El último testigo Chapter 4 #4
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Chapter 4 #4

—¿Puedes patrullar mi calle esta noche? —le pregunté, sintiéndome un poco ridícula al pedir esto en un pueblo donde la policía tiene un solo coche patrulla y a veces ni siquiera gasolina suficiente para las rondas de rutina.

—Pasaré dos o tres veces. Es todo lo que puedo ofrecerte.

Era, de hecho, más de lo que esperaba. Oí el coche patrulla pasar despacio a la una de la madrugada, y otra vez cerca de las cuatro, y esas dos pasadas, con las luces cortas iluminando mi cortina un segundo antes de seguir adelante, fueron lo único que me permitió dormir esa noche, mal, con Fantasma otra vez debajo de la cama y el aparador empujado de nuevo contra la puerta.

Por la mañana, con menos de cuatro horas de sueño encima y una taza de café que, por primera vez en toda la semana, sí me tomé entera, decidí hacer algo que tendría que haber hecho desde el principio: buscar a la sobrina nieta de Elena.

Se llamaba Valeria Duarte y vivía en Bahía Blanca, según el registro civil que Reguera había consultado.

La encontré en Facebook en menos de diez minutos; trabajaba en una inmobiliaria, tenía dos fotos de perfil de los últimos seis meses y ninguna publicación que hiciera referencia a la muerte de una tía abuela a la que, evidentemente, no le tenía demasiado apego.

Le mandé un mensaje corto, presentándome como vecina de Elena y preguntándole si podíamos hablar. Me contestó esa misma tarde, cosa que no esperaba.

Hola. Sí, la conocía, aunque no mucho, la vi tres o cuatro veces en mi vida. Mi abuela, su hermana, se peleó con ella hace como treinta años y no se hablaron más. ¿Pasó algo?

Le expliqué, lo mejor que pude en un mensaje de texto, sin entrar en todos los detalles, que Elena había muerto y que yo estaba intentando entender algunas cosas de su pasado, incluida la pelea con su hermana.

Uh, eso sí lo sé. Mi abuela decía que Elena «se metió en algo» en los setenta y que después de eso ya no volvió a ser la misma. Nunca dio detalles. Murió hace cinco años sin decir nada más.

Le pregunté si su abuela había dejado papeles, cartas, algo.

Tengo una caja en el armario con algunas cosas de ella. En realidad nunca la abrí. ¿Te sirve si te mando fotos de lo que hay dentro?

Le dije que sí, que me serviría muchísimo, y me quedé mirando la pantalla del teléfono durante los veinte minutos que tardó en mandarme las primeras fotos, con esa mezcla de ansiedad y culpa que da esperar, con todas tus fuerzas, que la vida de un desconocido contenga exactamente lo que necesitas.

Entre las fotos que Valeria me mandó esa noche, la mayoría sin interés, había una carpeta de plástico, de esas transparentes con cierre, que contenía solo tres hojas de papel. Le pedí que sacara una foto de cada una por separado, con la mejor luz posible.

La primera hoja era una carta, fechada en 1994 —quince años después de la desaparición de Marta—, escrita a mano con una letra que reconocí de inmediato: la de Elena, aunque más joven, más firme, sin el temblor que la edad le daría después.

Estimado editor: Le escribo porque hace quince años fui testigo de algo que nunca he podido sacarme de la cabeza, y que implica a una de las familias más poderosas de esta zona.

Sé que publicar esto podría tener consecuencias graves para mí, y por eso le pido, antes que nada, absoluta discreción sobre mi identidad hasta que podamos hablar en persona.

La carta continuaba con detalles que ya me sabía de memoria de tanto leerlos en el cuaderno y en la carta mecanografiada: la fiesta, los gritos, el botón, la amenaza.

Iba dirigida al director de un periódico provincial que ya no existía —había cerrado hacía años, como pude confirmar esa misma noche con una búsqueda rápida.

La segunda página era la respuesta, en papel con membrete, fechada apenas dos semanas después: Estimada señora: Agradecemos su interés en compartir información con esta publicación.

Lamentablemente, tras evaluar el caso, hemos decidido no proceder con la publicación, dado que se trata de hechos ocurridos hace más de una década sin ninguna prueba documental que los respalde.

Le sugerimos que, si cuenta con pruebas concretas, se ponga en contacto directamente con las autoridades competentes.

La tercera hoja no tenía membrete. Era una nota manuscrita, sin firma, con una letra completamente distinta a la de Elena, encontrada —según le había explicado Rosa a Valeria de manera bastante confusa— «en el buzón de Elena, la misma semana en que recibió esa carta del periódico»:

Señora Duarte: Hemos tenido conocimiento de su intento de contactar con la prensa.

Le recordamos, con el máximo respeto, que su esposo sigue trabajando para nuestra familia, y que su casa aún se levanta sobre un terreno que nosotros le proporcionamos hace años.

Confiamos en que esta situación no se repita.

Me quedé mirando la pantalla del teléfono durante lo que me pareció una eternidad, sintiendo que algo se hundía en lo más profundo de mí —algo mucho más pesado que cualquier otra cosa que hubiera descubierto hasta ese momento.

Elena no había guardado silencio solo por miedo, ni solo a cambio de un terreno, como ya sabía.

Había intentado hablar quince años después de los hechos, cuando su miedo original probablemente había empezado a ceder un poco con el paso del tiempo.

Había reunido el valor para escribir a un periódico, para arriesgarse a las consecuencias, y el mundo entero —el periódico que la rechazó por falta de pruebas, la familia que volvió a amenazarla en cuanto se enteró— le había cerrado esa puerta con la misma eficacia que la primera vez.

No fue solo una vez que Elena decidió callar. Fueron, al menos, dos. Y la segunda vez —la que más me dolió al enterarme— no fue por cobardía. Fue porque el mundo, cuando por fin reunió el valor para hablar, no le dio ningún lugar donde ser escuchada.

Apagué el teléfono y me quedé sentada en la oscuridad de mi cocina durante mucho más tiempo del que puedo decir, pensando en cuántas veces, a lo largo de toda una vida, una persona puede reunir el valor para decir la verdad antes de que ese valor —agotado de chocar una y otra vez contra el mismo muro— se apague por completo.

Las fotos que me envió Valeria eran, en su mayoría, papeles sin importancia: recibos viejos, una cuenta de ahorros cerrada en 1994, fotos de la playa con gente que ya no reconocía.

Pero entre las últimas fotos —casi al fondo de la caja, según me dijo— había una carta manuscrita, sin fecha, con una letra distinta a la de Elena: más grande y más descuidada.

Elena: No voy a volver a hablarte hasta que digas la verdad.

Sé que tú también sabías lo del comisario Ferreira y que le dio dinero a la familia Zabaleta para cerrar el caso.

Sé que a ti también te pagaron —con el terreno donde después construiste tu casa.

No te juzgo por haber tenido miedo. Te juzgo por haber dejado pasar cuarenta años sin decir nada, mientras la madre de esa chica moría esperando una respuesta que tú podrías haberle dado. —Rosa

Leí esa carta cuatro veces, sentada en la cocina, con el teléfono temblando ligeramente en mi mano —no de miedo esta vez, sino de algo más parecido a la decepción.

Elena no solo había callado por miedo. Le habían dado algo a cambio de su silencio. El terreno donde se levantaba su propia casa —mi vecina de once años, con la que compartía el mate de los domingos— era, según esta carta, un pago.

Le mostré la carta a Reguera esa misma tarde, cuando vino a buscarme para que fuéramos juntos a la audiencia de la medida cautelar, programada para las nueve de la mañana del día siguiente en Lavalle.

Se quedó un buen rato con el teléfono en la mano, sin decir nada, y cuando habló, su voz sonaba distinta, más cansada.

—El comisario Ferreira murió en 1998. Yo lo conocí. Cubrí su jubilación para el periódico en el 95 —una nota bonita, con foto y todo —. Negó con la cabeza—. Si esto es cierto, no fue solo Aurelio Zabaleta quien orquestó el silencio. Fue todo el pueblo, policía incluida.

—¿Eso cambia algo para la audiencia de mañana?

—No. Si acaso, lo refuerza: hay un patrón de encubrimiento institucional, no un caso aislado —dijo Reguera.

Me miró, y por primera vez desde que lo conocía, creí ver algo parecido a la culpa en su rostro—.

Yo también fallé, Ana. Cubrí esa historia de jubilación sin hacer una sola pregunta incómoda.

Tenía veintitrés años cuando empecé con esto, y aprendí rápido que en Punta Quieta hay preguntas que no debes hacer si quieres seguir trabajando en la zona.

No supe qué decirle. No me correspondía juzgarlo, y no estaba tan segura de que, en su lugar —con veintitrés años y toda una carrera por delante— yo hubiera hecho algo distinto.

—Elena tampoco tuvo una elección fácil —dije, finalmente, más para mí misma que para él—. Un terreno, o la ruina de su marido. El silencio, o quedarse sin nada en un pueblo que no iba a darle trabajo nunca más.

—Eso no devuelve a Marta a la vida.

—No. Pero Elena tampoco la mató.

Reguera asintió despacio, y volvimos a guardar la carta en la carpeta junto con todo lo demás, sin decir nada más sobre el tema durante el resto de la tarde.

Esa misma noche, antes de dormir, Reguera me pasó un número de teléfono que había guardado durante décadas y apenas había usado: el de Norberto Elizalde, el primo de Marta, la única persona de la familia que seguía viva y con quien Reguera había hablado —brevemente— en los noventa, para un artículo que nunca se publicó.

Lo llamé al día siguiente, sintiéndome más nerviosa de lo que me gustaba admitir. Contestó un hombre con voz cansada; se presentó en cuanto dije mi nombre, como si hubiera estado esperando toda su vida una llamada como esta y ya no le sorprendiera que por fin hubiera llegado.

—¿Encontraron algo? —preguntó, antes de que yo terminara siquiera de explicar quién era.

—No puedo asegurarlo todavía. Pero sí, tenemos motivos para creer que hay información nueva sobre lo que le pasó a Marta.