El último testigo Chapter 3 #3
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Chapter 3 #3

Volvió a sus cartas, dando por cerrada la conversación con una contundencia que dejaba poco margen para la insistencia, y yo me quedé ahí un segundo de más, con la extraña sensación de haber tocado sin querer algo que ni siquiera sabía que existía.

Ese comentario quedó ahí, flotando, uno más entre tantos que los del pueblo me irían soltando sin querer en las semanas siguientes: pequeños fragmentos de una Elena que yo creía conocer por completo y que, de a poco, empezaba a revelarse como un rompecabezas con piezas que todavía no sabía cómo encajar.

El incendio del que Cufré no quería hablar terminaría siendo, meses después, mucho más que una anécdota al azar en la historia del pueblo —aunque esa noche todavía no tenía forma de saberlo.

Volví a casa despacio, con el viento de la tarde pegándome de frente —ese viento característico de Punta Quieta que los del pueblo llaman «la sudestadita» y que llega, sin falta, cada tarde de otoño, como si todo el pueblo respirara al ritmo del mar que lo rodea.

Esa noche no dormí. Fantasma tampoco, pero eso no era novedad.

Me quedé despierta pensando en la palabra que había usado Reguera —terminar de escribir algo— y en cómo Elena tenía una máquina de escribir Olivetti verde en el escritorio del cuarto de costura, una máquina que yo había visto encendida —es decir, con papel cargado— varias veces en los últimos meses, sin darle importancia, porque Elena a veces escribía cartas a su sobrina nieta de Bahía Blanca que nunca mandaba.

A las siete de la mañana, sin ducharme, me abrí paso por el ligustro a través del hueco que las dos habíamos desgastado de tanto usarlo durante once años, y entré a la casa de Elena con la llave que todavía tenía.

La cinta policial ya no estaba. Coria me había dicho dos días antes que el caso estaba cerrado, archivado como muerte accidental, sin intención de reabrirlo a menos que apareciera algo que lo justificara.

Adentro, la casa tenía ese silencio particular de las casas que quedan vacías de golpe de un día para el otro —un silencio distinto al de una casa que simplemente está vacía porque su dueña salió a hacer un trámite.

Los calendarios todavía mostraban el mes en curso.

Había un plato con dos galletas a medio comer en la mesa de la cocina —ahora duras— que nadie había tenido ganas de tirar.

El reloj de pared —uno de esos relojes de péndulo que Hugo había traído de un viaje— se había detenido, aunque nadie lo había tocado, en una hora que no tenía ningún significado especial: las cuatro y diecisiete.

Fui directo al cuarto de costura, evitando inconscientemente el lugar exacto de la escalera donde la había encontrado —un instinto que no sabía que tenía hasta que noté que estaba caminando pegada a la pared opuesta.

La Olivetti seguía ahí, cubierta con la funda de cuerina que Elena siempre le ponía por la noche, con esa devoción casi supersticiosa que algunas personas mayores tienen por los objetos que las acompañaron toda la vida.

Levanté la tapa. No había papel adentro.

Revisé los cajones del escritorio: hilo, agujas, una cinta métrica de costurera enrollada, facturas viejas —nada.

Me senté en la silla, frustrada, respirando el olor a tela vieja y naftalina que impregnaba todo el cuarto, y fue entonces cuando escuché a Fantasma —que me había seguido sin que me diera cuenta— rascando algo en el fondo del armario.

Me quedé un segundo mirándolo, desconcertada, porque recién entonces conecté algo en lo que nunca había pensado dos veces: en los once años que viví al lado de Elena, nunca había visto a ese gato entrar al cuarto de costura.

Ni una sola vez. Recorría toda la casa con la libertad absoluta que Elena le daba; dormía en cualquier cama, se subía a cualquier mueble, pero siempre se había mantenido fuera de ese cuarto específico —sentándose en el umbral como mucho, mirando adentro sin cruzar nunca el marco de la puerta— como si hubiera ahí un límite invisible que él mismo había decidido, años atrás, no cruzar.

No estaba arañando la puerta. Estaba arañando el zócalo.

Aparté las cajas de tela que Elena llevaba guardando allí vete a saber cuántos años, apilé tres rollos a un lado y me arrodillé frente al zócalo, en parte por curiosidad y en parte porque Fantasma seguía allí, persistente, con esa manera que tienen los gatos de convertir su propia obsesión en la emergencia de los demás.

El zócalo estaba suelto. No roto, no forzado: suelto de forma deliberada, como si alguien lo hubiera quitado y vuelto a colocar muchas veces a lo largo de los años. Deslicé los dedos bajo el borde y cedió hacia mí sin resistencia.

Dentro había un hueco de unos veinte centímetros entre el zócalo y la pared de ladrillo. Y en ese hueco, envuelta en una bolsa de nailon que alguna vez había sido transparente y ahora tenía el tono amarillento de todo lo que pasa demasiado tiempo lejos de la luz, había una caja de zapatos.

La saqué. Pesaba más de lo que parecía.

No la abrí en ese momento. Me quedé un minuto entero mirándola, con el corazón latiéndome como no lo había hecho en mucho tiempo, y Fantasma, satisfecho, se sentó sobre mis pies y empezó a ronronear por primera vez desde la muerte de Elena.