El último testigo Chapter 1
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El último testigo

El último testigo

Por Sara Barreto

© inepub.com

Chapter 1

Dicen que los gatos no lloran a sus muertos. Simplemente se quedan ahí, mirando la puerta por la que estos nunca volverán.

Un dicho popular de Punta Quieta

El gato estaba sentado sobre el cuerpo de Elena cuando la encontré, y durante mucho tiempo pensé que ese detalle carecía de importancia.

Era martes. Lo sé porque los martes le llevaba el periódico, aunque para entonces ya casi no lo leía; solo arrancaba las páginas de los crucigramas y tiraba el resto sin desdoblarlo.

Toqué dos veces, como siempre. Nadie respondió, y eso tampoco me alarmó, porque Elena tenía ochenta años y una cadera que la obligaba a moverse tan despacio como quien tiene que negociar cada paso con su propio cuerpo.

La puerta estaba sin llave. Eso sí me alarmó.

La encontré al pie de la escalera, con la cabeza inclinada en un ángulo que ningún cuello elegiría por voluntad propia.

El gato —un gato negro sin nombre oficial, porque Elena se negaba a ponerle uno, decía que un nombre era una promesa y ella ya no hacía promesas— estaba sentado sobre su pecho, inmóvil, mirándome con esa indiferencia absoluta que solo poseen los gatos y los jueces.

No maulló. No se movió cuando entré. Se quedó ahí, como si vigilara algo que yo aún no podía ver.

Recuerdo cosas extrañas de ese momento —cosas en las que no reparé entonces pero que después, a lo largo de los meses, resurgieron por sí solas: el olor a café frío que aún flotaba en el aire, como si Elena hubiera puesto la tetera esa mañana y nunca hubiera llegado a servirse una taza.

La radio estaba encendida en la cocina, muy bajita, con un locutor hablando del tiempo del fin de semana.

Un calcetín yacía en el segundo escalón, solo, sin su par, como si se le hubiera escurrido al caer y nadie —ni siquiera yo, en ese momento de conmoción— hubiera pensado en recogerlo.

Llamé a una ambulancia. Llamé a la policía, aunque en Punta Quieta eso significa lo mismo: dos llamadas al mismo número, que atiende la misma persona, y que en ese momento resultó ser Fabián Coria, un tipo de poco más de treinta que trabaja en el turno de noche los martes porque, según él, los martes nunca pasa nada.

Ese martes, sí pasó algo.

Punta Quieta tiene cuatro mil habitantes en invierno y catorce mil en enero, cuando los que tienen casa aquí pero viven en otro lado se acuerdan de que la tienen.

Es un pueblo de médanos bajos y una única avenida con nombre, la costanera, que en verano se llena de sombrillas y en invierno se llena de nada.

Trabajo en la biblioteca municipal, que tiene menos libros que la de cualquier instituto de una ciudad de verdad, pero tiene ventiladores de techo que funcionan y una vista al mar que ningún libro logra igualar.

Conocía a Elena desde hacía once años. Vivíamos separadas por un seto de ligustro que ella podaba con más disciplina que yo, y con el tiempo aquello se convirtió en el tipo de relación vecinal que no necesita nombre: mate los domingos, favores sin pedir permiso, la llave de repuesto que cada una tenía de la casa de la otra colgada de un clavo detrás de la puerta de la cocina.

Nuestros domingos seguían un ritual que ninguna de las dos había planeado deliberadamente, pero que con los años se volvió tan fijo como cualquier oficio religioso.

Ella siempre preparaba el mate, aunque me tocara a mí; decía que preparar mate era un arte que yo aún no dominaba y que no pensaba dejarme arruinar la yerba con mi torpeza.

Nos sentábamos en su porche, no en el mío, porque el suyo daba al oeste y pillaba mejor el sol en invierno, y hablábamos de nada durante horas: el precio del pescado, la vecina de la esquina que había repintado su casa de un rosa que a ninguna de las dos nos gustaba, el último crucigrama que a Elena le había costado terminar.

Elena había sido modista. Tenía las manos deformadas por cuarenta años de trabajar con agujas, los nudillos abultados de una manera que siempre me pareció casi elegante, como si el oficio le hubiera dejado un adorno en lugar de una marca, y contaba —cuando le apetecía contar una historia— que había vestido a la mitad de Punta Quieta para sus bodas, sus bautizos y, al final, para sus propios velorios, porque en un pueblo chico la modista termina cosiendo también las mortajas.

No hablaba del pasado. O hablaba del pasado de una manera muy particular: te contaba anécdotas enteras, con nombres y fechas, sobre la boda de fulano, sobre el vestido que había cosido para mengana, y sin embargo terminabas de escucharla sabiendo menos que antes de que empezara a hablar, como si cada anécdota fuera, en realidad, una cortina bien tejida delante de otra cosa.

Tardé once años en darme cuenta de que aquello era una habilidad, no un descuido.

Tardé bastante más en entender qué era, exactamente, lo que ocultaba esa cortina.