El último testigo Chapter 2
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Chapter 2

—Una caída accidental —me dijo Coria dos días después, con ese tono que tiene la gente cuando repite algo que le dijeron y no algo que pensó por su cuenta—. Bajaba las escaleras a buscar algo, se mareó, se agarró de la barandilla y la barandilla cedió.

—Su marido cambió la barandilla de esa escalera hace veinte años. Es de hierro forjado. No cede.

—Ana.

—Solo digo.

Estábamos en la puerta de la comisaría —un edificio bajo pintado de un celeste que alguna vez fue más claro— y Coria tenía cara de querer estar en cualquier otro sitio, incluso en un turno tranquilo de martes sin nada fuera de lo común.

—El médico forense dijo que no había signos de violencia.

—El médico forense vino de General Lavalle y estuvo aquí cuarenta minutos.

—¿Querés que investigue algo, o querés que te escuche mientras vos investigás?

No supe qué responderle, porque ambas cosas eran ciertas.

Coria se apoyó en el marco de la puerta, las manos en los bolsillos del pantalón de uniforme, y por un segundo pareció mucho más joven de lo que era, como si todo su cuerpo se encogiera un poco al hablar de algo que lo superaba.

—Mirá, Ana, entre nosotros. A mí tampoco me cerró del todo.

Pero el forense lo firmó, el juez de instrucción de Lavalle no vio motivo para ordenar una autopsia más exhaustiva a una mujer de ochenta años muerta por una caída, y yo soy solo un oficial de policía en un pueblo de cuatro mil habitantes, no un jefe de policía ni nada.

Si me traés algo concreto —algo más que «la barandilla no cedió»— lo tomo.

Pero no puedo abrir un caso basándome en una corazonada.

—¿Y si una corazonada es todo lo que tengo?

—Entonces averiguá más.

Me fui a casa con el gato en una bolsa de lona, porque alguien tenía que llevárselo, y Elena, dos semanas antes, de la nada, me había dicho algo que en su momento no le di importancia pero que después no pude sacarme de la cabeza.

—Si alguna vez me pasa algo —había dicho, mirando el mate y no a mí, con esa manera suya de decir las cosas más importantes al pasar, como si no quisiera que las palabras pesaran demasiado—, te quedás con el gato. Y no dejés que nadie más entre a la casa antes que vos.

—¿Por qué me decís eso, Elena?

—Porque a mi edad, una tiene que empezar a poner las cosas en orden.

Le pregunté a qué se refería. Se rio, cambió de tema y se puso a hablar de la boda de una sobrina de la vecina de la esquina, y yo, como una idiota, la dejé cambiar de tema.

Desde esa tarde, por decisión unilateral mía, el gato se llamó Fantasma.

No porque tuviera nada de etéreo —era una masa compacta de siete kilos que se adueñó de mi sillón favorito antes de que yo terminara de cerrar la puerta, con la contundencia de quien no pide permiso para instalarse— sino porque esa era, exactamente, la sensación que me daba: la de compartir la casa con algo que había visto algo que yo no había visto.

Me costó pensar en él como mío. Durante semanas, sin darme cuenta, seguía yendo a buscar el plato de Elena en lugar del mío cuando le servía la comida, y el balde donde ella guardaba la arena en lugar del que yo había comprado, como si todo mi cuerpo se resistiera a aceptar un traspaso que mi mente ya había aprobado.

La primera noche, no comió. Se sentó frente a la puerta de entrada, mirando hacia la casa de Elena, y se quedó así hasta que me fui a dormir.

Cuando me levanté a las tres de la mañana a tomar agua, seguía en el mismo sitio, con los ojos bien abiertos, mirando la nada con la intensidad de quien espera que esa nada cometa un error.