chapter 4 #5
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Chapter 4 #5

Hubo un silencio largo al otro lado de la línea —tan largo que empecé a pensar que se había cortado la llamada.

—Mi tía murió esperando esa llamada —dijo por fin, con la voz quebrada—.

Mi madre pasó cuarenta años yendo a la comisaría cada aniversario, preguntando si había novedades, hasta que dejaron de tratarla con respeto y empezaron a tratarla como si estuviera loca.

Murió hace ocho años sin obtener nunca una respuesta.

—Lo siento mucho.

—No lo sientas. Ayúdame a asegurarme de que, si hay algo por encontrar, esta vez se encuentre de verdad.

Le prometí que lo haría, aunque en ese momento todavía no tenía ninguna certeza de poder cumplir esa promesa.

Colgamos, y me quedé un buen rato con el teléfono en la mano, pensando en toda la gente que queda atrás tras una desaparición así: no solo la víctima, sino generaciones enteras de familiares que envejecen y mueren sin la respuesta que necesitan para, de alguna manera, despedirse por fin.

Salí hacia Lavalle esa misma tarde, sola, porque Reguera tenía que terminar de armar el expediente con la doctora Solanas y habíamos quedado en vernos directamente en el juzgado.

La ruta que une Punta Quieta con Lavalle es angosta, de dos carriles, con curvas cerradas que serpentean entre los médanos y una banquina que en varios tramos simplemente no existe: solo pasto creciendo hasta el borde mismo del asfalto.

La conozco de memoria; la llevo recorriendo once años, y sin embargo esa tarde algo me hizo prestar más atención de lo habitual: una camioneta alta, gris, con vidrios polarizados, que apareció en mi espejo retrovisor en cuanto salí del pueblo y que, durante casi quince minutos, mantuvo una distancia constante: ni demasiado cerca ni demasiado lejos, la distancia exacta de alguien que no quiere que lo pierda de vista pero tampoco que le anote la patente.

Aceleré, sin pensarlo demasiado, y la camioneta aceleró también. Aflojé un poco, para dejarla pasar y confirmar mi sospecha, y la camioneta aflojó con la misma precisión, sin adelantarse.

El corazón se me subió a la garganta en la curva de la cima del médano, la más cerrada de todo el recorrido, la que se cobra la vida de un turista cada año porque no la conocen.

Fue ahí, en el peor lugar posible, donde la camioneta aceleró de golpe y se puso a mi lado en el carril contrario, justo cuando venía un camión de frente: todavía lejos, pero no lo suficiente.

Grité sin darme cuenta y giré el volante hacia la banquina con un instinto que no sabía que tenía, sintiendo cómo las ruedas de la derecha se hundían en el pasto blando, todo el coche temblando, mientras el camión pasaba pitando con furia, a centímetros de la camioneta, que había vuelto a su carril en el último segundo.

Logré detenerme del todo, con medio coche ya fuera de la ruta, temblando de pies a cabeza, las manos tan apretadas al volante que me llevó varios segundos soltarlo.

La camioneta había desaparecido. Se había esfumado ruta abajo en cuestión de segundos, sin que yo llegara a ver, en el espejo, ninguna patente, ninguna marca, nada que pudiera servir como prueba de que lo que acababa de pasar era, efectivamente, lo que yo estaba segura de que había sido.

Llamé a Reguera desde la banquina, con la voz todavía quebrada, y llegué a Lavalle una hora tarde, con el corazón todavía latiendo tan fuerte que no se me calmó del todo hasta bien entrada la noche.

—Pudo haber sido un accidente —me dijo Coria cuando se lo conté esa misma noche, aunque su voz no sonaba muy convencida de sus propias palabras—. Hay malos conductores en todas partes.

—No fue un accidente, Fabián. Se puso a mi lado justo en la única curva ciega de toda la ruta, con un camión viniendo de frente. Eso no es mala conducción. Eso es cálculo.

No había forma de probarlo, por supuesto, ni esa noche ni nunca.

Pero desde esa tarde empecé a revisar el espejo retrovisor con una frecuencia enfermiza cada vez que salía a la ruta, y me llevó meses —mucho después de que todo el caso se hubiera resuelto— volver a pasar por esa curva en la cima del médano sin sentir que el pecho se me apretaba un poco.

La audiencia duró menos de lo que esperaba y más de lo que me hubiera gustado.

Un abogado de Costa Grupo S.A. —un hombre joven con un traje demasiado ajustado para el calor que hacía en la sala— argumentó que la medida cautelar constituía un «abuso procesal» basado en «rumores sin sustento documental», y que la empresa ya tenía contratos vinculantes con proveedores y trabajadores que se verían perjudicados por cualquier demora.

La doctora Solanas escuchó todo sin interrumpir, tomando notas, y cuando le tocó hablar lo hizo con una calma que a mí —sentada en la última fila al lado de Reguera— me pareció casi exasperante, porque no daba ninguna señal de hacia dónde se inclinaba.

—Tengo ante mí un cuaderno manuscrito con entradas fechadas que coinciden con el registro policial de la denuncia de desaparición de Marta Elizalde en 1979, una carta mecanografiada redactada por una testigo directa que murió en circunstancias que todavía están bajo investigación, y una segunda carta de una tercera persona que menciona un posible pago de silencio por parte del entonces comisario de Punta Quieta —dijo, sin levantar la vista de sus notas—.

Esto no es un rumor. Es un cuerpo de pruebas que, tomado en conjunto, justifica la prudencia antes de permitir que se altere de forma irreversible el único lugar físico donde podría existir evidencia material.

El juzgado concedió la medida cautelar. Los movimientos de tierra quedaron suspendidos por treinta días mientras se evaluaba una excavación forense en la propiedad de los Zabaleta.

El abogado del traje ajustado salió de la sala con el teléfono ya pegado a la oreja antes siquiera de llegar a la puerta.

Esa misma tarde, con la medida cautelar todavía fresca y una sensación de alivio que no me duró ni dos horas, salí a caminar por la costanera de Lavalle, sola, mientras esperaba a que Reguera terminara unos trámites en el juzgado.

Empezaba a oscurecer —esa hora incierta del otoño en que las calles todavía no han encendido todas sus luces pero ya no es del todo de día— y fue en ese crepúsculo cuando noté, por primera vez, los pasos.

No era paranoia, aunque durante los primeros metros intenté convencerme de que sí lo era.

Alguien caminaba detrás de mí, a media cuadra de distancia, manteniendo siempre la misma separación, deteniéndose cuando yo me detenía frente a un escaparate, acelerando el paso en el momento en que yo lo hacía.

Crucé la calle sin ninguna necesidad real de hacerlo, solo para confirmar, y los pasos cruzaron también: un poco más tarde de lo que hubiera sido natural si esa persona se dirigiera realmente, como yo, a algún otro lugar.

El corazón empezó a latirme de una forma que, lamentablemente, ya me resultaba demasiado familiar.

Entré en el primer comercio que encontré abierto —una zapatería a punto de cerrar— y me quedé ahí, fingiendo mirar un par de zapatos que no necesitaba, mientras con el rabillo del ojo vigilaba la acera de enfrente.

La figura —un hombre con cazadora oscura y gorra, la capucha echada— se quedó en la esquina durante casi dos minutos completos, sin moverse, sin mirar el teléfono, sin hacer ninguna de las cosas que haría una persona que de verdad está esperando a alguien.

Luego, sin ninguna prisa visible, dio media vuelta y desapareció por una calle lateral.

—¿Necesita ayuda con algo? —me preguntó la vendedora, ya con las llaves en la mano, claramente lista para cerrar.

—No, disculpe. Ya me iba.

Salí, después de esperar unos minutos extra, y caminé rápido —casi corriendo— las cuatro cuadras que me separaban del juzgado, revisando cada esquina antes de cruzarla, con la respiración entrecortada de una forma que no tenía nada que ver con el esfuerzo físico.

Reguera me encontró así —agitada y pálida— y no tuve que explicarle mucho para que entendiera que algo había pasado.

—No puedes ir sola a ningún lado más —me dijo mientras me acompañaba de vuelta al coche, revisando él mismo cada esquina con una vigilancia que no le había visto hasta ese momento—. Ni en Punta Quieta, ni aquí, ni en ningún lado, hasta que esto termine.

No le dije que tenía razón —aunque la tenía— porque en el fondo, con el corazón todavía latiéndome tan fuerte que lo sentía en las sienes, ya había comprendido, de una manera que ninguna palabra de nadie más podría haberme explicado mejor, que la investigación había dejado de ser, hacía ya tiempo, algo que yo pudiera controlar desde una distancia segura.

Esa noche debería haber sido un alivio. No lo fue.

Volví a Punta Quieta ya de noche, sola, porque Reguera se había quedado en Lavalle escribiendo la nota que iba a publicar al día siguiente, y encontré, una vez más, algo fuera de lugar: esta vez no era la puerta, era el ligustro.

El hueco que Elena y yo habíamos desgastado a lo largo de once años de uso —ese pasaje diminuto entre las dos casas que solo nosotras dos conocíamos de memoria— estaba pisoteado, con ramas quebradas hacia mi lado del jardín, como si alguien lo hubiera cruzado deprisa y sin el cuidado que uno tiene cuando cruza un lugar que conoce bien.

Fantasma no estaba en la ventana.

Lo llamé por todo el jardín, con la voz cada vez más aguda, hasta que lo encontré media hora después, escondido debajo del cobertizo de herramientas, tan pegado a la pared que tuve que tirarme boca abajo en el suelo para alcanzarlo.

No tenía heridas. Pero temblaba de una manera que nunca le había visto, ni siquiera la noche del coche gris.

Alguien había entrado en mi jardín. Y el gato —mi único testigo silencioso de todo lo que estaba pasando— había sido testigo de algo más esa noche.

Coria vino esa misma noche, sin coche patrulla, en su coche particular, porque, como me dijo por teléfono, «esto ya no es un patrullaje de rutina».