El Último Soldado de Alma (Helson Las últimas crónicas nº 3) Capítulo 38 Verdades a medias
93%

Capítulo 38 Verdades a medias

Salimos de la sombra en una especie de patio central.

La sangre salpicó las plantas, las flores y llenó gran parte del agua de la fuente, la cual, aún encendida, arrojaba líquido rojizo en un espectáculo terrible.

El cuerpo de Neferura cayó con estrépito a mis pies junto con los restos de los demás Souldiers, que nunca fueron solo sombras; lo último que vieron fue que su supuesto héroe los fue matando de poco a poco.

—Gabriel, ¿por qué los mataste? —Charles apareció por una de las salidas al patio.

—Chuck, no es lo que crees. Neferura...

—También a ella la mataste. Drake tenía razón —mi hermanito me veía con horror después de la masacre que había hecho a mi propia gente y a Neferura.

No lo había visto en persona desde antes de que iniciara toda esta maldita locura y que ambos descubriéramos el mundo oculto. Apenas y lo reconocí; tenía el semblante de alguien que llevaba mucho peso en sus hombros, como Zane y yo. Lucía tan cansado como si ya no pudiera dormir.

—Los carismas te infectaron. Sí, estás mal.

—Chuck, espera, no es lo que crees. Busca ayuda.

Mi novia no despierta —sentí que el corazón de Donna cada vez era más débil y ya no estaba respirando.

Corrí hacia él. Charles se echó para atrás, levantó la mano y atrajo la hoz de Neferura; un cristal rojo que llevaba como talismán brilló al contacto.

—No te me acerques, Gabriel, por favor —Charles, temblando, tocó con la punta de la hoz la sangre y de ella comenzaron a salir quimeras.

Las sombras de mi escuadrón se alzaron de nueva cuenta junto con todos los demás reclutas y oficiales: fantasmas oscuros con ojos verdes preparados para defender a mi hermano.

Cuando comenzaron a atacar extendí las alas, me desacoplé de la armadura y el mandoble, y nos cubrí mientras le daba respiración boca a boca a Donna. Dejé de escuchar el latido de su corazón.

—¡No, Donna, por favor, cielo, no me dejes! —grité cuando sentí cómo sus costillas cedían ante la presión de mis manos.

Fang y Ceniza se tendrían que encargar de protegernos; yo mantendría a mi novia con vida. Solo podía pensar en darle oxígeno y repetir el ciclo, mientras sentía el daño que recibía Fang y cómo las alas me dolían cuando las quimeras las mordían y rasguñaban tratando de abrirse paso para matarnos.

—¡Gabriel, soy yo, ya todo pasó! —Zane gritó para que lo escuchara. Guardé las alas y vi a mi hermano.

—Por favor, ayúdala. Cayó en paro, no respira —grité sintiendo que si seguía presionando el pecho de Donna, la atravesaría.

—Trataré de salvarla. ¡Corre, Gabriel! ¡Escuché a Charles! ¡Sora está con Catherine y mis padres ya están a salvo! ¡Tenemos que largarnos de aquí! —Zane intercambió lugares conmigo y me empujó porque las piernas no me respondían.

Corrí por el monasterio buscando a mi hermanito.

Llegué a la entrada, una habitación enorme donde las escaleras se alzaban en una escalinata helicoidal que recorría todos los pisos hasta el domo que permitía iluminar un poco las paredes oscuras.

Allí encontré a Sora encarando a Drake y a Charles, que estaban acorralados a un piso de nosotros.

—Drake, se terminó. Ya no tienes rehenes. Entréganos a Charles.

—Te dije que yo no podía confiar en la vidente.

Ve lo que pasó con Neferura: fue descartada como basura al ya no ser útil.

Tenemos que salvarla, Dante. Aún podemos arreglar las cosas —vi cómo las palabras de Drake envolvían a mi hermano con verdades a medias.

Drake no podía mentir; eso lo hacía experto en torcer la verdad a su conveniencia.

—¿En verdad? —Charles sujetó a Drake y lo miró, aferrándose a la idea de salvar a la sombra de Anubis como quien se sujeta a su última esperanza—. ¿Podemos regresar a Neferura?

—Drake, sabes que eso no sucedió. Tú fuiste el causante de su muerte, tú... —el lither me interrumpió para que guardara silencio, amenazando con atravesar a Charles con una de sus escamas.

—Gabriel, te pedí que te unieras a nosotros, que lucharas para salvar a este mundo y a tus padres.

Y en lo único que te preocupaste fue de pactar con Lucifer para salvar a tus amigos.

Mira cómo estás manchado de sangre. Machacaste las almas de tus compañeros, aquellos que te pedí que guiaras; les fallaste.

Solo debiste convertirte en el líder que tanto buscaban.

Comencé a correr hacia las escaleras para aniquilar a ese maldito de una buena vez.

—¡Aléjate de Charles! ¡No permitiré que le pase lo mismo que a Neferura!

Drake abrazaba con ademán protector a Charles mientras esbozaba una maligna sonrisa.

—Via Divina. Es hora, Dante. Tenemos que salvar a Tris. Yo ganaré tiempo, pero te veré del otro lado.

Drake liberó su espada y adoptó una pobre y temblorosa postura defensiva. Charles, aún con la hoz en mano, me miró por última vez mientras el terror lo abrumaba y cruzó el portal. Como aún no se cerraba, me arrojé para alcanzarlo.

—No, Gabriel. Este viaje es de ida y solo está pensado para dos —Drake me sujetó del pie antes de que pudiera tocar el portal y me azotó hasta la planta baja.

Ese maldito ya se había recuperado de todo el daño que le habían hecho Natalie y Rachel, y yo aún estaba hecho polvo por pelear contra los Souldiers.

—Supongo que ya me encuentro mejor —Drake retomó su postura de suficiencia—. Adiós, Gabriel. Tal vez te libraste de nuestro pacto, pero aún tendrás que morir, escapar de Inferno y nos veremos en la pelea final... aunque tal vez estemos en bandos opuestos del combate.

—Cat, es hora, pequeña. ¿Recuerdas nuestra plática? Tu historia aquí comienza —Sora habló hacia la nada mientras el portal reaccionaba cerrándose.

—¡Sora, maldita sea! ¿Qué hiciste? —Drake dio un zarpazo a la pared donde se encontraba hasta hace unos segundos el portal que lo llevaría con Charles.

—Envié a la única persona que podrá rescatar a Chuck de ti y de sí mismo —Sora corrió a ayudarme; me había roto el pie con la maniobra del Lither.

—Eso no puedes saberlo. Nos dirigimos hacia donde tus visiones nunca nos alcanzarán. Via Divina. Esta vez no aceptaré polizones.

Drake cruzó arrojando uno de los cadáveres de las criaturas de Charles que reposaba en las escaleras; de forma inmediata, el portal se cerró a su paso.

La pobre iluminación del vestíbulo regresó a la normalidad tras la desaparición de Drake.

Pero no tenía tiempo que perder. Necesitaba que alguien curara a Donna.

—¿Dónde están Natalie y Rachel? —sentí cómo mi pie tronaba para acomodarse y los huesos rotos se fundían en el hidrógeno líquido que corría por mi sangre.

—Claude escapó con ellas cuando Donna y tú desaparecieron.

Nosotros llegamos al monasterio y estuvimos a punto de ejecutar a Drake, pero amenazó con matar a Cat y a tus padres.

Zane desapareció al sentir la presencia de Cat; en ese momento Charles llegó y al verme comenzó a liberar su ejército de criaturas.

Él destruyó el monasterio para salvar a Drake con sus propias manos.

Le pedí a Claude que pusiera a salvo a las chicas; no podría frenar a tu hermano con ellas en tan malas condiciones. Pero eso fue hace horas.

—¿Estuvimos vagando por horas en el reino de sombras de Neferura? —pensé que el combate se me había hecho eterno por el hecho de tener que matar a todos mis compañeros—. Tú sabías del plan que tenían Natalie y Rachel —no pregunté.

—Sí, Gabriel. La primera vez que fuimos a Aethelgard Hall tocaron el tema con Zane.

Lo llevaban un tiempo discutiendo entre ellas, pero ambas tomaron su decisión la primera vez que Drake te llevó.

Las horas que no supieron de ti y el hecho de que tarde o temprano ese idiota haría de ti un infractor fue lo que las impulsó.

No Donna, no los celos y tampoco los malentendidos.

Yo no estaba de acuerdo con la idea porque no lo veía claro; había muchas cosas que podían salir mal y demasiado tiempo de por medio, además de que el corazón vacilante de las chicas no parecía dispuesto a renunciar así a ti.

Cada día se debatían entre contarte la verdad y disculparse.

Aun así, te abandoné; no podía quedarme.

Todo este tiempo estuve evitando que Drake, en su estupidez, matara a Charles después de ponerlo en peligro tantas veces. Perdóname, no estuve para ti.

—No es tu culpa. Supongo que haciendo uso de tu éter para salvarlo fue como Uriel te detectó.

La vidente asintió mientras caminábamos de regreso al patio buscando a mi hermano. Pero ya no había nadie en el monasterio.

—No puede ser, Zane... —Sora se frenó en seco, viendo hacia la nada—. Vamos de regreso a Aethelgard Hall. Ya no tenemos nada que hacer aquí.

—¿Donna y la bebé están bien? —Sora me rodeó con sus brazos y se quedó en silencio—. ¡Dime qué viste! ¿Fallecieron? —exigí a la vidente mientras su neblina nos transportaba de regreso a Londres.

—No lo sé, tu hermano volvió a desaparecer de mis visiones; lo ha estado haciendo todo el maldito año.

La urgencia de encontrarlas me hizo correr a tropezones por la mansión.

Me sentía débil y drenado. Apenas y pude llegar a la escalera cuando caí.

Escuché a lo lejos a Florencia mientras Declan me llevaba adentro.

De nuevo estaba mal; sentía que el corazón me explotaría y cómo a mi alrededor todo daba vueltas.

Sentía el viento de julio como un cuchillo congelado en mi piel y un frío creciente que ni Ceniza con sus llamas me podría quitar.

De nuevo mi cuerpo estaba cediendo a la enfermedad.