El Último Soldado de Alma (Helson Las últimas crónicas nº 3) Capítulo 37 Cosecha de sombras #2
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Capítulo 37 Cosecha de sombras #2

—Fred siempre quiso regresar a Verona a la casa de mis abuelos, ahí crecimos.

Cuando Nonna murió, papá ya no soportaba vivir ahí.

Nos mudamos después a Hamburgo, a la ciudad de nacimiento de mi mamá, pero nunca fue lo mismo.

Ya no era un hogar, simplemente el centro de operaciones de los Romano.

Después pasó lo del Nilo y nos enviaron a Londres —Donna le compartió la dirección a Claude.

—Iniciaremos entonces en Verona —Claude se acercó a la vidente—. ¿Nos llevas, pequeña Sora? No quiero que Fred pase por el mismo terror que Angela, al descubrir que ya cumplió su cometido y que en cualquier momento será reclamado por Inferno.

—Haurire.

La voz furiosa de Drake replicó aún más violenta que la última vez.

Sujeté a Donna cuando ambos atravesamos el ventanal para ser tragados por el portal.

Cuando sentí el golpe de calor de Ceniza fusionándose conmigo, trasladé toda la armadura para que protegiera a Donna.

Esta vez, antes de ser escupidos por el portal, alcancé a extender las alas y aterrizamos de pie sobre una plataforma circular de observación: una amalgama monstruosa de cristal blindado y titanio negro, incrustada como una garra mecánica en la cima del pilar de roca más alto y afilado de la región.

El cristal bajo mis pies revelaba una caída vertical de cientos de metros, oculta parcialmente por una niebla espesa y gris, pesada como el plomo, que envolvía el pilar y borraba el suelo.

El viento aullaba, trayendo una humedad fría que erizaba los vellos de la piel.

Detrás de él se alzaba lo que alguna vez fue un antiguo monasterio bizantino de piedra caliza gris del siglo XIV. Ya no era un monasterio; era una mansión aterradora que parecía fortaleza, un parásito profano alimentándose de la santidad del lugar.

—Drake, dónde está Fred —exigí saber al lither, quien estaba sentado en los escalones de la entrada.

—Oh, Frederick Romano, él ya va rumbo a Inferno.

Cumplió excepcionalmente con su encomienda: nos dio toda la información necesaria para saber cuándo y dónde estaba Zane y también nos permitió llegar a las ubicaciones del Grupo de los Cien.

Lo mínimo que podía hacer era abrirle las puertas del reino de las tinieblas.

—¡Eres un maldito! —Donna chilló ante la revelación. Lo que Claude y Zane temían se cumplió.

—¿Por qué la encantadora Donna está portando la armadura de mi padre, Gabriel? —sentí cómo un odio que parecía haber estado durmiendo por meses por fin despertaba, quemándome. Drake, detrás de su fachada de cretino, lucía exasperado.

Por alguna razón reconocí perfectamente dónde nos encontrábamos: Meteora.

Los monasterios suspendidos en el aire eran las postales que mi abuelo nos hacía llegar en sus últimos años mientras buscaba el Necronomicón.

Esos refugios de paz y oración encaramados en pilares de roca imposibles de olvidar.

—En fin, da igual. Es hora de que concluya la primera etapa del plan.

Te alzarás como el nuevo líder del Grupo de los Cien, usarás la influencia de tu hermano para restituir el centro de operaciones.

Ahora que eres el héroe que venció a un príncipe de Inferno, todo el mundo te seguirá y cuando estés en la cima, haremos un pequeño cambio de planes: llegarás a la conclusión de que la única manera de salvar al mundo y a las personas del virus y de los ataques será dejando de usar el sistema de carismas.

Todos te seguirán y derrotarán a los opositores.

—No lo haré, estoy cansado de tu basura —caminé hacia Drake para encararlo.

—Interesante. Haurire.

Miré hacia Donna para tratar de ponerla a salvo, pero el arte oscuro se abrió en un portal que trajo en segundos a Natalie y Rachel.

—¿Qué estuvieron haciendo todo este tiempo, pequeñas? —Drake bramó perdiendo la paciencia.

—Funcionó —Natalie me miró, su rostro ya no era la desagradable máscara que utilizaba todo el tiempo al verme; en realidad pude notar un poco de la lither que alguna vez conocí y amé.

—Sabes exactamente qué estuvimos haciendo, Drake —Rachel rompió su pulsera de emergencias y la activó—. Zane y Claude ya vienen por ti, y no están nada contentos con lo que has hecho.

—¡Gabriel, nuestro pacto! —Drake ya no tenía ni una pizca de la superioridad y autoridad que ejercía en mí, incluso lo veía menos alto—. ¡Harás lo que te ordene!

—Sabes que así no funciona, Drake. Gabriel pactó por sus amigos y por las chicas que amaba —dijo Natalie mientras el viento de los monasterios hacía volar sus lágrimas.

—Pero en el corazón de Gabriel ya no existimos, de hecho nos odia —la hechicera concluyó con una sonrisa triste—. Perdiste, Drake, Gabriel es libre.

—¿Eso crees, Rachel? ¿En verdad crees que Gabriel no correrá para ponerlas a salvo?

Tal vez esté estrenando novia, pero ¿en verdad crees que, ahora que sabe todo lo que sacrificaron por él, su corazón no se ablandará, las perdonará y pactará mil veces conmigo con tal de que les permita seguir viviendo?

—En eso tienes razón. Pasaré todos los días de aquí a que muera tratando de que Gabriel me perdone. Después de todo, en esta vida siempre estaré de su lado —sentí cómo las palabras de Rachel me perforaban.

—Tal vez algún día y con mucho esfuerzo volverá a confiar en mí, pero hay otra cosa en la que te equivocas —continuó Natalie.

—¡Ya no necesitamos que él nos defienda! —lither y hechicera gritaron con rabia.

—Pulsus Motus, Solidus Corpus, Cruentis Unguibus, Saltus Luporum, Hasta Destini.

Natalie salió impulsada hacia Drake con una velocidad impresionante que nunca le había visto, dando saltos ágiles mientras atacaba sin piedad al lither con la misma lanza de luz con la que Romano me atacó en el jardín de la mansión; sus dedos pintados en carmesí imbuían el arma con una especie de sustancia que la hacía gotear de la punta.

Por cada ataque que no esquivaba, Drake iba perdiendo velocidad y terreno, mientras era marcado con el rojo de la punta hasta que le propinó un puñetazo a la lither.

—No lo sentí —Natalie provocó a Drake con una carcajada—. Ya no luces tan invencible. Por cierto, ¿no se supone que no nos podías poner un dedo encima?

—Pequeña perra, lo pagarás.

Drake, furioso, desenvainó su espada para arremeter contra la pelirroja.

En ese instante Rachel metió sus manos a un frasco; cuando este cayó, se rompió.

Las manos de Rachel estaban cubiertas por una luz roja procedente de sus uñas, que estaban cubiertas de mis escamas.

La hechicera ligó su sello a las marcas en Drake, la de la espada y a cada una de las piezas marcadas de la armadura, las cuales se desprendían y eran disparadas hacia la montaña de al lado, hundiéndolas mientras desaparecían entre toneladas de roca. Drake estaba desprotegido.

—Nunca más sentirás que tienes que dar tu vida por salvarnos, amor —Rachel me miró llorando; su nariz sangraba del esfuerzo que implicaba tener el control de la armadura y la espada de mi enemigo.

—Y siempre cuidaremos de ti, mi vida —Natalie gritó atravesando la pierna a Drake.

—¡Microcosmos Mundi, Nexum Fixum... Mundus in Manu, Deus in Sideribus! ¡Ve, Gabe, termina con esto! —gritó Donna imbuida en energía.

Sentí cómo el arte oscura de Donna me atravesó mientras me arrojaba a toda velocidad hacia Drake.

Miré atrás y vi cómo Fang abandonaba a mi novia para cubrirme en pleno vuelo, mientras se alzaba ante mis ojos una versión gigante de Donna hecha de pura energía como hilos de luz, abriéndose paso hasta el cielo del monasterio con sus ojos clavados al campo de batalla.

Extendí el mandoble y en fracciones de segundos atravesé a Drake.

Solo haciendo uso de una mano levanté la espada observando a mi presa. Sentí cómo su cuerpo se resbalaba hasta la empuñadura gracias a los chorros de sangre que lubricaban la hoja y cómo la boca de Drake me bañaba con el mismo líquido, sintiendo que nuestro pacto había concluido.

—Neferura, muéstrale qué le pasa a los soldados rebeldes. Libera mi sombra y desvincúlala de tu destino; tu trabajo como Ka ha terminado. Regresa al dominio de tu señor Anubis y descansa, no sin antes hacer pagar a mis enemigos.

Recitando esas palabras mientras los chorros de sangre no dejaban de salir de su boca, Drake intercambió lugares con Neferura.

—Último ejercicio, Gabriel. Veamos qué clase de héroe realmente eres —la sombra de Neferura se convirtió en un charco negro que se extendió; me comenzó a hundir en la oscuridad, atrayendo a Donna con nosotros ya que estábamos unidos por su arte oscuro.

Caminamos por un pasillo que olía a sangre y vísceras. El lugar se me hizo familiar; habíamos pasado por aquí rumbo a comer y para ir a las salas de proyección, también para pedir a Petersen que nos llevara a casa, pero era imposible.

—¿Qué es esto? —preguntó Donna antes de activar su arte oscura—. Ignis Erraticus.

Las llamas que creó Donna se extendieron hasta que llegamos a una versión distorsionada y oscura de nuestra área de entrenamiento en el cuartel. Solo que del techo goteaba sangre y los espejos y colchonetas fueron sustituidos por carne y ojos que seguían nuestros pasos.

—Quédate detrás de mí, Donna, encontraremos la manera de salir.

La lither se cubría instintivamente el abdomen a cada paso. Sentía que entre más trataba de enfocar la vista, peor era la iluminación.