Capítulo 34 Las dos columnas #2
—Prácticamente yo administro tu dinero hasta que llegues a la mayoría de edad, así que pórtate bien conmigo o no habrá domingo.
Y el lugar es tuyo; no lo puedes vender porque forma parte de los activos de Helcorp, pero puedes hacer uso de él el resto de tu vida —Florencia nos hizo un recorrido por un enorme apartamento en la parte más cara de Londres, mientras caminaba con tacones que resonaban como disparos sobre el mármol de la estancia principal—.
Dos pisos, tres habitaciones, cuatro baños, gimnasio privado, terraza y spa.
Tengo entendido que eres un peligro en la cocina, así que está prohibido que entres ahí; solo pide al hotel de al lado y les traerán las comidas por el subterráneo —le decía, caminando del brazo con Donna mientras señalaba con la carpeta las paredes de cristal y los acabados de lujo.
Me detuve frente al ventanal. Hyde Park se extendía abajo como una maqueta verde. Todo era tan limpio, tan perfecto, que sentí un impulso violento de golpearme el rostro solo para comprobar que esto no fuera un sueño.
—Es una jaula de cristal, Flo —murmuré, tocando el frío acero de la encimera.
—Es One Hyde Park, Gabriel —corrigió ella con una sonrisa gélida—.
Cuando regresemos a Nueva York conocerás el otro departamento y descubrirás que las jaulas de cristal son el mejor lugar para contener monstruos de la talla de ustedes.
¿Mencioné que son mil quinientos metros cuadrados? ¿Cuánto es lo que tienen en Barking?
—Quince —comenté sin poder dimensionar cuántas veces cabía el departamento aquí.
—Bueno, es más o menos el cuarto de artículos de limpieza. Todo lo demás es espacio extra para ambos.
—Espera, yo no me he ganado esto ni el dinero mensual que dice en las hojas —dije intentando frenar de emergencia en la realidad.
—¿Te gusta Spiderman? —preguntó Flo, rompiendo el ritmo de mis pensamientos—.
¿Te identificas con él? —asentí—. Bueno, Peter Parker regresa de pelear contra el mal sin dinero, con hambre, tiene problemas emocionales y aún no completa la renta.
A Peter Parker le hacen falta dos hermanos mayores gemelos con mucho dinero y activos que repartir.
Nosotros lo entendemos como la columna de los problemas del mundo no oculto y los problemas del mundo oculto.
La primera columna en su mayoría se resuelve con dinero; si no tienes que preocuparte por tenerlo, te puedes enfocar en los problemas reales, los que se encuentran en la columna que requiere superpoderes y que te transformes en dragón.
Y después de que ambos derrotaron a un Príncipe de Inferno, creemos que es más que justo que se olviden de la primera columna porque, si ser adolescentes fuera poco, ustedes quieren ser souldiers.
Además, si el lugar no es el nido perfecto para un par de tortolitos, despediré a mi agente inmobiliario.
Cuando Flo se fue, nos dejó dos tarjetas de acceso, la carpeta y unas llaves.
—Gabe, esto es una locura, no podemos aceptarlo, es demasiado —Donna me frenó después de que recorrimos en silencio todo el lugar.
—Lo sé, pero desde lo del señor Ashbourne siento horrible llegar a casa —el hueco en el estómago cada vez que pasaba por su ventana y saludaba a alguien que ya no estaba había sido algo recurrente desde que falleció—. Además, siempre podremos regresar a Helson cuando la pandemia termine.
—De eso quería hablar contigo, Gabe —la lither cruzó las piernas y se sentó a mitad del suelo de la sala, tomando mis manos para unirme con ella—.
No estoy segura de querer regresar al internado; soy muy feliz viviendo a tu lado, además tú y yo ni siquiera estaríamos en el mismo edificio.
También creo que sería complicado para ambos que estuvieras tan cerca de Naty y Chel todo el tiempo; tal vez si vamos a nuestras clases y regresamos a casa, nos evitaríamos problemas.
—Tienes razón, creo que sería un retroceso a lo mucho que hemos crecido, y no me hace nada feliz tener que estar cerca de Natalie y Rachel —dije recordando los insultos de ambas—. No sé si te lo dijeron, pero ellas y los chicos confabularon para simplemente dejarme de hablar.
—No me lo habían dicho —Donna se quedó en silencio debatiendo algo que no terminó de decir.
—Helson ya no es mi lugar, ahora mi hogar es a donde quiera que tú vayas —concluí acostándome en el piso, viendo lo ridículamente lejos que estaba el techo del suelo.
—Supongo que tenemos que desinstalar nuestra tele; además, lo bueno es que ya encontré dónde pondrás tu nueva consola —la lither se acostó en mi brazo y escribió sus «te amo» en mi abdomen.
—¿Qué consola? —pregunté sin comprender a qué se refería.
—No alcancé a juntar lo suficiente para comprarte un PlayStation para tu cumpleaños. Pero tu regalo llega mañana.
—¿Sabes que eres la mejor novia?
—Según tú no lo soy, porque le dijiste sin mayor empacho a Florencia que no sé cocinar.
—Es que dijo que te iba a enseñar la receta de un platillo que me gustó, pero no te quise comprometer a cocinar para mí siempre.
—Ahora creerá que soy una inútil.
Los pequeños puñitos de la lither impactaban contra mí haciéndome reír; contraataqué picándole las costillas y haciéndole cosquillas a sabiendas de que lo detestaba.
Cuando nos quitamos los zapatos en lo que sería nuestro nuevo hogar, comenzamos a jugar a «Ricitos de Oro» y nos dimos a la tarea de probar cuál de todas sería nuestra cama en repetidas ocasiones hasta la mañana siguiente.
La vida en el nuevo departamento era sencilla; todo funcionaba como debía, no había sospechosas manchas ni tiraderos de cadáveres a la vista.
Aunque la verdad no necesitábamos tanto espacio, me di cuenta de que Donna y yo, a pesar de que nuestra cama era king size, seguíamos ocupando solo un pequeño espacio del colchón, como si siguiéramos en Barking.
Incluso Ceniza seguía siendo igual de holgazana que siempre.
Al inicio me preocupaba que no tuviera dónde ejercitarse y por eso todo el tiempo dormía, pero con las ridículas dimensiones del lugar era para que corriera, brincara e hiciera un poco de todo.
Preocupado por que solo se la pasaba comiendo cartón y acostada, traté de que hiciera un poco de ejercicio en la caminadora; terminé con dos tremendos rasguños de sus garras en llamas, los cuales Fang tardó un rato en sanar por la profundidad y porque mi piel quedó un poco quemada.
Supongo que «no es no», tanto cuando se trata de mujeres como de flojas gatitas.
Por las mañanas, cuando Donna paseaba de un cuarto a otro usando únicamente mis playeras, era un deleite para la vista.
Sentía que la lither no era plenamente consciente de lo sexi que era con sus piernas tensas, su precioso trasero, sus curvas y ese par de bonitos pechos que la hacían ver un poco desproporcionada para lo bajita que era.
Hacía que, sin escuela ni misiones que atender, mi atención y energía se volcara únicamente en una cosa.
Por cómo se expresaba y cómo actuaba en combate, sospechaba que Donna era gamer, pero hasta que no conectamos la consola, no comprendí a qué nivel era adicta a los videojuegos.
Solía despertarme de madrugada para pedirme que le ayudara a pasar aquella parte en la que se había quedado atorada; después me decía «gracias» y me invitaba a volver a dormir.
Florencia solía visitarnos una vez por semana para mantenernos actualizados.
Parecía que Donna había encontrado una maestra en ella; ambas iban a la cocina y, después de usar algunas artes oscuras para apagar las llamas por descuidos de mi novia, regresaban con exquisitos platillos que comenzaba a dominar.
Me sentí un poco desplazado, ya que adoraba cocinar para ella y si llegaba al nivel de Flo, mi cocina sería irrelevante.
Pero las lecciones no solo se enfocaban en la cocina; Donna le enseñó a Flo cómo aplicarse artes oscuras para no quedar desprotegida o relegada solo a soporte.
Era tan prodigiosa la lither que en su primer intento pudo aplicarse cuatro al mismo tiempo, y Florencia le enseñó esa increíble técnica de marioneta con la que ahora Donna podría tener todo el control del campo de batalla con una vista desde el cielo.
No entendía exactamente en qué consistía, pero cuando me mandó a volar a toda velocidad por Hyde Park, sabía que era algo de otro nivel.
Un día, una visita inesperada se nos fue anunciada.
Cuando le comenté al conserje que les diera acceso, tenía dos minutos para correr y estar lo suficiente presentable para recibirlos.
Donna estaba acurrucada con Ceniza en nuestra cama; últimamente dormía hasta tarde por jugar videojuegos y conmigo a tan altas horas.
La desperté y el pánico se hizo presente.
Corrimos a tropezones para darles la bienvenida.
—Maldición, mamá te va a matar —Zane se frenó en seco en la entrada cuando me vio el septum. Aproveché para mostrarle el tatuaje de una vez.
—De hecho, sí es algo que me preocupa. Esperaba que antes de que lo descubriera aparecieras tú de regreso de la muerte, mostrando que estás todo rayado como pizarrón. Ya después yo aparecería y diría que fue siguiendo tu mal ejemplo.
—Estás imbécil. Toda la vida he ido por delante de ustedes metiendo la pata y cuando hacen lo mismo se llevan la versión light del regaño; esta vez te toca a ti —mi hermano, con una sonrisa de malicia, no movería ni un músculo para salvarme.
—Ceci, tenemos agua mineral, bebidas energéticas o puedo hacer café o té. En cuanto a ti, supongo que puedo cazar alguna ardilla o un pichón —dije burlándome de mi hermano, mientras Donna llegaba corriendo, peinando su cabello con la mano, usando un bonito vestido veraniego amarillo.
—Muy gracioso, trol. Nada de animales para mí.
—Aún no se da cuenta —Ceci se apretó a Zane diciéndoselo al oído, mientras mi hermano reía.
—¿Qué? —pregunté sin comprender el chiste.