Capítulo 39 El tercer día
Desperté molesto porque el sueño y el malestar me vencieron.
Salté de la cama al recordar que Donna y Zane aún no habían llegado, tratando de sacarme de la cabeza las imágenes de cómo fui reclamando las almas de mis compañeros en la oscuridad.
Abrí la puerta y sujeté a Natalie y Rachel para que no se golpearan al caer; me sentí culpable al saber que ambas habían dormido detrás de la puerta.
Aún adormiladas, las llevé a mi cama y las acosté.
Esquivé un beso de Natalie mientras la cargaba y me liberé de los brazos de Rachel, quien no me permitía incorporarme cuando la dejé recostada.
No debían hacer eso; ya no les pertenecía.
Ambas lucían con un cansancio extremo; las había visto luchar tantas veces y era más que evidente lo mucho que se habían esforzado.
Cerré la puerta con cuidado para no despertarlas.
Bajé las escaleras y caminé al patio sintiéndome inútil.
El teléfono de Zane no enlazaba y Donna no llevaba el suyo cuando Drake nos convocó; aunque activara la mirada de rastreo, de nada serviría.
Tal vez Rachel podría intentar encontrarlos con sus cuarzos, pero ¿cuánto podría volar buscándolos?
Habíamos sido transportados a Grecia; no había forma de que pudiera cubrir tanto territorio ni seguir la misma ruta que tomaron.
Además, Sora me dijo que cuando tomaran la decisión, lo sabría.
A menos que Zane no estuviera pensando todo este tiempo...
¿Cómo podría no tomar decisiones sin que Sora se enterara? La incertidumbre me estaba matando.
Ignoré una llamada del agente Jack; no podía enfrentarlo.
Cuando supiera que yo asesiné a los chicos y a los demás oficiales, dando por terminada la organización que me encargó revivir, él mismo saldría de su retiro para sentenciarme.
Todo este tiempo estuve tan preocupado por lo que era Zane y en lo que se había convertido Charles, que nunca me di cuenta de lo dispuesto que estaba a cruzar la línea.
Con Rivera era casi obvio, y en las ciudades fantasma solo eran monstruos, pero cada vez me resultaba más fácil matar.
Incluso cuando se trató de Drake, llegué a disfrutar la idea de bañarme con la sangre de sus vísceras; por un segundo sentí que me purificaba, pero solo estaba sucumbiendo ante la realidad.
Todos éramos monstruos esperando que alguien dejara abierta la jaula para liberar nuestras peores pasiones.
Cuando vi la formación de los "patitos", algo en mí sabía que no podían ser solo sombras, pero decidí ignorarlo porque era más fácil poner a Donna sobre todas las cosas y no buscar una solución más complicada.
Incluso Zane, que estaba dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias, esperó el momento correcto para poner a salvo a todos.
Yo solo quería salir de ahí. En realidad, esta vez Neferura no me presionó ni me dio un ultimátum; fue la última trampa que me tendió Drake y la manera en la que la sombra de Anubis se pudo liberar de su yugo...
y yo había caído. Sus ojos, los cuales siempre catalogué como salvajes, me devolvían mi propia mirada llena de sangre.
Neferura se quedaría como el fantasma en mis ojos hasta que, por fin, mi castigo me llegara.
Zane apareció desde el bosque, a solas. Sus marcas se apagaban, permitiendo a su rostro regresar a la normalidad.
—Zane Hunter, cómo has estado esquivando mis visiones todo este tiempo —Sora gritó desde la entrada.
—Solo tengo que dejar que las marcas actúen. Soy tan presa del instinto que lo que hago no es una decisión consciente. Necesitaba llegar con Gabriel para explicarle lo que pasó sin que intervinieras, Azu.
—¿Dónde está Donna? —sentí el frío en mi pecho. Donna no lo había logrado.
—Tenemos que hablar —caí de rodillas al ver los ojos de mi hermano, cuya mirada me recordaba todas las veces en las que mi mamá estaba a punto de darme malas noticias.
—Zane, ¿dónde mierda está mi novia? —sentí las lágrimas recorrer mis mejillas y cómo el aire me comenzaba a faltar. Un borrón llegó a mí y comenzó a abrazarme.
—¡Donna, espera! —Zane gritó alarmado.
—Gabe, aquí estoy —sentí cómo el alma me regresaba y me aferré a ella.
Mientras Fang me cubría, sentí una mordida en los labios; me los toqué sintiendo cómo me comenzaba a entumir y la sangre goteaba de mis dedos.
—¿Donna?
La boca de mi novia estaba cubierta en rojo.
Su rostro se convirtió en una máscara de dolor; sus ojos, el mar en el que me hundía, estaban contorneados por unas terribles ojeras púrpuras y los capilares de sus párpados estaban congelados en el tiempo.
Donna rompió nuestro abrazo con una brusquedad y velocidad extrema.
Estiré la mano para alcanzarla, pero solo sentí el frío y la dureza del mármol en sus brazos.
Se resguardó detrás de mi hermano, como un animal antes de ser reprendido.
—Te pedí que esperaras —Zane acarició con parsimonia la cabeza de Donna a la vez que Fang se ponía en pie conmigo—. Gabriel, tenemos que sentarnos y hablar.
—Tienes tres segundos para explicarme por qué Donna acaba de morderme antes de que te mate —Ceniza llegó y se acopló a mí.
—Hace tres días tuve que convertir a Donna —Zane, con su maldita voz tranquila, me estaba haciendo trizas los nervios.
—¿Qué pasó con la bebé?
—¿Cuál bebé, Gabriel? —mi hermano clavó sus ojos en Donna.
—Con el cambio a vampiro, mi cuerpo la rechazó, Gabriel —las lágrimas de mi novia salían como ríos mientras ella trataba de contenerlas; podía ver cómo el pasto cambiaba a un color marchito donde caían—. Perdóname... perdí a nuestra hija.
El casco me cubrió y, sin poder manejar lo que estaba pasando, presa del dolor, permití que Fang tomara el control.
—Intrenoor lo dijo y decidiste ignorarlo; ahora perdimos a nuestra Donna —mi huésped extendió el hocico; sentía cómo su voz desgarraba mis cuerdas bucales con cada palabra—.
"La plaga de los Helson es un mal que arrasará con Terra.
Una última generación será transformada antes de que nuestra gente sea convocada de nuevo para reiniciarlo todo.
Cuando el último de los Helson regrese a la pecaminosa dimensión de donde fueron engendrados y ya no nazcan niños, Terra será el campo de batalla para ángeles y demonios".
Fang recitó las palabras de Intrenoor.
—Convertiste a la niña haciéndola parte de tu plaga; nos privaste de la última generación. Ya no nacerán niños de su vientre. Es hora de enviarte de regreso a donde perteneces.
—No es momento de esto, Gabriel. Calma a tu armadura; esto no es lo que Donna necesita —Zane activo la marca del pecho para canalizar un escudo contra la estocada del mandoble, pero ya no podía ni quería frenarme.
—¿Cómo podré estar a un metro de Donna sin sentir peligro?
—le grité a Zane tratando de romper su barrera—.
¿Cómo podré besarla o dormir a su lado? —sentí cómo la garganta me ardía cuando Ceniza se desbordaba hacia el vampiro para derretirlo—.
¡Te cuidé cuando buscaste formar a tu familia y tú te encargaste de hacer imposible que yo tenga la mía!
Sujeté a Zane del cuello y extendí, de la misma forma en la que Drake me venció en el desierto, una escama en forma de daga y lo perforé.
—Solo tenías que salvarla, como lo hiciste con todos. No convertirla en parte de tu corte —Zane cayó al suelo de rodillas mientras su éter se precipitaba.
—Donna no es parte de mi corte... la pude convertir en una Helson de la rama principal. No me debe obediencia; ella es libre —vi cómo el rostro y los brazos de mi hermano se petrificaban.
—¿Entonces convirtiste a mi novia en vampiro de la manera en que lo harías con tu esposa? ¿La otra Helson que te ayudará a lidiar con las porquerías que escupa Inferno?
Fang extendió de mi brazo el arco dorado de Uriel y lo convirtió en una ballesta fusionada a mi brazo izquierdo. Canalizó a Ceniza en un solo disparo. Zane apenas lo esquivó, pero la luz abrió un portal.
—Regresa al fuego, Helson.
Fang se desacopló y lanzó una patada, enviando a mi hermano al vacío del portal. Caí de rodillas con los pulmones ardiendo, incapaz de procesar el silencio que siguió al estallido.
—¿Gabe, qué hiciste? —Donna se arrodilló a mi lado. Su presencia se sentía como un bloque de hielo cerca de mi fuego—. Zane estaba agotado... me dio casi todo su éter para poder salvarme.
—Él no te salvó, te transformó en eso —las palabras de Fang se mezclaban con las mías, distorsionando mi voz—.
No te me acerques, Donna. No puedo verte así —la empujé a un lado antes de que la armadura interpretara su hambre como una amenaza y la hiriera.
Mi furia desmedida ya me había costado a mis hermanos; no iba a dejar que me quitara también el recuerdo de ella.
—Gabe, perdón... por favor, sigo siendo yo —ella seguía llorando, pero sus lágrimas ahora eran un fluido extraño que mataba el pasto al tocarlo.
—No, ya no lo eres. Moriste, y contigo murió nuestra bebé —las lágrimas difuminaron mis puños y el suelo, convirtiendo el mundo en un borrón de culpa y sangre.
—Me estás rompiendo el corazón, Gabriel —Donna se sujetó el pecho.
—¿Cuál corazón, Donna? Ya no escucho nada en tu pecho.
Tu corazón se detuvo hace tres días; tuve que romperte las costillas intentando volverlo a animar y fue inútil —me puse en pie, encarando a la mujer que amaba y que ahora era solo un recuerdo pétreo; un ser que no respiraba, que no dormía y que jamás volvería a probar mi cocina.
Una Helson a la que no podía sostenerle la mirada.
—No hablas en serio, mi vida. Es el dolor el que te hace actuar de esa forma, mira, podemos...
—Donna se acercó para abrazarme, pero Fang dio un paso atrás—.
Bueno, no puedo discutir cuando tus acciones ya hablaron por ti.
Adiós, Gabriel. Con mi muerte y la de nuestro bebé, te libero de nuestro amor.
Alcé la mirada justo cuando sus palabras se desvanecían en el aire frío de julio.
Una última de sus lágrimas cayó en mi mano; sentí cómo el entumecimiento se esparcía por mi muñeca.
Presa del pánico y de un arrepentimiento súbito que me perforó las entrañas, corrí para alcanzarla.
Pero fue tarde. Donna ya había elegido el exilio, desvaneciéndose en el mismo portal que mi odio había engendrado.
La violencia no discrimina entre edad, facción o género; es un fuego que se extiende desde nuestro interior y consume todo a su paso.
Cuando le permitimos salir, busca dejarnos solos.
Se alimenta de nuestro dolor y de nuestros miedos; devora nuestros vínculos y nuestra estabilidad.
Crece con nuestra inconformidad y con nuestra búsqueda de justicia.
La violencia no es la causa, es la consecuencia que dicta nuestras acciones cuando nos perdemos y, solo por un segundo, nos permitimos atacar.