El último testigo Chapter 4 #3
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Chapter 4 #3

No llegamos antes de que cerrara el juzgado.

Llegamos a las cinco y veinte de la tarde, con el sol ya bajo y la mesa de entradas bajando las persianas, y tuvimos que volver al día siguiente, temprano, con el cuaderno, la carta y las fotos metidas en una carpeta que Reguera había comprado por el camino, como si una carpeta le diera al asunto una seriedad que la caja de zapatos no tenía.

La doctora Solanas nos recibió durante cuarenta minutos, entre dos audiencias, con esa atención dividida propia de quienes están realmente muy ocupados y aun así deciden hacerte un hueco.

—Esto es una pista —dijo, después de leerlo todo, con la carta de Elena en la mano izquierda y el cuaderno en la derecha, como si los estuviera sopesando—.

No es una prueba. Pero es una pista seria: tiene fecha, nombre, un elemento físico —el botón— y una desaparición documentada en los registros de aquella época.

—Puedo solicitar una medida cautelar para paralizar el movimiento de tierras mientras se evalúa una excavación forense.

—¿Cuánto tiempo llevará eso? —pregunté.

—Si todo sale bien, tres o cuatro días.

—La construcción empieza en cuatro días.

Solanas levantó la vista de los papeles.

—Entonces vamos a tener que darnos prisa.

Regresamos a Punta Quieta esa misma tarde. Reguera me dejó en mi casa y continuó hacia la suya, en Lavalle, prometiendo llamar en cuanto supiera algo sobre la medida cautelar.

Fantasma me esperaba en la ventana, como todas las tardes desde que vivía conmigo, aunque esa tarde había algo distinto en su postura: las orejas hacia atrás, el cuerpo agachado, en esa posición que cualquiera que haya convivido con un gato reconoce sin necesidad de explicación.

Había un coche aparcado frente a mi casa. Gris, con los cristales tintados, sin ninguna razón aparente para estar allí, en una calle por la que solo pasan los coches de los vecinos y, en enero, los de turistas que se pierden buscando la playa.

Salí de mi coche despacio, sin quitarle los ojos de encima al otro, y la ventanilla del conductor bajó justo cuando yo estaba a medio camino entre mi verja y la puerta de entrada.

—¿Ana Sardá? Disculpe que me acerque así, de improviso. Le prometo que no tengo intenciones siniestras.

Lo dijo con una sonrisa fácil, casi tímida, la sonrisa de alguien acostumbrado a saber que su mera presencia puede resultar intimidante y que se esfuerza, con calidez sincera, por desactivar esa sensación antes de que crezca.

Se bajó del coche —cosa que yo no esperaba— y me tendió la mano con un gesto abierto, casi cordial.

—Gonzalo Zabaleta.

Tendría unos sesenta años, bien vestido sin resultar ostentoso, con gafas de montura fina que le daban un aire de profesor universitario más que de empresario.

—Sé que, en este pueblo, el apellido todavía arrastra connotaciones que no me corresponden solo a mí.

No le estreché la mano. No pareció ofenderse; retiró la mano con la misma naturalidad con la que la había ofrecido, como si estuviera acostumbrado a que la gente reaccionara así y hubiera aprendido hace tiempo a no tomárselo como algo personal.

—¿Qué quiere?

—Solo charlar. Nada más.

Se apoyó en el coche, con las manos en los bolsillos, en una postura relajada que contrastaba extrañamente con la tensión que yo sentía en cada músculo de mi cuerpo.

—Me enteré de que ha estado preguntando por mi familia. Por mi padre, sobre todo.

—Preguntas sobre una chica que desapareció en 1979.

Algo cruzó por su rostro, apenas un segundo, tan rápido que si no lo hubiera estado mirando con atención me lo habría perdido: no era ira ni miedo, sino algo más parecido a un cansancio muy hondo, el cansancio de quien lleva mucho tiempo cargando con una sospecha que nunca ha podido confirmar del todo.

—Yo tenía ocho años en el 79, señora Sardá. Vivía con mi madre en Buenos Aires; mis padres ya estaban separados para entonces.

Hizo una pausa, y durante un momento pareció, genuinamente, más triste que amenazante.

—De mi padre sé lo que sabe todo el mundo: que era un hombre de personalidad fuerte —lo que en aquella época significaba muchas cosas distintas— y que, para ser honesto, nunca me atreví a escarbar demasiado en su pasado. A veces uno prefiere no saber, ¿entiende?

—Es una forma conveniente de no saber.

—Es la forma humana de no saber, que no siempre es lo mismo que la forma fácil.

Sonrió, sin hostilidad alguna, con la paciencia de quien ha escuchado esa acusación antes y aprendió a no defenderse con demasiada vehemencia.

—Mire, no vine aquí a amenazarla, aunque entiendo que pueda parecerlo: un tipo que se presenta así, sin avisar, frente a su casa.

—Vine a pedirle, con toda la honestidad de la que soy capaz, que si encuentra algo, me lo diga primero a mí. No para encubrir nada. Para que, si es necesario, yo pueda hacerme responsable de lo que mi apellido le debe a este pueblo.

Me quedé mirándolo, sin saber —por primera vez desde que todo esto había empezado— si estaba frente a un hombre peligroso disfrazado de bueno, o frente a un hombre sinceramente dividido entre la lealtad a la memoria de su padre y la sospecha, nunca confirmada, de lo que ese padre pudo haber hecho.

—Le dejo mi tarjeta —dijo, sacándola del bolsillo interior de la chaqueta con un gesto suave, nada amenazador—. Los proyectos de construcción de los Zabaleta dan trabajo a cuarenta familias de este pueblo en pleno invierno, señora Sardá.

—No lo digo como amenaza. Lo digo porque, sea lo que sea que encuentre, tendrá consecuencias para gente que no tiene absolutamente nada que ver con lo que pasó hace cuarenta y cinco años, y me gustaría que lo tuviera en cuenta.

Se subió al coche sin prisa, y antes de arrancar, bajó la ventanilla una vez más.

—Lamento mucho lo de su vecina. Espero que encuentre las respuestas que busca. Espero que no sean las que yo me estoy imaginando.

El coche se alejó despacio y desapareció por el paseo marítimo hacia el pueblo, dejándome con la tarjeta en la mano y una sensación mucho más inquietante que el simple miedo que había esperado sentir: la sensación de no saber, sin certeza alguna, si acababa de hablar con un cómplice o con la única otra persona en Punta Quieta que también quería, tanto como yo, llegar hasta el fondo de la verdad.

Entré en mi casa con las piernas temblándome como no me habían temblado ni el día que encontré a Elena, y en cuanto cerré la puerta, Fantasma bajó del alféizar de un salto y se pegó a mis piernas, maullando bajito, como si él también necesitara asegurarse de que yo seguía entera.

No pude comer esa noche. Me serví un plato de fideos con mantequilla —lo único que me apetecía cocinar— y me quedé mirándolo enfriarse sobre la mesa, exactamente igual que el café de Cecilia, exactamente igual que el de Reguera en la estación de autobuses, como si toda esta historia se empeñara en dejar constancia, plato tras plato, de todo lo que quedaba sin terminar.

Llamé a mi hermana, aunque ya era tarde. Contestó al segundo tono, con esa voz de quien llevaba un rato esperando la llamada.

—Se paró un coche justo delante de mi casa. El mismísimo Gonzalo Zabaleta.

—Ana, por Dios. ¿Estás bien?

—Estoy bien. Solo un poco rara, más que asustada.

—¿Qué te dijo?

Le conté todo, palabra por palabra, hasta donde pude recordar, y al otro lado de la línea hubo un largo silencio, pero no el que yo esperaba.

—Ana. Eso no suena a amenaza.

—No sé a qué suena, la verdad. Fue amable. Demasiado amable. Me dejó una tarjeta, se disculpó por lo que pasó con Elena y me dijo que esperaba que las respuestas que encuentre no sean las que él imagina.

—Eso podría ser sincero. O podría ser la forma más inteligente de manipularte que se le haya ocurrido.

—Ese es exactamente el problema, Cecilia. No sé cuál de las dos es.

—No vengas ahora —dije, adelantándome, aunque todavía no se había ofrecido a venir—. Mañana. De día. Prometo cerrar bien la puerta.

Colgamos, y me quedé ahí en la cocina, con Fantasma en el regazo, repasando mentalmente cada palabra de la conversación con Zabaleta, buscando algo que se me hubiera escapado.

Había una cosa, en particular, que no dejaba de darme vueltas en la cabeza: la rapidez con que había averiguado mi nombre completo, mi dirección y el hecho de que estaba haciendo preguntas.

Nadie fuera de Coria, Reguera y mi propia hermana sabía exactamente qué estaba investigando.

Eso significaba que alguien, en algún punto de esa cadena, no era tan de fiar como yo había dado por sentado. O que Zabaleta tenía más ojos y oídos en el pueblo de los que nadie habría imaginado para una familia que, según todos, ya no tenía el mismo poder que en los setenta.

Y había algo más, todavía más inquietante, que tampoco podía quitarme de la cabeza: la posibilidad de que Gonzalo Zabaleta no estuviera actuando en absoluto, que su tristeza al hablar de su padre, su oferta de hacerse cargo, su petición de ser el primero en saber, fueran exactamente lo que parecían, y que yo, con toda mi desconfianza acumulada, estuviera a punto de tratar como enemigo al único hombre de esa familia dispuesto a enfrentarse a lo que había pasado.

Ninguna de las dos posibilidades me dejó dormir tranquila.

Esa noche llamé a Coria, no porque esperara que pudiera hacer mucho, sino porque necesitaba contárselo a alguien de uniforme, aunque fuera solo el uniforme de una patrulla de martes por la noche.

—Eso no es una amenaza —me dijo, después de escucharlo todo—. Legalmente hablando, quiero decir. Un tipo te dice que pienses de qué lado de la historia quieres estar. Un abogado del bufete de Zabaleta te dirá que es solo una opinión.

—Fue una amenaza, Fabián. Lo vi en su cara.

—Te creo. Pero no puedo presentar una denuncia basándome en «lo vi en su cara».

Tenía razón, y eso era lo más frustrante de todo: que Zabaleta sabía exactamente hasta dónde llegar sin cruzar ninguna línea que pudiera fotografiarse o grabarse.