Chapter 3 #2
No insistí. Había algo en la forma en que lo dijo —rápido, casi de pasada— que me hizo entender que esa era toda la explicación que estaba dispuesto a dar por ahora, y que insistir habría sido una falta de respeto a la única confianza que este hombre, todavía prácticamente un desconocido, había decidido depositarme.
—Fui periodista —comenzó, ahora con una voz diferente, la voz que reserva, sospecho, para las historias que realmente sabe contar—.
Cuarenta años en el diario de Lavalle, hasta que lo cerraron.
Ahora escribo para una revista digital que paga poco pero me deja escribir lo que quiero, lo cual es un buen cambio, la verdad.
—¿Y qué tiene eso que ver con Elena?
Se tomó un momento para responder. No fue un silencio incómodo; fue más bien el silencio de alguien que organiza una historia que ha contado pocas veces y quiere contar bien.
—En 1979 desapareció una chica de por aquí.
Marta Elizalde. Diecinueve años —sacó una foto en blanco y negro del bolsillo interior de su chaqueta, doblada por la mitad tantas veces que el pliegue casi partía la cara de la chica en dos—.
Trabajaba en la casa de los Zabaleta, la familia que era dueña de media costa en ese momento, y un día de marzo dejó de aparecer.
La policía dijo que se había escapado con un novio a Buenos Aires.
La familia dijo lo mismo. Nunca más se supo de ella, nunca.
—¿Y Elena?
—Elena también trabajaba en esa casa. Hacía costura para los Zabaleta. Y fue la última persona que admitió haber visto a Marta con vida, antes de que se pusiera en marcha la versión oficial.
El café se enfrió sin que ninguno de los dos lo tocara.
—Cubrí esa desaparición cuando tenía veintitrés años y era el novato del diario —continuó—.
Y en cuarenta años nunca pude probar nada, porque nadie quería hablar.
Elena menos que nadie. Hace un mes, me llamó.
Era la primera vez en cuarenta años que se ponía en contacto conmigo por iniciativa propia.
—¿Qué te dijo?
—Que tenía algo para mí. Que me lo iba a dar, pero que tenía que terminar de escribir algo primero, porque quería contar la historia bien, no solo entregármela —Reguera miró por la ventana hacia la parada de autobuses vacía—.
Le pregunté qué era. Me dijo que todavía no, que la llamara en dos semanas.
La llamó. Nadie respondió. Y a la semana siguiente, encontraron a Elena muerta al pie de una escalera.
Salí del bar de la terminal con la cabeza llena de preguntas y sin ganas todavía de volver a mi casa vacía, así que caminé, sin prisa, por la única avenida con nombre de Punta Quieta —la costanera— a esa hora de la tarde en que el pueblo empieza a encender sus pocas luces.
Pasé por la panadería de la familia Correa, donde Don Aldo —que tiene setenta y pico y todavía amasa él mismo a las cuatro de la mañana— estaba medio cerrando las persianas, todavía con el delantal blanco puesto y cubierto de harina hasta los codos.
—Anita —me dijo, sin dejar de acomodar las últimas facturas en la vitrina—. Lo de Elena. Qué tragedia.
—Sí, Don Aldo.
—Venía todos los sábados, ¿sabés? Un pan de campo, piba, y dos pastelitos de membrillo.
Siempre los mismos dos. Cuarenta años pidiendo lo mismo —negó con la cabeza, con esa melancolía práctica de la gente que mide el paso del tiempo en pedidos repetidos—.
Ya no voy a tener que apartarle el pan del sábado.
Seguí caminando, y en la esquina de la farmacia —la única del pueblo— la señora Beba estaba bajando la persiana metálica, siguiendo el mismo ritual de siempre: primero el cartel de «cerrado», después la luz de la vidriera, después la persiana, en ese orden exacto, sin variar nunca, como si el orden mismo fuera parte del negocio.
—¿Cómo estás, Ana? —me preguntó, sin romper el ritual—. Te vi entrar al bar con Reguera. Hace mucho que no veo a ese hombre por aquí.
—Han pasado algunos años, sí.
—Cuando yo era chica, mi papá decía que Reguera era el único periodista de la zona con agallas para hacer preguntas que nadie quería responder —Beba terminó de bajar la persiana y la cerró con un chasquido seco—. Aunque después, con los años, parece que hasta él se cansó de preguntar.
Crucé la plaza, donde dos perros callejeros —Rengo y una perra sin nombre que todo el pueblo conocía simplemente como «la de Beba», aunque no pertenecía a nadie en particular— dormían acurrucados junto a su banco de siempre, ajenos al frío que empezaba a instalarse con la noche.
En verano, esa misma plaza se llenaba de turistas comiendo helado, familias enteras de Buenos Aires que alquilaban las mismas casas cada enero desde hacía generaciones, chicos en bicicleta zigzagueando entre las mesas del bar.
En abril, con la población del pueblo reducida a un cuarto de su tamaño veraniego, la plaza tenía ese silencio particular de los lugares hechos para mucha gente y de pronto ocupados por casi nadie.
Finalmente, pasé por el Náutico, el único bar verdaderamente social del pueblo, donde los jubilados ya se reunían a esa hora para jugar al truco, con la radio de fondo transmitiendo un partido de la B Nacional que a nadie parecía importarle demasiado pero que nadie apagaba tampoco.
Entre las mesas, reconocí al viejo Cufré, que había sido pescador toda su vida y que ahora, con las manos ya sin la firmeza necesaria para sostener una caña, pasaba las tardes allí, contando historias de mareas que, según él, eran más traicioneras cada año que el anterior.
—Elena se fue —me dijo mientras pasaba junto a su mesa, aunque yo no le había dicho una palabra—. Una buena mujer. Callada, pero buena.
—¿La conocía bien?
—Tanto como se conoce a alguien en un pueblo de este tamaño —Cufré barajó sus cartas sin mirarme—.
Aunque de ella, más que conocerla, recuerdo una cosa rara.
Nunca, en los cincuenta años que la vi caminar por la costa, la vi meterse a nadar en el mar.
Ni una sola vez. Y vivía a una cuadra y media de la playa.
—¿Entonces la conocía de antes? ¿Cuando era joven?
—Antes de que se casara, sí —Cufré hizo una pausa, la mirada perdida por un momento en algún punto detrás de mí, como si repasara mentalmente algo en lo que no había pensado en mucho tiempo—.
Elena trabajó un tiempo en la vieja conservera, la de aquí cerca, antes de dedicarse del todo a la costura.
Eso fue antes del incendio, ojo, porque si no me mezclo la historia.
—¿Qué incendio?
Cufré me miró con una expresión que no supe descifrar del todo —una mezcla de sorpresa y algo más parecido a la cautela.
—¿No sabés de eso? Bueno, mejor. Es otra historia, y bastante más vieja todavía que la de esa chica que se llevaron los Zabaleta. Preguntale a Doña Ester, si te interesa; ella sabe contarla bien. Yo prefiero no meterme en historias que no recuerdo del todo bien.