Chapter 4 #2
Anoté el detalle para contárselo a Reguera en cuanto volviera a hablar con él, y esa noche, por primera vez desde la muerte de Elena, soñé con Marta Elizalde: una chica a la que nunca había visto en persona, con un rostro que mi mente había inventado a partir de la única foto que conocía de ella, corriendo por una playa que, en el sueño, no tenía límites visibles, como si pudiera correr eternamente sin llegar nunca a ningún sitio.
Volví a Punta Quieta esa misma tarde, contra el consejo de Cecilia, que insistía en que me quedara un par de días más «hasta que las cosas se calmaran», aunque ninguna de las dos sabía realmente qué eran esas cosas ni cómo iban a calmarse.
Fui directa a la comisaría.
Coria estaba de guardia —otra vez— porque en Punta Quieta parece que para él siempre es martes. Dejé el cuaderno sobre su escritorio, abierto por la página del 14 de marzo, sin decir nada todavía.
Lo leyó dos veces. Me di cuenta por cómo movía los ojos, arriba y abajo, más despacio la segunda vez.
—Esto no prueba nada —dijo al fin, pero ya no con aquel tono de guardia aburrido que había tenido la primera vez que hablamos.
—Es la prueba de que Elena tenía miedo de algo concreto, con nombre y apellido, seis semanas antes de morir al pie de una escalera con una barandilla que no debería haber cedido.
—Ana.
—Y es la prueba de que ese algo tiene que ver con una obra que va a empezar en dos semanas en el lugar donde probablemente está enterrada Marta Elizalde.
Coria se quedó mirando el cuaderno un momento, sin tocarlo, como si tocarlo implicara un compromiso que todavía no estaba dispuesto a asumir.
—Voy a hacer una llamada —dijo al fin—. A un conocido en Lavalle. No puedo prometer nada.
No era mucho. Pero después de una semana entera sin que nadie me creyera del todo, tampoco era nada.
Esa noche, cuando llegué a casa, encontré la puerta de entrada entreabierta.
No la había dejado así. Estaba completamente segura, porque desde la muerte de Elena me había vuelto obsesiva con las cerraduras, como una se vuelve obsesiva con aquello que más teme perder.
Entré despacio, con el corazón en un puño, buscando cualquier cosa fuera de lugar. La casa estaba tal como la había dejado. Nada roto, nada revuelto.
Fantasma no estaba en su sitio de siempre, frente a la ventana.
Lo encontré en el dormitorio, debajo de la cama, con el lomo arqueado y un bufido sordo que no le había oído nunca, ni siquiera el día que lo traje a casa.
No se calmó hasta que eché la llave dos veces y empujé la cómoda contra la puerta: un gesto absurdo, sin ninguna lógica defensiva, pero esa noche fue lo único que me permitió, muy tarde y muy mal, quedarme dormida.
Abrí el sobre a la mañana siguiente, a plena luz del día, con la puerta cerrada con llave y el móvil cargado sobre la mesa, como si esas dos precauciones fueran a servir de algo si alguien de verdad quisiera entrar.
Dentro había una sola hoja, escrita a máquina en la Olivetti verde, sin firma.
Marta trabajaba los sábados en la casa grande, sirviendo las comidas cuando había invitados. Aquel sábado había gente importante, gente de Buenos Aires, y don Aurelio había bebido de más, lo cual en aquella casa no era ni novedad ni escándalo; simplemente formaba parte del sábado.
Estaba en el cuarto de costura, terminando un arreglo para la señora de la casa, cuando oí los gritos. No pude distinguir las palabras, pero reconocí el tono: era el de alguien que pide ayuda, no el de quien discute.
Salí al pasillo. Vi a don Aurelio empujando a Marta contra la pared de la galería, y a Marta forcejeando para liberarse, y en esa lucha algo se rompió: un botón, que salió volando y cayó a mis pies.
Marta corrió hacia la playa. Don Aurelio se quedó allí, respirando con dificultad, y cuando me vio en el pasillo, me dijo, con una calma que todavía hoy me da escalofríos:
—No viste nada, Elenita. Y si alguna vez ves algo, recuerda que tu marido trabaja en mi obra, y que solo hay una familia en este pueblo que da trabajo.
Marta no volvió esa noche. Nunca volvió. Al día siguiente, la familia dijo que se había ido a Buenos Aires con un novio, y la policía, que también le debía favores a don Aurelio, no hizo muchas más preguntas.
Me quedé con el botón. No sé por qué. Tal vez porque era lo único que demostraba que no había soñado esa noche.
Nunca hablé, porque tenía miedo, y porque Hugo sí trabajaba en el taller, y porque en un pueblo chico, el miedo no necesita renovarse cada día: basta con sentirlo una vez, y se queda ahí, viviendo con uno, como una segunda piel.
Ahora sé que me estoy muriendo, no de nada en particular, solo de vieja, y no quiero irme sin que alguien sepa que Marta Elizalde no se fue a Buenos Aires con ningún novio.
Se quedó en Punta Quieta. Y sospecho, aunque no puedo probarlo, que se quedó bajo el jardín de la casa grande, ese jardín que don Aurelio mandó renovar por completo apenas dos semanas después de esa noche, con unos movimientos de tierra que nadie cuestionó en su momento.
Releí la página tres veces. Cada vez, la tipografía apretada de la Olivetti parecía pesar un poco más.
Fantasma, que hasta entonces había estado durmiendo en el respaldo del sillón, bajó de un salto sin que yo lo llamara y se sentó justo encima del sobre vacío, como si quisiera taparlo, o como si él también necesitara algo sólido bajo el cuerpo.
Se quedó ahí un buen rato, sin ronronear, mirándome con esos ojos amarillos que nunca llegué a descifrar del todo.
No hice nada esa mañana. Todavía no llamé a Reguera, no llamé a Coria, no hice ninguna de las cosas que la urgencia de la historia probablemente exigía.
Me quedé sentada en la cocina, con el sobre vacío bajo el gato y la hoja mecanografiada todavía en la mano, viendo cómo la luz de la mañana avanzaba despacio por la mesa, empujando las sombras centímetro a centímetro, hasta que el sol dio de lleno sobre la Olivetti que había traído la noche anterior, todavía sin funda, como si esa máquina también necesitara, por una vez, tomar un poco de aire.
Me preparé un café, sin apuro, siguiendo el ritual completo que Elena me había enseñado sin darse cuenta de tanto repetirlo cada domingo: el agua justo antes de hervir, nunca del todo hervida, el café molido fino, esperar exactamente tres minutos.
Me tomé la taza entera, algo que no había logrado hacer con ninguna bebida en días, sentada frente a la ventana, mirando el jardín de Elena del otro lado del ligustro, ese jardín que ya empezaba a crecer salvaje sin nadie que lo cuidara, las plantas que ella había elegido con tanto esmero ahora extendiéndose en todas direcciones, sin ningún orden.
Pensé en lo extraño que era estar sentada ahí, en mi propia cocina, sabiendo algo que ningún otro ser humano vivo sabía todavía, excepto, quizás, la persona que había matado a Marta Elizalde hacía cuarenta y cinco años y que probablemente seguía convencida de que su secreto había muerto, de una vez por todas, con Elena.
También pensé en lo poco que todavía sabía sobre cómo iba a usar esa información, sobre a quién contarle primero, y sobre qué consecuencias desataría en un pueblo de cuatro mil personas que, hasta esa misma mañana, creían conocer ya toda su historia.
Después de lo que pareció una eternidad, el gato bajó del sobre, se estiró con esa lentitud teatral que poseen todos los gatos del mundo, y vino a sentarse contra mi pierna, con el mismo peso cálido y familiar de siempre, como si me estuviera diciendo, a su manera silenciosa, que era hora de ponerse en marcha.
Llamé a Reguera esa misma mañana y le leí la carta por teléfono, palabra por palabra, mientras él, del otro lado, permanecía tan callado que le pregunté dos veces si seguía ahí.
—Voy para Punta Quieta —dijo finalmente, con la voz ronca—. Salgo ahora.
Llegó al mediodía. Nos sentamos en mi cocina, con Fantasma observando desde el aparador, y Reguera leyó la carta con sus propios ojos, despacio, como si necesitara verificar con las manos algo que ya había escuchado.
—Cuarenta y cinco años —dijo cuando terminó—. Cuarenta y cinco años buscando esto, y aparece así nomás, en una caja de zapatos, gracias a un zócalo suelto y un gato.
—¿Qué hacemos ahora?
—Ahora, tenemos que ser cuidadosos —dijo Reguera, pasándose la mano por el pelo blanco—.
Gonzalo Zabaleta no es su padre. No tiene el mismo poder que tenía Aurelio en los setenta.
Pero tiene abogados, y tiene un proyecto multimillonario planeado para el terreno donde, si estamos en lo cierto, está enterrada Marta.
—¿Y si hacemos la denuncia antes de que empiecen a excavar?
—Si hacemos la denuncia antes de tener algo más sólido que la palabra de una mujer muerta, Zabaleta va a tener tiempo de sobra para adelantar el proyecto, excavar lo que haya que excavar, y después no nos va a quedar nada —Reguera dobló la hoja con un cuidado casi religioso—.
Necesitamos que alguien autorice una excavación oficial antes de que arranquen las máquinas.
Y para eso, necesitamos algo más que una carta sin firma legal.
—El cuaderno tiene su letra. Se puede peritar.
—Se puede. Lleva tiempo. Y el tiempo es, precisamente, lo que no tenemos.
En ese momento, mirando el calendario colgado en mi heladera, caí en algo que había pasado por alto: la fecha de inicio de la segunda fase de la obra, el movimiento de tierra, era exactamente el sábado siguiente. Cinco días.
Cinco días. Reguera los contó en voz alta, usando los dedos, como si contarlos de nuevo fuera a estirarlos.
—Una jueza de instrucción puede ordenar una excavación de urgencia si hay riesgo de pérdida de pruebas. Conozco a una en la calle Lavalle, Beatriz Solanas. Trabajamos juntos en un caso de tierras hace ocho años. No puedo prometer que nos reciba, pero puedo pedirle una reunión.
—¿Cuándo?
—Mañana. Si salimos ahora, llegamos antes de que cierre el juzgado.