Capítulo 36 El rito #3
—Pulsus Motus, Solidus Corpus... —la lither paró en seco cuando Uriel la vio, dedicándole una paternal sonrisa; los ojos que hasta el momento eran del color del carmín de mi novia se tornaron en un dorado apagado, casi apacible—.
Qué me estás haciendo —la frustración de la lither estalló en un chillido.
—La paz, niña, no olvides que compartes tanto de nosotros como de ellos —el tono conciliador de Uriel me aterró. ¿Cómo te podías defender de algo que no te estaba atacando? ¿Y cómo podías vencer a un rival que tú mismo te impedías atacar?
El forcejeo de Sora concluyó cuando se dispuso a golpear al arcángel en el rostro, haciendo que la cabeza de este quedara volteando hacia arriba, en un ángulo que indicaba que el cráneo se le había desprendido de las cervicales, pero su agarre seguía siendo absoluto.
—Muy bien Azu, por las malas será —la mandíbula de Uriel se movía sobre una cabeza sin soporte cefálico; el arcángel jaló su mohicana y con dos asquerosos chasquidos se acomodó la cabeza.
Soltó a Sora quien ganó distancia, canalizando el mismo éter morado que el que salía del brazo de mi hermano, pero en ambas manos.
—No tengo éter que desperdiciar en ti, Uriel, lárgate de una buena vez —el arcángel avanzó con la misma determinación.
Hasta que Sora cambió. El precioso rostro de mi hermana mayor adoptó la máscara que Zane portaba cuando se salía de control; la diferencia eran los ojos: el azul profundo, al cual aún no me acostumbraba del todo, era el protagonista en un rostro de deseo incontrolable.
La manera en la que se sonrojaba y la saliva que apenas y podía contener en su boca la hacían ver casi inapropiada para la situación—.
Disfrutaré controlar todas las versiones de ti.
A pocos metros antes de atraparla, el cuerpo de Uriel se fue desdoblando mientras era cubierto por un efecto de caleidoscopio en el que me podía ver reflejado, solo que no era un espejo; había algo en el reflejo que no reconocía de cada uno de los rostros, algo inquietante que me impedía decir a ciencia cierta si era yo.
Seis, diez, dieciocho brazos; seis, diez, veinte piernas, y nueve cabezas; tantas alas que no podía contarlas, trataban de coexistir en un mismo cuerpo.
La destrucción de cada miembro que no logará llegar a este plano era violenta; la sangre del arcángel era derramada en un líquido como si alguien hubiera mezclado agua con un arcoíris.
Cuando la masacre terminó, el intruso cayó de rodillas apuntando al cielo con un dedo para que dirigiéramos nuestra vista a lo alto.
Sora esquivó los primeros flechazos que salieron del sol, con la vista clavada en la nada, pero la lluvia que se traducía en una ráfaga solar era inmensa; incluso su dominio del futuro no la salvó de comenzar a ser dañada.
Extendí las alas mientras Fang endurecía las escamas y Ceniza liberaba su fuego alrededor.
Repelimos la mayor parte del ataque, pero cada vez que las flechas perforaban mis alas sentí oleadas de agonía; incluso una flecha me había dejado un hueco en la pierna.
Me di media vuelta tratando de encararlo pero tropecé, no podía caminar.
—Gabriel, no te interpongas, esto está fuera de tu liga —con un rugido, Sora me tomó del hombro y me arrojó detrás de ella.
—Déjame curarte, Portador del Inicio —la parsimonia de Uriel resonaba en sus cuerdas bucales mientras estiraba las manos aún bañadas en su sangre.
—En tu vida lo vuelvas a tocar —Sora corrió hacia él.
Uriel extendió su arco y disparó múltiples flechas que parecieron no llegar a ningún punto.
Cuando Sora se disponía a canalizar su éter otra vez, portales se abrieron en cada uno de los objetivos donde sus flechas impactaron y un denso rayo de sol fue viajando entre cada uno de los portales hasta impactar de lleno a Sora.
La vidente cayó atravesada de manos y piernas impidiéndole seguir avanzando.
El éter de Sora estaba peligrosamente bajo; era más que obvio que el consumo de energía que le implicaba su forma de pelear y el daño que Uriel le había estado generando con sus ataques a distancia habían sido mucho para la vidente.
El arcángel se puso en pie respirando de manera entrecortada, se deslizó de nuevo hacia Sora y la tomó del cuello.
—Una boda o una guerra te aguarda, Azu —el arcángel extendió las alas liberando más de esa energía abrumadora que hacía que las olas se frenaran. Sora me miró con un gesto de despedida; el arcángel estaba a punto de llevársela.
Uriel quedó partido por la mitad. Sus alas quedaron dando vueltas y Fang impactó tan fuerte el piso que se rompió en mil pedazos regresando a mi inventario.
De manera instintiva atrapé el arco de Uriel cuando salió volando, el cual se derritió quemándome las manos, haciéndome sentir la misma agonía que cuando Fang se implantó en mí.
Antes de que las mitades del arcángel cayeran a ambos lados y su mano cercenada quedara aferrada a la garganta de Sora como una corbata, pude ver a Zane consumido por el fulgor de las marcas.
No supe cuándo tomó a Fang, y tampoco lo sentí llegar; mi hermano con el rostro deformado y usando mi espada rebanó al arcángel.
—Tú y yo hablaremos de esto —con la voz distorsionada y apenas pudiendo gesticular, el vampiro se dirigió a Sora quien reaccionó de manera marcial, como escuchando una orden que no podría desobedecer—.
Los Helson aceptamos a la princesa de Modeo como refugiada y protegeremos a su pueblo en la medida de nuestras capacidades; esto con el fin de mantener el equilibrio de las dimensiones y traer la paz a la creación —el vampiro recogió las cuatro alas del arcángel, tomó a Ceci por la cintura y se la echó en el hombro como costal de papas.
—¡Qué diablos crees que haces, Zane Helson! ¡Bájame de una maldita vez! —Cecilia pataleaba y gritaba y con los puños golpeaba a mi hermano en la espalda; todos nos quedamos de pie tratando de entender lo que estaba ocurriendo.
—Esto es lo que nos faltaba, con esto podemos completar el rito —el murmullo ronco de mi hermano, mientras trataba de apagar el brillo de las marcas, le hacía decir cada palabra casi con una agonía teatral.
—¿Es broma? ¿Es esto? —Cecilia, confundida, dejó de oponer resistencia.
—No puede tratarse de otra cosa, lo siento en mí, como si mi naturaleza me dijera cómo funciona.
Ambos desaparecieron por la puerta de la casa principal.
Claude llegó minutos después. Cuando vio el estado de Sora, se arrodilló y le comenzó a otorgar parte de su éter.
La princesa de Inferno sanó lentamente mientras una zeta cruzada por un rayo brillaba en el pecho del vampiro, como un apóstol que compartía la marca de su maestro.
—Zane solo se quedó viendo al vacío y dijo «Azu», llegando a Ponta Delgada.
Estábamos en el banco de sangre del hospital del Divino Espíritu tratando de hacer un retiro, a casi cincuenta kilómetros de aquí, y simplemente...
se desvaneció. No usó un portal, ni la niebla mística tuya, simplemente rompió la barrera del sonido con sus propios pasos.
Las olas se volvieron a escuchar, la brisa volvió a golpear y el sol regresó a la posición en el cielo en el que debía de estar mientras este regresaba a su color natural.