Capítulo 36 El rito
El sol de Portugal era la cura para meses sufriendo de la versión gris que teníamos en Londres.
Sentía la picazón de las áreas que me habían faltado de cubrir en mis hombros con el protector solar, mientras veía cómo brillaban las piernas pálidas de Donna, tratando sin éxito de agarrar un poco de color, a la vez que escuchaba el oleaje y percibía el olor a salinidad que me llegaba con bochornosas ráfagas de aire caliente, haciéndome sentir completo.
—Aún no puedes sentir nada —dijo con una risita la lither mientras yo trataba de descubrir cualquier indicio de que un bebé estuviera creciendo en su barriguita.
—Lo lamento, mi madre me enseñó que las panzas de las embarazadas no eran de dominio público para estarlas tocando sin permiso, pero es que aún no lo puedo creer —dije conmovedido ante la idea—. Tienes un pequeño milagro creciendo ahí dentro.
—Eres un tonto, me vas a hacer llorar —Donna se secó un par de lágrimas debajo de sus grandes lentes de sol.
—Pero dijiste que eras inmune a mi «lengua de lagarto», ¿no? —Donna nunca caía ante los encantos de cómo estructuraba las palabras; no entendía a qué se refería.
—No son tus palabras, son tus acciones. Nunca pensé...
—¿Que estaría feliz porque el fruto de estar juntos será un bebé?
—mi novia asintió—. Bueno, no te lo voy a negar, con el dinero que me llegará mes con mes del fideicomiso y viviendo en One Hyde Park, todas las preocupaciones de la primera columna parecen minúsculas.
Tal vez mi agobio sería otro, solo sobreviviendo con mi sueldo de souldier y viviendo en Barking; para una pareja de novios que va comenzando está bien, pero no siento que sea el mejor lugar para criar a una niña.
—O un niño —rápidamente Donna hizo la aclaración—. Para mí sería adorable tener un Gabrielito montando a Ceniza y causando destrozos en el departamento.
—De hecho, si es niño, la tradición de mi familia dice que tendría que llevar el nombre de mi bisabuelo.
—¿Cómo se llamaba?
—Eleuterio.
—Dejaremos que Zane y Ceci sigan esa tradición, la costumbre en la mía es no ponerles nombres con los que los puedan fastidiar en la escuela; la terapia es cara, Gabe.
—Se me hace una mejor tradición la tuya.
—La nuestra —la lither entreló sus manos alrededor de mi cuello para darme un tierno y deseado beso—. ¿Era verdad lo que dijiste de no regresar a Helson? Pensé que iríamos a clases y regresaríamos a casa.
—Después de lo que ocurrió es más que evidente que ellas no quieren ser maduras y tratar de llevar una relación de respeto.
Además, después de lo que hizo Rachel, es más que obvio que trata de confundirme —tal vez a inicios de abril, al sentir la electricidad del beso de la hechicera, hubiera sido suficiente para desarmarme.
Pero esta vez solo se sintió como una más de sus ofensas.
—Te besó cuando me vio llegar, parecía más un mensaje para mí que para ti.
—¿Y cuál fue?
—«No falta mucho».
Donna terminó la conversación con un silencio sepulcral y fue a remojar los pies en el agua.
Como si la advertencia de Rachel fuera un cronómetro impuesto de aquello que me estaban ocultando pasaría de manera irremediable.
Pero ¿cómo frenaría o estaría preparado para enfrentar aquello que Donna se negaba a revelarme?
Cada vez sus «confía en mí», cuando yo quería tocar el tema, me resultaban más displacientes.
Como una mala excusa para dar por concluida la charla.
Por otra parte, yo en verdad confiaba en ella.
Cómo no hacerlo si cada una de sus acciones me decían «te amo» y «te cuido».
Tendría que soltarlo y dejar que en su momento ella lo resolviera.
—Pensé que no haríamos festejos ya —comenté a Florencia mientras cargaba ridículas cantidades de flores hacia el centro de lo que parecía un marco nupcial.
—Esa palabra está prohibida, Gabriel, esto simplemente es un rito Helson.
Pronto regresaremos a casa y con esto garantizaremos que el bebé de Ceci y Zane estará a salvo y feliz, reclamando su linaje de la rama principal —pensé que tal vez un poquito de esa protección también podría abarcar al nuestro.
—Como sea, solo nada de comida especial, pasteles ni alegría grupal que pueda atraer la mala suerte —después de mi cumpleaños me fue imposible no ver la maldición de los festejos como algo plausible.
—Ahora sí me crees, corazón, solo falta que los demás vean la verdad —Flo me sacudió de los brazos abriendo mucho los ojos; tal vez estaba perdiendo la razón pero mínimo ya lucía en mejor estado, ya no se veía cansada ni demacrada.
—Sí, Flo —admití divertido.
—Sería bueno que les informaras eso a ese trío de cabezas huecas antes de que comiencen a transmitir en vivo y hacer un concierto —el helicóptero de la banda apareció al horizonte, pero lo más sorprendente fue ver a Calla, la hermana de Rachel, acompañando a Jhonny a la ceremonia.
Este tiempo de encierro en Liverpool había sido el cupido del baterista y la influencer.
Por fin entendí para qué eran los atuendos blancos que nos habían pedido traer.
Donna llevaba una blusa de lino translúcido, de un corte bohemio y hombros descubiertos que dejaba a la vista la suavidad de su piel, luciendo una cadena de oro que le había regalado después de que me enteré que ya éramos novios.
Una falda larga de tela ligera que parecía flotar con la brisa del Atlántico se ceñía a su cintura antes de abrirse en un vuelo elegante que ocultaba y revelaba sus piernas a medida que caminaba.
Con unas alpargatas enormes y ese sombrero de ala amplia que le daba un aire de misterio cinematográfico.
Yo elegí algo un poco menos formal: llevaba una camiseta de resaque blanca, una sudadera y unos joggers de lino con tenis blancos.
Pero los que se llevaban las palmas eran Zane y Ceci.
No era una boda, pero la solemnidad que desprendían hacía que el aire alrededor de ellos se sintiera más pesado, más sagrado.
Ceci parecía haber emergido directamente de la espuma del mar.
Llevaba un vestido blanco que caía en ondas hasta sus pies descalzos.
El diseño era de cuello halter, dejando al descubierto sus hombros y una espalda que brillaba bajo el sol de las Azores.
Su cabello lo llevaba suelto, ondulado por la humedad, con pequeñas flores de azahar y brotes de hortensias blancas entrelazadas en las trenzas laterales, como si la propia vegetación de la quinta hubiera decidido coronarla.
No llevaba joyas, no las necesitaba; su piel irradiaba esa luz de quien sabe que lleva el futuro de una estirpe en las entrañas.
Zane, por su parte, me hizo creer que había decidido hoy iniciar su propio culto y autollamarse «El eclesiástico Zane» verdaderamente.
Vestía una túnica de lino pesado, abierta en el pecho y abdomen lo justo para dejar ver sus marcas.
Los pantalones eran de corte recto, impecables, y sobre los hombros llevaba una capa de tela vaporosa que se agitaba con la brisa marina.
En verdad lucía como un líder supremo a punto de reclamar su trono sobre Terra.
El contraste del fleco volando con el viento con el blanco inmaculado de la ropa le daba una estética mixta, de esas que podrían verse en revistas de moda.
Al verlos juntos frente al acantilado, rodeados por todos nosotros, el mensaje era claro. Esto no era una fiesta de compromiso o una boda. Era la continuación de una dinastía. Claude se puso debajo del marco y comenzó a hablar.
—La tradición de los leones dormidos dicta que los dos Helson cuya sola existencia forman el equilibrio entre las dimensiones, deben de verse el uno al otro y reconocerse como iguales —Ceci y mi hermano, compartiendo una mirada de complicidad y un poco abrumados, se tomaron de las manos—.
Con la confirmación de que la siguiente generación de leones está en camino nosotros tenemos el honor y deber de salvaguardar que la rama principal siga en pie.
¡Maldita sea! ¿Quién escribió esto? —el vampiro tiró la tarjeta con teatralidad.
—¡Claude! —Ceci reclamó, rompiendo su solemne postura.
—Me lo sé de memoria, tranquila, continuemos —extendió las manos como un santo y no pudimos evitar reír todos—.
Cecilia, ponle la corona de espinas a Zane para hacerle saber que el camino de los Helson será una prueba de fortaleza y dolor.
Zane, entrégale el reloj a Ceci cuyo flujo se ha de detener para que sepa que su mortalidad quedará suspendida para siempre.
Ahora ambos intercambien las llaves con las que salvaguardarán la entrada de Terra —Zane le entregó una llave azul que prendía de una cadena de bolitas a Ceci y ella le entregó a mi hermano una llave rosa; fue una elección extraña que rompía por completo con la estética de los demás artículos que parecían tan antiguos que pasarían por algo que mis padres sacaron de alguna tumba—.
Ahora juntos cúbranse con las alas con las que protegerán su legado y las dimensiones —Ceci tomó la capa de la espalda de Zane y se cubrieron ambos—.
Y por último, permitan que la sangre de ambos corra y se mezcle entre sus labios como una sola, porque pronto ya no podrá suceder —Claude cortó con una navaja de afeitar los labios de ambos quienes, con una mueca de dolor y una sonrisa, compartieron un beso.
—Son y serán Helson, todos somos testigos de ello —la ceremonia terminó; no hubo aplausos, nadie tiró arroz y aun así el rostro de ambos resplandecía de felicidad, lo habían logrado.