El último testigo Chapter 4
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Chapter 4

Dentro de la caja había, en este orden: un cuaderno de tapa dura —de esos que ya no se consiguen— con las páginas amarillentas y la tinta corrida en algunas líneas; siete fotografías en blanco y negro, todas de la misma casa —una mansión grande de dos plantas con porche— tomadas en distintas épocas del año; un botón grande de nácar, de los que se usaban en las chaquetas de caballero de otra época, con un hilo todavía pegado; y un sobre cerrado, sin dirección escrita, sellado con cinta adhesiva que el tiempo había vuelto quebradiza.

No abrí el sobre. Todavía no. Abrí el cuaderno.

La letra de Elena —esa letra apretada y prolija de costurera— llenaba apenas las primeras diez páginas. El resto estaba en blanco, como si hubiera empezado a escribir muchas veces y otras tantas hubiera cambiado de opinión antes de llegar muy lejos.

Las entradas seguían así, esporádicas, breves, como si Elena hubiera vuelto a ese cuaderno solo en esos momentos en que el silencio se volvía insoportable y necesitaba —aunque fuera en privado— decirle algo a alguien.

3 de abril, decía una de las entradas del medio. Hugo vino a decirme que le habían ofrecido un trabajo en el taller de los Zabaleta. Le dije que sí, que lo aceptara, con una voz que no parecía la mía. Ninguno de los dos dijo en voz alta por qué esa oferta había llegado justo ahora.

9 de junio, decía otra entrada, de un año distinto, a juzgar por la tinta más desvaída.

Hoy pasé por delante de la casa grande. Estaban terminando de plantar el jardín nuevo.

La señora Zabaleta me saludó desde el porche, como si fuéramos amigas de toda la vida.

Le devolví el saludo. No sé qué otra cosa podría haber hecho.

Las entradas seguían así —espaciadas, breves— hasta la última, fechada apenas seis semanas atrás, la letra ya temblorosa por la edad pero tan prolija como siempre:

Cuarenta y cinco años de silencio. Hace cuarenta y cinco años este mes.

Ya no tengo fuerzas para seguir siendo la única que sabe.

Voy a contarle a Reguera, como corresponde, con nombre y apellido, y después que el mundo haga lo que quiera con eso.

Si me pasa algo antes, todo lo que hace falta está en esta caja.

El botón es de Aurelio Zabaleta. Se lo arranqué esa noche, sin darme cuenta, cuando lo empujé para que me soltara.

Cerré el cuaderno. Fantasma, a mis pies, dejó de ronronear.

Me quedé una eternidad —o eso me pareció— en el suelo del armario, con la caja abierta a mi lado, tratando de entender exactamente qué acababa de leer.

No era una confesión de culpa —no del todo—.

Era más bien el último tramo de una carrera que Elena había estado corriendo a cámara lenta durante cuarenta y cinco años, hasta llegar, casi sin fuerzas, a una meta que ya no iba a poder cruzar.

Afuera, en la calle, un coche pasó despacio frente a la casa —más despacio de lo necesario en una calle donde no hay nada que mirar— y por primera vez desde la muerte de Elena, sentí, con una claridad que no dejaba lugar a dudas, que alguien más sabía que yo estaba ahí dentro.

Esa noche no dormí en mi casa. Me fui a lo de mi hermana en Lavalle, con la caja de zapatos metida en el fondo de mi bolso de lona y Fantasma protestando en su transportín todo el camino, como si entendiera que algo se había roto y quisiera dejarlo perfectamente claro.

Mi hermana se llama Cecilia; tiene dos hijos adolescentes y una paciencia con el mundo que yo nunca tuve.

Es cuatro años menor que yo, y sin embargo desde que éramos chicas me trata con esa mezcla de cariño y exasperación que las hermanas menores reservan para las mayores que insisten en meterse en líos.

Le conté todo, sentada en su cocina, mientras los chicos miraban algo en la otra habitación con el volumen demasiado alto para esa hora de la noche, y ella me escuchó sin interrumpirme ni una sola vez —lo cual era raro en ella, porque suele cortar el relato de cualquiera para meter su propia opinión—.

Cuando terminé, se quedó mirando el cuaderno que yo había dejado sobre la mesa, sin tocarlo, como si tocarlo fuera aceptar que todo esto era real.

—Andá a la policía —me dijo en cuanto terminé.

—Fui. Coria me dijo que el caso está cerrado.

—Andá a la comisaría de Lavalle, no a la de Punta Quieta. O mejor, consultá con un abogado.

—Todavía no sé qué tengo. Un cuaderno con entradas que no se sostendrían en un juicio. Un botón. Fotos de una casa.

—Tenés un nombre. Aurelio Zabaleta.

—Tengo el nombre de alguien que a lo mejor lleva veinte años muerto, qué sé yo.

Cecilia se quedó en silencio un momento, sirviendo café que ninguna de las dos iba a terminar, como si en esta historia el café estuviera sistemáticamente destinado a enfriarse sin cumplir su propósito.

—¿Y si no está muerto?

—Y si lo está, ¿qué? Todavía hay una familia. Todavía hay una empresa. Todavía hay algo.

—Ana. —Cecilia me tomó la mano, con esa firmeza que solo se permite entre hermanas—. Te conozco. Ya decidiste que vas a seguir adelante con esto, pase lo que pase. Solo te pido que tengas cuidado. No vayas a ningún lado sola sin avisarme.

No supe qué decir. Esa pregunta —y esa mano apretando la mía— me acompañó toda la noche, en el sofá cama de mi sobrino, con Fantasma acurrucado contra mis piernas como si él también estuviera haciendo guardia.

A la mañana siguiente busqué en Google el apellido Zabaleta —algo que debería haber hecho el primer día y que, por alguna razón que todavía no logro explicarme del todo, no se me había ocurrido hasta esa madrugada de insomnio—.

Aurelio Zabaleta había muerto en 2011. Tenía noventa y dos años. Una breve esquela en el diario de Lavalle lo describía como «pionero del desarrollo turístico costero» y enumeraba, entre sus familiares sobrevivientes, a su hijo Gonzalo Zabaleta y a sus nietos.

Gonzalo Zabaleta, en cambio, era mucho más parte del presente que del pasado.

Dirigía una empresa de desarrollo inmobiliario, Costa Grupo S.A.

, con sede en Buenos Aires, y tenía un proyecto activo —según el artículo más reciente que encontré, fechado apenas dos meses atrás— de construcción de un complejo de cabañas de lujo en un terreno de Punta Quieta que llevaba el nombre, sin ninguna sutileza, de «Residencial Los Zabaleta».

Pero eso no era todo. Cuanto más indagaba, más difícil me resultaba reconciliar la imagen que iba armando con la del villano que ya había empezado a construir en mi cabeza.

Durante años, Gonzalo Zabaleta había financiado una beca completa para dos estudiantes de Punta Quieta que quisieran ir a la universidad en Buenos Aires, sin más requisitos que un buen expediente académico.

Apenas dos años antes, había donado todo el dinero necesario para reparar el tejado de la escuela primaria del pueblo, que se caía a pedazos desde una tormenta de 2019.

Había una foto suya en la página de Facebook del ayuntamiento, repartiendo material escolar en persona al comienzo del curso, sonriente, con las mangas remangadas, rodeado de críos que claramente lo conocían de sobra y lo trataban con esa confianza que los niños reservan solo para los adultos que de verdad les caen bien.

No encontré un solo artículo en ninguna parte que hablara mal de él.

En cambio, encontré media docena que lo describían como «el empresario que nunca olvidó de dónde venía», una frase repetida casi textualmente en varios medios locales, como si alguien, en algún momento, hubiera acuñado esa expresión exacta y el resto del pueblo la hubiera adoptado sin rechistar.

Esa noche, mirando aquellas fotos, sentí algo que no esperaba sentir: duda. No sobre lo que Elena había escrito. Sino sobre si el hombre detrás de todas aquellas buenas obras podía ser también el que mandaba coches grises a aparcar frente a la casa de una vecina porque hacía demasiadas preguntas.

El terreno, según el artículo, era el solar de la antigua mansión familiar, demolida el año anterior para dar paso a la primera fase de la obra.

Demolida.

Releí la fecha. Un año atrás. Y la obra, según la nota, estaba a punto de entrar en su segunda fase —movimiento de tierras, decía textualmente— en cuestión de semanas.

Cecilia insistió en acompañarme de vuelta a Punta Quieta, y yo insistí, con igual terquedad, en que no hacía falta, así que llegamos a un acuerdo intermedio: ella se quedó dos días, durmiendo en mi sofá, mientras yo hacía lo único que sabía hacer bien cuando algo me superaba: ir a la biblioteca y perderme entre papeles viejos.

La biblioteca municipal de Punta Quieta alberga, en un sótano que huele a humedad y a polvo de otra época, la colección completa del periódico local, encuadernada en volúmenes de tapa dura que nadie ha consultado en años, salvo algún que otro historiador que aparece buscando una anécdota para un libro sobre la costa que nunca acaba de escribir.

Busqué el volumen de 1979. Marzo, concretamente.

El artículo sobre la desaparición de Marta Elizalde ocupaba apenas ocho líneas en la página cinco, encajado entre un anuncio de subasta de ganado y los resultados del torneo de petanca del club social.

«La joven M.E., empleada doméstica de 19 años, no regresó a su casa el sábado pasado.

Fuentes cercanas a la familia para la que trabajaba indican que la joven podría haberse ido a Buenos Aires en compañía de un novio sin identificar.

La policía no descarta ninguna posibilidad».

No descartan ninguna posibilidad. Y sin embargo, en las semanas siguientes, no encontré una sola línea más sobre el asunto. Ni en abril, ni en mayo, ni en el resto de aquel año. Era como si el caso, apenas mencionado, se hubiera evaporado del mismo periódico que lo había publicado.

—Eso es lo raro —me dijo Cecilia esa noche, cuando le conté lo que había encontrado—. No que cerraran el caso. Sino que ni siquiera intentaran seguir escribiendo sobre él.

—A menos que alguien les pidiera, muy claramente, que no lo hicieran.