Capítulo 35 Lo último que necesitaba
—Al menos tenemos todo un nivel de la hacienda para nosotros, Gabe —Donna, que desempacaba bonitos atuendos de playa con los que se vería como toda una diosa, trataba de tranquilizarme.
—Aunque tuviéramos el otro lado de la isla solo para nosotros, no sería suficiente —las bermudas y sandalias salieron disparadas de mi maleta.
—Mira qué feliz está Ceniza, le encanta el clima —mi gata ronroneaba con el pelo erizado por el vapor que soltaba la increíble humedad del ambiente.
—Explícame algo: se me están haciendo trizas los nervios y tú estás tranquila. ¿De verdad estás de acuerdo?
—¿Con qué? ¿Con que pasemos unas semanas con Chel y Naty rondando por ahí, viendo lo felices que somos en nuestras primeras vacaciones? —la lither esbozó una sonrisa sardónica que me aterrorizó.
—¿Por qué les sigues diciendo así? —sujeté a Ceniza y la abracé, necesitando una gata de apoyo.
—Porque sé que lo detestan. Además, ellas fueron las que cambiaron; yo soy solo la nueva novia adorable que todo el mundo dice lo feliz que te hace. Si las sigo tratando igual, las arpías son ellas, no yo.
—Aunque no sé si funcione así después de haberle roto la nariz a Natalie... supongo que ahora comprendo por qué estás tan tranquila —la maquiavélica manera en la que Donna pensaba iba tres o diez pasos más adelante de lo que mi estrés de inexperto me podía permitir.
—Así es. ¿Pero sabes lo mejor? Todo lo que vean de nosotros no será fingido —su tono cambió a algo tranquilo y seductor—.
Te amo y eres lo que más deseo en este mundo.
Tú, yo, la playa y estos minúsculos bikinis que sé que te derretirán la cabeza.
Tal vez tú con unos tragos de más para relajarte y asoleando estos preciosos pectorales...
incluso pueda regresar Der Höllenprinzenjägermeister.
—A veces olvido que eres lither y hablas todos los idiomas. Pero ese tipo del bar no regresará; aún me dan náuseas cuando recuerdo que me terminé una botella de eso. Sin mencionar que no podemos olvidar para qué estamos aquí: Zane me necesita como perro guarduán en sus vacaciones de fornicación.
—Yo hablaba alemán e italiano por mis padres desde antes de mi despertar, Gabe. Y no me gusta que lo digas así; Zane y Ceci de verdad quieren tener un bebé, no son vacaciones de fornicación.
—Lo lamento, pero es que parece algo ridículo. Tienen que hacer de todo un escándalo impresionante; no quiero imaginar cómo sería esa boda que mencionan, tal vez nos raptarían a todos un mes.
—¿Te has imaginado como padre? —Donna se sentó en la cama, jugando con los pies porque no llegaban al piso.
—En realidad no. Supongo que algún día me gustaría tener una niña y que se parezca a ti, pero no he pensado más al respecto. Además, no sé si la época sea la correcta para tener bebés.
—Creo que con tantas muertes y las familias siendo destrozadas, un bebé es una bendición que puede llenar de luz a las personas en esta época tan fea.
—No lo había pensado así.
—Bueno, solo me imagino lo que Zane y Ceci tal vez piensan.
—Por cierto, ¿por qué tu hermano no vino? —le pregunté, cambiando de tema.
—Ha estado actuando raro —respondió ella—. Dijo que tomaría cursos para regularizarse; supongo que el nivel de exigencia de Helson aún le causa problemas, eso o aún no se acostumbra a que estemos tú y yo juntos.
Después de desempacar y descansar del viaje, Donna y yo caminamos por la propiedad.
Era una quinta que se sentía como una extensión del propio acantilado, una mole de piedra oscura que parecía haber estado ahí desde que el primer volcán de la isla decidió enfriarse.
En la cima en la que se encontraba la casa principal, la vista era mareante.
El edificio era una construcción robusta de basalto negro con marcos de madera clara que el salitre ya empezaba a desgastar.
No había una entrada triunfal con palmeras ni un gran letrero; esto no era un resort.
En su lugar, el camino estaba flanqueado por hileras interminables de hortensias de un azul tan intenso que parecían pintadas a mano, formando muros naturales que nos llegaban a los hombros y que soltaban una fragancia húmeda y dulce cada vez que el viento soplaba.
—Me encanta este lugar, no puedo creer que estemos aquí —Donna estaba maravillada, ajustándose las gafas de sol mientras observaba los diferentes niveles de la propiedad.
La quinta estaba organizada en cabañas de piedra con amplias terrazas que tenían piscinas termales privadas que descendían hacia el mar.
Todas estaban conectadas a la casa principal donde se alojarían Ceci y Zane.
Aun así, estaban distribuidas de tal forma que todos disfrutáramos de nuestra privacidad.
En la primera terraza, justo debajo de nuestra habitación, había un patio de baldosas irregulares donde una pequeña lagartija de color verde metálico tomaba el sol sobre una roca, desapareciendo en una grieta en cuanto sintió la vibración de nuestros pasos.
Era el único habitante que parecía disfrutar del silencio absoluto de la cuarentena.
Más abajo, la vegetación se volvía más espesa y menos domesticada, con helechos gigantes que daban paso al borde del abismo.
Ahí es donde la ingeniería humana tomaba el control: habían construido un mirador de acero y cristal que sobresalía del risco, ocultando el elevador panorámico que permitía bajar a la bahía privada sin tener que jugarse la vida en senderos donde solo las cabras podrían andar.
Caminamos hasta el borde, donde el viento del Atlántico te golpeaba la cara con una mezcla de aire puro y sal.
Desde arriba, la playa se veía como una media luna de carbón bañada por una espuma blanca y violenta.
—Parece que estamos en el borde del mundo —murmuré, sintiendo esa extraña mezcla de vértigo y paz.
—Lo sé. Me gustaría que viviéramos en un lugar así; me esforzaría para que cada día fuera único y feliz juntos.
No necesitaríamos el servicio de conserjería ni al personal del hotel de al lado.
Ya casi no incendio la cocina y me encanta lo que me preparas —Donna me dedicó una sonrisa de esas que me obligaban a olvidar mi mal humor.
—Sería complicado abandonar este paraíso para regresar cada mañana a las ciudades fantasma y jugarnos la vida, ¿no crees?
—Sí, Gabe —los silencios de Donna expresaban a veces más que sus palabras. Sentir ese dejo de melancolía en su voz me hacía pensar que tal vez algún día podríamos escapar del mundo; en verdad me gustaría poderle ofrecer esta vida que quiere.
Todo en la quinta estaba diseñado para mirar hacia el exterior, hacia ese horizonte gris donde el cielo y el mar se fundían, recordándonos que, aunque estuviéramos rodeados de belleza, seguíamos estando en una roca en mitad de la nada.
En la playa, Declan y Hal brincaban en unos troncos haciendo la «patada de la grulla» mientras Flo les tomaba fotos; sus risas se escuchaban hasta donde nos encontrábamos.
Claude se arrojaba desde la parte del acantilado que daba a la playa; el sonido de él chocando contra las afiladas rocas rompía la tranquilidad hipnótica de las olas.
La calma regresó cuando el vampiro encontró el lugar perfecto donde hacer clavados sin estamparse.
Después de cada impresionante lanzamiento digno de una medalla olímpica, haciendo uso de su prodigiosa velocidad, el vampiro ya se encontraba de nuevo preparándose para el siguiente salto.
Rachel se asoleaba con los últimos rayos de sol; también pude ver a lo lejos a Natalie sentado en el rompeolas; imaginé que se encontraba desanimada porque Romano no la había acompañado.
Los días pasaban con una tranquilidad que me hacía sentir que estábamos suspendidos en el tiempo, como si al cruzar por el camino de hortensias el mundo se hubiera detenido para permitirnos este respiro.
Las noches eran de fogatas, baile y exquisitas cenas.
Casi había olvidado que Zane era una máquina de devorar carne hasta que lo vi compitiendo con Declan mientras ambos comían desaforados monumentales cantidades de carne; evidentemente el lobo le ganó, aunque no dejó de ser impresionante la batalla que le dio.
Para este punto mi hermano se disculpaba y se retiraba a dormir; en definitiva, el esfuerzo que le implicaba mantenerse siendo humano le cobraba factura.
Ceci siempre lo acompañaba pidiéndonos que siguiéramos disfrutando mientras lo ayudaba a ponerse en pie.
Las sonrisas de Ceci siempre fueron genuinas y cálidas, pero últimamente deslumbraba de felicidad; después de todo, aquel escenario que pensó que ya nunca se cumpliría estaba pasando.
Ella tenía una misión diferente a la nuestra, pero con el mismo objetivo: Cecilia sería la que aseguraría que la siguiente generación de Helson fuera real.
Lo que me hizo pensar en que Intrenoor tenía una visión sesgada con sus palabras: «Cuando el último de los Helson regrese a la pecaminosa dimensión de donde fueron engendrados y ya no nazcan niños, Terra será el campo de batalla para ángeles y demonios».
Intrenoor subestimaba el rol de los Helson, ya que ellos llevaban la balanza entre Terra e Inferno. Sin ellos, esto sería el patio trasero de los hermanos de Sora.
—Iré a buscarte algo de medicina, ¿de acuerdo?
—No, Gabe, regresa a la cama. No quiero hacer un escándalo; siempre me pasa en los viajes. Por eso trato de cuidar mucho lo que como; cualquier cambio hace que pague las consecuencias —ayudé a la lither a ponerse en pie, aún verde de la cara.
—No es hacer un escándalo pedir medicina.
—Sí lo es cuando sé exactamente la razón; no necesito tomar nada —Donna, con espuma de pasta dental aún en la boca, me veía desde el espejo.
—Como sea, si te sigues sintiendo mal, lo haré.