Capítulo 33 La capa rasgada #3
Levi dio media vuelta de manera violenta. Desde la distancia vi cómo Drake lo seguía provocando, guiándolo hacia la costa. Ese maldito veía esto como un espectáculo mediático para darle más fuerza a su revolución, pero si seguíamos hacia esa dirección, arrasaría con los chicos.
—¡Ceniza, vamos! —la gata se acopló a mí y salimos disparados hacia la cabeza de Levi.
—De acuerdo, intentaré frenarlo mientras ustedes se encargan del arte oscura —Zane zigzagueó evitando la luz del faro y desapareció brincando hacia las aguas; de inmediato sentimos cómo la velocidad del Príncipe de Inferno comenzó a disminuir, mi hermano era malditamente fuerte.
—Solo tendremos una oportunidad, ¿de acuerdo?
—¿Tienes algunas últimas palabras? —Donna sujetó mi mano antes de que le hiciéramos frente a la «Singularidad de Leviatán».
—Solo cuatro, pero siempre te las escribo en la espalda —volví a extender mis alas y cargué a cuestas a la lither; Flo estaría sumamente molesta porque el primer vuelo de parapente-dragón no lo realizaría ella.
Ceniza despegó. El faro se movía hacia todas las direcciones en las que yo volaba, como armas antiaéreas dispuestas a derribarme; si el Príncipe de Inferno me quitaba mi capacidad de volar, mi velocidad o la posibilidad de hacer uso de Fang, Donna y yo moriríamos en la caída.
—¡Tienes que acercarte más, Gabe! ¡Solo tendremos una oportunidad! ¡Si lo hacemos mal será el fin, vuela directo hacia él! —la lither gritó a mi oído tratando de cubrirse el rostro de la cera que nos golpeaba.
—¡Está bien! —respondí escupiendo el líquido hirviente que me quemaba la lengua—. ¡Ich liebe dich, Donna! —si algo pasaba quería asegurarme que mi novia supiera que la amaba.
—¡Más te vale que lo hagas, estamos a punto de morirnos!
Cuando la luz verde nos bañó, me sentí perdido en la más profunda de las oscuridades, como si la gravedad me aplastara los pulmones bajo el peso del fondo del mar.
—¡Pennae Speculorum!
Sentí cómo mis alas se endurecían; ya no eran el conjunto de escamas que se apilaban en una membrana flexible.
El duro material transformaba el rayo de luz verde que, si bien nos había cubierto por completo, era reflejado hacia el propio faro.
A pocos metros de la costa, donde todos se encontraban, Levi dio una vuelta cerrada, haciendo que nos estampáramos dentro del faro.
Sujeté a Donna y nos cubrí con las alas; cuando vi hacia dónde nos dirigíamos, estábamos a punto de chocar contra la cola de la serpiente.
En ese instante sentimos el crujido de la madera y cómo el metal se doblaba.
El estrepitoso espectáculo consistía en la cabeza de la serpiente devorándose a sí misma.
Levi, el Príncipe de Atán, al verse a sí mismo, descubrió que en este mundo ya solo podía envidiarse a él por la maravillosa vida que había tenido con su gran amor, Claudia.
Haciendo que, al igual que la leyenda del uróboros, este se consumiera desde la cola.
Antes de que la cabeza desapareciera, salimos magullados del faro, pero no caímos en el agua; cuando la cera se esfumó, aterrizamos en una pequeña base petrolera en cuya superficie había una bonita cabaña de madera.
—La mandé a hacer para que pasaran juntos sus últimas horas —comentó mi hermano con el rostro, pecho y manos llenos de grietas que comenzaban a sanar lentamente, recargado exhausto al lado de un letrero que decía: «El Corazón de Leviatán»—.
Cuando Drake apareció, Levi se transformó alrededor de la construcción para protegerla.
—Entonces todo el tiempo Claudia y Levi estuvieron ahí adentro.
—Solo necesitaba un poco más de tiempo para despedirse del amor de su vida en la réplica de la cabaña que siempre soñaron tener —mi hermano se quedó viendo a un punto fijo en el cielo para no perderse el momento en el que Drake una vez más desaparecía sin dejarnos recuperar un poco de lo mucho que nos había quitado.
Zane se aproximó a la puerta y con delicadeza tocó.
Esta se abrió lentamente, permitiéndonos pasar.
El interior de la cabaña era un santuario de paz en medio del caos; el aroma a pino y madera fresca contrastaba con el salitre del exterior.
Cientos de flores de un azul profundo, nomeolvides y gencianas, cubrían el suelo y las paredes, creando un tapiz vibrante.
En el centro, sobre una cama de pétalos, reposaba Claudia.
Llevaba un vestido azul de seda que parecía fundirse con las flores, y sus manos estaban entmelazadas sobre su pecho.
Parecía simplemente dormida, liberada del tormento del virus.
—Esperen un momento, lo último que quiero es ver el rostro de mi amada —el Príncipe de Inferno se arrancó los ojos y se puso de rodillas frente a mi hermano—. Es hora, Helson. Mi vida en Terra ha concluido.
—Nos veremos, Levi, Príncipe de Atán. Tengo el presentimiento de que necesitaremos tu ayuda pronto —el abdomen de Zane comenzó a brillar, debilitando a Levi.
—Espero que no sea el caso. De todos modos, le daré a Bee tu mensaje. Y hazle el funeral que pidió mi Claudia; yo no tengo el corazón para verla arder.
—Cuenta conmigo —una marca que no había visto en Zane comenzó a brillar en verde en su costado derecho.
—Te admiro, Helson —Levi sonrió por última vez con canales de cera seca que habían recorrido su rostro.
—Y yo a ti, amigo.