El Último Soldado de Alma (Helson Las últimas crónicas nº 3) Capítulo 35 Lo último que necesitaba #2
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Capítulo 35 Lo último que necesitaba #2

La mañana siguiente me quedé viendo a Donna dormir hasta el mediodía.

Mi preciosa novia era lo más parecido a un ángel; la manera en la que doblaba las manitas y se acurrucaba mientras sus propios ronquidos la exaltaban eran un espectáculo para mí.

Antes de que Donna despertara, fui a buscarle el desayuno: su asqueroso jugo de pasto y pan tostado con queso cottage, plátanos, fresas y miel.

Tomé para mí un bonche de tocino para ir comiendo de camino a nuestra cabaña.

En realidad Donna no tenía problema con que yo comiera carne, pero aun así me conflictuaba que supiera que lo hacía; lo sentía como una infidelidad emotional extraña.

De regreso me crucé con Rachel, que iba hacia el comedor.

—Wow, ahora tomas jugo verde para desayunar.

Pensé que se detendría cuando te tatuaste y perforaste.

¿Qué te han hecho, Gabriel? —era la primera vez que no sentía la indiferencia de Rachel quemándome.

Y por alguna razón, reconocí la forma en la que dijo mi nombre como un eco lejano del pasado, haciendo que diera media vuelta para responder.

—Es para Donna, le llevo el desayuno —dije mientras los pedazos más tostados del tocino me picaban la garganta al tragar.

—Lo sé —la hechicera negó tocándose la frente con la mano—. Hasta aquí hueles a tocino, bobo.

—¿Por qué me estás dirigiendo la palabra, Rachel? —pregunté sintiendo una herida que pensé que ya se había cerrado con la manera en la que me hablaba y veía.

—No te des tanta importancia, Gabriel; esa necesidad de protagonismo tuya es desgastante —un breve temblor se hizo presente en su labio inferior.

—Mira, simplemente creo que deberíamos estar en paz. Yo intentará no molestarte y tal vez tú podrías no odiarme. Para cuando termine la luna de miel de Zane, tal vez aún podamos hacer las paces, ¿no crees?

—Gabriel, esto no será un fuego que se apague y llegue a un buen término.

Quiero que antes de que termine el verano me termines aborreciendo —la hechicera miró a un punto en mi espalda y sonrió.

Levantó la mano; anticipé una bofetada que por alguna razón me daría, pero en su lugar me sujetó de la nuca y me plantó un beso.

De inmediato me aparté, haciendo que derramara jugo y se me cayera una de las tostadas.

—¿Ya terminaste de humillarte, Chel? —Donna preguntó con un tono seco—. Me habían dicho que eras la mejor actriz de Helson. La verdad, me cuesta trabajo creerlo.

—Te quería llevar el desayuno —admití avergonzado y sintiéndome culpable porque Donna tuvo que presenciar la escena. Y por si no fuera suficiente, Natalie apareció también.

—Descuida, tú no eres el problema —Donna tomó su jugo, lo comenzó a beber y me sujetó de la mano guiándome hacia la cabaña.

—Espera, Donna, ¿qué es lo que estás ocultando? —vi cómo Rachel la analizaba con la misma agudeza que su madre me había desnudado cuando estuvimos en Liverpool.

—Claro que oculta algo. ¡Aún no me ha dicho de qué hablaron con ella! —rugí fuera de mis casillas. No permitiría que Rachel sugiera jugando con nosotros, y menos haciendo uso de lo que parecía el despertar de su intuición de hechicera.

—No, es algo más —sentí cómo la mano de mi novia se comenzó a empapar de sudor.

—Chel, no lo hagas por favor —con un tono bajo y entrecortado le pidió a la hechicera que se detuviera.

—Eres una maldita... ¿al menos es de él? —la vista de Rachel, que seguía perdida en el infinito, regresó y sus ojos se abrieron de par en par.

—¡Claro que es de él! No soy la maldita zorra que ustedes y todos los idiotas en Helson creen que soy por los rumores —el fulgor rojo sustituyó el mar de los ojos de mi novia, cuando le volteó la cara de una cachetada a Rachel harta de sus insinuaciones fuera de lugar, haciendo que la hechicera cayera al suelo.

—Más que rumores parecen advertencias para incautos. ¿Te dejaste embarazar para retenerlo a tu lado? —Natalie gritó mientras el mismo brillo sustituía su verde habitual, ayudando a Rachel a ponerse de pie.

—¿Estás esperando un bebé? —pregunté casi en un susurro, mientras el frío me subía por la nuca.

—Van un par de meses desde mi último periodo —Donna hablaba de manera atropellada—. No soy tan regular, así que aún no quería alarmarte...

—O darte tiempo para interrumpirlo —Rachel completó de manera mordaz, con la mano aún marcada de Donna en el rostro.

—Nadie interrumpirá nada, Rachel. ¡De qué diablos hablas! —el hielo comenzó a recorrer mi espalda hasta mi coxis—. ¿Desde cuándo? —pregunté sintiendo que las palabras se escapaban automáticamente mientras todo se sentía lento.

—Desde el dos de mayo, creo —Donna, avergonzada, admitió la fecha de la primera vez que hicimos el amor.

—Por favor, Donna, en estos tiempos o eres lo suficientemente estúpida para quedar embarazada o te dejaste embarazar para amarrarlo con un hijo —Natalie escupió, con una sonrisa desagradable—. No me logro decidir con cuál escenario me resultas más patética.

—¡Natalie, cállate de una buena vez y métete en tus asuntos!

Un bebé en esta época tan triste es la mejor noticia que podemos tener, no te atrevas a criticar a mi familia —me interpuse como un muro protector dándole la espalda a mi novia—.

Y tú, Rachel, qué manera tan vulgar de darme la noticia.

Felicidades a ambas: oficialmente las odio y no saben cómo maldigo el día en el que las conocí.

Esto era lo último que necesitaba para tomar mi decisión: no regresaré a Helson, me cambiaré de escuela.

Estoy seguro de que podré encontrar otro colegio aunque no tenga el mismo nivel, lo que sea para no tener que volverlas a ver el resto de mi vida.

Y si tienen un poco de respeto por Zane y Ceci, mantendrán la boca cerrada.

No necesitan saber que nosotros ya logramos lo que ellos apenas están intentando para preservar su legado.

Dejamos a la lither y a la hechicera atrás. Donna y yo teníamos mucho que discutir en nuestra habitación, pero cuando entramos, mi celular estaba sonando.

—Contesta, Patito —la voz de Jack O'Reiley sonaba más ronca, como si hubiera estado gritando todo el día—. Sé que estás en tus vacaciones, pero esto no puede esperar.

—Señor, ¿qué ocurre? —traté de que no se me notara el nudo en la garganta por lo que acababa de pasar.

—He renunciado, Gabriel. Estoy harto. Hablé con los Cancilleres y esos burócratas creen que ya no nos necesitan.

Dicen que con el cuartel hecho cenizas, el Grupo de los Cien es un fantasma del pasado, como si nuestra única labor fuera proteger los secretos de la Biblioteca de Alejandría.

También que solo éramos una fuga de recursos y que en realidad no hacíamos la diferencia ante los ataques de las ciudades fantasma, como si solo llegáramos a barrer después de amigables desfiles de necróticos en las calles. Son unos imbéciles.

Me detuve en seco. Donna me apretó la mano, sintiendo que algo se rompía.

—Me voy a Vallarta con mi esposa y mi hijo. Ya cumplí mi cuota de servicio. Pero escúchame bien, muchacho: aseguré unos meses más de sueldo para ti y los demás souldiers. Es lo último que pude sacarles a esos políticos antes de tirarles la placa en la cara.

—Pero señor... no puede dejarnos así.

—No te dejo solo, Hunter. Mujtar y los demás oficiales seguirán en servicio para ayudarte a encender de nuevo las brasas contra el terrorismo.

Revive esto bajo tus propias reglas. Tienes el respaldo de los Helson y los Walker, al menos con el dinero; tal vez ustedes puedan emparejar sus agendas como lo lograron contra Leviatán.

Hazlo personal, hazlo real. No le digas nada al resto del escuadrón todavía, que disfruten su licencia...

y cuando estés listo, álzate como el líder que todos vemos en ti.

Pero cuéntaselo a Donna siempre; la aprobación de tu pareja por delante.

Ella tiene que saber que el mundo de sus padres se ha acabado.

Y cuídala, que no se haga cortes en los brazos para evadir el dolor.

—Señor, ella no es emo, solo es pálida. Además, los emos ya son señores de treinta con hijos y en trabajos normales, ya no usan flecos... al menos la mayoría.

—Hunter, no entiendo ni un carajo de las «ondas» de los jóvenes; yo estaba pasado de moda antes de que incluso Jack naciera.

Si es gótica, emo o punk... solo sé que usa mucho negro y tienes que cuidarla —en definitiva, solo yo veía a Donna detrás del maquillaje, las perforaciones y nuestros uniformes tácticos de cuero negro; siempre usaba pequeñas blusas de tonos pastel mientras corría detrás de Ceniza en pantaletas y descalza por la casa.

—¿Qué hará ahora, señor?

—Tengo un maldito adolescente en casa que dice que está enamorado de una waifu, solo Dios sabe qué sea eso, pero creo que tiene que ver con asiáticos o con la señal del internet.

Y a una esposa con pésimo temperamento cuyo marido ha estado lejos de casa mucho tiempo.

Estoy a punto de iniciar mi misión más peligrosa, Gabriel, y entre nosotros: tengo miedo.

Deséame suerte, muchachos. —La voz de mi superior resonaba con una alegría que lo desbordaba, algo que nunca le había escuchado.

—Fue un honor estar a su mando, señor —sentí cómo un padre de armas se despedía para por fin ser feliz, y no tenía más que desearle lo mejor.

—Lo mismo digo, hijo. Cuídense mucho y si visitan México, ven a verme; la tierra de mi esposa es surrealista, parece que es el mundo oculto del mundo oculto. Te encantará.

—Así lo haré, señor.

La comunicación se cortó mientras veía a Donna sentada sin dejar de verme. Oficialmente estábamos desempleados y con una nueva misión.