Chapter 3
El velatorio se celebró en la única funeraria del pueblo, Bianchi e Hijos, que en realidad ya no tiene ningún hijo trabajando allí, solo un Bianchi de setenta años y una sobrina que cubre los turnos de noche.
Fue breve, como suelen ser los velorios de quienes no tienen familia cerca: un par de vecinos, el cura que vino más por costumbre que por convicción, y yo, sentada en la segunda fila porque sentía que no me correspondía ocupar la primera.
Doña Ester, que vivía dos casas más abajo de la de Elena y que en cuarenta años de vecindad nunca había intercambiado conmigo más de dos frases seguidas, se sentó a mi lado a media tarde y se quedó mirando el ataúd con los ojos entornados, como si estuviera calculando algo.
—Conocí a Elena de joven —me dijo, sin que yo le preguntara nada—. Trabajaba de modista para la gente rica de la zona. Después de casarse, ya no tanto; se dedicó más a la gente del pueblo.
—¿Para qué familias trabajaba antes de casarse?
—Para los Zabaleta, sobre todo. Los que tenían la casa grande, la que luego tiraron —se santiguó de pronto, un gesto más reflejo que religioso—. Buena gente para pagar, mala gente para todo lo demás, decía mi madre. Pero de eso hace tanto que ya ni me acuerdo bien.
Para mí, en aquel momento, Zabaleta no era más que otro apellido entre los muchos que surgían de vez en cuando en las conversaciones de los mayores del pueblo, uno de esos nombres que flotan en la memoria colectiva sin estar anclados a nada concreto.
Elena no tuvo hijos. Había estado casada, según contaba ella, con un hombre llamado Hugo que murió hacía veinticinco años de un infarto mientras pescaba, sentado en su silla plegable, con la caña todavía en la mano cuando lo encontraron.
No tenía hermanos vivos. Tenía, según el registro civil de Punta Quieta, exactamente una sobrina nieta que vivía en Bahía Blanca y que envió una corona sin tarjeta y no vino al funeral.
A última hora de la tarde, cuando solo quedábamos Bianchi, la sobrina de Bianchi y yo, entró un hombre al que no conocía.
Tenía el pelo blanco, cortado al rape, y una forma de caminar que parecía medir cada baldosa antes de pisarla: el andar de alguien acostumbrado a entrar en lugares donde no siempre era bienvenido.
Se quedó un buen rato frente al ataúd, sin decir nada, con las manos entrelazadas a la espalda. Luego se acercó a mí.
—¿Era usted amiga de Elena?
—Vecina. Y amiga, sí.
—Tomás Reguera —me tendió la mano, seca y fría—. Trabajé con ella hace mucho tiempo. Bueno, no exactamente con ella. Cerca de ella.
No entendí qué quería decir, y él no parecía dispuesto a explicarlo allí, con Bianchi barriendo a dos metros y su sobrina apagando las luces una a una.
—¿Puedo llamarla? —me preguntó—. Hay algo que Elena tenía que darme, y ahora ya no podrá.
Anoté mi número en el reverso de una estampita que había en un montón junto al ataúd —no tenía otra cosa a mano— y él se la guardó en el bolsillo de la chaqueta con el cuidado de quien guarda algo mucho más importante que un número de teléfono.
Se fue sin decir cómo se había enterado del velatorio.
En Punta Quieta, en enero, quizá no hacía falta explicación.
En abril, con el pueblo medio vacío, la pregunta me dio vueltas en la cabeza toda la noche, compitiendo por mi atención con el gato, que había vuelto a sentarse frente a la puerta y que esa noche, por primera vez, maulló una sola vez —largo y grave— como quien empieza una frase que nunca termina.
Esa noche, después del velatorio, no pude dormir, y en lugar de darle vueltas a la investigación que aún no había empezado del todo, me descubrí haciendo algo mucho más sencillo y mucho más doloroso: recordar a Elena en vida.
Recordé el día que le enseñé a mandar mensajes de texto: un desastre de dos horas en el que insistió en escribir cada palabra completa, sin abreviaturas, con una meticulosidad de costurera aplicada incluso al teléfono, y terminaba todos los mensajes, sin falta, con un punto, como si estuviera rematando un dobladillo.
«Los puntos suspensivos son para la gente que no sabe terminar lo que empieza», me dijo una vez, muy seria, y me reí tanto que se ofendió durante casi media hora.
Recordé la vez que le llevé unos pantalones para que les hiciera el bajo, y ella, después de mirarlos apenas dos segundos, me dijo: «Estos pantalones no los compraste tú.
Te los compró alguien que no te conoce».
Tenía razón. Me los había regalado Martín, en uno de los últimos intentos de nuestro matrimonio por mantener la apariencia de ser un matrimonio, y Elena, sin saber nada de esa historia, lo había adivinado solo con mirar el largo mal calculado.
Recordé su risa, esa carcajada breve y sorprendida, como si la risa siempre la pillara desprevenida, y cómo se tapaba la boca con la mano derecha, la mano de coser, cada vez que algo le hacía gracia de verdad, como si la risa fuera algo que había que contener un poco, por si acaso, antes de soltarla del todo.
Recordé sus manos. Cómo enhebraba una aguja sin gafas, con casi ochenta años, con una precisión que a mí —con mi vista perfecta— me daba envidia.
Cómo, cuando pensaba, se tocaba el lóbulo de la oreja izquierda con el pulgar y el índice, un gesto tan automático que probablemente ni se daba cuenta de que lo hacía.
Recordé al gato. Cómo Elena, que se negaba a ponerle nombre, le hablaba todo el tiempo, en un tono de cariño burlón: «¿Qué miras?
», «No seas pesado», «Sal de ahí, que ese no es tu sitio», como si el nombre fuera lo único que se negaba a darle, pero todo lo demás —la comida a sus horas, una caricia detrás de las orejas, un sitio reservado en la cama en las noches frías— se lo daba sin restricciones.
—¿Por qué no le pones un nombre? —le pregunté una vez, viéndola preparar su comida con tanta devoción.
—Porque un nombre es una promesa, Anita. Y yo ya no hago promesas.
En aquel momento pensé que hablaba, en general, de la vejez, de la sabiduría de no comprometerse con nada que no estuvieras segura de poder cumplir.
Ahora, mirando atrás, con todo lo que sé, sospecho que hablaba de algo mucho más concreto y mucho más antiguo: una promesa rota que llevaba cuarenta y cinco años pesándole, y que la había convertido, para siempre, en alguien que prefería no volver a hacer ninguna promesa.
También recordé las cosas que nunca le pregunté.
Por qué no tuvo hijos, en un matrimonio que duró cuarenta y cinco años.
Por qué, llevando veinticinco años viuda, nunca volvió a salir con nadie —ni siquiera a tomar un café— en un pueblo donde las viudas de su generación solían rehacer su vida social bastante rápido.
Por qué, pudiendo haber vendido la casa y mudarse a algo más pequeño y fácil de mantener, se aferraba a aquella casa con una terquedad que, en su momento, me pareció solo una manía de vieja.
Nunca le pregunté por qué, en los paseos que hacíamos juntas por la playa los domingos de verano, siempre se desviaba hacia el sur, hacia las rocas, y nunca, en once años, caminamos hacia el norte, hacia la playa grande, donde estaba el balneario y donde la mayoría de los vecinos pasaban la tarde.
Nunca le pregunté por qué, cada invierno, echaba el cerrojo —además del pestillo normal— a la ventana del cuarto de costura que daba directamente al terreno donde había estado la casa grande de los Zabaleta, la única ventana de toda su casa que tenía ese cerrojo extra, instalado, como me dijo una vez de pasada, «hace mucho tiempo, ya ni me acuerdo cuándo».
En su momento, cada una de esas rarezas me pareció solo eso: otra rareza, una de tantas que cualquiera acumula a lo largo de una vida.
Ahora, después de todo lo que estaba a punto de descubrir en las semanas siguientes, sé que ninguna de esas rarezas fue una coincidencia.
Durante cuarenta y cinco años, Elena había construido toda una vida alrededor de un secreto, y ese secreto se filtraba —sin que ella pudiera evitarlo del todo— en cada pequeño hábito, cada ventana cerrada, cada playa que evitaba, como el agua que siempre encuentra una grieta por donde escapar.
Reguera me llamó tres días después, a la hora de la siesta, justo cuando me había convencido de que no iba a llamar.
—¿Tienes tiempo para un café? —preguntó, sin saludo, como si la conversación ya hubiera comenzado y yo simplemente me hubiera perdido el principio.
Nos encontramos en el bar de la terminal, que es el único bar de Punta Quieta que abre todo el año, porque los autobuses a Buenos Aires no siguen la temporada turística.
Reguera pidió un cortado y no lo tocó en todo el rato que hablamos.
Yo pedí uno con leche y tampoco lo toqué, más que nada por solidaridad nerviosa.
Antes de que pudiéramos hablar de Elena, mientras esperábamos los cafés, me contó —sin que yo se lo preguntara— que llevaba conduciendo desde las seis de la mañana porque no dormía más de tres o cuatro horas seguidas desde hacía semanas.
—Insomnio de la vejez —dijo, restándole importancia con la mano, aunque las ojeras le contaban una historia mucho más larga que la mera vejez—. O insomnio de la soledad, que a veces es una forma más precisa de decirlo.
Le pregunté, sin pensarlo mucho, si vivía solo, y algo en su expresión cambió levemente —uno de esos cambios que solo se notan si ya estás prestando atención.
—Me divorcié hace once años. Mi hijo vive en Comodoro Rivadavia; trabaja para una petrolera y tiene dos hijas que apenas conozco —se ajustó la chaqueta, un gesto que noté que repetía cada vez que hablaba de algo que le costaba—.
Tuvimos una pelea enorme, hace mucho tiempo, por algo que a mí me pareció una tontería en su momento pero que después me di cuenta de que no lo era.
Dediqué cuarenta años a esta profesión, a investigar las vidas de otros, y me quedé sin tiempo para prestarle atención a la mía.