Capítulo 34 Las dos columnas
El resto de la noche aún es borroso; solo puedo recordar una sucesión de flashbacks, luces, música y un montón de bebidas, así como la urgencia de correr con mi escuadrón de un lugar clandestino a otro, en una carrera por cometer la mayor cantidad de estupideces antes de que el mundo volviera a estar a punto de arder o que nuestra licencia terminara.
Si viviríamos al borde de la muerte entre monstruos, Príncipes de Inferno y ciudades fantasma, al menos sería bajo nuestras propias reglas.
Salí del baño pensando en una sola cosa: por más que Jäger fuera mi apellido en alemán, en la vida volvería a terminarme una botella de ese «petróleo especiado» gritando que yo era el maestro cazador de Príncipes de Inferno.
Cuando Donna me explicó qué significaba Jägermeister, todo tuvo sentido; parecía un brebaje místico hecho por sabios ancianos solo para mí, brebaje que ahora pintaba el retrete.
Me reí sintiendo vergüenza de que pude vivir toda mi vida sin recordar a Petrov bailando encima de la mesa, a Lindström y a Patel comiéndose a besos, mientras Nguyen y Abara cantaban desafinados incomodando a los demás souldiers que nos habían acompañado.
Pero algo que agradecía no haber olvidado fueron ese par de ojos azules que me observaban con cautela, los cuales me invitaban a bailar a la mitad de la pista mientras nos perdíamos entre el resto de personas que habían hecho caso omiso a la pandemia en un martes por la madrugada.
Conductas irresponsables como las nuestras de personas queriendo divertirse, iniciaron un movimiento que llamarían «el verano clandestino»; esa misma multitud permitió que nos separáramos del resto de los souldiers.
En mi borrachera seguí por todo el bar a esos ojos que, entre risas e insinuaciones sexis, me guiaron hacia salas privadas para besarnos en serio.
La sensación de que la cama daba vueltas y un bochornoso calor propio de las fechas me hizo imposible regresar a dormir; además, sentía un dolor en la nariz y la espalda que me estaban matando.
A pesar de no recordar en qué momento me había lastimado, supuse que Fang me estaba curando.
Me metí a bañar; sentir el agua caliente recorriendo mi cabeza, espalda y brazos engarrotados era lo mejor para poder aterrizar un poco.
—Se te ve increíble el septum —Donna abrió la cortina y me besó metiéndose a la ducha conmigo. Ahí estaban esos ojos azules de mis sueños de embriaguez.
—¿El qué? —Donna pasó su dedo por mi nariz y sentí el mismo dolor de hace rato. Me asomé al espejo y vi un aro que me atravesaba el tabique—. Mi madre me va a matar —dije tratando de evocar recuerdos, sin éxito.
—Eso dijiste —miré a Donna entrecerrando los ojos tratando de reprocharle; este asunto de las perforaciones, en definitiva, era cosa suya.
Mientras la lither se mojaba el cabello, vi que debajo del cuello tenía el tatuaje de un uróboros, la serpiente que se comía a sí misma, pero con un diseño nórdico.
—¿Dejaste que me perforaran mientras tú te tatuabas? —comenté tratando de encontrar las piezas de mi memoria que faltaban de la noche anterior, mientras admiraba lo sexi que se veía la lither tatuada.
—No, me dijiste que nos tatuáramos lo mismo juntos mientras te perforaban.
Fue gracioso. Cuando viste la cánula lloriqueaste un poco con que estabas nervioso y le pediste a la artista que te diera unos segundos para tranquilizarte.
Acabábamos de vencer a un Príncipe de Inferno y estabas asustado por una canulita —la lither se atacó de risa.
—Espera un momento —el flashback me llegó de inmediato: era yo recostado sin camisa, mientras sentía cómo quería arañar la pared cuando me comenzaron a aplicar las sombras—. Donna, ahora sí mi madre me va a matar.
—De hecho, la frase exacta fue: «Si mi madre me va a matar por algo, más vale que sea porque estoy tatuado y perforado, hágame el servicio completo de una vez, señorita».
—Qué locura. Espera, ¿por qué te ves tan fresca? Yo apenas y puedo mantenerme en pie.
—Yo no tomé, Gabe.
—Claro, alguien tenía que estar consciente para evitar que hiciéramos esta clase de cosas.
—Así es —Donna me jaló a la ducha y nos comenzamos a reconocer con nuestros nuevos ornamentos mientras el agua remojaba la arena, la sangre y la suciedad después del calor de la batalla.
Junio fue el preludio a protestas por derechos humanos; se relajó el encierro forzado y la gente quería vandalizar estatuas.
Parecía que las personas estaban tratando de regresar de manera forzada a una normalidad que tal vez ya no existía.
Si bien en Europa las muertes ya se habían estabilizado, Brasil y México eran el nuevo riesgo en cuanto a muertes y contagios.
Nuestra licencia, que parecía indefinida, nos permitía estudiar y hacerle frente a las últimas dos semanas de clases, las cuales habían carecido del rigor y horror que imponía Helson ante la nueva política.
Es decir, era peligroso mandar a los estudiantes a casa y que se estresaran con la exigencia habitual sin poder salir y ante una pandemia sin antecedentes; podría desencadenar un colapso nervioso tras otro y las demandas al colegio iniciarían.
Las únicas dos clases que implicaron un reto fueron Negocios y Programación, y eso que este semestre no la había cursado.
Pero como lo había prometido, después de dos días sin dormir, hice la ampliación de la épica aventura que había programado para que Donna tuviera la máxima calificación de su clase.
La diferencia radicaba en que esta vez el profesor podía elegir entre un lanzador de conjuros, un asesino, un guerrero con espadón y un vampiro.
La rejugabilidad había aumentado; además, le había agregado nuevos calabozos, acertijos y un jefe final con el nombre de mi profesor, lo cual estaba seguro de que agradecería.
Contando las historias de los nuevos personajes y las partes nuevas, había aumentado el recorrido de cuarenta y cinco minutos a más de ocho horas para poder terminarlo por completo.
En cuanto a Negocios, Zane aprobó mi emprendimiento y en su nota final me dijo que era un pequeño cínico y que ardería en el Inferno.
Ya que le había rentado al señor Ashbourne, casi regalada, una bodega que le pertenecía donde solo guardaba su herramienta —la cual estaba al lado de su departamento—, y antes de que se comenzaran a encarecer, compré un montón de mascarillas, guantes y gel antibacterial con el dinero que me sobraba después de pagar servicios, comida y una que otra salida clandestina con Donna.
La idea era hacer paquetes domésticos, como me lo había mandado mi mamá.
El señor Ashbourne atendía nuestra tienda digital, imprimía las etiquetas y recibía en el transcurso del día las camionetas que enviaban los paquetes a todo Londres.
Nosotros nos encargábamos de hacer sus pendientes para que no saliera y él se mantenía ocupado y feliz administrando un negocio sumamente lucrativo, con el que pagábamos la mayor parte de sus medicinas y despensa sin que él tuviera que usar el dinero de su pensión; el resto lo usaríamos Donna y yo para comprar no solo un colchón, sino algunos muebles.
El último reto fue ganar una pequeña licitación del NHS (National Health Service), para lo cual pedimos un plazo mayor de crédito a nuestro proveedor, el cual estaba ávido de clientes mayoristas como lo éramos nosotros.
El señor Ashbourne integró todo el expediente con su documentación e incluso agregó a sus obligaciones fiscales el ramo de compraventa de insumos médicos.
Y cuando ganamos el concurso, oficialmente éramos proveedores del gobierno.
El NHS nos pagó, liquidamos a nuestro proveedor y nos dividimos la utilidad.
Le envié a Zane el fallo, el expediente, el historial de envíos y el monto total ganado como parte de las evidencias de mi trabajo.
Tal vez nunca le dirigí la palabra en clases, pero siempre puse atención; no se lo diría porque solo inflaría más su ego de Líder Supremo, pero en verdad era bueno como maestro, supongo que lo había heredado de mis papás.
Lo que no incluí en mi examen final fue que una mañana el señor Ashbourne nos dejó.
Al principio nos sentimos tristes, pero después agradecimos haber conocido a alguien de una generación donde la cortesía, el «buenos días» y buscar ayudar en la medida de nuestras posibilidades hacía la diferencia.
En días tan grises, el desprendimiento de nuestro amigo y vecino me recordó que la muerte no se limitaba al virus o atentados en las ciudades fantasma; las mismas reglas seguían aplicándose todos los días y las personas seguían falleciendo de causas naturales, otras enfermedades y accidentes.
Un sentimiento agridulce que me tranquilizaba, pero a su vez me llenaba de consternación.
En cualquier momento mi enfermedad podría reclamar mi vida, incluso antes que Drake, algún necrótico de los grandes o un Príncipe de Inferno.
Cuando Florencia me habló para recordarme mi regalo de cumpleaños, no pensé que me daría una carpeta.
Zane había ido muy lejos con su trauma de los artículos de oficina de cumpleaños.
Pero cuando vi entre los papeles algo que decía «Contrato de Fideicomiso», un título de propiedad, y en la documentación términos como «usufructo vitalicio» y que Florencia sería la fideicomisaria... no entendí ni la mitad.